Los sueños se cumplen y las finales se ganan. Hay victorias que se celebran y otras que se quedan a vivir en la memoria. Sin duda, esta es una de ellas. Dieciséis años después de aquella noche inolvidable en Sudáfrica, España vuelve a ser campeona del mundo. Este equipo está escribiendo un capítulo de la historia que permanecerá en los anales para siempre, recordándonos no solo el gol de Ferran, sino también los abrazos improvisados, las plazas abarrotadas, las lágrimas incontenibles de quienes estallaron en júbilo y las miradas al cielo dedicadas a quienes ya no están.
La estrella se ha tejido a base de confianza, de seguridad, de respeto y, sobre todo, de la ilusión de creer que era posible. El tiempo ha demostrado que soñar no es malo; lo verdaderamente extraordinario es tener el valor de sostener ese sueño cuando todavía nadie podía verlo. España lo hizo. Partido a partido, sin dejar que nada la desviara del camino, porque sabía que ese gran sueño solo se convertiría en realidad a base de trabajo, compromiso y la capacidad de transformar la ilusión en historia. Una historia que ya luce bordada sobre el escudo y que recordará para siempre que los sueños no entienden de imposibles cuando detrás hay un grupo dispuesto a creer, a luchar y a escribir su propio destino. Porque las estrellas no caen del cielo: se conquistan. Y esta segunda quedará para siempre como el símbolo de una generación que se atrevió a imaginar lo imposible y terminó conquistando el mundo.
Y ante el mundo y, sobre todo, ante los millones de españoles que arroparon a la selección, llegó el momento de celebrar. Evidentemente, las grandes gestas no terminan con el pitido final. La fiesta estaba por llegar porque España tenía una estrella más. Madrid volvió a vestirse de rojo y las banderas rojigualdas no faltaron para recibir a los campeones. Desde primera hora de la tarde, las calles se llenaron de aficionados con la misma ilusión con la que habían seguido cada partido del Mundial. Familias, grupos de amigos y niños arroparon a los de Luis de la Fuente con la camiseta de la selección, ocupando cada rincón del recorrido del autobús que transportaba no solo el trofeo y a los campeones, sino también el orgullo de todo un país.
El epicentro de toda la fiesta estaba en la Plaza de Cibeles. La misma plaza que tantas veces ha visto celebrar los triunfos del deporte español volvió a convertirse en el escenario de una noche inolvidable. Allí solo había sonrisas, cánticos y un sentimiento compartido. El paso del tiempo difícilmente podrá borrar todos estos recuerdos. Para muchos es su primera estrella, pero quienes vivimos el gol de Iniesta sabemos que no hay nada capaz de borrar cada instante de aquella noche de 2010. Ahora, ese recuerdo se une a un nuevo nombre, a un nuevo minuto y a una nueva ciudad que siempre serán motivo de orgullo.
El fútbol tiene la capacidad no solo de unir a miles de personas, sino también de detener el tiempo, ya sea dentro del terreno de juego o fuera de él. Durante el partido todos contuvimos la respiración en más de una ocasión, pero ahora ha conseguido que Madrid detenga su ritmo frenético diario y se pare por una misma ilusión. La segunda estrella está en casa y ya luce sobre el escudo, pero también lo hace en la mirada de todos. Sin duda, las mayores alegrías siempre saben mejor cuando se celebran juntos.
España es campeona del mundo y ahora nos toca disfrutar de este sueño convertido en realidad. Gracias a los nuestros por despertarnos de la mejor manera posible de ese sueño que siempre nos une. La Copa ya está aquí y hay que brindar por ella.
Jimena Bañuelos
Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/07/20/campeones-del-mundo/










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