VA POR TI, SUSO. VA POR TI, ABUELO

Dicen que las casualidades no existen. Y, en este caso, es verdad. No puedo asegurar que esté improvisando estas palabras porque mentiría. Posiblemente, lleven mucho tiempo esperando. Quizás, treinta años. El folio en blanco siempre impone porque es frío, silencioso y hasta desafiante, pero hoy no es así. Hoy se llena de recuerdos. De nuestros recuerdos, los tuyos y los míos. Hay personas que se marchan pero creo que hay otras que aprenden a quedarse de otra manera. Sin duda, tú eres una de ellas.

Hay fechas que tienen la capacidad de detener el tiempo. Para mí, y dado que estamos en julio, una de ellas es el chupinazo de San Fermín. Es inevitable que no piense en ti. No por la fiesta ni por los cohetes sino porque me veo sentada a tu lado, madrugando para ver los encierros mientras tú me explicabas lo que iba sucediendo. En aquellas mañanas de verano yo no era consciente de que aquellos momentos acabarían convirtiéndose en algunos de los recuerdos más valiosos de mi vida. Es más, sin darme cuenta, me enseñaste a conservar las pequeñas costumbres, esas que terminan convirtiéndose en la mejor manera de mantener vivo a quien ya no está.

También, me hiciste del Atleti. Esa culpa siempre será tuya por mucho que se lo digan a mi padre.  Me enseñaste que hay colores que no se eligen sino que se heredan. Es más, ser rojiblanca nunca fue solo una cuestión de fútbol. Era aprender a levantarse después de cada derrota, a celebrar sin olvidar de dónde vienes y a entender que la fidelidad vale mucho más que cualquier resultado. Comprendí que era una forma de entender la vida. Hoy sigo defendiendo al Atleti pensando siempre en ti. 

Por supuesto, no puedo olvidarme de la imprenta. Ese lugar tan mágico para una niña. Recuerdo como si fuera ayer, aquellas tardes en las que mientras otros jugaban en los parques, yo lo hacía entre cajas de tipos, papeles, tinta y máquinas que parecían tener vida propia. Allí creaba mi propio universo mientras veía las miles de letras esperando a convertirse en lo que tú necesitaras. Aún puedo cerrar los ojos y recordar aquel olor inconfundible y ver tus manos y las mías manchadas de tinta. Nunca sabré si allí nació mi vocación periodística. Lo que sí sé es que allí aprendí a querer a las palabras.

Es inevitable que hable de Burgos, porque tú eras un ferviente burgalés. Orgulloso de tu tierra. Reconozco que aprendí a quererla a través de tu ojos. Lucías la capa castellana con una elegancia innata y, por supuesto, cantabas el himno a Burgos con una emoción que todavía resuena en mi memoria y me pone los pelos de punta. Siempre me veré cogida de tu brazo, vestida con el traje regional y creyendo que allí estaba el lugar más bonito en el mundo porque siempre me hablaste maravillas de nuestro querido Burgos. Ahora entiendo que no me enseñabas solo una tierra. Me enseñabas a tener raíces.

Pero, por encima de todo, me enseñaste a vivir. Eras un hombre feliz que disfrutaba de una conversación, de una comida familiar, de un buen paseo… Sin duda, el ‘Carpe Diem’ se quedaba corto contigo. No necesitabas grandes planes para disfrutar de la vida porque tú eras capaz de convertir cualquier día en una jornada especial. Eras un libro de anécdotas, de historias, de refranes. Eras único y eso no se olvida. Han pasado treinta años en los que no he escuchado tu voz, no te he podido dar un abrazo, no he vuelto a pasear de tu mano, pero aunque no estés hay ausencias que nunca se convierten en olvidos porque solo se muere cuando se olvida. Y tú, abuelo, nunca te has ido del todo. Sigues en cada San Fermín, en cada partido del Atleti, en cada texto que escribo mientras junto las letras, en cada himno que canto, en cada refrán… 

Quizás, por eso, hoy siento que escribo sobre un abuelo que sigue enseñándome cosas todos los días. Treinta años después, sigues siendo uno de los mejores capítulos de mi vida. Volver atrás para recordarte es volver a vivirte. Es más, mientras haya alguien que pronuncie tu nombre con una sonrisa, seguirás aquí, conmigo. 

El tiempo pasa, pero hay personas que consiguen vencerlo.

Va por ti, Suso. 

Siempre contigo, abuelo. 

Jimena Bañuelos

MÁS ALLÁ DEL CALOR

Hace apenas unos días superábamos la primera ola de calor del verano sudando la gota gorda, nunca mejor dicho. Hubo noches en las que dormir parecía una misión imposible, los ventiladores estaban funcionando a pleno rendimiento y los aires acondicionados no daban tregua. Las conversaciones empezaban y terminaban con un: “Qué calor hace”. Pues bien, ahora estamos en las mismas. Si aquello nos parecía lo peor, ahora sin apenas una tregua, estamos inmersos en la segunda ola de calor. El verano es así. Resignarse es una opción ya que la estación estival es imprevisible e intensa si estamos pendientes del termómetro. Es más, nos obliga a buscar la sombra como si ésta fuera un tesoro y a llevar agua con nosotros a todas partes. Ahora nos quejamos, pero cuando llegue septiembre seguro que nos repetimos: “Qué rápido ha pasado”.

El tiempo pasa y aunque ahora los treinta y muchos grados nos parezcan una barbaridad, en el fondo son los recuerdos que nos deja esta estación porque unidos a ellos están los helados, las sobremesas interminables, las fiestas de los pueblos, los refrescos en una terraza, los días de playa o de montaña y un sinfín de experiencias en las que el tiempo parecía detenerse. Ahora, el reloj pierde su protagonismo y su importancia porque dejando de lado la rutina aprendemos, aunque sólo sea durante unas semanas, a vivir un poco más despacio. 

A quienes no les importa el termómetro estos días es a los que tienen señalado en su calendario el día de hoy. Empezaron a cantar a comienzos de año: “Uno de enero, dos de febrero, tres de marzo…” Y acaban hoy con “siete de julio: San Fermín”. Ayer se escuchó el cohete que anuncia lo que está por venir. Pamplona está celebrando sus días grandes. Las calles están abarrotadas, los pañuelos rojos son una marea y el blanco que los acompaña es la imagen de un legado que pasa de generación en generación. Siempre me ha llamado la atención la capacidad que tienen las tradiciones para sobrevivir al paso del tiempo. No hay que olvidar que vivimos en una sociedad que cambia a una velocidad vertiginosa porque todo se renueva o caduca en la inmediatez. 

Afortunadamente, los recuerdos siempre permanecen. Quizás, por eso, las tradiciones tienen algo mágico. No son únicamente una fecha marcada en el calendario o una fiesta que se repite año tras año. Son como una máquina del tiempo que nos traslada a todo aquello que nos hace sentir bien. Tal vez, ese sea el mejor motivo que hay para conservarlas. Es cierto que no podemos vivir anclados en el pasado pero volver a él para que nos recuerde la felicidad que se esconde en los pequeños acontecimientos merece mucho la pena. Las cosas sencillas son las esenciales. Son un regalo que nos hacemos a nosotros mismos. El verano siempre nos regalará un instante al que volver. Él es el responsable de que levantemos la vista del móvil, dejemos de lado el ordenador, la agenda, los horarios, la rutina y nos digamos a nosotros mismos que también está permitido parar.

En definitiva, el verano nunca se mide por los grados que marca el termómetro, sino por los recuerdos que somos capaces de construir. Al final, cuando septiembre vuelva a llamar a la puerta, no pensaremos en las olas de calor que hemos soportado, sino en las personas con las que las hemos compartido. Porque, al final, el verano siempre acaba donde empezó: en esos pequeños momentos que, sin hacer ruido, terminan convirtiéndose en los mejores recuerdos de nuestra vida.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/07/06/mas-alla-del-calor/

“TIERRA SAGRADA DONDE YO NACÍ…”

“…Suelo bendito donde moriré…” Y esa tierra es Burgos. Allí no solo están celebrando estos días sus fiestas sino que también se conmemora que los burgaleses llevamos cantando cien años el himno que Zurita y Calleja compusieron para la ciudad. Durante un siglo, generaciones de burgaleses lo han entonado en los momentos más solemnes, festivos y emotivos. Esta composición musical es, sin duda, un símbolo de pertenencia, de identidad y de arraigo.

Quienes hemos nacido en Burgos sabemos que basta con escuchar sus primeros acordes para que aparezcan los recuerdos. “Cantemos unidos la insigne grandeza de nuestra Castilla, de nuestro solar…” Cada estrofa tiene la capacidad de transportarnos a la infancia, a las fiestas mayores, a los actos más solemnes y a esos momentos compartidos con la familia y los amigos. En mi caso, ese vínculo tiene nombre propio, el de mi abuelo. Fue él quien me enseñó a querer a Burgos y a sentir como propias las palabras de un himno que habla de la tierra donde nacimos y de la responsabilidad de construir su futuro. Con él aprendí que el orgullo de ser burgalés no se demuestra solo con palabras, sino también conservando las tradiciones y transmitiéndolas a quienes vienen detrás. Todavía recuerdo la primera vez que canté el himno vestida con el traje regional. Era una niña y quizá no entendía todo lo que significaba, pero sí percibía el respeto con el que se vivía aquel momento. El peso del traje, los nervios antes de empezar y la mano de mi abuelo sujetando la mía forman parte de esos recuerdos que nunca desaparecerán.

Con el tiempo fui creciendo sin olvidar de dónde vengo. Hay unos versos que siempre me han acompañado porque recogen, de alguna manera, todas esas enseñanzas que me transmitió mi abuelo: “Aprendamos todos juntos a cantar a nuestra tierra, a leer en su pasado y a labrar su porvenir”. En apenas unas líneas se resume el espíritu de una ciudad orgullosa de su historia, consciente de sus raíces y comprometida con el futuro. Ese es, posiblemente, el mayor legado del Himno a Burgos ya que no hay que quedarse en la nostalgia, sino que conociendo nuestro pasado, construiremos el porvenir.

Por eso, cada vez que lo escucho y lo canto, inevitablemente llega el momento más emocionante. Es imposible no sentir un nudo en la garganta al entonar: “Tierra sagrada donde yo nací, suelo bendito donde moriré, yo te prometo consagrarme a ti y dedicarte mis cariños, mis cariños más fervientes, mis cariños y mi fe.” Son palabras que, cien años después, siguen despertando el mismo orgullo y la misma emoción. Porque quienes amamos Burgos sabemos que el himno no solo se canta: se vive. Y en cada interpretación vuelven a estar presentes quienes nos enseñaron a querer esta tierra, porque fueron ellos quienes convirtieron ese sentimiento en una herencia imborrable. 

Mi abuelo ya no está aquí para escucharme cantar, pero en cada estrofa sigue muy presente. A él, ferviente burgalés, le debo buena parte del orgullo con el que pronuncio el nombre de mi ciudad. Burgos siempre será ese lugar donde los recuerdos encuentran el camino de vuelta. A Burgos le dedico “mis cariños más fervientes” porque es “ la tierra sagrada de mis amores” y “ la cuna adorada de mis mayores”. 

Hay himnos que se escuchan y otros que sienten. Y el de Burgos lleva un siglo demostrando que sigue latiendo en nuestros corazones.

 ¡Viva Burgos!

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/06/29/tierra-sagrada-donde-yo-naci/

VERANO, SAN JUAN Y LA ILUSIÓN DE UN MUNDIAL

Hemos ido arrancando hojas en el calendario sin darnos cuenta de que el tiempo pasa, a veces, más deprisa de lo que creemos. Siempre digo que el tiempo no es oro, es vida y ya estamos en verano. La estación estival ha llegado como debe ser, con una ola de calor que nos asfixia pero que no nos impide pensar en los planes que tenemos por delante. Los días son más largos, las terrazas están más llenas que nunca y las playas recuperan el protagonismo perdido. Sin duda, por delante nos quedan muchas nuevas experiencias por vivir. No negaré que el calor tiene sus detractores, pero lo mismo le sucede al frío. Lo importante es saber adaptarse y disfrutar de los pequeños momentos porque el verano, sin duda, nos invita a bajar el ritmo o a desconectar porque es la época por excelencia en la que la palabra “vacaciones” está en todo su esplendor. 

El verano no llega solo ya que muchos tenemos marcada en el calendario una de las noches más simbólicas del año: la noche de San Juan. Si hace calor, éste se aviva hoy con las tradicionales hogueras. Éstas iluminarán las playas, las plazas… para que todos podamos participar en los rituales de esta celebración que mezcla tradición, fiesta y esperanza. Algunos saltarán las llamas para atraer la buena suerte; otros escribiremos en un papel aquello que deseamos dejar atrás para que el fuego se deshaga de ello como símbolo de renovación. También, por supuesto, se pedirán y escribirán los deseos que nos quitan el sueño. Frente al mar o no, la magia de esta fecha invita a creer en los nuevos comienzos. 

A lo largo del año, podemos hacer balance en enero justificado por el Año Nuevo, en septiembre por ser el mes de los comienzos, pero San Juan, con su encanto especial, nos recuerda la importancia de hacer balance, de despedir aquello que ya no suma y de mirar al futuro con ilusión. Esta fiesta nos permite detenernos, hacer una pausa en la rutina y valorar esos propósitos que igual estaban enterrados. Seremos muchos los que soñaremos viendo el fuego. Habrá quien lo entienda y quien no, pero para gustos están los colores. 

Colores, precisamente, son los que se están defendiendo en el Mundial de fútbol. Algunas selecciones ya celebran su clasificación para la siguiente ronda de partidos. Sus aficionados sueñan con la anhelada copa. La selección española debía volver a ilusionar a todos los aficionados, y aunque el arranque mundialista dejó a más de uno preocupado, el domingo ante Arabia Saudí demostró que “La Roja” es la campeona de Europa. Sin duda, esa camiseta es capaz de unir a millones de personas durante estos días. Hemos hablado de sueños y en el deporte rey seguiremos con ellos porque los de Luis de la Fuente nos han dado motivos para creer en ellos. La Copa del Mundo no es una competición cualquiera. Cada partido es una cita ineludible porque durante noventa minutos hay un país entero que comparte nervios, orgullo y esperanza. 

En el deporte, como en la vida, no existen garantías, pero sí ilusiones. Y pocas ilusiones son tan poderosas como las que despierta un Mundial. Es curioso porque el verano, la noche de San Juan y el fútbol, este año, comparten algo esencial: todos ellos nos invitan a soñar. El verano nos anima a vivir nuevas experiencias; San Juan nos permite formular deseos; y la Selección nos recuerda que cualquier reto puede alcanzarse con esfuerzo, compromiso y confianza.

Por eso, mientras las hogueras iluminarán la noche más corta del año y los aficionados esperan el próximo partido de España, conviene recordar que los mejores momentos suelen construirse a partir de pequeñas emociones compartidas. Al fin y al cabo, la vida también se parece un poco al verano: pasa deprisa, deja recuerdos imborrables y siempre merece ser vivida con intensidad.

Los sueños, igual que el verano, están para disfrutarlos mientras duran.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/06/22/verano-san-juan-y-la-ilusion-de-un-mundial/

UN BALÓN, UNA BANDERA Y MUCHAS ILUSIONES

Ya rueda el balón en las diferentes sedes de la Copa del Mundo, pero seamos sinceros ya que la emoción lleva rodando desde mucho antes. Clasificarse para el Mundial es a lo que aspiran muchas selecciones pero no todas lo consiguen. Sin duda, una de las ausentes en esta edición vuelve a ser “La Azzurra” italiana. Y hablando de colores, son estos los que nos identifican estos días. 

“El Tri” protagonizó la jornada inaugural en el Estadio Azteca de México. Son uno de los tres anfitriones y dieron el pistoletazo de salida a esta competición como ellos saben hacerlo. Ganaron su partido, aunque para el recuerdo está el homenaje a sus raíces y, por supuesto, la solemnidad con la que todos acompañaron a Alejandro Fernández mientras entonaban el himno nacional. Recordé el Mundial que viví por esas tierras hace doce años. El tiempo pasa pero nunca puede borrar los recuerdos que nos sacan una sonrisa en el rostro. El fútbol siempre será el deporte rey, pero lo que más une son las selecciones nacionales y lucir los colores de tu país alejados de cualquier ideología. Quizás en México esto no suceda tanto, pero en España es ‘La Roja’ la que se estrenó en la competición y la que volverá a paralizar durante noventa minutos a millones de personas a pesar del horario del encuentro. 

Hay algo especial en los debuts mundialistas. Durante días hablamos de alineaciones, de favoritos y de estadísticas, pero cuando llega el momento de la verdad todo se reduce a una pelota y a once jugadores defendiendo una misma bandera. Nos representan a todos y todos soñamos con conquistar la Copa y lucir otra estrella en nuestra camiseta. Los Mundiales siempre son una mezcla de memoria y futuro. Nos acordamos de los héroes que nos hicieron felices mientras esperamos a los nuevos protagonistas. España inició su camino con la ilusión intacta. Ayer ante Cabo Verde mostró una imagen que puede mejorar. 

También tengo que hablar de mi querida Alemania. La “Mannschaft” busca la gloria y arrancó la competición ganando a Curazao, un rival teóricamente inferior. Los germanos han querido dejar un mensaje de autoridad desde la primera jornada. No hay que olvidar que en los Mundiales los favoritos saben que no hay segundas oportunidades para causar una buena primera impresión.

Queda mucho torneo por delante, esto no ha hecho más que empezar. Las calles de las ciudades anfitrionas se llenan de camisetas de todos los colores, de idiomas que se mezclan sin necesidad de traducción y de abrazos entre desconocidos que comparten una misma pasión. Esa es la verdadera magia de un Mundial. Quedan muchos partidos, muchas emociones y seguramente alguna sorpresa inesperada. Pero ya se percibe esa atmósfera única que sólo aparece cada cuatro años. El balón rueda, los sueños también, y millones de aficionados vuelven a creer que todo es posible. La Copa busca dueño y candidatos hay muchos. Ser primero o segundo de grupo marca el camino hasta el MetLife Stadium de Nueva York. Estar allí el 19 de julio es el objetivo de todos, pero sólo dos privilegiados tendrán el honor de disputar la gran final. Hasta entonces nos esperan historias de superación, lágrimas de alegría y de tristeza, de héroes inesperados y noches y madrugadas que quedarán para siempre en la memoria colectiva. 

Un Mundial no sólo se mide por los goles o por el equipo que levanta el trofeo; se mide por esas reuniones con amigos, por esas emociones compartidas y por esos abrazos de complicidad… El fútbol, y más aún la selección, es algo más que ver rodar un balón… Porque si hay algo capaz de unirnos, es “La Roja”. Ahora toca disfrutar del camino. Ya veremos si el destino termina llevándonos hasta Nueva York.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/06/15/un-balon-una-bandera-y-muchas-ilusiones/

ALZAD LA MIRADA

Hemos vivido semanas de preparativos intensos que han transformado el ritmo habitual de Madrid para que León XIV se sintiera como en casa. Las calles empezaron a llenarse de banderas, los andamios fueron construyendo los lugares más simbólicos donde la gran acogida iba a hacerse palpable e incluso los comercios se adaptaron a las circunstancias. España llevaba quince años sin recibir la visita de un Papa y, por fin, los deseos de muchos se hicieron realidad cuando el Santo Padre pisó suelo español en el aeropuerto de Barajas el pasado sábado.

Desde ese momento, solo había un protagonista: él. Nada ni nadie podía ensombrecer lo que León XIV representa. La gente esperaba con anhelo verlo por las calles de la capital porque, más allá de los actos oficiales, están sus seguidores. No todos pudimos acudir a la Vigilia o a la Misa, pero a todos nos ha brindado la oportunidad de verlo, ya que sus recorridos en el papamóvil han transcurrido por distintas calles de Madrid. Por eso, más allá del protocolo, la seguridad y los actos oficiales, la visita se ha convertido en un espejo donde una sociedad diversa ha observado sus propias expectativas, inquietudes y esperanzas.

El primer encuentro multitudinario fue con los jóvenes (y no tan jóvenes) en la Plaza de Lima. La Vigilia estuvo marcada por ese silencio y recogimiento tan necesarios para la reflexión. Fue el propio León XIV quien puso en valor la importancia de detenerse en medio del ruido constante que caracteriza nuestro tiempo. Además, lanzó un mensaje sencillo pero profundamente transformador: no hay que tener miedo. Sus palabras encontraron eco inmediato entre los asistentes. En una sociedad donde la incertidumbre parece haberse instalado en muchos ámbitos de la vida, el Santo Padre invitó a los jóvenes a mirar hacia adelante, a no dejarse vencer por las dificultades y a descubrir que la fe también puede ser una respuesta frente a las preguntas que nos acompañan.

Si la Vigilia sorprendió por la gran acogida de asistentes, la Misa del domingo en Cibeles confirmó la dimensión histórica de esta visita. En torno a un millón y medio de personas se acercaron hasta allí para acompañar a León XIV en la celebración litúrgica. El corazón de Madrid ofrecía la imagen de una multitud que derrochaba cariño, alegría, devoción y, por supuesto, solemnidad. Ni el calor ni las horas de espera pudieron doblegar a quienes deseaban participar en una jornada que quedará grabada en la memoria colectiva de la ciudad. Durante la homilía, algunos escuchaban en silencio; otros no podían contener las lágrimas. Había emoción en los rostros.

León XIV se marcha de Madrid llevándose el cariño de millones de personas y dejando un mensaje claro. El Papa ha insistido en la necesidad de fortalecer la solidaridad, atender a los sectores más vulnerables y construir puentes. En Madrid se quedan todas esas imágenes grabadas en la retina y también en los teléfonos móviles de quienes quisimos inmortalizar un momento histórico. Porque durante estos días alzamos la mirada, pero también los dispositivos, conscientes de que estábamos siendo testigos de una visita que tardará mucho tiempo en olvidarse y cuya repetición nadie se atreve a pronosticar.

En definitiva, León XIV se va, pero nos quedan las sonrisas, los aplausos, los silencios compartidos y la emoción reflejada en el rostro del Santo Padre al encontrarse con una ciudad entregada por completo. Y cuando las calles recuperen definitivamente la normalidad y la emoción de estos días se vaya diluyendo, hay algo que siempre prevalecerá y resumirá lo vivido. El legado de León XIV se resume en una invitación tan sencilla como profunda: “Alzad la mirada y no tengáis miedo”.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/06/08/alzad-la-mirada/

MADRID BULLE

El mes de junio acaba de estrenarse y aunque todavía quedan unos días para dar la bienvenida al verano parece que éste ha decidido apresurarse. Las quejas por el calor están en casi todas las conversaciones, pero los amantes de la estación estival aguantamos con disimulo la subida precipitada de temperaturas. Buscar un refugio para hacer frente al termómetro es esencial. Quizás,  dado que El Retiro acoge, un año más, la Feria del Libro, sea una buena opción si además eres un amante de la lectura como es mi caso. El Paseo de Coches se ha convertido en un gran escaparate de historias, emociones y descubrimientos. Muchos títulos esperan a sus lectores entre casetas que invitan a detenerse, hojear y dejarse sorprender.

Cada lector tiene sus preferencias. Hay quien busca una novela histórica, quien prefiere la intriga o quien se deja seducir por la fantasía. Lo maravilloso de la lectura es precisamente esa capacidad para adaptarse a cada persona y a cada momento. Un libro puede entretener, emocionar, enseñar o incluso cambiar nuestra forma de ver el mundo. Por eso resulta tan difícil recomendar uno en concreto y, al mismo tiempo, tan fácil aconsejar la lectura en general. Miguel de Cervantes dejó escrito que “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. Quizá, por eso, la Feria del Libro conserva intacto su atractivo. No se trata únicamente de comprar una novela o conseguir la firma de un autor admirado. También es una oportunidad para pasear, conversar, descubrir nuevas voces y recordar que la cultura sigue siendo uno de los mejores refugios frente al ruido que nos rodea.

Y precisamente de ruido sabe mucho Madrid estos días. A la Feria del Libro se suma la expectación por la próxima visita del Papa, un acontecimiento de gran relevancia que situará a la capital en el foco de la atención internacional. Como ocurre con los grandes eventos, traerá consigo una importante movilización de personas, medidas de seguridad extraordinarias y algunas alteraciones en la circulación. Los madrileños ya estamos acostumbrados a que cualquier evento de cierta magnitud venga acompañado de cortes de tráfico, desvíos y tiempos de espera que ponen a prueba la filosofía de vida de más de uno. Quizá sea el momento perfecto para aplicar la paciencia, que también se aprende leyendo. No obstante, empatizar con los ciudadanos no está de más. Se les llena la boca de consejos a los dirigentes políticos. Sin embargo, ellos apenas sufrirán las consecuencias de todo aquello a lo que los ciudadanos se verán expuestos. “Alzad la mirada” es el lema de esta visita de León XIV, pero tampoco estaría de más que quienes organizan y gestionan estos grandes acontecimientos bajaran la vista, por un momento, para observar la realidad cotidiana de miles de ciudadanos. Porque mientras unos miran hacia el escenario principal, otros intentan llegar al trabajo, recoger a sus hijos del colegio o cumplir con sus obligaciones en una ciudad que, durante estos días, funcionará a un ritmo diferente.

Por supuesto que no me olvido de los conciertos de Bad Bunny en el Metropolitano. Serán multitudinarios. Madrid rebosa gente por sus calles. De hecho, aislarse de la multitud será el plan de muchos. Unos se irán de la ciudad, otros buscarán una piscina y más de uno se refugiará en la sombra de un árbol en El Retiro. La Feria del Libro continuará esperando a los lectores, el calor seguirá recordándonos que el verano está a la vuelta de la esquina y los madrileños volverán a demostrar esa capacidad tan característica que tienen para adaptarse a cualquier circunstancia. Porque si algo te enseña esta ciudad es a convivir con el bullicio, con las aglomeraciones y con los imprevistos. Muchos se habrán resignado a la situación, pero una visita del Papa es tener una cita con la historia. En unos días, entre todos y cada uno con sus circunstancias, escribiremos este capítulo titulado “Alzad la mirada”.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/06/01/madrid-bulle/

HOMBRES G, UNA NOCHE PARA RECORDAR

La actitud es vital ante todo y mientras acudía “en mi coche” al recinto ferial de Castellón me repetía a mí misma: “Voy a pasármelo bien”. Y así fue. Por eso, el domingo no “me levanté dando un salto mortal ni echando un par de huevos en mi sartén” porque después del concierto de Hombres G lo que más necesitaba era un café que me devolviera a la realidad. Era la única manera de recuperarme de semejante resaca emocional. Eso sí, “me siento bien”.

Sabíamos que con ellos íbamos a revivir “los mejores años de nuestra vida” y de sus vidas porque sus canciones han ido pasando de generación en generación y eso se notó en el público que acudió para verlos en un directo de pura música, de puro sentimiento y sobre todo, de pura nostalgia. Hombres G no solo llenan recintos; llenan recuerdos. Cada acorde era un viaje a otra época, una sucesión de momentos compartidos entre padres, hijos y amigos que crecieron con canciones que siguen sonando igual de vivas que el primer día.

Hombres G y su público son esos “dos imanes” destinados a encontrarse. Si ellos dicen “Te necesito” a sus fans, después solo les queda un “Te quiero” con respuesta universal. No hay ningún ataque de las “chicas cocodrilo” que no hayan superado David, Javi, Daniel y Rafa porque, aunque no son “Indiana”, tampoco hace falta que se vayan a “Nassau”, porque incluso allí, donde suenan sus canciones, éstas terminan encontrando casa. Y es que no hay manera posible de evitar decir “No te escaparás” cuando la música es el motor de unas personas muy queridas por la gente. Se llevaron, sin duda, el cariño de un público que estaba rendido a ellos desde que sonaron los primeros acordes.

Ellos notaron que queríamos cantar, por eso no dudaron en pedirnos que “Nos soltáramos el pelo” y “Visitáramos su bar” para darlo todo al ritmo que nos iban marcando. Eso sí, tenían claro que algún “Chico tenía que cuidarse”, pero esa lección ya estaba bien aprendida sabiendo que desde hace años “Marta tiene un marcapasos”. Sinceramente, no nos llevaron a “Venezia”, pero nos dejaron “Temblando” solo con “Un par de palabras”. Saben que el cariño es mutuo y por eso, después de dos horas, la gente quería más.

Y cuando llegó el final, el recinto entero se rindió a ese grito compartido de “Devuélveme a mi chica”. Una canción convertida ya en un himno generacional que no necesita presentación ni explicación. Fue en ese instante en el que la noche se convirtió en inolvidable. Todo encajó: las luces, las voces, las miradas y esa emoción colectiva que ya rozaba la despedida. Algunos afónicos, otros con alguna que otra picadura, pero en el fondo todos con una sonrisa en el rostro como reflejo de una felicidad inigualable. Cuando Hombres G suena, se canta hasta el final. Y ahí, en ese último acorde, quedó la certeza de haber vivido una noche que no se olvida, de las que se guardan sin esfuerzo, como un recuerdo que vuelve solo cuando vuelve a sonar una canción.

Es lo que tiene la música: que a veces no hace falta entenderla, solo vivirla, dejar que te atraviese y te devuelva, aunque sea por una noche, a ese lugar donde todo encaja y todo suena un poco mejor. Porque al final, entre voces rotas y canciones coreadas a pleno pulmón, uno descubre que la emoción también tiene su propia banda sonora.

Hasta pronto, Hombres G

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/05/25/hombres-g-una-noche-para-recordar/

AHORA, ATLETI, AHORA

A una final de la final. O lo que es lo mismo, el Atlético de Madrid está a noventa minutos de sellar su pasaporte a Budapest. Es un sueño, sí, pero es alcanzable, también. Y quien no crea que no siga leyendo porque quien escribe estás palabras aprendió hace mucho tiempo que nunca hay que dejar de soñar. Y sueño porque los sueños nos alimentan no solo las ilusiones sino nuestra forma de entender la vida. Hay despertares que no gustan pero cuando entiendes que el rojiblanco está en la esencia de tu ADN, hasta ese momento todo es posible.

Y lo es porque la eliminatoria está igualada y porque en Londres habrá una representación de toda una afición que hace una semana dejó un huella irrepetible en los anales del fútbol. No importa desde donde se vea el encuentro porque los nuestros saben que estamos con ellos. Es cierto que no estaremos todos físicamente, pero nadie va a faltar. Estará el niño que se enamoró de estos colores sin saber por qué, el abuelo que enseñó a sufrir con orgullo, la voz rota de cada noche imposible en el Calderón y en el Metropolitano. Estará la memoria y estará el presente, empujando juntos. Sufriremos lo que sea necesario para arropar al equipo.

La Champions no entiende de atajos ni de merecimientos escritos de antemano. La Champions se conquista desde esa forma tan nuestra de resistir cuando todo aprieta y de creer cuando otros dudan. Noventa minutos. Sólo noventa. (Esperemos que no más).

Este es el momento en el que la historia no se recuerda: se escribe. Este equipo sabe que no camina solo porque tras cada paso hay detrás millones de latidos que no se rinden, y por supuesto, que no abandonan. Y cuando las fuerzas flaqueen, cuando el reloj pese más que nunca, será ese empuje invisible el que sostenga a los nuestros. No lo dudo.

Hay que ganar, sin duda. No hay que olvidar nunca a Luis Aragonés. No hay que olvidar lo que significa esta camiseta y este escudo. Simplemente, se trata de ser fieles a lo que nos ha traído hasta aquí. De competir como sabemos, de no bajar la cabeza, de entender que cada balón puede ser el último y, por eso mismo, el más importante. No se puede fallar. Cada esfuerzo cuenta y cada duelo se pelea como si fuera decisivo.

Ahora, Atleti, ahora. Es el momento de mirarse y reconocerse. De saber que el sueño está ahí, al alcance de una noche eterna. De entender que no hay miedo cuando lo que te empuja es el corazón. Que no hay distancia cuando una afición entera respira al mismo ritmo porque hay noches que no se juegan: se sienten. Y esta es una de ellas.

Si algo hemos aprendido es que, cuando el Atleti cree, no hay imposibles que se le resistan. 

Es el momento. Es ahora. Es luchar. Es soñar. Es sentir. Es vivir. Es creer…Es Atlético de Madrid.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/05/04/ahora-atleti-ahora-3/

LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Si buscamos en el diccionario “libertad de expresión” nos dice que es el “Derecho a manifestar y difundir libremente ideas, opiniones o informaciones.” Ahora bien, cuando se manipula dependiendo de las circunstancias ya no es un derecho se convierte en una coartada. Y esto es algo que cada vez ocurre con más frecuencia en distintos ámbitos. De hecho, la libertad de expresión se invoca como escudo cuando conviene, pero se olvida como principio cuando incomoda. Se defiende con vehemencia para proteger opiniones propias, pero se relativiza cuando lo que se dice no encaja con la sensibilidad del momento. Y así, poco a poco, se va vaciando de contenido.

Y digo esto porque la invocación a ella de Juan Carlos Rivero durante la pitada al himno de España en la final de la Copa del Rey fue flagrante y generó una avalancha de reacciones críticas en las redes sociales. Desafortunado fue decir como coletilla es “libertad de expresión” en un momento en el que el respeto y la solemnidad debieron ser los protagonistas. No todo vale y año tras año sucede lo mismo, mientras no se tomen medidas la estampa seguirá siendo muy lamentable. No hace falta usar la libertad de expresión como justificación porque los hechos hablaron por sí solos. La foto de La Cartuja demuestra lo que nos intentan negar. Una parte del estadio con la bandera de nuestro país y la otra desligándose de ella. Es triste pero así fue y la guinda la puso un comentarista que mejor hubiera estado callado. 

El respeto hacia los símbolos es incuestionable. Apelar a la libertad de expresión no debería servir para banalizar comportamientos que deterioran la convivencia, ni para blindar actitudes que, lejos de enriquecer el debate, lo empobrecen. Recuperar el verdadero sentido de la libertad de expresión es fundamental para que podamos olvidar ese comodín que nos están vendiendo cuando a unos les interesa.

Por eso, cuando escuché a Rivero, sólo pensé en el famoso “¿Por qué no te callas?” de D. Juan Carlos I. Y no por nostalgia ni por teatralidad, sino porque, a veces, el silencio también comunica. Más aún cuando se está retransmitiendo a todo un país, cuando millones de personas esperan que quien narra no distorsione lo que ocurre, ni lo maquille bajo etiquetas que no corresponden. Quizá ahí esté la clave: no todo comentario aporta, no toda opinión suma y no toda intervención es necesaria. Hay momentos en los que el respeto no solo se demuestra hablando, sino sabiendo cuándo no hacerlo. 

Y si algo debería tener claro este comentarista, que en unos meses hablará de la selección española en el Mundial, es que su voz es solo suya. Rivero, más vale estar callado que convertir la libertad de expresión en una excusa vacía.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/04/20/libertad-de-expresion-2/

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