¡FELIZ NAVIDAD!

El tiempo vuela y, sin darnos cuenta, volvemos a situarnos en ese punto del calendario en el que la Navidad lo impregna todo. Hace días que el ambiente ha cambiado y las calles se han transformado. Quizás, el ánimo también lo haya hecho. Sin duda, son días de reencuentros, de miradas cómplices y de deseos que quizá llevaban meses guardados, pero que ahora cobran un sentido especial.

En pleno invierno llegan, paradójicamente, las fiestas más cálidas del año. Para quienes viven la Navidad con intensidad, es inevitable echar de menos a los que ya no están. Las sillas vacías pesan, duelen y despiertan nostalgia, pero también deben llenarse de buenos recuerdos, de risas pasadas y de todo el amor que dejaron. Esa mezcla de ausencia e ilusión provoca un torbellino de emociones que sólo el corazón sabe ordenar. Porque, al final, se trata de sentir y compartir con quienes de verdad nos quieren. 

La vida puede cambiar en un segundo y, a las puertas de la Navidad, es casi obligatorio detenerse a valorar todo lo bueno que nos ha dejado el año. Hacer balance es natural, pero incluso de lo  no tan bueno siempre nos queda un aprendizaje. Y si algo merece la pena, es abrazar fuerte a los nuestros. A estas alturas, el árbol ya luce en casa, el belén ocupa su lugar, los dulces tradicionales esperan en la mesa y los villancicos marcan el ritmo de estos días y eso, que las panderetas y las zambombas ya no se ven tanto, pero siempre habrá quien se anime con ellas.

Aunque cueste el ánimo tiene que estar arriba, porque cada Navidad es única. Los recuerdos que se crean ahora se guardan para siempre. Las fotos se parecen, sí, pero nunca son iguales, y ahí reside su encanto. Disfrutar con quienes nos quieren es el mejor regalo. La hipocresía, en cambio, no tiene cabida: el año es largo y la felicidad no entiende de disfraces temporales. Al final, ser feliz es lo que cuenta. Por eso, en estas fechas sólo deberían tener espacio la ilusión, los deseos y los sueños pendientes. Estos son el motor que nos empujan a seguir adelante. Ojalá la actitud navideña durara todo el año; quizá así todo sería más sencillo…

La Navidad, nos guste o no, tiene algo de magia. Cada uno conoce el secreto para hacerla especial. Yo seguiré escribiendo mi carta a los Reyes Magos, pidiendo, como siempre, ver sonreír a los míos, porque ahí empieza todo. Y con la mirada puesta en lo que viene, sólo me queda desear de corazón: Feliz Navidad y un muy Próspero Año Nuevo, lleno de salud y recuerdos que nos acompañen siempre.

¡FELIZ NAVIDAD!

LOS SUEÑOS TAMBIÉN SE REPARTEN

He hablado este mes del belén de mi abuela pero no me puedo olvidar que mi abuelo vivía la Navidad como si el calendario le devolviera años en lugar de quitárselos. En diciembre solía caminar más deprisa de lo que ya lo hacía y sin darse cuenta hablaba de los planes futuros y de los deseos con la misma convicción que yo, una niña, aseguraba que de mayor quería ser bailarina o maestra. Para él, la Navidad no miraba hacia atrás, sino hacia adelante. Y la Lotería de Navidad era el lugar donde esa ilusión se hacía visible.

Por supuesto, el ritual para el sorteo empezaba muchos días antes. Los décimos y las papeletas llevaban tiempo guardados en el cajón donde mi abuelo conservaba las cosas importantes, no las valiosas. Ahí, doblados con cuidado, estaban esperando su momento, su gran día: el 22. La víspera del sorteo, como quien saca algo frágil a la luz, sacaba también los sueños y los extendía sobre la mesa, ordenándolos como cartas de una baraja secreta. Los miraba uno a uno, no para comprobar los números, sino para recordar de dónde venían. “Este es del bar de Julián”, decía. “Este otro lo compré con Vicente, el del taller”. Cada papeleta, sin duda, era una historia compartida no solo con los amigos sino también conmigo.

Es bonito recordar a ese niño que todos tenemos dentro. Mi infancia está ligada a muchos recuerdos que resurgen cuando tienen que hacerlo. Es cierto que han pasado muchos años y esa niña, hoy, no suele jugar a la lotería porque mi abuelo sabe que el famoso “Gordo” me tocó hace muchos años de una manera muy especial. Eso no quiere decir que no sueñe. Lo hago, no solo en estas fechas, sino siempre porque soñar, como jugar a la lotería, nunca fue solo cuestión de números.

Hoy la Lotería de Navidad se compra con meses de antelación. Desde verano se pueden adquirir décimos, sin frío, sin esperas. Aun así, cada diciembre vuelven las colas interminables de Doña Manolita, como si la espera formara parte del hechizo. Recuerdo el 22 de diciembre como un día solemne. Mi abuelo adaptaba el ritual a la rutina: si el sorteo caía en un día laborable, lo escuchaba por la radio, atento a cada número mientras la mañana avanzaba; si coincidía con fin de semana, se sentaba frente al televisor, subía el volumen cuando los niños empezaban a cantar y guardaba silencio, como si aquel coro sostuviera el futuro por unas horas. No hablaba; escuchaba. Y mientras los números caían, él soñaba.

Soñaba con repartir antes que con gastar, con arreglar cosas pendientes, con sobremesas largas. No imaginaba lujos, imaginaba tiempo. Hace años se jugaban más papeletas que ahora. Comprar la lotería así era una excusa perfecta para verse, para entrar en un bar, saludar, preguntar por la familia, desear suerte mirándose a los ojos. El número era casi lo de menos: lo importante era el gesto compartido.

Mi abuelo ya no saca los sueños del cajón, pero cada vez que escucho a los niños cantar vuelve su manera de creer, su fe en que aún podían pasar cosas buenas. Y entiendo que la Lotería de Navidad nunca fue solo ganar. Fue aprender a esperar, a compartir la ilusión, a mirar hacia adelante sin miedo. Yo sigo soñando. No con premios ni con números exactos, sino con esa forma suya de vivir diciembre como una promesa. Porque mientras uno conserve la capacidad de soñar, aunque no juegue, aunque no toque, la Navidad sigue teniendo sentido. Y quizá ese fue siempre el verdadero premio que mi abuelo me dejó.

Jimena Bañuelos

SER FELIZ EN TIEMPOS DE NOSTALGIA

Es evidente que la cuenta atrás para la Navidad ha comenzado. Las calles rebosan gente con prisa, bolsas que tintinean o muestran unos lazos más que pomposos, y las luces son esa guía que sin querer nos lleva a algún lugar que no terminamos de reconocer. Quedan menos de veinte días para que la época de los deseos y las buenas intenciones lo inunde todo. Hasta entonces no está demás sacar la inocencia del niño que todos llevamos dentro para afrontar la nostalgia que está por venir. Es cierto que viendo el calendario, aunque lo disimulemos, todos hemos empezado a hacer balance. Es inevitable: diciembre es un espejo, y mirarse en él siempre requiere un poco de valentía.

Lógicamente, en estas fechas se piensa en el futuro y en el porvenir. Éste, a corto plazo, llega envuelto en dulces, luces y fiestas, pero también en una hipocresía que se hace más visible que nunca. El día a día es quien realmente nos revela. Sin duda, es en la rutina donde cada persona muestra su verdadera calidad humana. Y diciembre no tiene el poder de cambiarlo aunque muchos lo intenten. El camino se construye paso a paso, y ningún espíritu navideño puede borrar lo que hemos vivido durante todo un año. 

La experiencia, que tanto enseña cuando menos lo esperamos, nos ha mostrado en este 2025 realidades capaces de dejarnos sin palabras. Unas han sido gratificantes y otras desgarradoras. Lo cierto es que suelen ser las segundas las que más pesan y más nos transforman. Las cicatrices que dejan algunas personas o situaciones no desaparecen. Podemos pretender olvidar ciertos momentos, pero lo que marca de verdad siempre modifica nuestra manera de ser o de actuar. Los sentimientos siempre encuentran la forma de salir a la superficie y lo hacen. Quizás, cuando estos afloran, es porque esa herida ya dolió demasiado.

Cada persona es como es gracias a los años vividos, a las velas sopladas y a las batallas que, sin querer, nos han moldeado. Todo esto ha creado una personalidad que si es fiel a sus principios se vuelve firme e inquebrantable. Las decepciones duelen, sí, pero aprender a soltar lo que pesa provoca una sensación de alivio que actúa como un pequeño renacer interior.

Esta es la época en la que los propósitos comienzan a rondarnos por la cabeza, en la que recibimos felicitaciones que no siempre esperamos, y en la que, a pesar de todo el ruido, lo esencial sigue estando en nuestro interior. Mirar de frente el año que acaba puede ser el primer paso para recibir el siguiente con una mirada. Hacer borrón y cuenta nueva no es sencillo, pero tampoco es una quimera. Porque imposible no hay nada. Los sueños y los deseos que diciembre parece desenterrar están ahí por una razón que cada uno de nosotros debemos descubrir. Ser feliz es lo que cuenta y, por eso, no podemos permitir que cualquiera intervenga en la receta de nuestra felicidad porque ese alguien se puede equivocar y truncar esa sonrisa que no merecía desaparecer.

Con la vista puesta en Navidad, los rostros se iluminan con las sonrisas de quienes queremos, pero también se tensan por la nostalgia de quienes ya no están. Las ausencias duelen, claro. Pero dolería más no saber disfrutar este presente que ellos, con sus gestos y enseñanzas, nos ayudaron a construir. Fueron ellos quienes nos enseñaron a colocar el belén o el árbol, a cantar villancicos sin vergüenza o a soñar sin límites.

Y esa felicidad, lo repito, depende de uno mismo y puede suscitar muchas envidias. Por eso, es imprescindible saber quién puede formar parte de ella y a quién conviene dejar al margen. Tomar distancia, cuando ésta ahuyenta la amargura, es un acto de valentía.

“Algún día, en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, solo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”, escribió Pablo Neruda. Y quizá la verdadera magia de diciembre sea atrevernos, por fin, a mirarnos sin miedo.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/12/09/ser-feliz-en-tiempos-de-nostalgia/

POR QUÉ DICIEMBRE HUELE A INFANCIA

Sólo le queda una hoja al calendario y eso significa que el aire comienza a oler distinto. Hay un momento en el año en el que cuando llega el frío, éste no solamente acompaña sino que parece anunciar que se acerca algo bueno. Ahí te das cuenta de que se avecina el puente de diciembre y con él regresa la liturgia más íntima que repetimos año tras año: poner el belén, vestir el árbol y dejar que los villancicos suenen despacio, como quien vuelve a casa después de mucho tiempo.

Abrir las cajas donde duerme el belén siempre es un acto cargado de emoción. No son cajas al azar: guardan dentro pequeños tesoros familiares. En cuanto se levantan las tapas, todo se impregna de  un olor que mezcla el papel viejo con el polvo amable y un eco de infancia inconfundible. Y ahí, entre figuritas envueltas en papel amarillento, aparece el recuerdo más tierno: el belén de la abuela.

Aquel belén no era perfecto, pero tenía una magia que ninguna tienda puede vender. Cada vez que iba a su casa, avanzaba un pastor, giraba un Rey Mago, acercaba una oveja al portal. Creía que nadie se daba cuenta, pero la abuela siempre sonreía cuando veía el cambio, como si tú y las figuras llevarais una conversación secreta. Muchas de aquellas figuritas ya no están: se rompieron entre manos pequeñas e impacientes de esa niña, fueron víctimas de una inocencia que no sabía medir su fuerza. Pero algunas, milagrosamente, han sobrevivido. Están hoy en esa caja, con sus golpes y sus cicatrices, como testigos de esa infancia de muchos que se cultivó también mientras se jugaba a construir un mundo diminuto donde todo era posible.

Poner el belén ahora es casi un acto de homenaje. Extiendes el papel de montaña, acomodas el musgo y, sin darte cuenta, buscas con la mirada esas figuras antiguas, como quien busca rostros queridos entre una multitud. Y cuando colocas al pastorcito que lleva desde tus primeros recuerdos, sientes que, por un instante, la abuela vuelve a estar ahí a pesar de la distancia, observando en silencio, orgullosa de que esa tradición siga viva.

Después llega el árbol. Se despliega con la solemnidad de un viejo ritual. En él no pueden faltar las bolas de colores, con brillos y ahora hasta tus personajes de ficción pueden tener un hueco en una rama. Es cierto que los tiempos cambian, pero el espíritu permanece. Cada adorno es un recuerdo, es una pequeña biografía, y es, sin duda, el recuerdo de alguna persona. Y cuando el abeto queda iluminado, parece que respira. Como si también él reconociera que diciembre ya se ha instalado en casa. Entonces suenan los villancicos. Los de siempre. Los que sonaban en la cocina de la abuela,  mientras preparaba algo caliente. Los que tú, sin darte cuenta, sigues tarareando igual. Su melodía tiene esa capacidad misteriosa de ordenar las nostalgias, de traer de vuelta lo que se creía perdido, de encender una calidez que ninguna calefacción consigue.

El puente de diciembre no es sólo un alto en el camino. Es un regreso a quienes fuimos y a quienes nos enseñaron, con gestos sencillos, a amar la Navidad. Es el momento en el que todo se transforma, las casas recuperan su brillo interior, y, de algún modo, aunque a algunos les cueste reconocerlo, nosotros también.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/12/02/por-que-diciembre-huele-a-infancia/

A UN MES DE NAVIDAD: COMIENZA LA MAGIA

Noviembre se está marchando silenciosamente, como si quisiera pasar desapercibido sin que nadie lo note, pero es evidente que deja tras de sí ese murmullo inconfundible que anuncia que algo especial está por llegar. Basta con pasear por la ciudad para sentirlo: el aire se vuelve distinto, más frío, sin duda, pero también más amable. Las calles parecen inquietas, unas ya lucen sus brillos y otras están a punto de hacerlo. Es evidente que cuando éstas se encienden, con esos primeros destellos de luz se rompe la oscuridad y nace un sentimiento que despierta algo en nuestro interior. 

El tiempo tiene la costumbre de avanzar sin pedir permiso. Somos nosotros quienes lo percibimos acorde a nuestra realidad. Hay días que pasan lentos, pesados, como si no fueran a terminar nunca, y de pronto miramos atrás y nos sorprende comprobar lo lejos que hemos llegado. Lo pienso cada vez que hojeo mi agenda. Empezó limpia, ordenada, con ese olor a nuevo que trae consigo la ilusión de los comienzos. Ahora, en cambio, es un pequeño mapa de mi año: páginas dobladas, anotaciones apresuradas, citas canceladas, alguna que otra mancha de café, recuerdos que no caben en una frase. Y aun así, le queda un mes más de vida para acompañarme en esta última parte del camino.

Quizás, por ser el último capítulo emociona tanto la llegada de diciembre. Este mes, sin duda, nos recuerda algo que solemos olvidar: la vida sucede cada minuto y no se guarda nada para más adelante. Sucede estemos listos o no. El tiempo es ese regalo frágil que en muchas ocasiones malgastamos con una ligereza que llega a asustar. Deberíamos aprender a abrazarlo antes de que se nos escape, y por supuesto, nunca debemos posponer lo importante.

Dicen que la Navidad tiene algo de milagroso o de mágico, y aunque no todos crean en milagros, es difícil negar que en estos días se despiertan sentimientos que parecían dormidos. Tal vez sea el recuerdo de la infancia, de aquella época en la que todo parecía posible y las luces nos hipnotizaban como si mostraran un secreto. Tal vez sea que, por unos días, los adultos dejamos de lado las prisas y permitimos que la ternura vuelva a tener espacio. La Navidad no soluciona la vida, pero nos recuerda que la vida sigue mereciendo la pena. Es más, incluso los “Grinch” lo saben, aunque disimulen. Refunfuñan, reniegan de los villancicos, pero basta un pequeño gesto para que algo en ellos se ablande. Nadie resiste por completo a diciembre. Hay un lenguaje silencioso en estas fechas que atraviesa incluso a quienes intentan mantenerse al margen.

Las calles ya brillan, y cada luz encendida acorta la distancia hacia lo que verdaderamente importa: volver a casa, reencontrarse, celebrar que seguimos aquí y que los que no están nos enseñaron las tradiciones que tenemos que disfrutar. Yo ya cuento los días para estar con los míos. Porque ahí, en ese lugar donde las risas suenan más sinceras y los silencios no pesan, es donde la Navidad cobra sentido.

Bienvenidas sean las luces. Bienvenida sea la ilusión que vuelve sin pedir permiso. Que este mes nos abrace con su magia y nos recuerde que lo importante siempre está cerca. Ya casi llega… y ojalá nos encuentre con el espíritu encendido.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/11/24/a-un-mes-de-navidad-comienza-la-magia1/

ENCENDER NUESTRA PROPIA LUZ

Estamos ya en el ecuador de noviembre y, después del siempre comentado “día del soltero”, parece que todo el universo gira alrededor del “Black Friday” y del “Cyber Monday”. Aún falta más de una semana, pero la carrera de los descuentos ya está lanzada. Es inevitable: la invitación a comprar aparece en cada esquina y la tentación de darnos un capricho, también. No seré yo quien reniegue de ello; un detalle a tiempo puede enderezar un día torcido. Las cosas como son. Y es que, aunque lo neguemos, estamos entrando en esa antesala silenciosa de la Navidad que, por mucho que intentemos frenar, acaba llegando siempre, exactamente igual que las estaciones, los recuerdos y los anhelos.

Sin embargo, en medio de todo este movimiento comercial, solemos olvidar lo esencial. Porque sí, es cierto que un regalo nos despierta una sonrisa, pero lo que realmente sostiene la vida es la salud. Esa salud que muchos solo escriben con mayúscula el 22 de diciembre, cuando la Lotería de Navidad reparte suerte, y quien no sale premiado se aferra al consuelo de “Bueno… al menos tenemos salud”. Pero la salud no es un consuelo. Es, en realidad, el auténtico gordo que nos toca cada mañana sin necesidad de bombos, décimos ni rituales. Con salud podemos soñar, caminar hacia lo que queremos, resolver lo que se complica y disfrutar de lo que llega. Ahí está lo más importante de nuestro día a día. Por eso, frente al espejo, la primera sonrisa del día debería ser para recordarnos que estamos aquí, presentes y que ese presente puede cambiar en un segundo, de ahí, la importancia de valorar lo que tenemos al margen de ese dinero que trae el azar.

El calendario avanza sin pedir permiso. Noviembre, que empezó entre flores, velas y recuerdos, está listo para cambiar de ritmo. El auténtico pistoletazo de salida a la Navidad será este sábado, cuando Madrid encienda sus luces. Y entonces ocurrirá ese pequeño milagro anual: la ciudad se transformará. Aún es pronto para decir que el espíritu de la Navidad lo inunda todo, pero sus emisarios ya están aquí. Desde el próximo fin de semana, cambiarán los colores, cambiará el aire, cambiarán los pasos de la gente porque ese encendido marca un antes y un después. Todo sonará a invierno recién estrenado aunque no sea su tiempo. Las calles intentan invitar a pasear más despacio y las ilusiones se despiertan casi sin querer. Porque la Navidad, incluso antes de llegar, tiene la capacidad de iluminar rincones que creíamos apagados. Nos guste o no.

Quizá se trate precisamente de eso: de aprender a dejarnos llevar cuando toca, sin perder de vista lo importante. Darse un capricho es válido, pero más válido es regalarnos bienestar. A veces basta una tarde tranquila, un café compartido, una conversación pendiente o un paseo sin prisa. La vida está hecha de instantes pequeños que se van acumulando sin ruido, de momentos que llegan cuando quieren y no cuando los apuramos. Intentar frenar el tiempo es inútil; llega cuando tiene que llegar, y pasa exactamente igual.

Por eso, aunque cambien las modas, los descuentos, los villancicos adelantados o las prisas que parecen acompañar cada final de año, hay algo que permanece inalterable: la necesidad de cuidarnos. De valorar lo que tenemos, de agradecer lo cotidiano y de mantener encendida esa luz interior que no depende de adornos, bombillas o escaparates. Porque cuando las luces de la ciudad se encienden, lo que realmente importa es asegurarnos de que también brillen las nuestras, las que nadie ve pero que cada uno de nosotros sabemos que son nuestro motor más importante. Ese motor que jamás debería apagarse.

Jimena Bañuelos

EL CALOR QUE LLEGA CON EL FRÍO

De repente, sin previo aviso, los termómetros se desploman. El aire se vuelve más frío e incluso más afilado cuando entra en contacto con nuestro rostro, quizás este frío nos sorprende a todos, como si no supiéramos que noviembre siempre llega puntual a su cita. Pero el cuerpo, rebelde o testarudo, en muchos casos, no entiende de calendarios. Se queja, se encoge y pide una tregua. Entre el cambio de hora y el cambio de temperatura, parece que todo cuesta un poco más. Los días se achican, la luz se esconde demasiado pronto y el verano se cuela en la memoria como una vieja canción que no queremos olvidar. Qué fácil era todo entonces: los pies descalzos sobre la arena, el olor a sal, las risas en un chiringuito que ahora guarda silencio y un hueco vacío donde sonaban los ritmos estivales. Bendito verano, con sus tardes interminables y su manera sencilla de hacernos sentir vivos.

Pero vivos estamos y noviembre nos obliga a adaptarnos, nos hace rescatar las bufandas del fondo del armario y a aceptar que los días de frío han llegado para quedarse. Quizás una buena ración de buñuelos o de la corona de La Almudena hubiera suavizado el golpe. No queda otra que tirar de refranero y repetir, casi como un mantra, eso de “al mal tiempo buena cara”. Porque si algo no puede faltar, ni en invierno ni en la vida, es el sentido del humor. Aunque el viento nos pellizque las mejillas, hay que seguir sonriendo.

Y mientras tanto, mientras las ciudades se preparan para encender sus luces. Los escaparates ya huelen a Navidad antes incluso de que hayamos terminado el otoño. Se acerca el Black Friday, esa cita que muchos esperan como si fuera la antesala de la felicidad envuelta en papel de regalo. Pero entre tanto anuncio, tanto descuento y tanta prisa por comprar, se nos olvida a veces lo más importante: que también podemos disfrutar de lo que ya tenemos, de esos pequeños placeres que tienen más valor que muchos objetos que vienen envueltos.

Noviembre no nos va a dejar fríos si sabemos, como ya dije hace una semana, bajar el ritmo. Puede ser un mes perfecto para ello. Para volver a mirar dentro. Para encender una vela, hacerse un café o un chocolate y dejar que el silencio se acomode en casa. Afuera puede hacer frío, pero dentro siempre hay espacio para la calidez de las pequeñas cosas. Una manta sobre las piernas, una buena lectura que nos lleve lejos sin movernos del sofá, una película que nos abrace cuando el día se oscurece temprano. En eso también consiste la vida: en aprender a encontrar belleza en lo sencillo. Muchas veces no necesitamos tanto el brillo de las luces como la claridad de los momentos compartidos. Esos que no se compran ni se descuentan. Porque cuando todo se apaga y me refiero a los anuncios, a las pantallas o el ruido… lo que queda es eso: un rato tranquilo, una charla sin prisa, y hasta un pensamiento amable. 

Y aunque ahora el frío se haya instalado sin pedir permiso, será en pleno invierno cuando lleguen las fiestas más cálidas del año. Esas que no necesitan sol para encendernos por dentro, porque se alimentan de abrazos, de reencuentros y de la magia sencilla de estar juntos. El termómetro podrá marcar bajo cero, pero bastará una mesa compartida, una risa o un recuerdo para que el corazón entre en calor y la temperatura ambiental suba. Porque, al final, el invierno no enfría el alma: el frío de fuera se combate con el calor de dentro. Y es entonces, justo entonces, cuando la vida nos recuerda que las emociones también saben encender sus propias luces.

Jimena Bañuelos

Enlace en EL VALLE (México): https://elvalle.com.mx/2025/11/11/el-calor-que-llega-con-el-frio/

MIENTRAS LLEGA DICIEMBRE

Se nos llena la boca diciendo que hay que vivir el presente. Lo decimos con convicción, como si repitiéndolo bastara para que el tiempo se detuviera y nos esperara. Pero no. La vida sigue su curso mientras nosotros corremos detrás del calendario. Y así, casi sin darnos cuenta, ya estamos en noviembre… aunque todo a nuestro alrededor grite “¡Feliz Navidad!”.

Porque es cierto que la Navidad llegará, pero parece que tiene prisa. O, quizás, somos nosotros los que tenemos prisa. Desde septiembre ya se intuía su olor a canela y sus luces LED. Ahora, cuando apenas acabamos de inaugurar el penúltimo mes del año, las calles ya lucen las bombillas, los escaparates se preparan y brillan con el entusiasmo de quien no sabe esperar, y hasta los árboles de Navidad estiran sus ramas en los centros comerciales, listos para la foto perfecta. Y claro, Mariah Carey ha vuelto. Como cada año, abre la puerta musical de la temporada con su eterno “All I want for Christmas is you”, despertando entre copos de purpurina al espíritu navideño más madrugador.

Pero entre tanta anticipación, ¿quién se acuerda del presente?

Noviembre está aquí, como siempre, con sus tardes de escasa luz, sus cielos más cubiertos y, lógicamente con planes de manta y sofá. Sin duda, es un mes tranquilo, quizás sea ese puente entre la calma y el ruido venidero. También es la nostalgia que nos invita a mirar hacia atrás, y por supuesto, hacia delante sin ansiedad. No obstante, hay que reconocer que lo estamos viviendo a medias, eclipsado por un diciembre que aún no ha llegado pero ya ocupa todo el espacio.

La verdad es que el año se nos ha escurrido como agua entre los dedos. Tal vez sea momento de parar un instante, respirar y reconciliarnos con el tiempo. Porque el tiempo no es oro, aunque lo digan. El tiempo es vida, no lo olvidemos. El oro brilla, sí, pero el tiempo se vive. Late. Se nos cuela entre las horas y deja su huella en la piel y en los recuerdos. La vida es eso que sucede mientras colgamos luces y hacemos listas de propósitos. Y quizá ahí esté el truco: recordar que no hay mejor regalo que este instante.

Ser feliz no se compra ni se promete con las uvas de Año Nuevo. Ser feliz es mirarse al espejo y sonreír de verdad, sentirse pleno. No hay que buscar esos ‘peros’ que nos ponemos a menudo. Es cierto que todavía estamos a tiempo de cumplir un propósito pendiente, de intentarlo una vez más, de creer que algo puede cambiar. Eso también es Navidad, aunque no lo envuelva un papel de regalo. Los sueños son los que nos mantienen despiertos. Son un gran motor de nuestro presente. Son el hilo invisible que da sentido al camino. Y sí, la Navidad tiene algo de eso: de magia, de ilusión, de segundas oportunidades. La Navidad llegará con ese espíritu especial, pero ojalá no necesitáramos un calendario para sentirla. Ojalá viviéramos con ese mismo espíritu todo el año, con más bondad que apariencia, con más alma que adorno.

Porque la vida, aunque esté rodeada de turrones, mazapanes, luces o regalos, no espera. Se escapa si no la abrazamos, si no la sentimos, si la dejamos ir. Así que, antes de que diciembre nos atrape con su bullicio, regalémonos, de verdad, un poco de noviembre. Escuchemos el silencio, la lluvia, la calma… Escuchémonos a nosotros mismos…Que todavía no es Navidad, aunque el mundo insista.

Y quizá ahí, en ese instante sencillo, encontremos lo que tanto buscamos: la vida misma, sin prisas y con sentido. Esa vida que nos intentan acelerar, pero que únicamente tiene un presente y es: AHORA.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/11/03/mientras-llega-diciembre/

RECORDAR ES VOLVER A ABRAZAR

Octubre se despide mientras se representa a Don Juan Tenorio. Las hojas crujen bajo los pasos y el aire se vuelve más fino. En México, cuando el calendario roza noviembre, el país entero se transforma: los altares florecen, las velas parpadean en las ventanas y el naranja del cempasúchil tiñe las calles con su luz dorada. Es tiempo de recordar. Es tiempo de sentir cerca a los que se fueron.

El Día de Muertos no es una fecha cualquiera. Es una celebración que trasciende el calendario para convertirse en un diálogo entre mundos. Lo sé bien. Hace años, mientras vivía un Halloween al más puro estilo americano con disfraces, calabazas y caramelos tuve la fortuna de descubrir la otra cara de estas fechas: la mexicana. La que huele a incienso, sabe a azúcar y suena a guitarras que acompañan las almas. El naranja del cempasúchil no es el mismo que el de las calabazas; el suyo tiene algo de fuego, de memoria, de eternidad. Junto a las pequeñas calaveras de azúcar y papel, los altares se alzan como obras de arte. No en vano, la UNESCO reconoció esta tradición como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Y cómo no hacerlo, si cada flor, cada fotografía y cada ofrenda cuentan una historia que sigue viva.

Ahora bien, mientras en México se levantan altares llenos de color, en España, el 1 de noviembre llega con otro tono: más sobrio, más callado, pero igual de sentido. Es el Día de Todos los Santos, y las flores también se convierten en mensajeras de amor. Los cementerios se llenan de crisantemos, de rezos, de silencios compartidos. Las familias visitan las tumbas, encienden velas y dejan que la memoria se acomode junto al mármol frío. Aquí no hay calaveras de azúcar, pero sí buñuelos de viento y huesos de santo. Cada uno con su historia, con su sabor a infancia y tradición.

Dicen que “la vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos”, y es verdad. No hace falta que llegue noviembre para echarlos de menos. Hay ausencias que nos acompañan cada día. Lo recordaba Lamartine cuando escribió que “a menudo el sepulcro encierra dos corazones en un mismo ataúd”. Y pienso en mi abuela. En sus manos sosteniendo una caja de huesos de santo, su dulce favorito, en su sonrisa al ofrecerlos. Yo, que siempre fui más de buñuelos, me los comía solo por verla feliz.

El amor, ese sí, no muere. Ni con los años ni con los silencios. “Sólo se muere cuando se olvida”, dicen en “Coco”, y qué razón tienen. Por eso estos días, entre la nostalgia y la gratitud, miro hacia atrás y sonrío. Porque los buenos recuerdos, cuando se encienden, iluminan más que la tristeza.

Y claro, toda tradición tiene su sabor. En mi casa, desde hace más de una década, no falta el pan de muerto. No soy repostera, ni la cocina es lo mío, pero una vez al año me atrevo a encender el horno y dejar que la magia haga lo suyo. Harina, azúcar, mantequilla, levadura, huevos… y un toque de azahar, que es aroma de eternidad. Mientras amaso, pienso en lo que representa: el cráneo, los huesos, el círculo de la vida. Pan y símbolo. Muerte y vida. Todo unido en un mismo aroma que inunda la cocina.Porque al final, los que seguimos aquí tenemos que continuar caminando. Con los que amamos en el corazón, con su memoria latiendo en cada paso. Lincoln tenía razón cuando escribió: “Lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años.” 

En definitiva, en México o en España, noviembre siempre consistirá en recordar que, mientras alguien nos piensa, nunca nos hemos ido del todo.

Jimena Bañuelos

Enlace en EL VALLE (México): https://elvalle.com.mx/2025/10/28/recordar-es-volver-a-abrazar/

BURGOS ES RAÍZ, HISTORIA Y DIGNIDAD

Hay chistes que no hacen gracia. Comentarios repetidos que ya no son bromas, sino burlas que delatan ignorancia. El otro día ante un texto en inglés leí este comentario: “traducido también al español… para los de Burgos o Soria”. ¿De verdad eso le hace gracia a alguien? ¿Quién necesita rebajarse a ese nivel para llamar la atención?

Solo quien no conoce Burgos puede permitirse el lujo de despreciarla. Solo quien no ha pisado sus calles ni ha escuchado a su gente puede intentar reírse con chistes fáciles. Porque Burgos es historia viva, cabeza de Castilla y ejemplo de dignidad. En esta ciudad nació buena parte de lo que hoy entendemos por España. Burgos ha sido siempre raíz, cimiento y empuje. Y no lo dice un localismo inflado: lo dice la historia, los hechos, la realidad. Y si hablamos de cultura, Burgos no solo fue cuna del castellano: fue cuna de héroes, sabios y exploradores del alma humana. Aquí nació El Cid Campeador, más allá del mito, como símbolo de lealtad, valentía y sentido del deber. De estas tierras también salió Félix Rodríguez de la Fuente, el hombre que enseñó a generaciones a mirar al mundo natural con respeto y admiración. Y en Atapuerca, esta ciudad guarda uno de los patrimonios más importantes de la humanidad: las huellas de nuestros antepasados, una puerta directa al origen. Porque quien camina por Burgos no pisa solo historia, pisa cultura viva. Y eso no se aprende en memes ni en chistes: se aprende viajando, escuchando, y sobre todo, respetando.

Es más, si la ciudad impone respeto, su gente lo merece aún más. El burgalés no es de alarde ni de ruido, pero sí de principios, de palabra y de constancia. Gente trabajadora, discreta, resistente. Gente que no grita pero que actúa. Que no presume, pero que responde. Que lleva su tierra en la piel y en el alma. Burgaleses de pro que viven con los pies en el suelo y la cabeza bien alta. En Burgos se valora lo auténtico, lo que se gana con trabajo, lo que se respeta con el tiempo. La fidelidad a las raíces no es una moda: es una forma de vivir.

El orgullo burgalés no necesita escudos ni pancartas. Se demuestra en el día a día: en los abuelos que cuentan historias sin perder la memoria, en los padres que educan con esfuerzo, en los jóvenes que se marchan sin romper el vínculo. Se demuestra en esa frase tan sencilla y tan cargada de sentido: “soy de Burgos”, dicha con la frente en alto, sin adornos, sin necesidad de explicación porque podrás sacar a un burgalés de Burgos… pero jamás podrás sacar Burgos de un burgalés.

Así que no, Burgos no es un chiste ni es un cliché. Lógicamente, sus gentes no son blanco de bromas. Burgos es piedra firme, alma serena y convicción profunda. Y quien no lo entienda, quizás debería pasar por la ciudad. Escuchar. Mirar. Aprender. Y dejar de hablar desde la ignorancia. Que nadie se equivoque: reírse de Burgos y de los burgaleses es retratarse a uno mismo. Es demostrar que no se ha aprendido nada. Porque cuando uno menosprecia a quien mantiene la cabeza alta con humildad, lo que revela es su propia pequeñez. Burgos es tierra firme, gente de palabra y cultura de raíz.

Jimena Bañuelos

Enlace en EL VALLE (México): https://elvalle.com.mx/2025/10/20/burgos-es-raiz-historia-y-dignidad/

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