EL LEGADO DE MI ABUELO

“Solo se muere cuando se olvida, y yo nunca te olvidaré”. Esa es una gran verdad, porque de ti aprendí muchas cosas. Eras el mejor libro de historias, de refranes, de anécdotas y sobre todo eras un gran maestro de la vida. Como buen burgalés de pro me enseñaste a amar mi tierra porque estabas muy orgulloso de ella. De hecho, lucías la capa castellana como nadie y por ti vestí el traje regional siendo una niña. Han pasado los años y es imposible olvidar todas las aventuras que vivimos entre los tipos de tu imprenta. Desde luego, ese sí que era el sitio apropiado para dejar volar la imaginación. No sé si allí nació mi vocación periodística, pero de lo que estoy convencida es que allí nacieron muchos sentimientos que son difíciles de explicar. 

Sentimientos que en las últimas cuarenta y ocho horas han estado más a flor de piel que nunca. Tu legado sigue escrito en mi corazón y éste ha palpitado mucho últimamente. Eras un vividor de la vida nato, de esos a los que el Carpe Diem se les queda corto, pero eras, sin duda, una persona que derrochaba alegría por los cuatro costados. Eras increíble y dejaste un vacío que por muchos años que pasen sigue ahí. Te puedo ver en las fotos, en los videos pero hoy prefiero pensar en el mítico tercer anfiteatro. Eras un amante del fútbol y, aunque todos culpen a mi padre, el verdadero responsable de que sea del Atleti eres tú. Crecí sufriendo por los rojiblancos pero también por los blanquinegros como buena burgalesa. Casualmente la vida, ha querido juntar en un fin de semana dos grandes alegrías que seguro las estás celebrando desde allá arriba. El Atleti de nuestro corazón con mucho “coraje y corazón” ha ganado la Liga y el Burgos, también, con “coraje y voluntad” es un equipo de Segunda División. Ay, abuelito, lo que nos va a tocar sufrir la próxima temporada…

Entre el “Nunca dejes de creer” de los colchoneros y el “Orgullo y Tradición” de los blanquinegros se presenta una próxima temporada muy emocionante. Menos mal que me enseñaste a sufrir, pero también a disfrutar en ese sufrimiento; como también me enseñaste a cantar el himno de mi ciudad, Burgos, y que, a día de hoy, cuando lo escucho y lo canto pienso en ti. Dice la letra: “Aprendamos todos juntos / a cantar a nuestra tierra,/ a leer en su pasado/ y a labrar su porvenir” Y su porvenir es lo que vamos escribiendo. Los tipos de tu imprenta han dado paso a la última tecnología, pero para ello también hemos leído en el pasado.Algo que no se nos puede olvidar. 

Y olvidar, precisamente, es un verbo que no va contigo. Por eso, con el Burgos en Segunda y el Atleti campeón no dudes, que cada vez que me ponga la camiseta correspondiente, miraré hacia arriba para que veas cómo luzco con la cabeza bien alta todo el legado futbolístico que me dejaste, porque si hablamos del legado humano no hay palabras para expresarlo. 

Abuelo, cantaré los himnos de nuestros colores porque nuestro corazón palpita con ellos. No importa si hace frío o calor, si se gana o se pierde; lo importante es no rendirse y sobre todo vivirlo como tú lo hacías. Fuiste mi ejemplo y aunque ya no estás aquí, no hay día que pase que no me acuerde de ti. Se te echa mucho de menos, veinticinco años son muchos años, pero esa niña ha crecido y hoy te rinde este homenaje porque estoy convencida que sin ti no sería lo que soy hoy. Va por ti. ¡Aúpa Atleti! y ¡Aúpa Burgos!

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

JUNTOS

Es inevitable no tirar de recuerdos estos días. Hace un año cumplía la tradición de ir con mi padre al Wanda Metropolitano para ver al Atleti. Nunca pensé que aquel partido ante el Sevilla iba a ser el último que viviría en mi casa futbolística en tanto tiempo. Aquella jornada, a pesar de que el virus ya pululaba por el ambiente, la disfrutamos como buenos colchoneros animando a los nuestros, gritando sus goles y sufriendo en los momentos decisivos. Eso sí, no éramos conscientes de la que se nos avecinaba. Ese siete de marzo pasará a la historia de mis mejores añoranzas. Un año después, seguimos comentando los partidos del equipo de nuestro corazón por teléfono o por mensajes. Menos mal, que el destino ha querido que el derbi lo hayamos podido ver juntos porque la distancia con los seres queridos cada vez pesa más. La fatiga pandémica está aflorando por días y no siempre el nivel de fuerzas está al cien por cien. Una buena recarga de energía es vital para afrontar lo que todavía nos queda por delante. 

De la unión nace la fuerza. Si ésta te la dan tus seres queridos no existe mejor tratamiento para curar los “bajones” propios de la pandemia o de la abstemia primaveral, si queremos buscar otro culpable. A estas alturas ya sabemos valorar los pequeños momentos que la vida nos va brindando a cuenta gotas. Ya se habla de las estrictas medidas que se van a adoptar de cara a la Semana Santa, pero hasta que ésta comience hay que vivir el presente. Algo que nos ha dejado claro esta pandemia desde que se inició. La importancia del ahora es incuestionable.

Por eso, disfrutemos con las precauciones oportunas. Todavía somos muchos los que estamos esperando la vacuna y anhelamos esa inmunidad tan necesaria. La ciencia está de nuestro lado, pero en nosotros está que todo el esfuerzo de los que investigan y los que nos cuidan dé sus frutos. Los datos demuestran que si nos cuidamos podemos aplacar al virus. Ya va siendo hora de potenciar la responsabilidad individual ya que en ella reside nuestro futuro a corto plazo. Las medidas absurdas de algunos dirigentes políticos ponen de manifiesto su nula gestión, buscando culpables donde no los hay. Menos mal que todavía queda algo de sentido común.

Un sentido común del que tanto he escrito, y, sin duda, lo seguiré haciendo porque será este particular sentido el que nos lleve a “otra normalidad” en la que podamos recuperar todo lo perdido.  Nada volverá a ser como antes porque de una manera o de otra a todos nos está marcando nuestro duro presente, pero si hay algo que tengo claro es que aunque la distancia no impide un sentimiento y la tecnología nos ayuda a estar virtualmente con los nuestros; no hay nada como estar juntos. Juntos nos hemos emocionado, juntos nos hemos reído, juntos hemos disfrutado, juntos hemos librado muchas batallas y juntos brindaremos por el fin de esta pandemia. Nos quedan muchos momentos por vivir y espero que sean juntos.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

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LA IMPORTANCIA DE SONREÍR EN LA ADVERSIDAD

Dejamos atrás el mes de enero con una situación desoladora. En plena tercera ola con la vacunación estancada y sin un plan concreto cuesta ser optimista. Las fuerzas flaquean porque las noticias nos traen, a diario, una de cal y otra de arena. Es difícil entender las restricciones de muchas comunidades cuando las insensateces siguen prevaleciendo. La paciencia tiene un límite y éste ya se está empezando a superar. Aún así no hay que perder la esperanza, por eso, confiemos en que en febrero, al menos, dobleguemos la curva para recuperar una estabilidad que tanto necesitamos. 

También es una necesidad saber ocupar la mente para que ésta no juegue en nuestra contra. Nos piden que nos autoconfinemos y aunque la experiencia del pasado mes de marzo fue muy dura, ahora depende de nuestra responsabilidad individual decidir cómo ayudar a nuestros sanitarios. Distraerse es lo mejor que podemos hacer y, afortunadamente, la tecnología juega a nuestro favor. Unas buenas películas o una serie de infinitas temporadas pueden ser buenas aliadas para conseguir que el tiempo pase, pero leer una novela también. Evadirse de la realidad es una buena terapia para “desintoxicarse” del exceso de datos, de información y de noticias falsas que invaden nuestro duro rutina. Por supuesto, no hay que olvidarse del deporte rey. El fútbol sigue dando grandes momentos a sus aficionados. Hasta los malos resultados consiguen aliviar el estrés en general y, si no que se lo que pregunten a los merengues del Real Madrid que en la Liga no levantan cabeza. Los de Zidane no dejan de sorprenden y se han convertido en la mejor fuente de inspiración de muchos chistes. Todo lo que consiga sacar una sonrisa en tiempos de pandemia es bienvenido. 

Sonreír no siempre es fácil, pero es una necesidad. Hasta las peores noticias hay que asumirlas con una sonrisa cargada de esperanza y optimismo. Al menos a mí me funcionó cuando, tal día como hoy, me dieron la peor noticia de mi vida. No digo que sea fácil de hacer y, por supuesto, de asumir pero el tiempo, aunque pase despacio, va dando respuestas y soluciones a la adversidad. Confieso que borraría del calendario el 2 de febrero de por vida, pero solo puedo sobrellevar el día y pensar que son 24 horas de recuerdos que me acompañarán para siempre. Lo bueno es que cada mañana sale el sol y te recarga la energía que en un día puedes perder. 

Y perder, precisamente, no es lo que más me gusta. De ahí que gané la batalla y, estoy convencida que esta pandemia entre todos la superaremos, aunque para ello tengamos que sacrificar muchas cosas. Vendrán tiempos mejores y en nuestra mano está su pronta llegada. No hay ninguna duda de que hay que poner todo de nuestra parte. Estamos cansados y abatidos, pero rendirse no es una opción. Anhelamos las vacunas pero éstas también nos han traído más incertidumbre. Algo de lo que ya íbamos sobrados. Si combinamos el  ¿Cuándo llegarán? con el ¿Cuándo me vacunarán? La ansiedad se dispara. La incompetencia de unos, la pagamos todos. Ya va siendo hora de pensar en el bien común, pero ¿qué se puede esperar cuando ves  a quienes por egoísmo priorizan su vacunación ante  los mas vulnerables al virus? 

Decían que de esta pandemia salíamos más fuertes. Más fuertes no lo sé, porque de momento lo único que se ha fortalecido es la crispación y ésta no es buena. El tiempo nos mostrará cómo salimos de ésta porque el futuro no está escrito por mucho que nos intenten convencer de él. Cuando la pandemia llegue a su fin, cada persona sacará su propia lectura de ella y asumirá sus enseñanzas y sus consecuencias. Esto es así y no necesita de ningún decreto; esto será la realidad individual y somos puro sentimiento. 

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HOMENAJE EN ROJO Y BLANCO

Es evidente que todo está siendo muy diferente desde que decayera el estado de alarma. La nueva normalidad ha traído consigo una sensación de incertidumbre que demuestra que el coronavirus sigue con nosotros. Aún así, es bueno ver como el antiguo Palacio de Deportes de Madrid abrió sus puertas de la mano de Loquillo. Menos aforo pero más ganas que nunca de recuperar los conciertos en este espacio tan emblemático. Poco a poco, y adaptándose a las circunstancias la música vuelve a sonar en directo. También, por ejemplo, el Teatro Real retomó su actividad con la Traviata de Verdi. Donde este año no habrá cánticos será en Pamplona. Un 7 de julio de lo más atípico. Es el día grande de unas fiestas que traspasan fronteras y que el coronavirus ha silenciado. Este año el capote de San Fermín será para torear al bicho que tantos estragos nos está dejando. Al santo, sin dudarlo, hay que pedirle salud y sobre todo, que nos ayude en esta realidad que estamos viviendo frenando los rebrotes que pueden ser tan peligrosos.

Pamplona no se viste de rojo y blanco, y en la ribera del Manzanares ya no queda nada del que fue el fortín colchonero durante muchos años. La última tribuna del Vicente Calderón fue derribada el pasado viernes. El territorio indio ya es una explanada cargada de muchos sentimientos y emociones de una afición que lo ha dado todo en el Paseo de los Melancólicos. Melancolía es lo que nos queda a los rojiblancos. Dentro de ese campo muchos hemos crecido. Además, nos hemos reído, nos hemos emocionado, hemos gritado, hemos saltado, hemos llorado, hemos cantado, por supuesto, hemos sufrido… En definitiva hemos vivido unos años de experiencias difíciles de olvidar. El Calderón ya es historia y despedirse de él no fue fácil, como tampoco lo es ver el solar lleno de escombros. Me acuerdo perfectamente del último partido que vi allí. Me acompañaba mi padre y gritamos varias veces la palabra gol. Fueron noventa minutos muy especiales. Noventa minutos irrepetibles porque sabíamos que la próxima vez que cantáramos nuestro himno el escenario iba a ser otro. Cuando cambias de casa los comienzos cuestan, además también nos cambiaron el escudo y tanto cambio junto fue un coctel explosivo de sentimientos. Reconozco que el Metropolitano me gustó pero fue complicado evitar las comparaciones. El Calderón siempre será el Calderón.

IMG_0065Habrá quien no entienda el porqué de esta melancolía, pero los que tenemos el corazón rojiblanco sabemos de lo que hablamos. Ser del Atleti es algo inexplicable, porque es una forma de ser, una forma de vivir y una familia unida por un sentimiento sin igual que está con los suyos en las buenas y en las malas. No puedo obviar a quien me hizo ser del Atleti porque además también, siendo yo una niña, me animaba a levantarme con él a ver los encierros de San Fermín. Precisamente, en estos días, de hace muchos años, mi abuelo se marchó, pero sé que desde donde esté sigue transmitiendo esa ilusión que derrochaba por la vida. Sin duda, llevo años echándole de menos, pero estoy agradecida de haber podido compartir con él toda mi niñez. Él me enseñó muchos valores y tengo grandes recuerdos. De hecho, aunque el tiempo haya pasado, sigo cumpliendo con las tradiciones. Este año tan atípico se respira mucha nostalgia.

Por eso, me vais a permitir que acabe dirigiéndome a mi abuelo, y le aclare que a pesar de la “nueva normalidad” al Atleti no le quito ojo aunque éste me quite el sueño y aunque no haya encierros este año ya he cantado al santo. En mi vida, desde que era una niña, siempre ha prevalecido el rojo y el blanco. Gracias abuelo por usar esos colores. Estoy eternamente agradecida.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

Enlace: https://www.elvalle.com.mx/columnas-y-opinion/story/13739/homenaje-en-rojo-y-blanco

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Mi columna para El Valle de México

EN ÉPOCA DE CORONAVIRUS: DÍAS, RECUERDOS E IMAGINACIÓN

Día a día han pasado ya más de treinta desde que me confiné en mi casa. La situación fuera no es fácil y dentro, a veces, tampoco. La mente es nuestra mayor aliada pero no siempre está dispuesta a remar en la misma dirección. Los pensamientos se amontonan. Los buenos recuerdos nos sacan una sonrisa, nos dan ese matiz que alegra la cuarentena, pero cuando éstos no son tan buenos los días se ponen muy cuesta arriba. Si ya estamos en una carrera de fondo en la que necesitamos mucha energía para resistir a la tempestad, para qué vamos a ponernos más obstáculos. Nadie dijo que esto fuera fácil, pero tengo claro que no voy a ceder a ese letargo al que la monotonía del día a día me quiere llevar. Me niego a sentir que vivo en el día de la marmota. Ser fuerte desde mi casa es mi mejor opción. Disfrutar del tiempo es mi mayor motivación. Es cierto que los recursos se pueden agotar, pero ahí está la mente para pensar en cómo hacer que cada día sea diferente. Unos hablaré más por teléfono, otros me dedicaré a leer, escribir, ver series… Eso es lo típico pero hay más opciones.

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En el paseo de El Espolón (Burgos)

De momento, no me ha dado por la repostería pero tentada he estado. Al menos tengo los ingredientes necesarios para ponerme manos a la obra. Quién sabe si llegará el día en el que me pringue de harina y me ilusione con mancharme la nariz con ella como cuando era una niña. La verdad es que este confinamiento me está enseñando al “Masterchef” que llevo dentro y el cual desconocía. He aprendido que todo es posible, aunque seamos sinceros, y dado que la Semana Santa ha pasado, lo de hacer torrijas me ha dado vértigo. Mi abuela tiene el listón demasiado alto. Quizás dentro de un año y con la técnica mejorada entre fogones debute con ellas.

Nunca pensé que mi saco de boxeo iba a hacerme tanta compañía. Cuando lo veo me trae grandes recuerdos de mi México querido. Allí dejé a grandes personas con las que viví grandes experiencias. Y ahora, mientras frenamos al Covid-19 cada vez que hablo con una de ellas viajo a ese país maravilloso con la imaginación, porque ésta no tiene límites. Gracias a ella pienso en la playa, escucho el mar, paseo por El Espolón de mi querido Burgos… visualizo todos esos lugares en los que he ido escribiendo los capítulos del libro de mi vida. Este confinamiento será uno más. Estará lleno de momentos difíciles, de anécdotas curiosas, pero enriquecedor a su vez. Aprendí hace catorce años que las pequeñas cosas tienen un gran valor y esta situación ha reafirmado aquella lección. Posiblemente, cuando esto pase habrá cambios en nuestras rutinas, pero hay algo que tengo claro; la vida no se planifica, la vida se vive porque en un segundo todo puede cambiar. Por eso, y dado que la incertidumbre del final de todo esto no está marcada en el calendario, pienso cuando volveré a salir a la calle, cuando me tomaré los cafés pendientes con mis amigos, cuando volveré a ir a un concierto o al cine, cuando viajaré a ver a mi familia… Cuando, cuando, cuando… Eso sí, la vida trae cambios, pero las cosas verdaderamente importantes siempre prevalecen.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

 

MÚSICA, MÚSICA Y MÁS MÚSICA

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Mi columna para El Valle de México

“Voy a pasármelo bien”. Ésta era la premisa que tenía para arrancar el fin de semana, dejando atrás, por ejemplo, la resaca electoral. Este fin de semana había que dejar de lado la política, el fútbol y la actualidad en general. Es bueno huir de la realidad y olvidarse por unas horas de los pactos políticos, los resultados de los partidos clasificatorios y todo eso que llena nuestra rutina. Permitidme que en esta ocasión me deje llevar por la música. Esa música que ha crecido conmigo, que me llena de recuerdos y que está muy alejada del reggaetón que lo ha inundado todo.

Obviamente, mi premisa no es mía, es todo un clásico de los Hombres G. Lo único que yo puedo aportar es la actitud, porque con ésta acudí al concierto que David Summers y compañía ofrecieron en el Wizink Center de Madrid. Allí con un público entregado presentaron su último trabajo: Resurrección. Nos pidieron que Confiáramos en ellos y, por eso, Desde el minuto uno el público se entregó a los Hombres G. Eso sí, como era de esperar, Resurrección quedó eclipsado, sin duda, por los temas que hicieron vibrar a las miles de personas que allí nos encontrábamos. Nos sentíamos bien. Ellos notaron que queríamos cantar, por eso, no dudaron en pedirnos que Nos soltáramos el pelo y Visitáramos su bar para darlo todo al ritmo que nos iban marcando. Eso sí, tenían claro que algún Chico tenía que cuidarse, pero esa lección ya estaba bien aprendida sabiendo que desde hace años Marta tiene un marcapasos. Sinceramente, no nos llevaron a Venezia pero nos dejaron Temblando solo con Un par de palabras. Saben que el cariño es mutuo y por eso, después de dos horas largas la gente quería más. Es lo que tiene la música… O como decía Tolstoi: “La música es la taquigrafía de la emoción”.

Pues con esa emoción, esa resaca de sentimientos y adrenalina se puede asegurar que hay verdaderos “Locos por la música” como los que estábamos el sábado en el antiguo Palacio de los Deportes. Me considero una de ellas. Y sí, este fin de semana no he salido de allí. Es cierto que ésta me acompaña en mi día a día. Sin duda, cada momento tiene su propia banda sonora. Por ejemplo, los Noventa fueron especiales. Y quien diga lo contrario se… Ahí lo dejo… Si Venezia era la propuesta de Hombres G, Ciencias Naturales, a todo ritmo, nos embarcaron, con permiso de  Mecano, en un Barco a Venus. A Venus no fuimos, pero con ellos la noche arrancó a toda velocidad, la música no paraba y los artistas fueron sacando muchos recuerdos a los asistentes. Algunos se encontraron con Un pingüino en el ascensor, por ejemplo y otros necesitaron Guaraná para aguantar las cuatro tras horas de concierto. Menos mal que lo cerró Seguridad Social… Así que todos tranquilos.

En definitiva, la música es un arte que nunca pasa de moda. Es un idioma universal capaz de ponerte la carne de gallina con escuchar tan solo unos acordes. Conocida es la frase que dice: “Cuando estás feliz disfrutas de la música, pero cuando estás triste entiendes la letra”. Por eso, y dado que ayer estuve escuchando y cantando con Diego Torres cierro este paréntesis, que he hecho en la actualidad, con mi banda sonora favorita. Siempre con el Color Esperanza por bandera viajaré por la vida sin prisa pero sin pausa, porque si hay algo que no puedo olvidar es que Aún tengo la vida.

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DÍA DE MUERTOS

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Mi columna para El Valle de México

Con la hora ya cambiada es tiempo de cumplir con las tradiciones. Es la época de honrar a los muertos. Cada uno tiene sus costumbres. Nunca olvidaré cómo festejan en México a los seres queridos que ya no están. Es algo digno de ver y por supuesto, coincido con la Unesco en que declarara esta fiesta como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. De hecho, la define como “el encuentro anual entre las personas que la celebran y sus antepasados que desempeña una función social que recuerda el lugar del individuo en el seno del grupo y contribuye a la afirmación de la identidad.” La familia es importante, de hecho, por mucho que pase el tiempo las ausencias siempre se notan. Aún así, nos quedan las experiencias vividas y los recuerdos que siempre permanecerán en nosotros. Pero no es momento de ponerse melancólicos. Llenemos nuestro entorno con la flor de Cempasúchitl y tiñámoslo de naranja. Allá comerán el tradicional pan de muerto. Un dulce que reconozco que me gusta mucho. Desde hace cinco años forma parte de mis tradiciones por la festividad de Todos los Santos aunque no pueden faltar los típicos buñuelos y huesos de santo españoles.

Dicen que a nadie le amarga un buen dulce, y quizás, por eso, en estos días en los que extrañas a los que no están, sea bueno aliarse con ellos. Recuerdo como año tras año, era mi abuela la que venía a casa con una bandejita de huesos de santo. Confieso que estos no me gustan mucho, pero solo por ver su ilusión merecía la pena hincarle el diente a alguno de ellos. Eso sí, tenía que estar relleno de chocolate. Siempre me han agradado más los buñuelos. Quizás, no sean tan empalagosos y aunque me guste demasiado el chocolate no soy golosa. Eso sí, siempre cumplo con las tradiciones. La foto de mi abuela ya está en el altar junto con la de mis abuelos. Recuerdo cómo en la película de Coco nos enseñan a no olvidar. Eso es complicado cuando de ellos has aprendido mucho y sobre todo, cuando has crecido agarrada de su mano. No negaré que los echo de menos porque caería en una contradicción. No hay día que alguno de ellos venga a mi mente ya que sin ellos no sería, en parte, la persona que soy hoy en día. Por eso, aunque estoy a nueve mil kilómetros de distancia de México, quiero festejar el Día de Muertos como manda su tradición. Nunca me gustó Halloween a pesar de que viví uno al más puro estilo americano. Prefiero celebrar recuerdos, enseñanzas, experiencias… Decía Cicerón que la vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos.

Y mientras vivo y celebro cada día como se merece, hoy me toca ponerme el delantal coger la harina, el azúcar, la manquilla y demás ingredientes para dar forma y cocinar el tradicional pan de muerto. Ahora bien, esto solo lo hago una vez año porque la cocina no es lo mío. Aún así, no hace falta que sea noviembre para echar de menos a los que no están y llenar los cementerios de flores. Si bien es cierto, es ahí dónde nuestra nostalgia se apodera de nosotros. “A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd” como escribió el historiador francés  Lamartine, pero la vida está para festejarla y, por supuesto, para dejar huella. Por eso, es tiempo de mirar al pasado, pero también es tiempo de pensar en el futuro.

COLOR ESPERANZA

Una imagen vale más que mil palabras y en su abrazo se concentraron muchos sentimientos. La vida es caprichosa y hace trece años me enseñó a pintarme no solo la cara sino la rutina de color esperanza. Hace unos días me recordó por qué no hay que rendirse, por qué quiero luchar, por qué los sueños se cumplen, por qué siempre hay motivos para sonreír y lo más importante, hizo que el dieciocho de junio llevara la firma de Diego Torres adjunta a mi Hashtag personal Aún tengo la vida.

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Con Diego Torres después de escuchar Color Esperanza

Es imposible que olvide el veinticinco de marzo del dos mil seis. Ese fue el día en el que esta canción lo cambió todo. Acababa de ingresar en el hospital para el segundo ciclo de quimioterapia. Mi ánimo escaseaba y mis dudas aprovecharon mi debilidad para dejarme sin ilusión hasta que un buen amigo decidió darme una gran sorpresa. Cuando me dedicó esta canción en la radio, todo cambió. No voy a negar que lloré durante los tres minutos que dura, porque han pasado los años y lo sigo haciendo. Solo tres acordes de la melodía hacen que mis ojos se vuelvan vidriosos y tras “sé que hay en tus ojos con solo mirar” no puedo contener las lágrimas. El tiempo ha ido curando las heridas pero Color Esperanza sigue pellizcando muy fuerte el corazón. Me recuerda mi pasado, obviamente, pero me recuerda, sobre todo, la fuerza que descubrí en mí en aquella habitación del hospital de La Princesa. Mi madre me acompañaba, me dio la mano y me dijo: “Vamos a por ello”. Las enfermeras vinieron a mi habitación, precisamente, para darme esos abrazos que lo cambian todo. Además, Color Esperanza me recarga de energía para afrontar los retos de la vida porque no todas las lágrimas son tristes. Éstas son de victoria. Muchas personas estuvieron conmigo cuando la leucemia tomó las riendas de mi vida. Cada una de ellas tenía su papel en esa batalla y Diego Torres le puso banda sonora, una banda sonora que me sigue acompañando porque la música para mi es imprescindible. De hecho, hoy es su día y habrá que celebrarlo.  Que razón tenía Nietzsche al afirmar que sin la música la vida sería un error.

Esa vida que solo se vive una vez, pero que cuando te da una segunda oportunidad es por algo. Fue ella la que me hizo un regalo. Me permitió cumplir un sueño porque en un segundo todo cambió. Quiso que me encontrara con Diego Torres. Fue una llamada de la Cadena Cien la que lo provocó todo. Me temblaban las piernas y mi corazón palpitaba más deprisa. No desvelaré cómo fue la grabación del De Cerca con Antonio Hueso pero sí os diré que esa tarde que viví en el restaurante Tatel  será difícil de olvidar. Solo puedo dar las gracias a todos, por supuesto, con mención especial al argentino y  a mi donante de médula alemán. Llevo trece años viviendo de regalo y, solo por eso, disfruto cada experiencia al máximo para tener los mejores recuerdos posibles. Seguiré escuchando y cantando Color Esperanza entre lágrimas, no todo lo cura el tiempo. Dice la canción La vida es un Vals de Diego Torres que “si cada lágrima te hace más fuerte, muerde la vida con uñas y dientes, hoy puede ser, que todo empiece a cambiar”.

Y algo cambió porque me recargasteis de fuerza para seguir adelante. Continuaré peleando por cumplir mis sueños, y por supuesto no dudéis de que seguiré “pintándome la cara color esperanza” para “tentar al futuro con el corazón”. Tengo claro que “es mejor perderse que nunca embarcar”. Gracias.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

 

Saldaña

“Todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan”. Eso decía el autor de El Principito, Antoine de Saint-Exupéry. Tiene parte de razón porque la memoria es selectiva, pero ese no es mi caso. Volver al colegio era la frase que más me costaba pronunciar siendo una niña. Ahora, muchos años después volver a pisar el patio de Saldaña fue algo especial. Fue, sin duda, un torrente de buenos recuerdos. Quizás, la frase apropiada para el pasado 30 de mayo sería la del escritor americano, Joseph Heller: “He llegado por fin a lo que quería ser de mayor: un niño.”

Porque siendo una niña, en esas aulas de primero de la ESO decidí ser periodista. Una vocación que me llegó muy pronto pero que no cambiaría por nada del mundo. Allí comenzó siendo un sueño que hoy es una realidad. De sueños, precisamente, hablé en el pregón de las fiestas del colegio ante un público que me recordaba a mí. El tiempo ha cambiado algunas cosas pero ha mantenido las más importantes. Las lecciones de vida y valores que aquella niña aprendió aun siguen muy presentes.

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En Saldaña dando el pregón. Con Javi, profesor de Educación Física

Soñar es libre pero para cumplir los sueños hay que trabajar y mucho. No es fácil afrontar las dificultades pero rodeándote de las personas indicadas se puede llegar muy lejos. Nunca me imaginé que daría ese pregón, pero el destino hizo que allí estuviera. No tardé en contestar a Javi cuando me hizo la propuesta porque cuando el corazón habla no hay nada más qué decir. Todavía pude ver cara conocidas. Profesores que me habían dado clase y que continúan al pie del cañón. La memoria es selectiva pero no he olvidado ni sus nombres, ni sus caras y ni las asignaturas que ellos impartían. Fueron años que creía olvidados hasta que volví a entrar por la puerta del colegio y subí las escaleras que me conducían al patio. En definitiva, fue un honor compartir con todos ellos, esos minutos en los que me dejé llevar por mi experiencia en la vida. En definitiva, me dejé llevar por Aún tengo la vida. Porque ese sueño ya es una realidad y comienza, precisamente, en el colegio Saldaña.

Les decía a los alumnos que cuando cumples un sueño puedes llegar “hasta el infinito y más allá” porque ése es su lema en este curso. Es más, la película de Toy Story deja grandes enseñanzas, por ejemplo, la amistad, el trabajo en equipo y la valentía ante lo desconocido. Precisamente, yo no conocía a mi público pero tenía a mi favor que ya había estado en su situación. Ser mayor es lo que quieres cuando eres un niño, y cuando pasan los años, lo importante no es no perder al niño que llevas dentro de ti. Es fundamental mantener ese espíritu ante la vida, porque ella es la responsable de darte las lecciones más importantes. A mí me enseñó a conjugar el verbo “vivir” de una manera muy diferente a como lo hizo mi profesor de lengua. Y tras esa lección ahora recuerdo perfectamente las palabras del escritor irlandés, Bernard Shaw: “Ves cosas y dices, “¿por qué?” Pero yo sueño cosas que nunca fueron y digo, “¿por qué no?” En definitiva es: Ahora o nunca.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

 

Llega el final del verano

Cuesta volver, pero ya se sabe que todo lo bueno se acaba. Hasta el cielo se ha teñido de gris para convertirse en el escenario perfecto de las despedidas propias del final de verano. Agosto se acaba y llega septiembre y con él, queramos o no, la rutina que marca nuestros días.

Una rutina que poco a poco va normalizando todos los desórdenes propios de estos meses. Eso sí, para no sufrir la famosa depresión postvacacional es mejor ir adaptándose despacito, ya que éste ha sido el ritmo durante toda la estación estival. Y es que las canciones del verano, por muy populares que sean, siempre a estas alturas de agosto dejan paso, por un momento, al clásico del Dúo Dinámico que a través del compás de sus notas nos traslada a la nostalgia de los momentos vividos.

Momentos en la playa, en la montaña, en la piscina, en el tren, en el avión… y en tantos sitios que nos han llevado a disfrutar y sobre todo a olvidarnos, aunque sea por un instante, de todo aquello que nos borra la sonrisa del rostro. Siempre es fácil recordar esos momentos y por eso, hay que tirar de ellos cuando la rutina se nos haga cuesta arriba. Son la mejor inyección de ánimo que hemos recargado con creces a lo largo del verano. Si bien es cierto, hasta mediados de septiembre no despediremos esta estación pero hay que reconocer que “la vuelta al cole” nos afecta a todos…

Mensaje que los hinchas colchoneros conocen bien

Pero llegados hasta aquí parece que septiembre es el malo de la película y no es así. También viene cargado de nuevos propósitos, de nuevos proyectos, en definitiva, de nuevas ilusiones. Porque la fuente de sueños que hay en nuestro interior es imparable y por eso es, precisamente, el mejor motor que tenemos. Puede ser difícil conseguirlos pero si no se intenta, entonces si serán inalcanzables.

Así que después de este parón veraniego, hay que ir pasito a pasito deshaciendo las maletas para afrontar esta nueva etapa del año como toca. Ya decía Víctor Hugo que “el futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad”. Así que con valentía hay que afrontar los retos que se presenten para alcanzar esos sueños que nos conduzcan a muchos más. Y en los momentos en los que haya dudas, me recordó mi buena amiga Karla: “Nunca dejes de crees”. Y dicho esto. Bienvenido septiembre.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)