MÚSICA, MÚSICA Y MÁS MÚSICA

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Mi columna para El Valle de México

“Voy a pasármelo bien”. Ésta era la premisa que tenía para arrancar el fin de semana, dejando atrás, por ejemplo, la resaca electoral. Este fin de semana había que dejar de lado la política, el fútbol y la actualidad en general. Es bueno huir de la realidad y olvidarse por unas horas de los pactos políticos, los resultados de los partidos clasificatorios y todo eso que llena nuestra rutina. Permitidme que en esta ocasión me deje llevar por la música. Esa música que ha crecido conmigo, que me llena de recuerdos y que está muy alejada del reggaetón que lo ha inundado todo.

Obviamente, mi premisa no es mía, es todo un clásico de los Hombres G. Lo único que yo puedo aportar es la actitud, porque con ésta acudí al concierto que David Summers y compañía ofrecieron en el Wizink Center de Madrid. Allí con un público entregado presentaron su último trabajo: Resurrección. Nos pidieron que Confiáramos en ellos y, por eso, Desde el minuto uno el público se entregó a los Hombres G. Eso sí, como era de esperar, Resurrección quedó eclipsado, sin duda, por los temas que hicieron vibrar a las miles de personas que allí nos encontrábamos. Nos sentíamos bien. Ellos notaron que queríamos cantar, por eso, no dudaron en pedirnos que Nos soltáramos el pelo y Visitáramos su bar para darlo todo al ritmo que nos iban marcando. Eso sí, tenían claro que algún Chico tenía que cuidarse, pero esa lección ya estaba bien aprendida sabiendo que desde hace años Marta tiene un marcapasos. Sinceramente, no nos llevaron a Venezia pero nos dejaron Temblando solo con Un par de palabras. Saben que el cariño es mutuo y por eso, después de dos horas largas la gente quería más. Es lo que tiene la música… O como decía Tolstoi: “La música es la taquigrafía de la emoción”.

Pues con esa emoción, esa resaca de sentimientos y adrenalina se puede asegurar que hay verdaderos “Locos por la música” como los que estábamos el sábado en el antiguo Palacio de los Deportes. Me considero una de ellas. Y sí, este fin de semana no he salido de allí. Es cierto que ésta me acompaña en mi día a día. Sin duda, cada momento tiene su propia banda sonora. Por ejemplo, los Noventa fueron especiales. Y quien diga lo contrario se… Ahí lo dejo… Si Venezia era la propuesta de Hombres G, Ciencias Naturales, a todo ritmo, nos embarcaron, con permiso de  Mecano, en un Barco a Venus. A Venus no fuimos, pero con ellos la noche arrancó a toda velocidad, la música no paraba y los artistas fueron sacando muchos recuerdos a los asistentes. Algunos se encontraron con Un pingüino en el ascensor, por ejemplo y otros necesitaron Guaraná para aguantar las cuatro tras horas de concierto. Menos mal que lo cerró Seguridad Social… Así que todos tranquilos.

En definitiva, la música es un arte que nunca pasa de moda. Es un idioma universal capaz de ponerte la carne de gallina con escuchar tan solo unos acordes. Conocida es la frase que dice: “Cuando estás feliz disfrutas de la música, pero cuando estás triste entiendes la letra”. Por eso, y dado que ayer estuve escuchando y cantando con Diego Torres cierro este paréntesis, que he hecho en la actualidad, con mi banda sonora favorita. Siempre con el Color Esperanza por bandera viajaré por la vida sin prisa pero sin pausa, porque si hay algo que no puedo olvidar es que Aún tengo la vida.

https://www.elvalle.com.mx/columnas-y-opinion/story/7586/musica-musica-y-mas-musica

 

 

 

 

DÍA DE MUERTOS

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Mi columna para El Valle de México

Con la hora ya cambiada es tiempo de cumplir con las tradiciones. Es la época de honrar a los muertos. Cada uno tiene sus costumbres. Nunca olvidaré cómo festejan en México a los seres queridos que ya no están. Es algo digno de ver y por supuesto, coincido con la Unesco en que declarara esta fiesta como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. De hecho, la define como “el encuentro anual entre las personas que la celebran y sus antepasados que desempeña una función social que recuerda el lugar del individuo en el seno del grupo y contribuye a la afirmación de la identidad.” La familia es importante, de hecho, por mucho que pase el tiempo las ausencias siempre se notan. Aún así, nos quedan las experiencias vividas y los recuerdos que siempre permanecerán en nosotros. Pero no es momento de ponerse melancólicos. Llenemos nuestro entorno con la flor de Cempasúchitl y tiñámoslo de naranja. Allá comerán el tradicional pan de muerto. Un dulce que reconozco que me gusta mucho. Desde hace cinco años forma parte de mis tradiciones por la festividad de Todos los Santos aunque no pueden faltar los típicos buñuelos y huesos de santo españoles.

Dicen que a nadie le amarga un buen dulce, y quizás, por eso, en estos días en los que extrañas a los que no están, sea bueno aliarse con ellos. Recuerdo como año tras año, era mi abuela la que venía a casa con una bandejita de huesos de santo. Confieso que estos no me gustan mucho, pero solo por ver su ilusión merecía la pena hincarle el diente a alguno de ellos. Eso sí, tenía que estar relleno de chocolate. Siempre me han agradado más los buñuelos. Quizás, no sean tan empalagosos y aunque me guste demasiado el chocolate no soy golosa. Eso sí, siempre cumplo con las tradiciones. La foto de mi abuela ya está en el altar junto con la de mis abuelos. Recuerdo cómo en la película de Coco nos enseñan a no olvidar. Eso es complicado cuando de ellos has aprendido mucho y sobre todo, cuando has crecido agarrada de su mano. No negaré que los echo de menos porque caería en una contradicción. No hay día que alguno de ellos venga a mi mente ya que sin ellos no sería, en parte, la persona que soy hoy en día. Por eso, aunque estoy a nueve mil kilómetros de distancia de México, quiero festejar el Día de Muertos como manda su tradición. Nunca me gustó Halloween a pesar de que viví uno al más puro estilo americano. Prefiero celebrar recuerdos, enseñanzas, experiencias… Decía Cicerón que la vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos.

Y mientras vivo y celebro cada día como se merece, hoy me toca ponerme el delantal coger la harina, el azúcar, la manquilla y demás ingredientes para dar forma y cocinar el tradicional pan de muerto. Ahora bien, esto solo lo hago una vez año porque la cocina no es lo mío. Aún así, no hace falta que sea noviembre para echar de menos a los que no están y llenar los cementerios de flores. Si bien es cierto, es ahí dónde nuestra nostalgia se apodera de nosotros. “A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd” como escribió el historiador francés  Lamartine, pero la vida está para festejarla y, por supuesto, para dejar huella. Por eso, es tiempo de mirar al pasado, pero también es tiempo de pensar en el futuro.

Color Esperanza

Una imagen vale más que mil palabras y en su abrazo se concentraron muchos sentimientos. La vida es caprichosa y hace trece años me enseñó a pintarme no solo la cara sino la rutina de color esperanza. Hace unos días me recordó por qué no hay que rendirse, por qué quiero luchar, por qué los sueños se cumplen, por qué siempre hay motivos para sonreír y lo más importante, hizo que el dieciocho de junio llevara la firma de Diego Torres adjunta a mi Hashtag personal Aún tengo la vida.

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Con Diego Torres después de escuchar Color Esperanza

Es imposible que olvide el veinticinco de marzo del dos mil seis. Ese fue el día en el que esta canción lo cambió todo. Acababa de ingresar en el hospital para el segundo ciclo de quimioterapia. Mi ánimo escaseaba y mis dudas aprovecharon mi debilidad para dejarme sin ilusión hasta que un buen amigo decidió darme una gran sorpresa. Cuando me dedicó esta canción en la radio, todo cambió. No voy a negar que lloré durante los tres minutos que dura, porque han pasado los años y lo sigo haciendo. Solo tres acordes de la melodía hacen que mis ojos se vuelvan vidriosos y tras “sé que hay en tus ojos con solo mirar” no puedo contener las lágrimas. El tiempo ha ido curando las heridas pero Color Esperanza sigue pellizcando muy fuerte el corazón. Me recuerda mi pasado, obviamente, pero me recuerda, sobre todo, la fuerza que descubrí en mí en aquella habitación del hospital de La Princesa. Mi madre me acompañaba, me dio la mano y me dijo: “Vamos a por ello”. Las enfermeras vinieron a mi habitación, precisamente, para darme esos abrazos que lo cambian todo. Además, Color Esperanza me recarga de energía para afrontar los retos de la vida porque no todas las lágrimas son tristes. Éstas son de victoria. Muchas personas estuvieron conmigo cuando la leucemia tomó las riendas de mi vida. Cada una de ellas tenía su papel en esa batalla y Diego Torres le puso banda sonora, una banda sonora que me sigue acompañando porque la música para mi es imprescindible. De hecho, hoy es su día y habrá que celebrarlo.  Que razón tenía Nietzsche al afirmar que sin la música la vida sería un error.

Esa vida que solo se vive una vez, pero que cuando te da una segunda oportunidad es por algo. Fue ella la que me hizo un regalo. Me permitió cumplir un sueño porque en un segundo todo cambió. Quiso que me encontrara con Diego Torres. Fue una llamada de la Cadena Cien la que lo provocó todo. Me temblaban las piernas y mi corazón palpitaba más deprisa. No desvelaré cómo fue la grabación del De Cerca con Antonio Hueso pero sí os diré que esa tarde que viví en el restaurante Tatel  será difícil de olvidar. Solo puedo dar las gracias a todos, por supuesto, con mención especial al argentino y  a mi donante de médula alemán. Llevo trece años viviendo de regalo y, solo por eso, disfruto cada experiencia al máximo para tener los mejores recuerdos posibles. Seguiré escuchando y cantando Color Esperanza entre lágrimas, no todo lo cura el tiempo. Dice la canción La vida es un Vals de Diego Torres que “si cada lágrima te hace más fuerte, muerde la vida con uñas y dientes, hoy puede ser, que todo empiece a cambiar”.

Y algo cambió porque me recargasteis de fuerza para seguir adelante. Continuaré peleando por cumplir mis sueños, y por supuesto no dudéis de que seguiré “pintándome la cara color esperanza” para “tentar al futuro con el corazón”. Tengo claro que “es mejor perderse que nunca embarcar”. Gracias.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

 

Saldaña

“Todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan”. Eso decía el autor de El Principito, Antoine de Saint-Exupéry. Tiene parte de razón porque la memoria es selectiva, pero ese no es mi caso. Volver al colegio era la frase que más me costaba pronunciar siendo una niña. Ahora, muchos años después volver a pisar el patio de Saldaña fue algo especial. Fue, sin duda, un torrente de buenos recuerdos. Quizás, la frase apropiada para el pasado 30 de mayo sería la del escritor americano, Joseph Heller: “He llegado por fin a lo que quería ser de mayor: un niño.”

Porque siendo una niña, en esas aulas de primero de la ESO decidí ser periodista. Una vocación que me llegó muy pronto pero que no cambiaría por nada del mundo. Allí comenzó siendo un sueño que hoy es una realidad. De sueños, precisamente, hablé en el pregón de las fiestas del colegio ante un público que me recordaba a mí. El tiempo ha cambiado algunas cosas pero ha mantenido las más importantes. Las lecciones de vida y valores que aquella niña aprendió aun siguen muy presentes.

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En Saldaña dando el pregón. Con Javi, profesor de Educación Física

Soñar es libre pero para cumplir los sueños hay que trabajar y mucho. No es fácil afrontar las dificultades pero rodeándote de las personas indicadas se puede llegar muy lejos. Nunca me imaginé que daría ese pregón, pero el destino hizo que allí estuviera. No tardé en contestar a Javi cuando me hizo la propuesta porque cuando el corazón habla no hay nada más qué decir. Todavía pude ver cara conocidas. Profesores que me habían dado clase y que continúan al pie del cañón. La memoria es selectiva pero no he olvidado ni sus nombres, ni sus caras y ni las asignaturas que ellos impartían. Fueron años que creía olvidados hasta que volví a entrar por la puerta del colegio y subí las escaleras que me conducían al patio. En definitiva, fue un honor compartir con todos ellos, esos minutos en los que me dejé llevar por mi experiencia en la vida. En definitiva, me dejé llevar por Aún tengo la vida. Porque ese sueño ya es una realidad y comienza, precisamente, en el colegio Saldaña.

Les decía a los alumnos que cuando cumples un sueño puedes llegar “hasta el infinito y más allá” porque ése es su lema en este curso. Es más, la película de Toy Story deja grandes enseñanzas, por ejemplo, la amistad, el trabajo en equipo y la valentía ante lo desconocido. Precisamente, yo no conocía a mi público pero tenía a mi favor que ya había estado en su situación. Ser mayor es lo que quieres cuando eres un niño, y cuando pasan los años, lo importante no es no perder al niño que llevas dentro de ti. Es fundamental mantener ese espíritu ante la vida, porque ella es la responsable de darte las lecciones más importantes. A mí me enseñó a conjugar el verbo “vivir” de una manera muy diferente a como lo hizo mi profesor de lengua. Y tras esa lección ahora recuerdo perfectamente las palabras del escritor irlandés, Bernard Shaw: “Ves cosas y dices, “¿por qué?” Pero yo sueño cosas que nunca fueron y digo, “¿por qué no?” En definitiva es: Ahora o nunca.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

 

Llega el final del verano

Cuesta volver, pero ya se sabe que todo lo bueno se acaba. Hasta el cielo se ha teñido de gris para convertirse en el escenario perfecto de las despedidas propias del final de verano. Agosto se acaba y llega septiembre y con él, queramos o no, la rutina que marca nuestros días.

Una rutina que poco a poco va normalizando todos los desórdenes propios de estos meses. Eso sí, para no sufrir la famosa depresión postvacacional es mejor ir adaptándose despacito, ya que éste ha sido el ritmo durante toda la estación estival. Y es que las canciones del verano, por muy populares que sean, siempre a estas alturas de agosto dejan paso, por un momento, al clásico del Dúo Dinámico que a través del compás de sus notas nos traslada a la nostalgia de los momentos vividos.

Momentos en la playa, en la montaña, en la piscina, en el tren, en el avión… y en tantos sitios que nos han llevado a disfrutar y sobre todo a olvidarnos, aunque sea por un instante, de todo aquello que nos borra la sonrisa del rostro. Siempre es fácil recordar esos momentos y por eso, hay que tirar de ellos cuando la rutina se nos haga cuesta arriba. Son la mejor inyección de ánimo que hemos recargado con creces a lo largo del verano. Si bien es cierto, hasta mediados de septiembre no despediremos esta estación pero hay que reconocer que “la vuelta al cole” nos afecta a todos…

Mensaje que los hinchas colchoneros conocen bien

Pero llegados hasta aquí parece que septiembre es el malo de la película y no es así. También viene cargado de nuevos propósitos, de nuevos proyectos, en definitiva, de nuevas ilusiones. Porque la fuente de sueños que hay en nuestro interior es imparable y por eso es, precisamente, el mejor motor que tenemos. Puede ser difícil conseguirlos pero si no se intenta, entonces si serán inalcanzables.

Así que después de este parón veraniego, hay que ir pasito a pasito deshaciendo las maletas para afrontar esta nueva etapa del año como toca. Ya decía Víctor Hugo que “el futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad”. Así que con valentía hay que afrontar los retos que se presenten para alcanzar esos sueños que nos conduzcan a muchos más. Y en los momentos en los que haya dudas, me recordó mi buena amiga Karla: “Nunca dejes de crees”. Y dicho esto. Bienvenido septiembre.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

 

 

 

 

 

Buscando la Estrella Polar

Cumplir los sueños es lo que hace que la vida sea interesante, por eso, ver publicado mi primer relato me llena de ilusión y energía para seguir aliándome con las palabras y llenar la fría hoja en blanco con el calor de unos sentimientos, de unas aventuras o lo que las musas prefieran. Hoy, homenajeando a quien siempre me animó a escribir y celebrando un año más de vida y experiencias, comparto Buscando la Estrella Polar con todos vosotros:

Buscando la Estrella Polar

 A mis padres, por ser el mejor ejemplo a seguir

Aquella noche del mes de noviembre, el cielo estaba colmado de estrellas, la luna era casi llena y daba una luz que, aunque no con mucha nitidez, permitía ver en la oscuridad de la noche. Pablo podía escuchar el silencio que alguna vez se veía interrumpido por el “cri-cri” de algún grillo noctámbulo. A lo lejos se divisaban pequeños destellos, eran las luciérnagas que poblaban el jardín, y la magnífica silueta de la montaña que tan bien se conocía. Arropado por una manta tejida a mano, se sentó en su butaca orejera favorita a pesar de que ya no era tan confortable como le gustaría. El paso del tiempo había convertido sus almohadones en cojines tan finos que no superaban el dedo de grosor, su mimbre se encontraba deteriorado pero eso era lo de menos. Porque en ese butacón había leído muchos libros, bebido litros de café y fumado algún que otro cigarrillo, ahora es un exfumador convencido. Pero sobre todo, desde ahí contemplaba la que sin duda es la mejor vista de La Peña, como se conoce a aquel emblemático montículo.

Antes de tomar la postura que más le gustaba, Pablo cogió la taza de chocolate que se había preparado. El humo que desprendía era el calor que él necesitaba. La cogió entre sus manos y se recostó poniendo los pies en el borde de aquella mesa redonda giratoria de cristal y madera. En ese momento miró al cielo, cerró los ojos y empezó a recordar su vida desde su años de infancia.

Visualizó a aquel niño vestido con pantalón corto y la camisa por fuera, los calcetines uno más alto que otro y los zapatos llenos de polvo. Pablito, así le llamaban, era rubio con el pelo siempre revuelto, los ojos verdes, la piel blanca y una sonrisa que enamoraba. Era un crío travieso, lleno de arañazos porque le gustaba correr aventuras por aquellos bosques frondosos. Construyó su casa en el árbol, aquel viejo roble que era tan difícil de trepar, aunque para él no había imposibles. Con la bicicleta recorrió ese valle de arriba abajo y siempre llevaba colgando del bolsillo trasero de su pantalón, su bien más preciado, el tirachinas.

Se acordaba al detalle de su primera brecha, de las veces que había rodado las escaleras de esa casa, de los capones que había recibido, de los puntos que le habían dado en el centro de salud del pueblo. Pero también recordaba las muchas fiestas de cumpleaños que allí había celebrado, las verbenas populares que había festejado, los baños que se había dado con la manguera en el jardín, en definitiva, rememoraba todas las chiquilladas de entonces. Abrió los ojos y éstos comenzaron a cristalizarse. No quería llorar y los volvió a cerrar. De nuevo, los recuerdos inundaron su mente.

De la infancia pasó a la adolescencia, era un joven apuesto que se llevaba a las chicas de calle. Aquellos guateques de los setenta, los pantalones cortos pasaron a ser de campana y al más puro estilo de Fiebre del Sábado Noche, Pablito pasó a ser Pablo. El hombre que seguía siendo hoy en día, cargado de generosidad y bondad pero con el corazón compungido. Las imágenes continuaban proyectándose en su cabeza como si de la película de su vida se tratase y tras unos minutos, Pablo volvió a contemplar la noche. Dio un sorbo al chocolate que había dejado de humear y comenzó a mirar a las estrellas.

Distinguió la Osa Mayor, la Osa Menor y buscaba la Estrella Polar para encontrar el norte que había perdido en los últimos días. Se levantó y poco a poco emprendió un pequeño paseo, bordeó la piscina que había en aquel jardín que recordaba lleno de flores. Sabía que nada volvería a ser como antes. Que el tiempo pasa y todo va cambiando. Pero en su interior seguía viva la llama de su juventud. Aquellas vistas le tenían enamorado, era su paraíso particular y por muchos años que pasaran ese sentimiento no iba a cambiar. Volvió a sentarse, en el corazón notaba pinchazos y ahora sí que dejó salir aquellas lágrimas que había contenido unos minutos antes. Eso le calmaría pero sabía que la ausencia de su madre era irreparable. Ya no estaba. No volvería a escuchar su voz, ni su risa. Solo le quedaba aferrarse a esos recuerdos que habían pasado por su mente, allí donde creció y donde ahora lloraba de melancolía.

De repente escuchó que le llamaban. Era su hija que corrió a abrazarle y se sentó en su regazo como cuando era una niña. Y le dijo:
– Papá, esas gotas saladas son fruto del amor incondicional a una madre, deja que caigan en el jardín y volverán a nacer las flores que tanto le gustaban a la abuela.

A lo que él respondió:
– Tienes razón, la vida me ha premiado contigo y con tu madre. Tu abuela se ha ido pero en ti ha dejado lecciones como la que acabas de darme.
Rosa miró a su padre y añadió:
– No te olvides que la abuelita siempre nos decía: En la vida, ante todo, sed felices.

Padre e hija se levantaron, caminaron unos pasos, alzaron la vista y en el cielo encontraron la estrella que más brillaba, la estrella polar de sus vidas.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

Burgos: el principio de una historia

Siempre me acompaña allá donde voy y es que a medida que pasan los años se ha ido convirtiendo en algo imprescindible. El móvil ya no solo sirve para llamar o mandar mensajes, ya hace de todo. Como buen compañero de viajes ha retratado muchos de mis recuerdos. Sin ir más lejos hace unos días me acompañó por las calles de mi tierra natal. Burgos es una gran fuente de fotografías. Su catedral, El Cid, el Arco Santamaría, El Espolón… son por decirlo de alguna manera, “los básicos” que todo visitante se lleva para el recuerdo pero hay mucho más…

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En la Catedral de Burgos

Frente a la placa que conmemora el famoso juramento de Rodrigo Díaz de Vivar me prometí volver a mi ciudad más pronto que tarde. En ella no sólo viví mi infancia sino que es en Burgos donde tengo toda una biblioteca de imágenes de una gran parte de mi vida. Muchas de ellas no están fotografiadas por ningún teléfono móvil. Antes eran las cámaras y sus carretes las que nos tenían en vilo para saber si una foto había salido bien o mal. No se puede discutir que con el paso de los años la tecnología ha ido ganando protagonismo hasta convertirse en indispensable. Ahora bien, aunque el móvil es un básico de mi bolso, también lo es, un bolígrafo. Me gusta escribir siempre que lo necesito, y a veces, ni la tableta ni el ordenador están conmigo. Por eso, me he acostumbrado a llevar algo muy especial. Fue mi tía Inma la que me regaló un libro en blanco. Muchas son las páginas que tengo que escribir, de eso no hay duda. Serán textos escritos de puño y letra. Seguramente no tendrán ningún premio, pero hay algo que hace que este libro sea especial. Es artesanía con mayúsculas. Del trabajo de sus manos ha nacido este regalo de lo más apropiado. Para mí no hay libreta que pueda igualar esta gran obra. Ahora serán las letras las que deban estar a la altura. Esperemos que así sea.

Y con la firmeza de que aun tengo la vida para seguir batallando por mis sueños, he afrontado la primera página en blanco a pies de la Catedral. Esas primeras palabras son pura motivación, porque de ahí nace la fuerza para seguir escribiendo. Esto me recuerda la popular invocación del juglar en el Poema del Cid que tan bien se sabía mi abuelo, ferviente burgalés: “Por vosotros, los señores, los que en castillos moráis, por vosotros, los burgaleses, los que vivís en ciudad, por vosotros, pueblo llano, hartos ya de trabajar, por las mujeres y niños, que rondan por el ferial, por estos y por los otros, por los de aquí y de allá, vecinos y forasteros que vinisteis al lugar, sin distinción, para todos comienza aquí mi cantar.” Ahora, es el momento de continuar, para guardar esos textos, esos recuerdos y esas vivencias en mi “Cofre del Cid” porque lo que tiene valor sentimental siempre ha de estar a buen recaudo.

¿Te has parado a pensar cómo sería la novela de tu vida?… ¿Te gustaría?… Siempre hay un momento en el que la historia puede dar un giro… Nunca es tarde si la dicha es buena.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

 

 

 

 

Los recuerdos del terreno de juego

 

He reído y he llorado. He gritado y he enmudecido. He soñado y me he decepcionado. Muchas han sido las situaciones que me han provocado esos sentimientos. La vida te lleva de un extremo a otro como a un péndulo de un reloj. Ella es caprichosa pero depende de nosotros afrontar todos esos momentos. Unos son más fáciles que otros. Aunque, en definitiva, la realidad es ese día a día con el que tenemos que lidiar.

Pero, haciendo un paréntesis en la dura rutina. Hay algo que me evade y que también me hace llorar, me hace reír, me hace gritar, me hace callar y, por supuesto, me hace soñar. Ese algo, en mi caso va teñido de rojiblanco. Guste o no, por algo el fútbol es el deporte rey. En mi memoria hay grabados grandes momentos vinculados con diferentes terrenos de juego. Si bien es verdad, una mayoría están en la Ribera del Manzanares, pero esos recuerdos siempre van acompañados de grandes experiencias. Con mi familia y mis amigos he vivido en numerosas ocasiones noventa minutos que quizás, no hayan sido de buen fútbol pero sí de gran regocijo. Eso es más importante que tu equipo gane o pierda.

FullSizeRenderLos que me conocen saben que el Atlético de Madrid es el equipo por el que sufro. Reconozco que solo he llorado una vez dentro del Calderón. Y el motivo no fue una derrota, fue por algo especial. Tras superar una leucemia, volver a ese estadio de la mano de mi padre era recuperar algo que el cáncer me había quitado. Aquel encuentro fue, sin duda, una victoria personal. Todo volvía a la normalidad.

El fútbol será el deporte rey pero en mi caso comparte el trono. El baloncesto, el tenis, la natación también han grabado imágenes para el recuerdo en mi memoria. Si hay una cosa que tengo clara es que de todo se aprende. El trabajo en equipo, la fuerza de voluntad, el poder de la mente… son algunas cualidades que si están “bien entrenadas” son “la mejor defensa” para frenar las dificultades que la vida, sin arbitraje, nos chuta para intentar meternos un gol. En nosotros está hacerlas frente y pararlas con “coraje y corazón”. Así seguro que levantamos la “copa de la vida”, la copa de la felicidad.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

**Gracias a Óscar Fernández Romero por sugerirme hacer esta reflexión entre la vida y el fútbol.

 

 

Una tarta con diez velas especiales

Son los que nos atormentan aunque intentemos evitarlos pero si tienen que volver a nuestra mente será por algo. Puedo no dormir bien por muchos motivos, eso nos pasa a todos. Pero la de anoche era una noche diferente. Hace diez años cambió mi vida y nunca mejor dicho de la “noche a la mañana”.

FullSizeRenderCada veinticuatro de enero veo el calendario y una revolución de sentimientos se mezclan en mi interior. Es el día del patrón de los Periodistas, profesión que me enamoró desde niña pero además de eso, pienso en aquella sala de espera de urgencias, en aquella fiebre que consumía mis fuerzas, en aquellas horas que atormentaban a los míos, en definitiva, en aquel frío Box en el que pasé la noche sola y con miedo a esa incertidumbre de no saber que me pasaba. Y por si eso no era suficiente, sabía que para mi padre iba a ser su cumpleaños más triste. Pero el destino decidió que así fuera.

Precisamente, ese destino es el que me permite hoy celebrar el cumpleaños de mi fiel compañero de batallas, mi padre. Festejar que hace una década cambió mi vida, no sé si a mejor o a peor, pero cambió. Me arriesgo a decir que me hizo mejor persona. Aquella asignatura de la vida la aprobé, en septiembre, con matrícula de honor, y sus enseñanzas no son fáciles de olvidar. Por eso, habrá que soplar las velas con la ilusión que se merecen. Porque aún nos quedan muchas cosas por vivir para ir renovando los recuerdos que entristecieron esa fecha de cumpleaños. Porque aunque muchos no lo entiendan, cuando mi mente me recuerda la etapa más dura de mi vida, mis ganas de luchar se multiplican.

Así que luciendo una sonrisa en el rostro y mirando al futuro con optimismo, este año cantaré el “Cumpleaños Feliz” sin que nada pueda silenciarlo. Sin duda, el día se merecerá un 10.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

 

 

 

 

No es un mes cualquiera

 

Hace apenas diez días que comenzó el mes de septiembre. Un mes que lleva marcado en su nombre el final del verano. La rutina del día a día vuelve para convertir la estación estival en un recuerdo cargado de nostalgia. Las vacaciones ya se escriben en pasado. Aunque dicen que no es bueno mirar atrás, quizás recordar las experiencias y aventuras vividas en los dos últimos meses sean las mejores aliadas para enfrentarse con optimismo no sólo al mes de septiembre sino al otoño que en breve llamará a nuestra puerta.

Fe-FrasesPrecisamente, a la puerta de mi mente llegan muchos recuerdos. Es en este mes en el que los sentimientos están a flor de piel. Puedo anhelar las vacaciones, puedo echar de menos la playa pero no puedo olvidar el día cero de mi particular calendario. Fue el catorce de septiembre de hace nueve años. Reconozco que puedo ser fuerte pero siempre digo que no soy de piedra. Cada vez que cruzo el umbral de La Princesa es inevitable que vengan a mi mente imágenes muy difíciles de borrar. Vuelven como un pase de diapositivas pero dejan en mí una dosis extra de energía. Siempre he dicho que nunca me alegraré de haber tenido un cáncer pero sí de las cosas buenas que me ha enseñado. No sólo aprendí a ser fuerte; aprendí algo más importante: A disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, claro está, en el día a día.

Como Aún tengo la vida, las ganas de exprimirla son muchas. En cada amanecer comienzo un nuevo capítulo que tengo que escribir. Tan sólo hay veinticuatro horas para hacer de él todo un bestseller mejor que el del día anterior. Superarse siempre es bueno, además aquí lo importante no es el número de ventas sino el número de sonrisas que he plasmado en el rostro. Porque la felicidad no tiene una fórmula, la felicidad de cada uno tiene su propia receta. Cuesta encontrarla pero una vez que se descubre algo cambia. Aprendí a valorar cada detalle de la rutina, cada gesto y cada palabra y realmente, tras luchar por mi vida fueron esos días de hospital, esas noches sin dormir, ese malestar y aquellas duras batallas las que me enseñaron que ser feliz es lo que cuenta. Porque de lo malo, siempre hay que quedarse con lo mejor. Y sé que lo mejor está por llegar, mejor dicho, está llegando…

Y porque Aún tengo la vida, lo espero con mi mejor sonrisa.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

http://www.descubrecastellon.com/cantando-a-la-vida/

http://www.antena3.com/noticias/salud/jimena-joven-que-superado-cancer-alegro-todo-que-ensenado_2013060200067.html