I Carrera Solidaria Donar Médula Burgos

Será la primera de muchas, de eso, no tengo ninguna duda. Y no lo digo porque es la primera vez que me apunto a una carrera sino porque la iniciativa de la Asociación de Donantes de Médula de Burgos ha nacido fruto de la solidaridad, el esfuerzo y el trabajo de quienes persiguen, día a día, fomentar la donación de médula o lo que es lo mismo, la posibilidad de regalar vida a otras personas.

Confieso que como excusa siempre digo que correr es de cobardes, pero en esta ocasión el corazón me decía que no podía negarme. Y cuando el corazón manda hay que obedecer. Pueden ser 21 ó 10 kilómetros pero la distancia es lo de menos. Lo que verdaderamente importa es que todos nos unamos por una buena causa. Conozco muy bien lo que sienten los que están deseando escuchar de su médico la frase: “Tienes un donante de médula compatible”. Hasta que llega ese momento, la esperanza es lo único que motiva a no tirar la toalla porque sabes, perfectamente, que ese es el comienzo de una nueva vida. En mi caso, fue una leucemia la que truncó los sueños que tenía con veintiún años, pero a pesar de todo, seguí construyendo otros anhelos desde las diferentes habitaciones del hospital. Me imaginaba todo lo que quería hacer cuando ganara la batalla. Conté en ella con mi familia, con mis amigos, con mis médicos, en definitiva, con todos los que se unieron a esa lucha y que, al igual que yo, esperaban la noticia más deseada. Y ésta llegó gracias a la generosidad de un donante de médula alemán, que sin conocerme se convirtió en el protagonista de los días más importantes de mi vida. Él lo cambió todo, dio un giro a mi historia y me hizo el mejor regalo que me han hecho nunca.

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En la presentación de Aún tengo la vida

Desde aquel catorce de septiembre han pasado casi trece años en los que llevando por bandera Aún tengo la vida he vivido muchas aventuras y experiencias. He conocido a grandes personas con las que he grabado grandes recuerdos en mi memoria. Entre ellos, el día que conocí a Noelia, a Rosa y a Maitane. Fue en Burgos, mi tierra y, como no podía ser de otra manera, hablamos de la importancia de ser donante de médula en la presentación de mi libro. Ellas saben que cuentan conmigo siempre que lo necesiten y tras leer un Whatsapp suyo hablando de la carrera, mi respuesta automática fue: Allí estaré.

Quedan trece días para que nos veamos en Cardeñadijo, las inscripciones todavía están abiertas. Por eso, os animo a que nos acompañéis porque si la unión hace la fuerza, obviamente, cuantos más seamos, más familias recibirán el apoyo psicológico que necesitan para afrontar con valentía y seguridad una etapa dura pero que dará paso a una mejor. Porque cuando la vida te da una segunda oportunidad, todo cambia y cada minuto se respira vitalidad.

Y esa vitalidad es la que me lleva a ponerme las deportivas, las mallas y la camiseta y correr por todos los valientes que están luchando como en su día hice yo para ganarle la batalla al cáncer y que pronto gritarán a los cuatro vientos: ¡Tengo un donante de médula compatible!

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

¡2.000 trasplantes de médula en La Princesa!

No sé cual será mi número pero lo que sí sé es que gracias a ellos aún tengo la vida. Nos conocimos de repente, sin un plan establecido pero con un único fin: ganarle la batalla al cáncer.

Las riendas de mi vida las tomó una leucemia de la noche a la mañana pero, afortunadamente, yo no estaba sola. Tenía a mi familia, a mis amigos y a un equipo médico que iba a luchar conmigo. La unión hace la fuerza y en los momentos de debilidad siempre había alguien que estaba dispuesto a tirar del carro. Vivimos unos meses muy intensos, escritos día a día en la sexta planta del hospital de La Princesa de Madrid. Pasé por muchas habitaciones en las que aprendí a valorar las pequeñas cosas y lo más importante, aprendí a conocerme a mí misma, a tener claras mis prioridades y a soñar como nunca lo había hecho. Allí, vestida con un pijama azul, anhelaba cruzar la puerta roja de la unidad de trasplantes. Sabía que tenía que tener paciencia y confiar en los médicos porque ellos, mejor que nadie, sabían cómo actuar.

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Aún tengo la vida comienza en el Hospital de La Princesa 

A diario pasaba visita la doctora Arranz, ella fue quien me dio la peor noticia de mi vida: el diagnóstico y también, la mejor: “tienes un donante de médula compatible”. Se convirtió en cómplice de mis días buenos, malos y regulares al igual que la doctora García Noblejas, la cual, tenía buena mano a la hora de hacerme las punciones medulares, eso sí, ella las sufría igual que yo. Mi tocaya, la doctora Cannata también fue participe de esos ciclos de quimio, de esas bajadas de defensas, de esos momentos complicados que con una sonrisa me llenaba de energía. Esa energía que me transmitió desde el primer momento en la consulta la doctora Gómez García de Soria. Ella me acompañó en el día más importante, el día del trasplante. Ella fue quien me llenó de positividad ante lo desconocido. Y gracias a ellas y a todo el servicio de Hematología dejé el miedo a un lado para afrontar la etapa más dura de mi vida.

Una etapa que culminó un catorce de septiembre gracias a la generosidad de mi donante de médula. Gracias a él, recibí la noticia que más anhelaba y pude marcar en el calendario el comienzo de una nueva vida. Se van a cumplir trece años llenos de experiencias, de sueños cumplidos, de aventuras y, lo más importante, cumpliré trece años en los que he vivido tal y como la vida me enseñó a hacerlo en La Princesa, sin ponerle ningún pero y conjugando el verbo vivir con mayúsculas.

Ahora La Princesa celebra los dos mil trasplantes de médula. Trece años después he vuelto a subir a esa sexta planta. Confieso que me temblaban las piernas, ya no está la puerta roja porque la planta ha mejorado. Eso sí, siguen estando al frente grandes profesionales y, sobre todo, grandes personas. Aprendí que de lo malo hay que quedarse con lo mejor y, sin duda, me quedo con esa familia que encontré vestida con una bata blanca y escribió conmigo cada capítulo de Aún tengo la vida. El catorce de febrero no celebraremos San Valentín, celebraremos que estamos enamorados de la vida.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

Cumpliendo 12 años… Gracias a mi donante de médula

Parece que fue ayer cuando señalé el día cero en mi calendario particular, pero ya han pasado más de cuatro mil trescientos días o lo que es lo mismo doce años. Ése es el número de velas que tendrá la tarta de este año. Decía Shakespeare que el pasado es un prólogo, y si hoy echo la vista atrás, puedo decir que el del dos mil seis marcó un antes y un después en mi vida. Ese prólogo estaba escrito en un ambiente desconocido para mí que, poco a poco, formó mi día a día. En él no faltaba la fuerza, el coraje, la sonrisa, y por supuesto, alguna que otra lágrima. Aquellos meses fueron duros pero el 14 de septiembre ese prólogo dio un giro literario lleno de esperanza, de generosidad y, sobre todo, de optimismo e ilusión. La misma ilusión con la que afronté el día que más anhelaba; el día en el que todo se tiñera Color Esperanza; el día en el que gracias a mi donante de médula, mi historia comenzara de nuevo.

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Viendo un sueño cumplido: Aún tengo la vida 

Y el primer capítulo, como no podía ser de otra manera, se ubica en aquella habitación del Hospital de La Princesa donde “Hans” llegó a mí. No sé quien es pero yo lo bauticé así porque vino desde Alemania. Mi donante se unió a mi lucha sin conocerme y me trajo el mejor regalo que me han hecho nunca. Me dio vida y puso fin a la leucemia que me había arrebatado las riendas de mi vida. Pasé cinco semanas muy duras en aquella cama, aislada, con pocas ganas de comer… pero con una positividad que me ayudó a pelear hasta el final.

Desde entonces ha pasado mucho tiempo en el que he vivido muchas experiencias, anécdotas y batallas para cumplir con todos los sueños que me alejaban mentalmente de aquella habitación. Me prometí, entre esas cuatro paredes, que buscaría siempre el lado bueno de las cosas, que disfrutaría del día a día porque aprendí que en un segundo todo puede cambiar y, lo más importante, fue la vida, con esta dura lección, la que me enseñó a valorar cada momento, a conjugar el verbo vivir sin añadirle ningún pero, porque cuando la vida te da una segunda oportunidad, el famoso “solo se vive una vez” lo escribes con mayúsculas.

Por eso, aquel prólogo que comenzó hace doce años tenía que ser modificado y la historia actualizada. De lo primero se ha encargado Javier Ares y de lo demás he sido yo quien me he puesto manos a la obra. Ésta fue otra de mis promesas. Aquella lucha en la que conté con grandes aliados tenía que ser escrita. De nuevo el tiempo me ha llenado de fuerza para escribir lo que en su día fue un sueño. En este cumpleaños o cumplevida no quiero presentes, es más, como Aún tengo la vida ya es una realidad, este es mi regalo para todos los que me apoyaron, me dieron fuerzas y me hicieron sonreír cuando más lo necesitaba. Es un agradecimiento escrito en forma de novela. Quizás una inspiración para los están luchando… Pero hoy, más que nunca, es un gracias a mi donante, a mis doctoras, a mi familia, a mis amigos… Es un sueño hecho realidad, una batalla vencida…  Es el mejor día para celebrar que Aún tengo la vida.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

¿Y si te haces donante de médula?

No era el día de mi cumpleaños, ni mucho menos el de mi santo. Tampoco había jugado el Atleti de mi corazón pero ese día fue especial, porque todos los que allí nos encontrábamos teníamos algo en común. Unos habían regalado vida y otros la habíamos recibido y, solo por eso, en el ambiente reinaba la generosidad, el agradecimiento, la alegría y, como no, la ilusión por un futuro lleno de sueños por cumplir.

Mentiría si no reconozco que los sentimientos los tenía a flor de piel, porque aunque el tiempo cura las heridas, las cicatrices ahí quedan. Siempre nos recordarán dónde hemos estado, pero también, nos muestran por lo que hemos luchado. Llevo muchos años abanderando mi día a día con Aún tengo la vida porque gracias a la generosidad de mi donante de médula, puedo seguir luchando por cumplir todo aquello que anhelaba en la cama del hospital. Me he preguntado en más de una ocasión cómo será mi donante de médula, qué sintió cuando le dijeron que era compatible conmigo, cómo será ese joven alemán que me hizo la persona más feliz del mundo aquel martes y trece de junio de hace doce años…

Mi donante de médula me regaló vida. Aún tengo la vida.

En fin, muchas cuestiones en las que la imaginación me ha permitido crear a mi Hans. Pero mi Hans ficticio se llenó de sentimiento y algo de realidad cuando conocí a Antonio y a Eduardo. Ellos han sido el “Hans español” de otro luchador que soñaba, como yo, con ponerle punto final al cáncer. Ellos han donado médula y les aseguré que con ese gesto de generosidad llenaron a otra persona de vida, y sobre todo, de mucha fuerza para afrontar el día más deseado, el día del trasplante. Al igual que yo no olvido ese catorce de septiembre, ellos recuerdan cómo fue todo su proceso. Me encantó escuchar como lo cuentan porque era la primera vez que me lo describía alguien que lo había experimentado. Vi en sus ojos la emoción de saber que habían hecho algo muy grande. Con la carne de gallina, mientras oía su historia, me vinieron a la mente muchas imágenes de mi “día cero”. Comprendí lo que Hans había hecho por mi sin conocerme al igual que Eduardo y Antonio. Son dos personas que eligieron unirse a la batalla de alguien con su mejor arma, su médula. Son un claro ejemplo de lo que necesitan muchos luchadores. Tengamos claro que donar médula es regalar vida. Quienes buscan en la habitación de un hospital aliados en la lucha contra cáncer, solo quieren escuchar de la boca de su médico la frase que yo también anhelé: “Tienes un donante de médula compatible”. Creedme que es la mejor noticia que me han dado nunca y espero que muchos se unan a la lista de donantes, porque la unión hace la fuerza.

Aquel día intercambiamos experiencias, anécdotas, vivencias y esperanzas. Sabemos que sin lucha no hay victoria, por eso, no nos rendiremos ante la posibilidad de llenar de nombres la lista de donantes de médula. Queremos que cada vez sean más los que se unan a mi lema y puedan gritar a los cuatro vientos: “Aún tengo la vida”.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

Aún tengo la vida

No ha sido por pereza, ni mucho menos por falta de ideas o de temas. Ha sido por cumplir un sueño y ese es el mejor motivo que puedo tener para defender mi ausencia durante tanto tiempo. Está claro que el hecho de poder hacer realidad los sueños es lo que hace que la vida sea interesante, y teniendo esto tan claro todo está justificado.

Era algo que me rondaba por la cabeza desde hace doce años y a pesar de que siempre estaba en mi lista de los propósitos de Año Nuevo nunca llegaba a cumplirlo. No sé por qué pero nunca tenía tiempo para ello. Hoy, conozco muy bien el motivo de tanta justificación y entiendo por qué sentí que ahora era el momento de hacerlo. Dicen que el tiempo cura las heridas, me pueden quedar cicatrices pero lo que seguro ha cambiado ha sido la perspectiva de las cosas y sólo por eso, en mi estómago tenía un hormigueo que decía que era ahora o nunca. La vida es caprichosa y sabe cómo mostrar el camino a seguir. Decidí que no iba a continuar poniendo excusas y acepté sentarme frente a la hoja en blanco. Ésta ahora no me daba miedo porque sabía que lo que iba a contar, iba a hacer que me tiraran las cicatrices de la etapa que marcó un antes y un después en mí. Así que con la valentía que me caracteriza, página a página, decidí teclear la historia que envuelve mi lema de vida. Aún tengo la vida nació como novela el pasado 22 de marzo. Ese día el sueño se hizo realidad.

Portada del libro Aún tengo la vida

Viendo el libro y acariciando sus páginas pienso en los recuerdos inolvidables que ese jueves quedaron grabados en mi memoria. Mis amigos, mi familia, mis médicos estaban ahí;  compartiendo las lecciones que la vida me dio. Mi lucha y mi victoria, mis lágrimas y mis alegrías y un sinfín de sentimientos que quedan reflejados en un libro en el que dos jóvenes se enfrentan a sus propios miedos para tratar de encontrarse así mismas. Eso sí, siempre con el color esperanza por bandera y la positividad y optimismo como mejor aliados.

Si algo me enseñó la vida hace doce años es que hay que disfrutar de los momentos, luchar por aquello en lo que se cree y dejar volar la imaginación porque los sueños se cumplen. Revivir lo que pasé no ha mermado mis fuerzas, al contrario, ha recargado mi vitalidad. Me ha hecho recordar muchas enseñanzas, muchas anécdotas y muchos momentos que incluso creía olvidados. Ahora, con el libro en mis manos, pienso que la vida, esa que solo se vive una vez, cuando te da una segunda oportunidad siempre va a ser mejor que la primera. Porque a pesar de todo… Aún tengo la vida.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

 

 

 

 

Cumpliendo 11 años… Gracias a mi donante de médula

“¡Ojalá vivas todos los días de tu vida!” Esto dijo el autor de Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift y no le falta razón. Se pasan los días, los meses y los años y no nos damos cuenta de que, en definitiva, el tiempo no es un actor secundario en nuestra rutina. El tiempo no vuelve y, por eso, cada minuto es único e irrepetible. La vida está para vivirla y cada uno sabe como buscar en ella esa felicidad que hace que los momentos sean inolvidables. Porque ser feliz depende de cada uno. Únicamente hay que preguntarse cuáles son los ingredientes de la receta de nuestra felicidad. A mí la cocina no se me da bien pero esta receta, sin duda, la tengo bien aprendida.

Celebrando la vida

Hoy, en el día en el que se cumplen once años de mi trasplante de médula, puedo brindar por la vida. Ese regalo de vida, y nunca mejor dicho, que mi donante alemán me hizo sin conocerme. Aquella tarde no la podré olvidar. Recuerdo como vivimos cada minuto de aquello que para mí era desconocido, pero que sabía que ponía punto final a la quimio y a la radioterapia. Y ya, solo por eso, el miedo no estaba invitado a pasar por mi mente. Era el momento de aliarse con la valentía y la fuerza porque únicamente con ellas podía comenzar esa nueva etapa. El anhelado día cero, ya tenía fecha y eso en aquel momento era lo más importante de todo. Está claro que las circunstancias determinan la valoración de las cosas y aquella tarde, tumbada en aquella cama y con múltiples tubos conectados a mí, recuerdo que solo quería terminar de luchar y obtener una victoria para ver en el rostro de mis padres una señal que mostrara el alivio de que todo había ido bien. A pesar de la preocupación y el cansancio, la sonrisa inundó su rostro. Y al verla recordé las palabras de mi doctora cuando me comunicó que tenía un donante compatible: “Jimena, esto se acaba”. Y así fue.

Pasaron los días y aquella habitación se había convertido en “mi hogar”. El tiempo transcurría muy despacio. Y después de seis semanas aislada ahí dentro llegó el día en el que recibí el alta. Apenas podía andar pero el anhelo de salir a la calle era tal que hasta casi echo a correr. Ahí está la fuerza de la vida. Esa fuerza que nunca sabes que tienes hasta que la necesitas. Eso sí, ya en la calle fui feliz con solo sentarme en un banco. Por las pequeñas cosas empieza mi receta de la felicidad. No necesito muchos ingredientes pero lo que no puede faltar en mi día a día es esa sensación de que a pesar de la rutina he tenido vida. He tenido tiempo para mí.

Ahora me toca soplar once velas pensado que las cicatrices ahí quedan. Que no se trata de olvidar sino de aprender a vivir con los recuerdos. Ya dijo Kierkegaard que “la vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia adelante”. Por eso, a aquel día cero ya le he sumado más de cuatro mil días más, es decir, más de cuatro mil experiencias más, ya que como aseguraba Scott Fitzgerald: “La vitalidad se revela no solamente en la capacidad de persistir sino en la de volver a empezar”. Y en eso también tengo experiencia porque Aun tengo la vida.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

 

 

Buscando la Estrella Polar

Cumplir los sueños es lo que hace que la vida sea interesante, por eso, ver publicado mi primer relato me llena de ilusión y energía para seguir aliándome con las palabras y llenar la fría hoja en blanco con el calor de unos sentimientos, de unas aventuras o lo que las musas prefieran. Hoy, homenajeando a quien siempre me animó a escribir y celebrando un año más de vida y experiencias, comparto Buscando la Estrella Polar con todos vosotros:

Buscando la Estrella Polar

 A mis padres, por ser el mejor ejemplo a seguir

Aquella noche del mes de noviembre, el cielo estaba colmado de estrellas, la luna era casi llena y daba una luz que, aunque no con mucha nitidez, permitía ver en la oscuridad de la noche. Pablo podía escuchar el silencio que alguna vez se veía interrumpido por el “cri-cri” de algún grillo noctámbulo. A lo lejos se divisaban pequeños destellos, eran las luciérnagas que poblaban el jardín, y la magnífica silueta de la montaña que tan bien se conocía. Arropado por una manta tejida a mano, se sentó en su butaca orejera favorita a pesar de que ya no era tan confortable como le gustaría. El paso del tiempo había convertido sus almohadones en cojines tan finos que no superaban el dedo de grosor, su mimbre se encontraba deteriorado pero eso era lo de menos. Porque en ese butacón había leído muchos libros, bebido litros de café y fumado algún que otro cigarrillo, ahora es un exfumador convencido. Pero sobre todo, desde ahí contemplaba la que sin duda es la mejor vista de La Peña, como se conoce a aquel emblemático montículo.

Antes de tomar la postura que más le gustaba, Pablo cogió la taza de chocolate que se había preparado. El humo que desprendía era el calor que él necesitaba. La cogió entre sus manos y se recostó poniendo los pies en el borde de aquella mesa redonda giratoria de cristal y madera. En ese momento miró al cielo, cerró los ojos y empezó a recordar su vida desde su años de infancia.

Visualizó a aquel niño vestido con pantalón corto y la camisa por fuera, los calcetines uno más alto que otro y los zapatos llenos de polvo. Pablito, así le llamaban, era rubio con el pelo siempre revuelto, los ojos verdes, la piel blanca y una sonrisa que enamoraba. Era un crío travieso, lleno de arañazos porque le gustaba correr aventuras por aquellos bosques frondosos. Construyó su casa en el árbol, aquel viejo roble que era tan difícil de trepar, aunque para él no había imposibles. Con la bicicleta recorrió ese valle de arriba abajo y siempre llevaba colgando del bolsillo trasero de su pantalón, su bien más preciado, el tirachinas.

Se acordaba al detalle de su primera brecha, de las veces que había rodado las escaleras de esa casa, de los capones que había recibido, de los puntos que le habían dado en el centro de salud del pueblo. Pero también recordaba las muchas fiestas de cumpleaños que allí había celebrado, las verbenas populares que había festejado, los baños que se había dado con la manguera en el jardín, en definitiva, rememoraba todas las chiquilladas de entonces. Abrió los ojos y éstos comenzaron a cristalizarse. No quería llorar y los volvió a cerrar. De nuevo, los recuerdos inundaron su mente.

De la infancia pasó a la adolescencia, era un joven apuesto que se llevaba a las chicas de calle. Aquellos guateques de los setenta, los pantalones cortos pasaron a ser de campana y al más puro estilo de Fiebre del Sábado Noche, Pablito pasó a ser Pablo. El hombre que seguía siendo hoy en día, cargado de generosidad y bondad pero con el corazón compungido. Las imágenes continuaban proyectándose en su cabeza como si de la película de su vida se tratase y tras unos minutos, Pablo volvió a contemplar la noche. Dio un sorbo al chocolate que había dejado de humear y comenzó a mirar a las estrellas.

Distinguió la Osa Mayor, la Osa Menor y buscaba la Estrella Polar para encontrar el norte que había perdido en los últimos días. Se levantó y poco a poco emprendió un pequeño paseo, bordeó la piscina que había en aquel jardín que recordaba lleno de flores. Sabía que nada volvería a ser como antes. Que el tiempo pasa y todo va cambiando. Pero en su interior seguía viva la llama de su juventud. Aquellas vistas le tenían enamorado, era su paraíso particular y por muchos años que pasaran ese sentimiento no iba a cambiar. Volvió a sentarse, en el corazón notaba pinchazos y ahora sí que dejó salir aquellas lágrimas que había contenido unos minutos antes. Eso le calmaría pero sabía que la ausencia de su madre era irreparable. Ya no estaba. No volvería a escuchar su voz, ni su risa. Solo le quedaba aferrarse a esos recuerdos que habían pasado por su mente, allí donde creció y donde ahora lloraba de melancolía.

De repente escuchó que le llamaban. Era su hija que corrió a abrazarle y se sentó en su regazo como cuando era una niña. Y le dijo:
– Papá, esas gotas saladas son fruto del amor incondicional a una madre, deja que caigan en el jardín y volverán a nacer las flores que tanto le gustaban a la abuela.

A lo que él respondió:
– Tienes razón, la vida me ha premiado contigo y con tu madre. Tu abuela se ha ido pero en ti ha dejado lecciones como la que acabas de darme.
Rosa miró a su padre y añadió:
– No te olvides que la abuelita siempre nos decía: En la vida, ante todo, sed felices.

Padre e hija se levantaron, caminaron unos pasos, alzaron la vista y en el cielo encontraron la estrella que más brillaba, la estrella polar de sus vidas.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

De Cercanías y Confidencias con Coti

“Cuando puedas contar tu historia sin derramar lágrimas, sabrás que por dentro ya te curaste.” Parece fácil porque el paso del tiempo dicen que cura las heridas. Pero no siempre que echamos la vista atrás somos lo suficientemente fuertes para afrontar los recuerdos de lo vivido. Ahora bien, reconozco que cuando tengo que hablar de la etapa más dura de mi vida, las lágrimas no llegan a caer por mi rostro. Porque desde entonces, he aprendido a vivir, a disfrutar y sobre todo, a afrontar los retos que la vida me ha ido poniendo por delante, sabiendo que ya soy la triunfadora de la batalla más dura que me ha tocado pelear. Cuando luchas por tu vida y ganas, ya te curtes para lo que venga. Si bien es verdad, siempre quedan cicatrices que marcan dónde has estado pero no a dónde llegarás.

El tiempo ha pasado y me ha llevado a conocer a grandes personas, a vivir en diferentes lugares y, sobre todo, a disfrutar de cada segundo. Por eso, hace meses en menos de un minuto compré la entrada para ver a Coti. No iba a ser mi primer concierto de este año, ni tampoco el último; pero sí iba a ser el más especial. Su gira Cercanías y Confidencias brindaba la oportunidad de ver y escuchar a este argentino en estado puro. Acompañado por sus guitarras, la armónica, el piano y el bandoneón fue interpretando cada uno de sus temas transmitiendo un sentimiento que solo en petit comité puede llegar a poner la carne de gallina. El púbico estaba más que atento a las distintas anécdotas que Coti fue contando ya que cada canción tiene su por qué.

Coti interpretando “Días”

Se cantó Tu nombre, Otra vez, Te quise tanto, Antes que ver el sol… y llegó el momento que me demostró que hay una cicatriz que me pellizca directamente en el corazón. Ya me sabía la historia de la canción y aunque intenté ser fuerte, no lo conseguí. Color Esperanza fue la banda sonora de mi lucha. En un segundo recordé aquel 25 de marzo, día en el que me la dedicó un buen amigo, vi la habitación del hospital donde la escuché, la cara de mi madre y de las enfermeras y, sobre todo, me veía yo postrada en una cama con aquel pijama que era mi uniforme de lucha. Todo eso con tan solo dos acordes. Dejé que las lágrimas salieran porque no tenía ningún motivo para detenerlas. Ya lo dice la canción: “Sé que hay en tus ojos con solo mirar”. Ahora bien, desde anoche, esas gotas saladas ya son más dulces, aunque me siga emocionando una nueva imagen vendrá a mi cabeza… será la de Coti y su guitarra a escasos cinco metros de mi quien ponga, además de lágrimas, una sonrisa en mi cara porque “la tristeza algún día se va” para seguir “tentando al futuro con el corazón”.

Un corazón que palpita al son del día a día, que sabe que “es mejor perderse que nunca embarcar”, que “lo imposible se puede lograr” y que hay que “quitarse los miedos y sacarlos afuera”. Y aun sabiendo lo que este concierto me iba a recordar, puedo afirmar que las dos horas y media que disfruté con Coti serán inolvidables. No fue un concierto más, fue un concierto de cercanías y confidencias que muy pocos pueden hacer.

Con el público en pie, este argentino, padre de dos parejas de mellizos, se despidió de Madrid con su Canción de Adiós… Aunque mejor, si me lo permites, nos decimos “Hasta Pronto”.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

Unidos por el destino y la pulsera solidaria

“La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes” decía John Lenon, y no le faltaba razón. La vida o el destino siempre nos da sorpresas ya sea para bien o para mal. Y en todas ellas hay grandes lecciones que aprender. Lecciones que pueden marcar cambios en nuestra actitud, en nuestro carácter, en definitiva, en nosotros mismos. Hace años aprendí que hay que afrontar las cosas como vengan porque adaptarse a las circunstancias es vital para sobrellevarlas.

Con fuerza y optimismo resistí aquel doloroso 2006. Recuerdo que tenía muchos planes por hacer pero de la noche a la mañana todo cambió. Mis sueños no se truncaron pero sí se alteraron. Buscaba ganarle la batalla a una leucemia y lo conseguí. Si bien es verdad, la lucha fue muy dura pero aun así me reafirmo en algo que ya he dicho en más de una ocasión: “Nunca me alegraré de haber tenido un cáncer pero sí de todo lo que me ha enseñado”. Mi vida cambió hace once años, me privó de muchas cosas. La década de los veinte fue diferente pero aun así el destino me ha recompensado con otras aventuras y sobre todo con grandes personas que ahora están en mi lista de amigos.

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Con la pulsera de la solidaridad, entre todos lo conseguiremos. Diseño imagen: Daniela Franco

Y en esa lista están María y Carlos. La vida es caprichosa y quiso que nos conociéramos el año en el que celebrábamos nuestro décimo aniversario de la victoria. Mientras yo estaba en el Hospital de la Princesa soñando con un donante de médula, ella y su hijo se encontraban en el Hospital Sant Joan de Déu ganándole la batalla a un sarcoma de Ewing. Todos salimos victoriosos y por supuesto, muy agradecidos a los equipos médicos que lucharon con nosotros. Carlos en aquel entonces tenía solo 8 años y escribió un poema de 20 versos en los que con la inocencia de un niño relató lo que estaba pasando: “Esta enfermedad es una “bolita” / que siempre está “enfadadita”, / a mi me molestó, / y el médico la encontró. / Me hicieron una resonancia, / madre mía, “que ansia”! / después a una habitación me subieron / y allí unos días me tuvieron. / Durante unos días me daban medicación / y yo tenia mucho dolor. / A casa llegué / y feliz me quedé! / Al cabo de un mes me operaron / y una cicatriz me dejaron. / Poco a poco hago recuperación / y ya puedo correr hasta mi habitación. / Espero estar del todo curado. / Para ver a mi profesorado. / Muchas cartas he recibido / gracias a los mejores amigos que he tenido.” De ahí, nació la pulsera solidaria para ayudar a la investigación del cáncer infantil. No es una pulsera cualquiera, es una pulsera cargada de generosidad. Porque los que hemos ganado la batalla al cáncer sabemos que toda investigación es poca. La unión hace la fuerza y juntos podemos conseguir que el cáncer nunca gane.

Carlos consiguió que su madre desterrará de su vocabulario la expresión “yo no podría” por la de “se puede”. Y precisamente como querer es poder, los dos Aun tenemos la vida para cumplir nuestros sueños y para ayudar a los que luchan. Yo ya tengo mi pulsera. ¿Y tú? Únete a nosotros. Te esperamos.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

Más información en:

Twitter: @graciasati2011

Instagram: @pulserasolidaria

Facebook: Pulsera solidaria por la investigación del cáncer infantil

Mail: graciasati2011@gmail.com

Va por ti, Abuelita

Lleva días rondando por mi cabeza y es que los recuerdos afloran cuando más se necesitan. Hace unos meses te vi por última vez y no podré olvidar esa sonrisa en tu rostro mientras pronunciabas mi nombre. Hoy esa imagen es capaz de cristalizar mis ojos porque te has ido en un día muy señalado para mi.

fullsizerenderPero de ti me quedan muchos recuerdos, muchas conversaciones llenas de consejos, más de algún secreto y sobre todo muchas vivencias. Me enseñaste a ser fuerte porque tú lo eras, me enseñaste a tener carácter porque tú lo tenías, me enseñaste a ser cariñosa porque tú lo eras, me enseñaste tantas cosas… Sé que te echaré de menos pero en mi corazón está tatuado tu recuerdo. Siempre me insistías en que tenía que escribir y recuerdo como te alegraste cuando empecé este blog sin se supieras muy bien lo que era. Hoy, a pesar de todo, puedo agradecerle a la vida todos los momentos que me ha permitido estar contigo. La vida es el libro que nosotros mismos vamos escribiendo, y aunque el tuyo ya está finalizado, yo necesitaré citarte en más de una ocasión…

Y hablando de citas, hace unos días estuve viendo el musical de El Rey León. Y de sus diálogos cargados de lecciones me quedo con las palabras de Mufasa: “Mira las estrellas. Los grandes reyes del pasado nos miran desde las estrellas, así que, cuando te sientas solo, recuerda que esos reyes siempre estarán ahí para guiarte”. Yo ya miraba al cielo y veía a mis dos reyes, Eusebio y José María, ahora además, tendré una reina. Así será difícil que me pierda…

Gracias por tanto, abuelita. Descansa en Paz.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)