LA ESPERANZA TAMBIÉN SE INVESTIGA

El calendario está marcado día a día y en cada jornada siempre hay algo que conmemorar o recordar. Mañana se celebra el Día Mundial contra el Cáncer y esto nos afecta a todos. Quizás estaría bien no desligar de este color verde esperanza, la investigación. Ésta no debería ser sólo cosa de un día señalado porque sin ciencia no hay avances y sin inversión en investigación el futuro se queda en pausa. Por desgracia, los diagnósticos siguen aumentando y aunque los tratamientos han ido mejorando todavía queda mucho por hacer. Por eso, no se puede bajar la guardia y olvidarse de algo tan importante como el tándem que forman la investigación y la inversión. 

Sin ninguna duda, la investigación ha sido clave para que muchas historias hoy tengan un desenlace distinto. Hace unos días, Mariano Barbacid compartió con toda la sociedad los logros que él y su equipo han conseguido a base de trabajo y constancia. Noticias como esa nos tienen que llenar de alegría porque sus logros son un beneficio para todos. Gracias a los avances y se desarrollan tratamientos que, con el paso del tiempo, han ido mejorando los datos de supervivencia. Es más,  estos hechos nos tendrían que llevar a un momento de reflexión para valorar la importancia de apostar por la ciencia.

En días como el cuatro de febrero, las redes sociales y los medios se llenan de testimonios muy humanos y casi todos coinciden en algo: cuando te diagnostican un cáncer, tu vida cambia para siempre. Pero también es cierto que nunca caminas solo. El personal sanitario vive contigo cada paso, tus mejores días y tus horas más bajas. En mi caso, siempre me sentí arropada por los míos y por quienes estuvieron conmigo en cada ciclo de quimio, y, por supuesto, en el trasplante que lo cambió todo.

Mañana el lazo común que habrá que lucir será el verde, el de la esperanza. Una esperanza que no se pierde ni siquiera en los momentos más duros, porque durante la lucha contra el cáncer también se vive y se sueña. Lo mejor siempre es aferrarse a la vida a pesar de que la incertidumbre lo inunde todo. Las buenas noticias llegan, a veces, cuando menos las esperas, y para que lleguen más a menudo es imprescindible seguir apostando por proyectos de investigación que necesitan recursos para avanzar. Puede que muchas respuestas estén todavía esperando en los laboratorios.

Evidentemente, la sanidad es esencial y la investigación también, porque sin salud poco más importa. El cáncer te enseña a valorar el presente, las pequeñas cosas y los instantes medidos en segundos. El tiempo se vuelve oro mientras luchas, pero también se convierte en una oportunidad para aprender, para reinventarte y para no renunciar a lo que deseas. La vida es dura pero nunca me cansaré de repetir que no me alegraré de haber tenido un cáncer pero sí de todo lo que me ha enseñado. Una reflexión que vuelve a mí cuando surgen dudas pero que me recuerda que estoy viva para seguir disfrutando de lo más valioso que tenemos. 

Por eso, la vida hay que vivirla con los cinco sentidos y con ese sexto que se afina en los peores momentos. Como decía Pau Donés, “vivir es urgente”. Y lo es, porque nunca sabes cuando el guión puede dar un giro inesperado. Al final, ser feliz es lo que cuenta y, a veces, es mejor pedir perdón que permiso. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/02/02/la-esperanza-tambien-se-investiga/

MIRAR ATRÁS SIN MIEDO

El primer mes del año siempre llega con una mezcla extraña de esperanza e incertidumbre. Y aunque la cuesta de enero se esté haciendo larga, ya estamos en la recta final. Los cambios que se le piden al año nuevo no se pueden lograr de la noche a la mañana porque, como es bien sabido, hay que darle tiempo al tiempo. No hay que tener prisa pensando en el futuro o en los sueños pendientes por cumplir, ya que todo llega si está destinado a nosotros. La vida no funciona a la velocidad que nosotros queremos. Ella va a su propio ritmo y mientras tanto nosotros aprendemos, o mejor dicho deberíamos aprender, a acompañarla.

Nada importante ocurre de golpe. Los cambios reales necesitan tiempo, constancia y, sobre todo, paciencia. Pensar demasiado en el futuro puede robarnos el presente, y obsesionarnos con los sueños pendientes solo consigue que olvidemos el camino que ya estamos recorriendo. De hecho, cada día nos enfrentamos a nuevos retos, a nuevas experiencias. Es cierto, que si la vida en un segundo puede cambiar, en este mismo tiempo, tú también lo puedes hacer. Un mensaje, una foto, un recuerdo o cualquier acto que nos rodea nos puede enseñar algo sobre nosotros mismos que desconocíamos o nos puede poner ante una situación que debemos afrontar como un reto. Por eso, la actitud ante todo es fundamental. Conocernos no es fácil, pero reconocer nuestras fortalezas y nuestras debilidades debería ser obligatorio.

Hace poco, frente al mar, contemplando su plenitud, me reencontré con recuerdos que creía superados. Sabía que esos fantasmas del pasado aparecerían. Era inevitable que eso sucediera. La mente hizo su parte y el mar, hay que reconocer, que tiene la capacidad de remover lo que duerme en lo más hondo de nuestro interior. Eso sí, con los años he entendido que el tiempo no borra, pero sí fortalece. Nos prepara para mirar atrás sin huir, para sostener el pasado sin que nos derrumbe. En ese instante, ante el susurro del Mediterráneo, comprendí, una vez más, que la fortaleza no se elige: se descubre cuando la vida nos pone a prueba. De esos momentos tan difíciles aprendí algo esencial: a ser fiel a mí misma. A no ignorar lo que siento, a no minimizar lo que duele. Es cierto que compararse no suele ser sano, pero mirar el pasado desde el presente puede convertirse en una prueba de crecimiento. Aunque los recuerdos a veces vengan acompañados de emoción, también son una fuente de vida. Nos recuerdan de dónde venimos y todo lo que hemos sido capaces de superar.

El paso del tiempo desde entonces es ese camino lleno de aprendizajes, de momentos maravillosos y de una lucha silenciosa por alcanzar esa felicidad que tantos persiguen sin saber dónde buscar. Tal vez porque la felicidad no está en lo grandioso, sino en los detalles: en una sonrisa compartida, en un instante de calma o, incluso, en saber detenerse.

Si ser feliz es lo que cuenta, sonreír a diario es vital. Y por eso, después de contemplar el mar, de escuchar su vaivén y dejarme envolver por su tranquilidad, no puedo terminar estas palabras sin invitar a vivir el presente. Enero habrá sido más duro o más amable, pero el año guarda aún muchos capítulos por escribir. Aprovechemos cada oportunidad ya que el tiempo no es oro: es vida. Y se escapa sin avisar mientras nos distraemos con tonterías. Vivamos, sonriamos sin miedo y aprendamos, poco a poco, a fluir por esa vida que es única e irrepetible.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/01/26/mirar-atras-sin-miedo/

PERIODISMO: UNA VOCACIÓN QUE NO SE ABANDONA, SE DEFIENDE

Viendo el calendario, el próximo sábado se celebrará la festividad de San Francisco de Sales, patrono de los periodistas. Tengo claro que hay profesiones que se eligen y otras que, sencillamente, te eligen a ti. Quizás, el periodismo sea una de ellas porque recuerdo perfectamente el día que aquella niña dijo en voz alta que quería ser periodista. Es una vocación, sí y ésta es precisamente la que te ayuda a afrontar un camino que está lleno de luces y sombras, de certezas y decepciones, pero un camino que debe estar guiado por la honestidad. Tengo claro que pase lo que pase, el periodismo, cuando se siente de verdad, no se abandona: se defiende. Es, sin duda, una forma de entender la vida. 

Sería absurdo negar que esta profesión ha cambiado con el paso del tiempo. Esto sucede en todos los ámbitos. Las nuevas tecnologías, las redes sociales y la inmediatez han transformado todo: las rutinas, los formatos y, por supuesto, la manera en la que se consume la información. El problema no está en todo esto, los cambios son buenos pero nunca se debe dejar de lado la esencia del periodismo. Ésta no está atada a modas o intereses porque su papel es fundamental nunca hay que perderlo de vista. El periodismo existe para contar la verdad, no para complacer, adornar ni suavizar la realidad. Ahí reside su verdadera libertad. El periodista no está para agradar, ni para servir a intereses concretos. Está para contar lo que ocurre, aunque duela, aunque incomode, aunque moleste a quienes preferirían el silencio. Y todo esto no puede caer en el olvido. Ahora muchos pensarán que es una utopía pero la realidad demuestra que todavía hay grandes profesionales que llevan en vena estos principios. 

Se nos llena la boca hablando de libertad, pero ésta es para todos. La libertad de prensa no es cómoda, nunca lo ha sido. Un periodista no trabaja para caer bien. Trabaja para informar. Y cuando lo que se publica genera incomodidad, críticas o ataques, suele ser una señal de que el trabajo está cumpliendo su función. Un trabajo, por cierto, que no necesita maquillajes de ningún tipo. Las cosas son como son. Eso sí, la opinión es plural y necesaria pero la realidad, en cambio, suele ser una sola. Es cierto que vivimos en ataques sistemáticos a los medios de comunicación y los señalamientos están a la orden del día. Quizás habría que darle una vuelta a todo esto porque la libertad de prensa no es un privilegio del periodista, es un derecho de la ciudadanía. Conviene repetirlo las veces que haga falta: sin una prensa libre no hay democracia. No hay excusas posibles cuando se habla de libertades fundamentales. Todos sabemos de lo que es capaz el poder político y cuanto recela del buen periodismo cuando éste no le es favorable. Quizás no vendría mal que algunos revisaran películas que retratan el oficio con crudeza y verdad.

Eso sí, el periodismo también es humanidad. Hay pequeñas historias que llegan al corazón y provocan empatía y sensibilidad porque el periodista también escucha, comprende y sabe acercarse al prójimo con respeto. Nunca dejemos de lado esta parte de la profesión. Ryszard Kapuscinski lo dejó claro: no se puede ser buen periodista sin ser buena persona. Seguramente, sea momento de recuperar esa mirada y reflexionar sobre el verdadero sentido del oficio.

En definitiva, el periodismo es una escuela constante. Ha sido mi escuela de vida y lo seguirá siendo porque es maravillosa como dijo Alejo Carpentier. Yo seguiré en ella, defendiendo mis principios y mi vocación. Y lo haré siempre con convicción, con responsabilidad y con orgullo. Porque, pase lo que pase, soy periodista.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/01/19/periodismo-una-vocacion-que-no-se-abandona-se-defiende/

EL AÑO EMPIEZA, LA VIDA CONTINÚA

 Aunque parece que fue ayer cuando descorchamos el cava y brindamos por el primer día del año, el calendario nos recuerda que estamos en el ecuador de este mes y que sin darnos cuenta llevamos caminando por el 2026 casi dos semanas. Los propósitos, seguramente, sigan intactos, sin estrenar y aún no se han visto influidos por el desgaste del tiempo. Algunos, previsiblemente, llegarán a buen puerto y otros, inevitablemente, se quedarán por el camino o reaparecerán en futuras listas. Y no pasa nada. Porque no se trata de acumular metas, sino de ser honestos con nosotros mismos y asumir hasta dónde estamos dispuestos a llegar. Al final la actitud es lo que cuenta y, por eso, hay que ser realista y saber, sin engañarnos, lo que realmente estamos dispuestos a hacer o a cambiar. Indiscutiblemente, lo que debe primar es nuestra felicidad y esos propósitos son intenciones y pueden ir variando en función de nuestros deseos y, por supuesto, de nuestro presente. 

Un presente que vive instalado en el hoy y en el ahora. Es más, si nos despistamos se nos escapa entre los dedos. Sabemos que ese “hoy” no se repite ya que cada día que pasa es un día que no vuelve. No sé lo que me deparará este año, pero lo que sí sé es la intención con la que afronto todas la aventuras que el 2026 me quiera brindar. Siempre se aprende con la experiencia y no dudo que este año me dejará todo tipo de recuerdos. Eso sí, la felicidad siempre será el motor porque ésta es  el principio irrenunciable ante todo. En el fondo, ser feliz es lo que cuenta y quedan muchos capítulos por escribir a lo largo de este año. Enero acaba de empezar, pero en un suspiro ha volado la primera quincena y esto me confirma que el tiempo no es oro porque el tiempo es vida. 

Una vida que me ha enseñado a aceptarla tal y como viene, sin condiciones ni excusas, aunque a veces cueste más de lo que nos gustaría. No todo es sencillo, ni mucho menos. El camino tiene espinas y tropiezos, pero incluso ellos cumplen su función. Las cicatrices no solo duelen, también hablan de resistencia, de aprendizaje y de fuerza. Una fuerza que, aunque a veces dudemos de ella, vive dentro de nosotros. En nuestra mente y en las palabras que nos decimos en silencio. Esa conversación interna tiene un poder inmenso, mucho mayor que cualquier opinión ajena. Por eso, creer en uno mismo no es una opción, es una necesidad vital. Reconocer lo que valemos es el primer paso para empezar a querernos sin reservas. El “qué dirán” pierde sentido cuando uno ha construido su personalidad a base de experiencias reales y de lecciones que solo la vida puede enseñar.

Precisamente, esas lecciones llegan cuando menos te lo esperas. Reconozco que en enero de hace unos cuantos años comenzó para mí la enseñanza más dura. Obviamente hubo un antes y un después. Aprendí que en un segundo todo puede cambiar, entendí que nada está garantizado, pero también que la vida es, precisamente, lo que sucede después. Por eso, desde aquel momento, hay un propósito que se repite cada año en mi lista. No porque no lo haya cumplido, sino porque necesito recordarlo constantemente: la vida solo se vive una vez. Y cuando nos regala una segunda oportunidad, no es por casualidad. Es una invitación, sin duda, a vivir y a sentir. No dejemos para mañana… (ya me entienden)

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/01/13/el-ano-empieza-la-vida-continua/

¡FELIZ NAVIDAD!

El tiempo vuela y, sin darnos cuenta, volvemos a situarnos en ese punto del calendario en el que la Navidad lo impregna todo. Hace días que el ambiente ha cambiado y las calles se han transformado. Quizás, el ánimo también lo haya hecho. Sin duda, son días de reencuentros, de miradas cómplices y de deseos que quizá llevaban meses guardados, pero que ahora cobran un sentido especial.

En pleno invierno llegan, paradójicamente, las fiestas más cálidas del año. Para quienes viven la Navidad con intensidad, es inevitable echar de menos a los que ya no están. Las sillas vacías pesan, duelen y despiertan nostalgia, pero también deben llenarse de buenos recuerdos, de risas pasadas y de todo el amor que dejaron. Esa mezcla de ausencia e ilusión provoca un torbellino de emociones que sólo el corazón sabe ordenar. Porque, al final, se trata de sentir y compartir con quienes de verdad nos quieren. 

La vida puede cambiar en un segundo y, a las puertas de la Navidad, es casi obligatorio detenerse a valorar todo lo bueno que nos ha dejado el año. Hacer balance es natural, pero incluso de lo  no tan bueno siempre nos queda un aprendizaje. Y si algo merece la pena, es abrazar fuerte a los nuestros. A estas alturas, el árbol ya luce en casa, el belén ocupa su lugar, los dulces tradicionales esperan en la mesa y los villancicos marcan el ritmo de estos días y eso, que las panderetas y las zambombas ya no se ven tanto, pero siempre habrá quien se anime con ellas.

Aunque cueste el ánimo tiene que estar arriba, porque cada Navidad es única. Los recuerdos que se crean ahora se guardan para siempre. Las fotos se parecen, sí, pero nunca son iguales, y ahí reside su encanto. Disfrutar con quienes nos quieren es el mejor regalo. La hipocresía, en cambio, no tiene cabida: el año es largo y la felicidad no entiende de disfraces temporales. Al final, ser feliz es lo que cuenta. Por eso, en estas fechas sólo deberían tener espacio la ilusión, los deseos y los sueños pendientes. Estos son el motor que nos empujan a seguir adelante. Ojalá la actitud navideña durara todo el año; quizá así todo sería más sencillo…

La Navidad, nos guste o no, tiene algo de magia. Cada uno conoce el secreto para hacerla especial. Yo seguiré escribiendo mi carta a los Reyes Magos, pidiendo, como siempre, ver sonreír a los míos, porque ahí empieza todo. Y con la mirada puesta en lo que viene, sólo me queda desear de corazón: Feliz Navidad y un muy Próspero Año Nuevo, lleno de salud y recuerdos que nos acompañen siempre.

¡FELIZ NAVIDAD!

LOS SUEÑOS TAMBIÉN SE REPARTEN

He hablado este mes del belén de mi abuela pero no me puedo olvidar que mi abuelo vivía la Navidad como si el calendario le devolviera años en lugar de quitárselos. En diciembre solía caminar más deprisa de lo que ya lo hacía y sin darse cuenta hablaba de los planes futuros y de los deseos con la misma convicción que yo, una niña, aseguraba que de mayor quería ser bailarina o maestra. Para él, la Navidad no miraba hacia atrás, sino hacia adelante. Y la Lotería de Navidad era el lugar donde esa ilusión se hacía visible.

Por supuesto, el ritual para el sorteo empezaba muchos días antes. Los décimos y las papeletas llevaban tiempo guardados en el cajón donde mi abuelo conservaba las cosas importantes, no las valiosas. Ahí, doblados con cuidado, estaban esperando su momento, su gran día: el 22. La víspera del sorteo, como quien saca algo frágil a la luz, sacaba también los sueños y los extendía sobre la mesa, ordenándolos como cartas de una baraja secreta. Los miraba uno a uno, no para comprobar los números, sino para recordar de dónde venían. “Este es del bar de Julián”, decía. “Este otro lo compré con Vicente, el del taller”. Cada papeleta, sin duda, era una historia compartida no solo con los amigos sino también conmigo.

Es bonito recordar a ese niño que todos tenemos dentro. Mi infancia está ligada a muchos recuerdos que resurgen cuando tienen que hacerlo. Es cierto que han pasado muchos años y esa niña, hoy, no suele jugar a la lotería porque mi abuelo sabe que el famoso “Gordo” me tocó hace muchos años de una manera muy especial. Eso no quiere decir que no sueñe. Lo hago, no solo en estas fechas, sino siempre porque soñar, como jugar a la lotería, nunca fue solo cuestión de números.

Hoy la Lotería de Navidad se compra con meses de antelación. Desde verano se pueden adquirir décimos, sin frío, sin esperas. Aun así, cada diciembre vuelven las colas interminables de Doña Manolita, como si la espera formara parte del hechizo. Recuerdo el 22 de diciembre como un día solemne. Mi abuelo adaptaba el ritual a la rutina: si el sorteo caía en un día laborable, lo escuchaba por la radio, atento a cada número mientras la mañana avanzaba; si coincidía con fin de semana, se sentaba frente al televisor, subía el volumen cuando los niños empezaban a cantar y guardaba silencio, como si aquel coro sostuviera el futuro por unas horas. No hablaba; escuchaba. Y mientras los números caían, él soñaba.

Soñaba con repartir antes que con gastar, con arreglar cosas pendientes, con sobremesas largas. No imaginaba lujos, imaginaba tiempo. Hace años se jugaban más papeletas que ahora. Comprar la lotería así era una excusa perfecta para verse, para entrar en un bar, saludar, preguntar por la familia, desear suerte mirándose a los ojos. El número era casi lo de menos: lo importante era el gesto compartido.

Mi abuelo ya no saca los sueños del cajón, pero cada vez que escucho a los niños cantar vuelve su manera de creer, su fe en que aún podían pasar cosas buenas. Y entiendo que la Lotería de Navidad nunca fue solo ganar. Fue aprender a esperar, a compartir la ilusión, a mirar hacia adelante sin miedo. Yo sigo soñando. No con premios ni con números exactos, sino con esa forma suya de vivir diciembre como una promesa. Porque mientras uno conserve la capacidad de soñar, aunque no juegue, aunque no toque, la Navidad sigue teniendo sentido. Y quizá ese fue siempre el verdadero premio que mi abuelo me dejó.

Jimena Bañuelos

SER FELIZ EN TIEMPOS DE NOSTALGIA

Es evidente que la cuenta atrás para la Navidad ha comenzado. Las calles rebosan gente con prisa, bolsas que tintinean o muestran unos lazos más que pomposos, y las luces son esa guía que sin querer nos lleva a algún lugar que no terminamos de reconocer. Quedan menos de veinte días para que la época de los deseos y las buenas intenciones lo inunde todo. Hasta entonces no está demás sacar la inocencia del niño que todos llevamos dentro para afrontar la nostalgia que está por venir. Es cierto que viendo el calendario, aunque lo disimulemos, todos hemos empezado a hacer balance. Es inevitable: diciembre es un espejo, y mirarse en él siempre requiere un poco de valentía.

Lógicamente, en estas fechas se piensa en el futuro y en el porvenir. Éste, a corto plazo, llega envuelto en dulces, luces y fiestas, pero también en una hipocresía que se hace más visible que nunca. El día a día es quien realmente nos revela. Sin duda, es en la rutina donde cada persona muestra su verdadera calidad humana. Y diciembre no tiene el poder de cambiarlo aunque muchos lo intenten. El camino se construye paso a paso, y ningún espíritu navideño puede borrar lo que hemos vivido durante todo un año. 

La experiencia, que tanto enseña cuando menos lo esperamos, nos ha mostrado en este 2025 realidades capaces de dejarnos sin palabras. Unas han sido gratificantes y otras desgarradoras. Lo cierto es que suelen ser las segundas las que más pesan y más nos transforman. Las cicatrices que dejan algunas personas o situaciones no desaparecen. Podemos pretender olvidar ciertos momentos, pero lo que marca de verdad siempre modifica nuestra manera de ser o de actuar. Los sentimientos siempre encuentran la forma de salir a la superficie y lo hacen. Quizás, cuando estos afloran, es porque esa herida ya dolió demasiado.

Cada persona es como es gracias a los años vividos, a las velas sopladas y a las batallas que, sin querer, nos han moldeado. Todo esto ha creado una personalidad que si es fiel a sus principios se vuelve firme e inquebrantable. Las decepciones duelen, sí, pero aprender a soltar lo que pesa provoca una sensación de alivio que actúa como un pequeño renacer interior.

Esta es la época en la que los propósitos comienzan a rondarnos por la cabeza, en la que recibimos felicitaciones que no siempre esperamos, y en la que, a pesar de todo el ruido, lo esencial sigue estando en nuestro interior. Mirar de frente el año que acaba puede ser el primer paso para recibir el siguiente con una mirada. Hacer borrón y cuenta nueva no es sencillo, pero tampoco es una quimera. Porque imposible no hay nada. Los sueños y los deseos que diciembre parece desenterrar están ahí por una razón que cada uno de nosotros debemos descubrir. Ser feliz es lo que cuenta y, por eso, no podemos permitir que cualquiera intervenga en la receta de nuestra felicidad porque ese alguien se puede equivocar y truncar esa sonrisa que no merecía desaparecer.

Con la vista puesta en Navidad, los rostros se iluminan con las sonrisas de quienes queremos, pero también se tensan por la nostalgia de quienes ya no están. Las ausencias duelen, claro. Pero dolería más no saber disfrutar este presente que ellos, con sus gestos y enseñanzas, nos ayudaron a construir. Fueron ellos quienes nos enseñaron a colocar el belén o el árbol, a cantar villancicos sin vergüenza o a soñar sin límites.

Y esa felicidad, lo repito, depende de uno mismo y puede suscitar muchas envidias. Por eso, es imprescindible saber quién puede formar parte de ella y a quién conviene dejar al margen. Tomar distancia, cuando ésta ahuyenta la amargura, es un acto de valentía.

“Algún día, en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, solo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”, escribió Pablo Neruda. Y quizá la verdadera magia de diciembre sea atrevernos, por fin, a mirarnos sin miedo.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/12/09/ser-feliz-en-tiempos-de-nostalgia/

POR QUÉ DICIEMBRE HUELE A INFANCIA

Sólo le queda una hoja al calendario y eso significa que el aire comienza a oler distinto. Hay un momento en el año en el que cuando llega el frío, éste no solamente acompaña sino que parece anunciar que se acerca algo bueno. Ahí te das cuenta de que se avecina el puente de diciembre y con él regresa la liturgia más íntima que repetimos año tras año: poner el belén, vestir el árbol y dejar que los villancicos suenen despacio, como quien vuelve a casa después de mucho tiempo.

Abrir las cajas donde duerme el belén siempre es un acto cargado de emoción. No son cajas al azar: guardan dentro pequeños tesoros familiares. En cuanto se levantan las tapas, todo se impregna de  un olor que mezcla el papel viejo con el polvo amable y un eco de infancia inconfundible. Y ahí, entre figuritas envueltas en papel amarillento, aparece el recuerdo más tierno: el belén de la abuela.

Aquel belén no era perfecto, pero tenía una magia que ninguna tienda puede vender. Cada vez que iba a su casa, avanzaba un pastor, giraba un Rey Mago, acercaba una oveja al portal. Creía que nadie se daba cuenta, pero la abuela siempre sonreía cuando veía el cambio, como si tú y las figuras llevarais una conversación secreta. Muchas de aquellas figuritas ya no están: se rompieron entre manos pequeñas e impacientes de esa niña, fueron víctimas de una inocencia que no sabía medir su fuerza. Pero algunas, milagrosamente, han sobrevivido. Están hoy en esa caja, con sus golpes y sus cicatrices, como testigos de esa infancia de muchos que se cultivó también mientras se jugaba a construir un mundo diminuto donde todo era posible.

Poner el belén ahora es casi un acto de homenaje. Extiendes el papel de montaña, acomodas el musgo y, sin darte cuenta, buscas con la mirada esas figuras antiguas, como quien busca rostros queridos entre una multitud. Y cuando colocas al pastorcito que lleva desde tus primeros recuerdos, sientes que, por un instante, la abuela vuelve a estar ahí a pesar de la distancia, observando en silencio, orgullosa de que esa tradición siga viva.

Después llega el árbol. Se despliega con la solemnidad de un viejo ritual. En él no pueden faltar las bolas de colores, con brillos y ahora hasta tus personajes de ficción pueden tener un hueco en una rama. Es cierto que los tiempos cambian, pero el espíritu permanece. Cada adorno es un recuerdo, es una pequeña biografía, y es, sin duda, el recuerdo de alguna persona. Y cuando el abeto queda iluminado, parece que respira. Como si también él reconociera que diciembre ya se ha instalado en casa. Entonces suenan los villancicos. Los de siempre. Los que sonaban en la cocina de la abuela,  mientras preparaba algo caliente. Los que tú, sin darte cuenta, sigues tarareando igual. Su melodía tiene esa capacidad misteriosa de ordenar las nostalgias, de traer de vuelta lo que se creía perdido, de encender una calidez que ninguna calefacción consigue.

El puente de diciembre no es sólo un alto en el camino. Es un regreso a quienes fuimos y a quienes nos enseñaron, con gestos sencillos, a amar la Navidad. Es el momento en el que todo se transforma, las casas recuperan su brillo interior, y, de algún modo, aunque a algunos les cueste reconocerlo, nosotros también.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/12/02/por-que-diciembre-huele-a-infancia/

A UN MES DE NAVIDAD: COMIENZA LA MAGIA

Noviembre se está marchando silenciosamente, como si quisiera pasar desapercibido sin que nadie lo note, pero es evidente que deja tras de sí ese murmullo inconfundible que anuncia que algo especial está por llegar. Basta con pasear por la ciudad para sentirlo: el aire se vuelve distinto, más frío, sin duda, pero también más amable. Las calles parecen inquietas, unas ya lucen sus brillos y otras están a punto de hacerlo. Es evidente que cuando éstas se encienden, con esos primeros destellos de luz se rompe la oscuridad y nace un sentimiento que despierta algo en nuestro interior. 

El tiempo tiene la costumbre de avanzar sin pedir permiso. Somos nosotros quienes lo percibimos acorde a nuestra realidad. Hay días que pasan lentos, pesados, como si no fueran a terminar nunca, y de pronto miramos atrás y nos sorprende comprobar lo lejos que hemos llegado. Lo pienso cada vez que hojeo mi agenda. Empezó limpia, ordenada, con ese olor a nuevo que trae consigo la ilusión de los comienzos. Ahora, en cambio, es un pequeño mapa de mi año: páginas dobladas, anotaciones apresuradas, citas canceladas, alguna que otra mancha de café, recuerdos que no caben en una frase. Y aun así, le queda un mes más de vida para acompañarme en esta última parte del camino.

Quizás, por ser el último capítulo emociona tanto la llegada de diciembre. Este mes, sin duda, nos recuerda algo que solemos olvidar: la vida sucede cada minuto y no se guarda nada para más adelante. Sucede estemos listos o no. El tiempo es ese regalo frágil que en muchas ocasiones malgastamos con una ligereza que llega a asustar. Deberíamos aprender a abrazarlo antes de que se nos escape, y por supuesto, nunca debemos posponer lo importante.

Dicen que la Navidad tiene algo de milagroso o de mágico, y aunque no todos crean en milagros, es difícil negar que en estos días se despiertan sentimientos que parecían dormidos. Tal vez sea el recuerdo de la infancia, de aquella época en la que todo parecía posible y las luces nos hipnotizaban como si mostraran un secreto. Tal vez sea que, por unos días, los adultos dejamos de lado las prisas y permitimos que la ternura vuelva a tener espacio. La Navidad no soluciona la vida, pero nos recuerda que la vida sigue mereciendo la pena. Es más, incluso los “Grinch” lo saben, aunque disimulen. Refunfuñan, reniegan de los villancicos, pero basta un pequeño gesto para que algo en ellos se ablande. Nadie resiste por completo a diciembre. Hay un lenguaje silencioso en estas fechas que atraviesa incluso a quienes intentan mantenerse al margen.

Las calles ya brillan, y cada luz encendida acorta la distancia hacia lo que verdaderamente importa: volver a casa, reencontrarse, celebrar que seguimos aquí y que los que no están nos enseñaron las tradiciones que tenemos que disfrutar. Yo ya cuento los días para estar con los míos. Porque ahí, en ese lugar donde las risas suenan más sinceras y los silencios no pesan, es donde la Navidad cobra sentido.

Bienvenidas sean las luces. Bienvenida sea la ilusión que vuelve sin pedir permiso. Que este mes nos abrace con su magia y nos recuerde que lo importante siempre está cerca. Ya casi llega… y ojalá nos encuentre con el espíritu encendido.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/11/24/a-un-mes-de-navidad-comienza-la-magia1/

ENCENDER NUESTRA PROPIA LUZ

Estamos ya en el ecuador de noviembre y, después del siempre comentado “día del soltero”, parece que todo el universo gira alrededor del “Black Friday” y del “Cyber Monday”. Aún falta más de una semana, pero la carrera de los descuentos ya está lanzada. Es inevitable: la invitación a comprar aparece en cada esquina y la tentación de darnos un capricho, también. No seré yo quien reniegue de ello; un detalle a tiempo puede enderezar un día torcido. Las cosas como son. Y es que, aunque lo neguemos, estamos entrando en esa antesala silenciosa de la Navidad que, por mucho que intentemos frenar, acaba llegando siempre, exactamente igual que las estaciones, los recuerdos y los anhelos.

Sin embargo, en medio de todo este movimiento comercial, solemos olvidar lo esencial. Porque sí, es cierto que un regalo nos despierta una sonrisa, pero lo que realmente sostiene la vida es la salud. Esa salud que muchos solo escriben con mayúscula el 22 de diciembre, cuando la Lotería de Navidad reparte suerte, y quien no sale premiado se aferra al consuelo de “Bueno… al menos tenemos salud”. Pero la salud no es un consuelo. Es, en realidad, el auténtico gordo que nos toca cada mañana sin necesidad de bombos, décimos ni rituales. Con salud podemos soñar, caminar hacia lo que queremos, resolver lo que se complica y disfrutar de lo que llega. Ahí está lo más importante de nuestro día a día. Por eso, frente al espejo, la primera sonrisa del día debería ser para recordarnos que estamos aquí, presentes y que ese presente puede cambiar en un segundo, de ahí, la importancia de valorar lo que tenemos al margen de ese dinero que trae el azar.

El calendario avanza sin pedir permiso. Noviembre, que empezó entre flores, velas y recuerdos, está listo para cambiar de ritmo. El auténtico pistoletazo de salida a la Navidad será este sábado, cuando Madrid encienda sus luces. Y entonces ocurrirá ese pequeño milagro anual: la ciudad se transformará. Aún es pronto para decir que el espíritu de la Navidad lo inunda todo, pero sus emisarios ya están aquí. Desde el próximo fin de semana, cambiarán los colores, cambiará el aire, cambiarán los pasos de la gente porque ese encendido marca un antes y un después. Todo sonará a invierno recién estrenado aunque no sea su tiempo. Las calles intentan invitar a pasear más despacio y las ilusiones se despiertan casi sin querer. Porque la Navidad, incluso antes de llegar, tiene la capacidad de iluminar rincones que creíamos apagados. Nos guste o no.

Quizá se trate precisamente de eso: de aprender a dejarnos llevar cuando toca, sin perder de vista lo importante. Darse un capricho es válido, pero más válido es regalarnos bienestar. A veces basta una tarde tranquila, un café compartido, una conversación pendiente o un paseo sin prisa. La vida está hecha de instantes pequeños que se van acumulando sin ruido, de momentos que llegan cuando quieren y no cuando los apuramos. Intentar frenar el tiempo es inútil; llega cuando tiene que llegar, y pasa exactamente igual.

Por eso, aunque cambien las modas, los descuentos, los villancicos adelantados o las prisas que parecen acompañar cada final de año, hay algo que permanece inalterable: la necesidad de cuidarnos. De valorar lo que tenemos, de agradecer lo cotidiano y de mantener encendida esa luz interior que no depende de adornos, bombillas o escaparates. Porque cuando las luces de la ciudad se encienden, lo que realmente importa es asegurarnos de que también brillen las nuestras, las que nadie ve pero que cada uno de nosotros sabemos que son nuestro motor más importante. Ese motor que jamás debería apagarse.

Jimena Bañuelos

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