
Hay tardes y tardes. Las de un derbi madrileño siempre son especiales. Noventa minutos lo pueden cambiar todo. Para bien o para mal, la memoria recordará lo vivido. No es un partido más y todos sabemos que, cuando el Atlético de Madrid se mide a su eterno rival, hay mucho más que tres puntos en juego. Los rojiblancos hicimos de nuestro fortín el mejor escenario para alcanzar una victoria que llena de alegría nuestros corazones.
El tifo decía que “Del Atleti al cielo”. Qué manera más bonita de rendir homenaje a una camiseta que lleva consigo un sentimiento inigualable, de esos que nadie puede explicar, pero que nos unen como una familia que sabe apoyar a los suyos pase lo que pase. “Del Atleti al cielo” nos lleva a pensar también en ese tercer anfiteatro que el pasado domingo celebró que los merengues regresaran a Concha Espina cabizbajos. Es lo que tienen las derrotas… que dejan rostros serios, silencios incómodos y viajes de vuelta que se hacen demasiado largos aunque estés a escasos kilómetros de casa.
Pero esta vez la historia se escribió en rojiblanco. El Metropolitano volvió a ser ese hervidero que aprieta, que empuja y que no deja de creer. Y cuando el árbitro señaló el final, quedó lo que de verdad importa en una tarde así: el orgullo de haber ganado al eterno rival, de haber defendido nuestra casa y de ver la alegría de la afición.
Porque ganar un derbi es poder mirar al vecino con una sonrisa durante los días siguientes. Es recordar cada cántico, cada gol y cada abrazo. Por supuesto que hubo varias pitadas. Estas no podían faltar, como tampoco nos podíamos olvidar de Ceuta. Por eso, mientras la grada rugía y el Metropolitano seguía latiendo al ritmo de los corazones rojiblancos, apareció otro mensaje: “CEUTA ES ESPAÑA, NI SE ARRUGA NI SE TAPA”. Una pancarta que no pasó desapercibida, aunque lo intentaran. Un dardo para quienes llenaron titulares con una camiseta mal puesta y, lo más importante, un mensaje de apoyo para que todos los ceutíes sientan que no están solos.
Y dicho esto, toca festejar y disfrutar de esta victoria, que sabe más dulce que un merengue. La memoria nos recordará este encuentro y nos sacará una sonrisa pícara que no podremos disimular. Orgullosa de mis colores, siempre. Los buenos recuerdos nos ayudan a seguir y nos dan impulso en los momentos más complicados. Madrid se tiñe de rojiblanco, pese a quien le pese. Queda mucha temporada por delante, pero que sigan los cánticos, que sigan los abrazos y que sigan las tardes y las noches en las que el Metropolitano nos recuerde que, cuando estamos juntos, no hay nada más fuerte que sentir los motivos por los que somos del Atleti. Lo dicho: Del Atleti al cielo.
Jimena Bañuelos









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