CONJUGACIÓN DEL VERBO VIVIR

No todos los datos van a ser malos. Ya se ha superado el millón de personas inmunizadas y otras miles están esperando la segunda dosis. Poco a poco se llegará a alcanzar la cifra anhelada pero, vacunados o no, hay que seguir extremando las precauciones. Recuperar nuestra vida normal nos va a llevar tiempo aunque me consuela pensar que cada día que pasa es un día menos. Parece que la curva se estabiliza y eso es buena señal. Pensar en positivo es algo a lo que no pienso renunciar y, por eso, me aferro al lado bueno de las cosas. El futuro, con pandemia o sin ella, siempre es incierto, pero el presente es único. Solamente por eso no hay que desaprovechar lo que nos ofrece la vida. 

Es cierto que hay días que se ponen cuesta arriba porque, precisamente, a la pandemia hay que añadirle los contratiempos que la rutina trae consigo. Eso sí, no hay que olvidar que la fortaleza de uno mismo crece en tiempos adversos. Llevamos muchos meses anhelando todo a lo que hemos renunciado y aunque la incertidumbre se adueñe de nuestra “nueva normalidad” no hay que rendirse. Y para no derrumbarse hay estar ocupado. Pensar demasiado puede ser muy perjudicial para nuestro estado de ánimo. Procuro ocupar mis días haciendo lo que más me gusta, pero hasta eso puede llegar a aburrirte de manera soberana. Así que hay que adentrarse en terreno desconocido. La pandemia me está demostrando que entre fogones no me manejo tan mal o que el bricolaje puede ser otra de mis aficiones. Sin duda, en otros tiempos no me lo hubiese planteado. 

Además de seguir con “mis rutinas”, esta semana vuelve la Champions. Otro aliciente. El Atleti está en racha y hay muchas ganas de ver a los de Simeone pelear por la anhelada “Orejona”. Es cierto que echo de menos ir al Metropolitano y confieso que al principio no soportaba ver los partidos de fútbol sin público, pero a todo te acostumbras. Eso sí, el día que los colchoneros volvamos a las gradas no habrá manera de hacernos callar. Romper ese silencio será una señal de victoria porque la pandemia estará más que controlada. Ojalá llegue pronto esa jornada de Liga, de Champions o de la competición que sea. Lo importe siempre será volver y, por supuesto, recordar a quienes, por desgracia, ya no están con nosotros. Hasta entonces, me aferro a los recuerdos. Dicen que no es bueno mirar al pasado pero, dadas las circunstancias, rebuscar en la memoria esos momentos que te hacen sonreír puede ser una buena terapia. 

Si de terapias médicas hablamos, estamos por el buen camino. Afortunadamente la ciencia ha avanzado y los científicos van demostrando cuales son los mejores tratamientos para aplacar al virus. Confiar en su trabajo es fundamental, pero para que lo puedan desarrollar plenamente necesitan que se invierta en ello. Quizás el Gobierno debería tomar nota de esto. De los que nos gobiernan es mejor no hablar porque cada decisión que toman provoca las alabanzas de unos y las críticas de otros. Nunca llueve a gusto de todos, aunque lo único que nos debe preocupar en estos momentos es nuestra salud y para cuidarla hay que empezar por la responsabilidad individual. Ya tendremos tiempo de rendir cuentas con los políticos en las urnas. Ahí se plasmará la valoración que se hace de toda la gestión. Hasta entonces cuidémonos todo lo que podamos sin olvidarnos de conjugar, aunque sea de una manera diferente, el verbo “vivir” en tiempos de pandemia.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

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LA IMPORTANCIA DE SONREÍR EN LA ADVERSIDAD

Dejamos atrás el mes de enero con una situación desoladora. En plena tercera ola con la vacunación estancada y sin un plan concreto cuesta ser optimista. Las fuerzas flaquean porque las noticias nos traen, a diario, una de cal y otra de arena. Es difícil entender las restricciones de muchas comunidades cuando las insensateces siguen prevaleciendo. La paciencia tiene un límite y éste ya se está empezando a superar. Aún así no hay que perder la esperanza, por eso, confiemos en que en febrero, al menos, dobleguemos la curva para recuperar una estabilidad que tanto necesitamos. 

También es una necesidad saber ocupar la mente para que ésta no juegue en nuestra contra. Nos piden que nos autoconfinemos y aunque la experiencia del pasado mes de marzo fue muy dura, ahora depende de nuestra responsabilidad individual decidir cómo ayudar a nuestros sanitarios. Distraerse es lo mejor que podemos hacer y, afortunadamente, la tecnología juega a nuestro favor. Unas buenas películas o una serie de infinitas temporadas pueden ser buenas aliadas para conseguir que el tiempo pase, pero leer una novela también. Evadirse de la realidad es una buena terapia para “desintoxicarse” del exceso de datos, de información y de noticias falsas que invaden nuestro duro rutina. Por supuesto, no hay que olvidarse del deporte rey. El fútbol sigue dando grandes momentos a sus aficionados. Hasta los malos resultados consiguen aliviar el estrés en general y, si no que se lo que pregunten a los merengues del Real Madrid que en la Liga no levantan cabeza. Los de Zidane no dejan de sorprenden y se han convertido en la mejor fuente de inspiración de muchos chistes. Todo lo que consiga sacar una sonrisa en tiempos de pandemia es bienvenido. 

Sonreír no siempre es fácil, pero es una necesidad. Hasta las peores noticias hay que asumirlas con una sonrisa cargada de esperanza y optimismo. Al menos a mí me funcionó cuando, tal día como hoy, me dieron la peor noticia de mi vida. No digo que sea fácil de hacer y, por supuesto, de asumir pero el tiempo, aunque pase despacio, va dando respuestas y soluciones a la adversidad. Confieso que borraría del calendario el 2 de febrero de por vida, pero solo puedo sobrellevar el día y pensar que son 24 horas de recuerdos que me acompañarán para siempre. Lo bueno es que cada mañana sale el sol y te recarga la energía que en un día puedes perder. 

Y perder, precisamente, no es lo que más me gusta. De ahí que gané la batalla y, estoy convencida que esta pandemia entre todos la superaremos, aunque para ello tengamos que sacrificar muchas cosas. Vendrán tiempos mejores y en nuestra mano está su pronta llegada. No hay ninguna duda de que hay que poner todo de nuestra parte. Estamos cansados y abatidos, pero rendirse no es una opción. Anhelamos las vacunas pero éstas también nos han traído más incertidumbre. Algo de lo que ya íbamos sobrados. Si combinamos el  ¿Cuándo llegarán? con el ¿Cuándo me vacunarán? La ansiedad se dispara. La incompetencia de unos, la pagamos todos. Ya va siendo hora de pensar en el bien común, pero ¿qué se puede esperar cuando ves  a quienes por egoísmo priorizan su vacunación ante  los mas vulnerables al virus? 

Decían que de esta pandemia salíamos más fuertes. Más fuertes no lo sé, porque de momento lo único que se ha fortalecido es la crispación y ésta no es buena. El tiempo nos mostrará cómo salimos de ésta porque el futuro no está escrito por mucho que nos intenten convencer de él. Cuando la pandemia llegue a su fin, cada persona sacará su propia lectura de ella y asumirá sus enseñanzas y sus consecuencias. Esto es así y no necesita de ningún decreto; esto será la realidad individual y somos puro sentimiento. 

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RESPONSABILIDAD Y ÉTICA

Van pasando los días y el hartazgo está más presente. A veces para evadirse hay que tirar de los buenos recuerdos. Seguro que somos muchos los que hemos tirado de esos buenos recuerdos para aliviar la agonía que la pandemia está dejando en nuestras mentes. Las cifras dan pavor y las medidas son una constante para intentar aplacar la curva de contagio. Los ciudadanos nos estamos sacrificando mucho. De hecho, seguimos aguantando las mentiras que día tras día nos quieren hacer creer. Y si a todo esto añadimos los problemas con el abastecimiento de las vacunas y los egoístas que se han saltado el orden de vacunación es para enfadarse y, sobre todo, para pensar en qué valores priman en la sociedad. De la clase política es mejor no hablar, porque aunque no es bueno generalizar siempre destacan los que se aprovechan de su cargo para su propio beneficio. Esos son los mas lamentables de todos. 

Desde que todo esto comenzara el pasado mes de marzo, muchos aprendieron el significado de la palabra “resiliencia”, ponerla en práctica no siempre es fácil pero con tesón y mucha fuerza de voluntad fuimos renunciando a los abrazos, a los besos, a las reuniones, a ver a nuestros seres queridos, a nuestra rutina… Y todo esto sin saber cuándo volverá la verdadera normalidad. El pasado verano fue un espejismo que nos dejó de souvenir la segunda ola y, ahora, en la tercera seguimos viendo a muchos inconscientes que pasan de las medidas básicas anteponiendo su diversión a la salud de todos ya que se olvidan que los sanitarios están dejándose la piel para salvar la vida de quienes contraen la enfermedad. Su sacrificio es digno de alabar y si una imagen vale más que mil palabras, hemos podido ver imágenes muy duras dentro de los hospitales. Esas instantáneas no tendrían que dejarnos indiferentes, pero parece que nos han anestesiado ante todo lo que está pasando ya que lo mismo pasa con la cifra diaria de fallecidos. Son personas y no números, son familias que no volverán a ver a su ser querido y cuyas vidas por mucha normalidad que recuperemos nunca volverá a ser como antes. 

Es más, la pandemia nos va a pasar factura a todos de una manera o de otra y quienes tienen que velar por nuestra salud y tomar las decisiones oportunas están demostrando que dejan mucho que desear. Hace tiempo que decidí gobernarme a mí misma. Es mi responsabilidad saber lo que me conviene por mí y por mi familia. Tengo mucho respeto al virus pero no puedo hablar de miedo porque sé cómo tengo que actuar. Es cierto que nadie está libre de contagiarse pero no es tan difícil ponerse una mascarilla, lavarse las manos y respetar la distancia prudencial para ponérselo más complicado al COVID-19. Precisamente, en estos días de enero de hace unos años la vida me enseñó de una forma muy dura cuál es su valor y la importancia de las pequeñas cosas que carecían de relevancia. Me enseñó también a valorar cada día porque me di cuenta de que en un segundo todo puede cambiar. Por eso, aprendí a pelear por ella y ahora es el momento de defenderla de un virus complejo que ya nos ha arrebatado muchas cosas. Eso sí, con la esperanza por bandera y anhelando la vacuna, no dejaré, en la medida de lo posible, de disfrutar cada día porque la felicidad no tiene receta y quizás, en estos momentos, haya que hacer algún cambio de ingredientes. Lo que está claro es que cuando todo esto pase los abrazos no dados serán el mejor premio que esta pandemia nos puede dejar. Sin duda, ese pequeño gesto es felicidad en estado puro. Aguantemos sin desesperar porque con la inmunidad llegará eso que ahora soñamos. Hasta entonces, seamos responsables, usemos el sentido común, apoyemos a la ciencia y facilitemos el trabajo a nuestros sanitarios. Seamos un equipo por el bien de todos. 

Jimena Bañuelos

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EL LÍDER

Aunque tenga muchas razones, nunca abandona cuando las cosas se ponen mal, y es que liderar es ceñirse al deber, a lo que ha de hacerse, a lo correcto, no a lo cómodo, al aplauso fácil.

Liderar exige mantenerse solo, sin el sostén populista, se precisa de coraje, de habilidades adquiridas con experiencia, de una personalidad forjada con tenacidad, de desarrollados potenciales intelectuales. 

Se trata de no ser autoindulgente, de no posar para una radiografía, de saber decir: “no sé”, de no juzgar si no conoce todos los hechos y ha escuchado las distintas versiones. 

Su posición ante los homenajes debe ser como la de Orson Wells en sus últimos años, cobraba. No debe llevar gafas para dar impresión de intelectual, pues no aporta cultura. 

No puede ser una persona crónicamente insatisfecha, ni seguir unida a un partido político, a una asociación, a una empresa, por puro rencor, ni desear cambiar su fortuna jugando a la lotería, ni no tener un puesto profesional al que volver, ni aceptar regalos, ni quedarse como invitado en casa de nadie, ni asumir desde el conformismo la “obediencia debida”.

Debe huir de las frases ingeniosas, lucir en los días grises de bruma, lluviosos. Ser convincente, creíble. Ha de anticipar. Debe poseer carisma y una mirada poliédrica para ver el mundo que le rodea más allá del movimiento, de las conductas, debe captar motivaciones, sentimientos, lo no dicho en las encuestas, en los sondeos. 

Ha de ser vocacional, apasionado por su trabajo y contar con un magnífico talento: el sentido del humor. 

Rodearse de los mejores, lo que presupone buenas personas. Gustar de argumentar, de entender que la posesión de la verdad es un espejismo propiciado por los más necios. 

No debe buscar alcanzar el éxito, sino crear una obra compartida. Reconocer sus limitaciones, propiciar la humildad. Ser querido, no temido.

El líder sabe comunicar, compartir la experiencia humana, gusta de la soledad que permite el intercambio con los otros, rehúye la pereza cognitiva, aviva el vínculo, el apego.

Aprecia la solidaridad, fomenta las conductas de ayuda. Potencia la responsabilidad individual.

Sabe identificar los problemas y dar respuesta con presteza. No cabe la mediocridad, la confusión e incoherencia.

Debe ponderar la información que recibe, entender que la salud incluye lo biológico, lo social y lo psicológico.

Se apoya en la fortaleza de su espíritu, con sentido de futuro, desde la serenidad, la asertividad, la resolución de conflictos, mantiene un delicado equilibrio entre tiempo y voluntad.

Gusta de la belleza, de la cultura, de la armonía del ser, cuenta con un propósito de vida. Es consciente de la capacidad que posee para superar circunstancias difíciles, y aun traumáticas.

Ha aprendido desde una personalidad resistente y una gran capacidad para reinventarse a gestionar la espera, la tolerancia a la frustración.

Se adorna de flexibilidad, nunca se deja atrapar por la apatía, desgana, falta de motivación.

Mujer u hombre, quien ostenta liderazgo conjuga el idealismo con la realidad, sabe aceptar y relativizar, sonríe, es perseverante, hace acopio de sabiduría, adopta el autocontrol, y siempre siempre, anticipa.

Demanda el esfuerzo de cooperación y asume la responsabilidad de los fracasos.

Javier Urra

Prof. Dr. en Psicología y Dr. en Ciencias de la Salud

Académico de Número de la Academia de Psicología de España

RESILIENCIA

“Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”, es decir, resiliencia. Una palabra que muchos han conocido cuando empezó la pandemia, otra cosa es ponerla en práctica. La capacidad de adaptarse a las circunstancias es fundamental para afrontar todos los cambios que estamos experimentando día a día. A estas alturas todos somos conscientes de la situación tan complicada que vivimos. La incertidumbre de no saber cuando terminará nos agobia, nos angustia pero tenemos que aliarnos con la esperanza porque cada vez está más cerca la salida de este túnel. Queremos dejar atrás el 2020 cuanto antes y cada vez queda menos. Es cierto que antes tenemos que celebrar la Navidad. Una Navidad que va a seguir existiendo a pesar de las circunstancias. Quizás no podamos hacer grandes reuniones, pero lo más importante es velar por la salud de todas las personas a las que queremos. 

La salud, a estas alturas del año, es lo más valorado y estos días preocupa la situación por la que están atravesando muchas ciudades. La curva de contagios está ascendiendo sin control y hasta que veamos los resultados de las medidas adoptadas aún quedan muchos días. Es cierto que la gestión en Madrid, a pesar de las críticas que ha recibido, es un claro ejemplo de cómo se puede doblegar la curva. Eso sí, no se puede bajar la guardia ni confiarse en exceso. No se pueden repetir los errores del pasado porque las consecuencias del verano las estamos pagando desde el mes de septiembre. 

Afortunadamente, no todo son malas noticias si nos centramos en la pandemia porque el anuncio de la vacuna ha sida una inyección de moral para muchos. Aferrarse a la ilusión de que el final está más cerca, es una ayuda muy necesaria dado el agotamiento mental que cada vez está más presente. La posibilidad de recuperar lo que el coronavirus nos arrebató de la noche a la mañana significa hacer realidad lo que llevamos meses soñando. Está claro que hemos aprendido a valorar todo lo que antes era insignificante. La vida da lecciones que marcan un antes y un después. Este año es, sin duda, un master de resiliencia porque vivimos al día, con cambios permanentes y muchos de ellos se van a quedar más tiempo del que nos creemos. Adaptarnos es fundamental y ahí nace la fuerza para afrontar todo lo que venga. La incertidumbre no suele ser buena compañera de vida, pero es mejor estar preparado para reaccionar ante ella a que ésta nos pille desprevenidos.

Seamos conscientes de la realidad. Seamos responsables y aceptemos que no se trata de “Salvar la Navidad”, se trata de salvar vidas, porque la cifra de muertos es escalofriante y lo triste es que muchos ven en ella solo un número. Un número, no olvidemos, que tiene nombre y apellidos. Una familia que llora su ausencia, una ausencia que se notará en las próximas fiestas. Por eso, centrémonos en cuidar de los nuestros y aceptemos que esta Navidad será diferente, pero será una buena Navidad si podemos celebrar que nuestros seres queridos están bien a pesar de las circunstancias. La tecnología juega a nuestro favor y una videollamada puede ser el mejor regalo que podemos recibir. Yo lo tengo claro. La salud es lo primero y a ser resiliente ya me enseñó la vida hace unos años. Hay lecciones que no se olvidan.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

Enlace: https://www.elvalle.com.mx/columnas-y-opinion/story/17584/resiliencia

UNIDAD DE CUIDADOS INTENSIVOS

Los pacientes ingresados mucho tiempo en la UCI sufren secuelas psíquicas que han de ser tratadas. Un 33% padecen de síntomas de trastorno por estrés postraumático. Un 15% sufre depresión y otro 15% padece ansiedad.

Piénsese que han pasado por una situación crítica con un pronóstico muy incierto, han estado sedados, muy medicados, con ventilación asistida. Han sufrido desorientación espacio-temporal (sin saber exactamente si era de día o de noche, y sin ver la cara a los sanitarios). Padecen severa confusión, en algunos casos alucinaciones e ideas delirantes.

Añádase a lo antedicho, que la mayoría de los pacientes están inmóviles, ocasionalmente sujetos para evitar que se desconecten accidentalmente los tubos, e interactúan con muy pocas personas debido a que las familias no pueden visitarlos, y los sanitarios por protección, pasan poco tiempo en las habitaciones. 

Entendamos, que las respuestas psíquicas, emocionales, son (digamos), normales, en situaciones anormales. Los pacientes y en general evolucionan positivamente. Además quien ejerce la psicología le ayudará a discriminar lo vivido realmente, de lo imaginado, y a deshacerse de imágenes recurrentes e insidiosas así como de los terrores. 

Reseñemos que hay pacientes resilientes con gran capacidad de sobreponerse, tan es así, que alcanzan un desarrollo y mejora post-traumático, apreciando lo esencial, priorizando y reordenando su escala de valores. 

Hablemos ahora del síndrome post-UCI de los familiares, que no han podido acompañar a sus seres queridos en el hospital, solo han estado pendientes del teléfono. A la salida del centro sanitario, se convierten en cuidadores principales de los enfermos, y precisan también de apoyo para mantener su salud mental. Y es que quienes ejercen la psicología han de estar en las UCI, han de ser especializados, pues como dicen en HUCI (Humanizar los cuidados intensivos) “los cuerpos duelen, pero las almas sufren”; y a la salida del hospital con los pacientes y sus familiares cuidadores.

Al inicio nos encontraremos con quienes han sufrido delirium, y se muestran agitados. Padecen síndrome confusional, secuelas emocionales y trastornos cognitivos como alteraciones de la capacidad intelectual, déficit de atención y dificultades en sus capacidades de comunicación.

Sí, con apoyo psicológico de expertos, los familiares han de ayudar en la rehabilitación cognitiva, en la reeducación de la capacidad mental, de quien entre otros padece de trastornos del sueño, y una angustiosa sensación de desprotección, de fragilidad.

Javier Urra

Prof. Dr. en Psicología y Dr. en Ciencias de la Salud

Académico de Número de la Academia de Psicología de España

DEBILITAMIENTO

Percibimos decaimiento del ánimo individual, y del cuerpo social. El agotamiento emocional, la carencia de certidumbres, el inescrutable futuro nos entristece. Cunde la melancolía por lo que fue, el desasosiego por lo que debiera ser, la capitulación ante lo que nos viene impuesto. Nuestros deseos chocan contra la realidad, la mirada planetaria, no concede respuestas, la esperanza queda lastimada.

Fue Martín Seligman el que popularizó la denominada indefensión aprendida, que acontece cuando al percibir subjetivamente que no podemos variar la situación aversiva y no tener la capacidad de hacer nada, nos comportamos pasivamente.

Clínicamente es erróneo el diagnóstico que describe lo que nos acontece como indefensión aprendida, pues vivimos, o mejor dicho, padecemos una situación excepcional, objetiva, dañina y perturbadora. A cada uno de nosotros nos cabe el difícil reto del afrontamiento emocional, sin caer en un absurdo y ficticio positivismo, sin escapismos de la realidad, sin sobreactuar, o reflejarnos en espejismos de felicidad.

El miedo; la tristeza; el sentimiento de distanciamiento, de pérdida, de impotencia es normal, es lo normal. Y ante tanta incertidumbre, enfermos, muertos, negocios que cierran, personas en paro, nos cabe no solo compartir sensaciones, inquietudes, desalientos, penurias. Sino analizar la sobreinformación que nos invade, y limitarla. Focalizarnos en lo que está en nuestras posibilidades, desde la prevención, al mantenimiento de relaciones, sociales, la práctica de actividades gustosas, de deporte. 

La gestión emocional correcta, debe conducirnos a valorar lo que tenemos, a relativizar, a tomar perspectiva, a recordar desde nuestra psicohistoria lo que hemos superado en nuestra vida, confirmando la resiliencia de la que disponemos. En una situación tan problemática, hemos de posibilitar el buen humor, practicar el agradecimiento, sabernos útiles para otros congéneres, valorar el estar vivos, aprovechar el presente, disfrutar de las pequeñas cosas, que ahora sí, apreciamos.

Prioricemos lo esencial, la relación con los amigos, los familiares, uno mismo. Organicemos los tiempos, cuidemos la imagen, mostremos lo mejor de nosotros, aprovechemos para mejorar los hábitos de sueño, alimentación, aseo. Démonos momentos satisfactorios. No nos instalemos en un pasado que ya fue, ni en un futuro que no sabemos si será. Percibamos lo que siempre es cierto, que nos necesitamos unos a otros, que estamos irrenunciablemente incardinados, que somos comunidad.

Esta situación prolongada en el tiempo afecta a la vida cotidiana, derrama sensación de embotamiento y desesperanza. El impacto psicológico es severo y por ello hemos de potenciar las fortalezas personales, aceptar el cambio, reconquistar la percepción de control, normalizar el sufrimiento.

El afrontamiento funcional, adaptativo, nos dotará de compromiso y solidaridad, de capacidad de resistencia. En esta transacción biográfica con el contexto en que habitamos, hemos de impedir caer en conductas de evitación. Sigamos el principio estoico de aceptar el miedo, la tristeza, como parte de esta vida, pero no admitamos que nos gobierne.

Hemos de actuar para sentirnos bien (no al revés), y hacerlo según lo que estimamos importante, lo que nos indican nuestros valores. Para erradicar la percepción de incontrolabilidad, nos comprometeremos con persistencia en la acción, pues los actos, no son tanto consecuencia de nuestras emociones, sino de las decisiones que tomamos.

Javier Urra

Prof. Dr. en Psicología y Dr. en Ciencias de la Salud

Académico de Número de la Academia de Psicología de España

MADRID

No podíamos salir de Madrid, pero sí podíamos salir por Madrid. La decisión estaba clara: A la calle. Eso es lo que pensamos muchos madrileños después de que se decretara el estado de alarma en la ciudad. Dejando al margen las disputas políticas el puente estaba para disfrutarlo y eso no te lo pueden impedir. Adaptarse a la situación era esencial para aprovechar estos días en la capital. Eso sí, viendo las imágenes de la Gran Vía o del Parque de El Retiro, por ejemplo, sugiero al Gobierno que pase lista y compruebe que los madrileños se han quedado en la ciudad, la cual, ofrece muchos planes a pesar de la pandemia. 

Madrid no se merece vivir lo que está pasando y hablo en términos políticos. Madrid fue muy golpeada por la pandemia en sus comienzos, pero supo hacer frente a la adversidad. Los madrileños dieron una lección cumpliendo con todas las recomendaciones y ahora, por culpa de quienes luchan por el poder, su imagen está siendo muy dañada. Algo muy injusto porque Madrid es esa ciudad que te acoge según llegas. Yo no nací en la capital, pero llevo tantos años en ella que es una parte más de mí. Me duele que jueguen con quienes residimos en ella por puro interés político. No somos súper contagiadores aunque dé esa impresión. En España hay ciudades que lo están pasando peor y no llenan titulares. Visto desde fuera es normal que la fotografía que veis esté muy distorsionada. La realidad, en lo que a la pandemia se refiere, bien la conocen quienes están al pie del cañón todos los días y velan por nuestra salud. El resto intentamos vivir, con precaución, el día a día como cualquier español más. Ahora nos han puesto una etiqueta llamada “estado de alarma”, pero quedan más puentes en el calendario y no sé cual será la próxima ocurrencia de unos o de otros. Ya dijo el escritor español Francisco Ayala que “la competencia es tanto más dañina cuanto mayor sea el poder del incompetente”… En fin, lo que tendría que etiquetarnos a todos es “la salud” por el bien común. 

Con la alarma, habrán frenado los desplazamientos, pero también han enfadado a muchos y no todos ellos son madrileños. Para calmar la ira o la rabia no hay vacuna. El tiempo mostrará las consecuencias de las decisiones. De momento, tenemos que afrontar lo que nos queda hasta que los contagios desciendan drásticamente. Esto no va a suceder ni hoy ni mañana, pero llegará el día en que los datos sean reales. Hasta entonces, los madrileños, de nacimiento o no, seremos más fuertes que antes porque nos toca no solo aplacar la curva sino lidiar con la guerra política. Decía Torrente Ballester que “el poder más peligroso es el que manda pero no gobierna” y en estos tiempos, lamentablemente, esto es una evidencia.

Como evidente es que Madrid se merece un respeto. En esta ciudad he vivido grandes momentos, he crecido como persona, he conocido a mis mejores amigos, he librado batallas muy importes, he aprendido de toda la cultura que hay en cada rincón y podría seguir enumerando. Es cierto que también tiene sus cosas malas pero siempre la balanza se vuelca a favor de esta ciudad. No tengo ninguna duda de que esto es por algo, y llegados hasta aquí concluyo con la mítica: “Allá donde se cruzan los caminos / Donde el mar no se puede concebir / Donde regresa siempre el fugitivo/ Pongamos que hablo de Madrid.”

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

Enlace: https://www.elvalle.com.mx/columnas-y-opinion/story/16558/madrid

DISTRACCIÓN ROJIBLANCA

Esta semana damos la bienvenida al mes de octubre. Un mes que arranca con la pandemia en pleno apogeo, con un enfrentamiento político sin precedentes y con un tiempo que demuestra que el verano ha quedado atrás. La rutina ha vuelto adaptada a las circunstancias y, poco a poco, todo va encajando en esta anormalidad en la que estamos viviendo. En septiembre superamos la temida vuelta al cole mejor de lo que nos esperábamos, pero también vimos como las cifras hacían saltar las alarmas de la necesidad de nuevas medidas. En esas estamos aunque no lo parezca.

Sinceramente, hacer un paréntesis de tanto Covid no viene mal. Llevo semanas hablando de cómo están las cosas por España, y sobre todo, por Madrid. Es agotador pensar todo el tiempo en la pandemia. Las conversaciones versan sobre lo mismo y la mente necesita distraerse con algo ajeno. Todavía nos quedan meses complicados y aunque cada día que pasa es un día menos, hay que distraerse. Leer, ver una película o una serie ya formaban parte de mi rutina, pero ahora, por fin, hay un aliciente más. Confieso que ya tenía ganas de ver al Atleti saltar a los terrenos de juego. Mucho se ha hablado últimamente de los rojiblancos y es que la llegada de Luis Suárez no ha dejado indiferente a nadie. El uruguayo ya luce en su espalda el nueve y ahora toca que se aprenda la filosofía “cholista” y haga lo que mejor sabe hacer.

Precisamente, lo que mejor sabe hacer la afición es derrochar coraje y corazón. Todavía no se puede hacer en los estadios, esperemos que pronto llegue el día que tanto esperamos. De momento, nos emocionamos viendo el vídeo y la canción que Leiva y Joaquín Sabina nos han regalado. Los sentimientos cada vez están más a flor de piel porque llevamos mucho tiempo sin recibir muestras de cariño. Es cierto, que los colchoneros tenemos otra forma de entender la vida. Está más que demostrado por mucho que otros intenten explicar lo inexplicable. Los rojiblancos siempre apoyamos a los nuestros y creemos en ellos en las buenas y en las malas. La temporada acaba de empezar y por delante nos quedan muchas jornadas de goles, de ilusión, de taquicardias, de alegría, de sufrimiento… Desde luego, en la Liga no se ha podido empezar mejor. Los seis goles, dos de ellos de Suárez, que se vieron en el Metropolitano demuestran que el Atleti está, como dijo Simeone, “con energía, ganas e ilusión, como todos los años cuando empieza la Liga”. Esperemos que esta buena actitud dure hasta final. De momento, y como dice el entrenador, vayamos “partido a partido” así que disfrutemos de esta victoria. Son los tres primeros puntos y vendrán muchos más. El Atlético de Madrid y su afición tienen ansias de títulos. El espectacular comienzo hace soñar, veremos si los sueños se convierten en realidad. El tiempo lo dirá, pero lo que tengo claro es que “nunca dejaré de creer”. ¡Aúpa Atleti!

Enlace: https://www.elvalle.com.mx/columnas-y-opinion/story/16162/distraccion-rojiblanca

DESINFORMACIÓN

Por Javier Urra*

Naturalmente, que hay profesionales y medios de comunicación que trabajan con seriedad, que ahondan en la noticia, que van a las fuentes, que se esfuerzan.

Pero no es menos cierto, que hoy hay muchos periodistas y medios de comunicación que no informan, dan su opinión, prejuzgan, o simplemente no indagan.

Y en cuanto a los expertos, muchos de ellos, saben de lo suyo, pero son muy malos comunicadores, se traban, tienen una voz horrorosa, confunden y se confunden. 

Creo que informar, requiere conocer, ahondar en la noticia, tener criterio, entender que es lo esencial. Y en tiempos de pandemia, de confinamiento, muchos medios se han dejado llevar, por lo que dicen los dirigentes políticos, que naturalmente intentan arrimar el “ascua a su sardina”.

Realmente a una persona como yo que tanto como profesor de la universidad, como ponente en conferencias, como escritor, como redactor de informes para la Justicia, se me demanda ser buen comunicador, me llama poderosamente la atención lo mal que se expresan personas que se dirigen a veces a millones de personas.

Se me dirá, hay quien es muy inteligente, pero se expresa mal, déjenme que lo dude, pues pensamiento y lenguaje van de la mano. Acontece como quien escribe bien y habla mal, me genera franca desconfianza.

Tengo la triste impresión de que hay profesiones o desempeños que se han devaluado, citaré dos: los políticos, cada vez con peor nivel formativo, y más baja cualificación para el desempeño de su función, lo que les lleva a ser una caricatura del cuadro de Goya en el que se golpean uno al otro de manera inmisericorde.

La otra profesión en franca decadencia es la de los periodistas, que no investigan, que creen que pueden resolver todo desde la pantalla de su ordenador convirtiéndose en voceros de noticias que no lo son, por ser falsas. 

En tiempo de bulos precisamos de fuentes de información fiables, creíbles, contrastables, y nos encontramos con que la ciudadanía no tiene esas referencias, por lo que opta por escuchar, por ver, por leer a quien confirma sus creencias, que por serlo, son previas.

A lo largo de mi dilatada carrera profesional he sido entrevistado, no cientos, sino miles de veces, y puedo asegurar que siendo la misma persona mis respuestas lucen o quedan grises o deshilvanadas dependiendo de quién formula las preguntas.

El periodismo, tiene una importante labor, la de informar, la de entretener, la de salvar a un sistema político que no siendo bueno, es el mejor que conocemos y que denominamos democracia, pero para ello se requiere independencia de la propia empresa o de las empresas que las sostienen, y hoy hay mucho pagafantas, mucho arribista y mucho ganapán. 

Lo antedicho se refiere a un número importante de medios y de profesionales, repito, marcadamente sectarios, pero no a quienes trabajan con coherencia, con ética, con compromiso, con respeto a quienes va dirigida su crónica y su labor diaria. 

El rigor, en el desempeño profesional es esencial. Y miedo me da el conchaveo de políticos y periodistas para liquidar a los que están al otro lado, de la ya denominada trinchera. 

Yo soy psicólogo y he pronosticado que a título individual, muchas personas saldremos de esta pandemia en algo, solo en algo mejorados. Pero la estructura social no cambiará, el planeta seguirá contumazmente suicidándose, y en España los posicionamientos nacionalistas y guerra civilistas nos abocarán a situaciones en el mejor caso de peligro. 

*Javier Urra :

Dr. en Psicología y Dr. en Ciencias de la Salud

Académico de Número de la Academia de Psicología de España