
Veinte años que se dice pronto. Dos décadas desde aquel 14 de septiembre que dividió mi vida en dos: el antes y el después. Veinte años desde aquel ‘día cero’ que, con el paso del tiempo, se convirtió en mi particular principio de todo. Han pasado más de siete mil trescientos días desde que un joven alemán, al que estaré eternamente agradecida, decidió regalarme algo que no se puede envolver ni guardar en un cajón. Me regaló vida.
Veinte años después, sigo celebrando aquel regalo como si fuera el primer día. A veces cierro los ojos y regreso a aquella habitación del hospital de La Princesa. Recuerdo el ir y venir de las enfermeras, la mirada de mi hematóloga, las manos de mis padres agarrando las mías y aquellos silencios que decían mucho más que cualquier palabra. Recuerdo que mi cuerpo estaba agotado, de hecho era incapaz casi de sostener un bolígrafo, pero mi mente se aferraba con todas sus fuerzas a una única idea: todo va a salir bien.
Tenía veintiún años cuando la leucemia puso mi vida en pausa. Aquella joven que pensaba en su futuro cambió de golpe esos sueños por otros cargados de esperanza. Todo había cambiado de repente pero llegó el “regalo alemán” y volvió a dar un giro de ciento ochenta grados a aquel presente incierto y duro. Aquel 14 de septiembre algo comenzó a cambiar. No sabía entonces todo lo que vendría después. No sabía cuántos sueños cumpliría, cuántas personas conocería, cuántos lugares descubriría, cuántas veces volvería a reír, a llorar, a enamorarme de la vida o a tropezar con ella. Solo sabía que quería recuperar las riendas de mi vida.Y aquí estoy. Veinte años después.
Hoy entiendo que mi verdadera riqueza no está en todo lo que tengo, sino en todos esos días que he podido ir acumulando desde aquel “día cero”. Ha habido días normales, días extraordinarios, días buenos y, por supuesto, días menos buenos. Eso si, han sido días que entonces parecían imposibles y que hoy forman parte de mi historia. Porque el tiempo adquiere otro matiz cuando lo has vivido desde perspectivas diferentes. El tiempo no está para perderlo porque el tiempo es vida. Veinte años dan para mucho. He convertido sueños en realidad. He descubierto que el futuro no siempre se parece a lo que habíamos imaginado. He aprendido que las cicatrices no desaparecen necesariamente, pero sí pueden dejar de doler. He entendido que hay daños colaterales que forman parte del camino y que nadie tiene derecho a juzgar y he descubierto fortalezas en mí que jamás pensé que tenía.
Veinte años después, mi cabeza me vuelve a mostrar a esa joven en aquella habitación de hospital que se decía a sí misma que aguantara, que tuviera miedo si era preciso pero que no dejara de soñar porque si todo iba bien algún día miraría atrás y descubriría que muchos de aquellos sueños que imaginaba entre quimioterapias, vómitos y noches interminables terminarán haciéndose realidad. Por eso, cada 14 de septiembre, mi calendario tiene una fecha que pesa más que las demás. Es mi día cero. El día en el que volví a empezar. El día en el que Hans me dio la posibilidad de seguir escribiendo mi historia porque las segundas oportunidades no se desaprovechan.
Hoy cumplo 20 años de vida después de aquel día. Veinte años de sueños. Veinte años de aprendizajes. Veinte años de personas que han llegado para quedarse. Veinte años de días que no estaban garantizados y que, precisamente por eso, valen muchísimo más. Toca brindar por la salud, por mis padres, por todos los que estuvieron cuando más los necesitaba. Y, por supuesto, brindo por Hans, ese joven alemán que, sin conocerme, decidió regalarme una parte de sí mismo y terminó regalándome algo infinitamente más grande: tiempo y vida.
Quiero seguir sumando días a aquel 14 de septiembre. Porque cada día que pasa no vuelve. Veinte años después sigo aquí. Y mientras pueda y gracias a que aún tengo la vida, seguiré conjugando, sin peros y en presente, el verbo más importante de todos: VIVIR.
Jimena Bañuelos









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