VIAJAR EN EL TIEMPO Y EN LA VIDA

Siempre es bueno salir de la rutina y despejar la mente de todo aquello que nos ronda por ella. Hay sueños, preocupaciones, planes o recuerdos, por ejemplo, que nos atormentan sin poder evitarlo. Hay fechas que nos erizan la piel solo con verlas en el calendario. Éstas llevan cargadas una mezcla explosiva de sentimientos encontrados que no tienen un manual de instrucciones para poder gestionarlos. Todo depende de las circunstancias personales por las que estamos atravesando, pero lo bueno es que el tiempo pasa y esas fechas también. Ahí radica la fuerza de superar los peores recuerdos que estos días me traen por las ilusiones del porvenir. También, es justo decir que el pasado cuando vuelve tiene la capacidad, además, de fortalecer. 

La vida me cambió de la noche a la mañana y, por eso, quiero mirar al futuro con la ilusión de lo bueno que está por venir. No soy de piedra y hay imágenes imborrables que perturban el sueño, pero siempre hay un despertar que te recuerda que hay que quedarse con lo mejor. Y lo mejor, sin duda, es el presente. Un presente al que hay que exprimirle cada minuto y hacer lo que más nos gusta. El ocio no puede faltar en nuestro día a día. Leer, ver una película, quedar con amigos, ir al cine o a ver un musical son siempre buenos planes pero viajar, tengo que reconocer que también me apasiona. 

La mente, como he dicho, viaja sin sacar ningún billete pero la posibilidad de descubrir el mundo es apasionante. Hace unos días, Madrid se convirtió con Fitur en el centro del turismo. Por Ifema pasaron muchos visitantes deseosos de encontrar el destino apropiado para una escapada o para unas vacaciones. Ver las imágenes de esta feria con tanto público alegran a cualquiera, porque atrás quedó todo lo que el coronavirus nos arrebató. La normalidad, aunque haya costado, está volviendo, por eso, el anhelo de conocer otros lugares también ha aumentado. 

La pandemia nos enseñó, entre otras cosas, a apreciar lo que tenemos; algunos esa lección ya la teníamos más que aprendida. En mi caso fue la vida la que me enseñó a priorizar y saber valorar las pequeñas cosas. Fue una lección de esas que no se olvidan nunca. Fue dura, de hecho reconozco que no me alegraré de haber tenido un cáncer pero sí de todo lo que me ha enseñado. Por eso, en los días más duros en los que mi vida cambió pude viajar y soñar con todos esos destinos a los que me gustaría ir. Quiero imaginar las fotografías que haría, por ejemplo, en Praga, en Viena, en Perú, en Playa del Carmen, en Córdoba, en tanto lugares recónditos que me saquen esa sonrisa cargada de felicidad y, por supuesto, cargada de vida. 

Dicen que la vida es un viaje y ésta tiene muchos viajes en su interior. Por eso, siempre estaré dispuesta a hacer las maletas para sumar vivencias a esta vida que me dio un segundo billete para seguir disfrutando de ella.  

Jimena Bañuelos

DÍAS

La cuenta atrás para las fiestas de Navidad está llegando a su recta final. Las calles de Madrid recibieron a miles de turistas que aprovecharon el puente más largo del año para disfrutar de su iluminación, de sus espectáculos, de sus museos, y por supuesto, de las tiendas para ir comprando los regalos que traerán en su tiempo y forma Papá Noel o los Reyes Magos. Los más previsores lo tendrán todo controlado, pero habrá a quien le guste la adrenalina de salir a última hora y estresarse mientras se critican estas fechas. Lo cierto es que a todos nos gusta ver algún paquete en nuestros zapatos porque la ilusión, aunque vayan pasando los años, no se debería de perder nunca. 

El espíritu de la Navidad lo va inundando todo y ahora ya no nos podemos resistir a él. Nos guste o no, las fiestas están llamando a nuestra puerta. Ese espíritu ha ido cambiando poco a poco nuestra realidad. La ha ido tiñendo de luz, de villancicos, de dulces y de algo que solo sucede en esta época del año y que quizás sea reprochable a ese estado de amabilidad y felicidad que muchos fingen por ser Navidad. La hipocresía también aumenta en estos días y no hace falta fingir algo que no sale de dentro. El año da para mucho y diciembre es un mes más en el que no se puede cambiar lo que ha sucedido en los once meses anteriores. Posiblemente, en esto sí que haya que reflexionar en algún momento dado…

Pero bueno, dejando este matiz al margen, lo que sí que nos debería inundar a todos es el espíritu  de la infancia. Sacar el niño que llevamos dentro y disfrutar estas fechas como toca. Es cierto que cuando alguien falta en la mesa ya nada vuelve a ser como antes, pero al menos, en mi caso, esas personas que no están son, precisamente, las que me enseñaron a celebrar estas fiestas como se merecen y, por eso, aunque la nostalgia haga acto de presencia, mis ganas pueden con ella porque mirando al cielo recuerdo a la niña que un día fui y como viví a golpe de pandereta la Navidad como quienes han dejado en mí unos recuerdos imborrables. Esto también forma parte de la celebración. 

Lo que vivimos es lo que nos llevamos en esta vida, por eso, los momentos no los cambio por nada. Aprendí que en un segundo todo puede cambiar, de ahí, que cada Navidad sea especial con sus pros y sus contras pero es única e irrepetible. Quedan días para hacer el balance de este año y los propósitos no cumplidos tienen poco margen para convertirse en realidad, pero siempre, si de verdad nos importan, pueden encabezar los del año que viene. De los cumplidos no hablo porque seguro que han tenido su celebración correspondiente. 

La vida nos va enseñando día a día. Hay lecciones más sencillas que otras, pero todas nos marcan de una manera o de otra. Por ejemplo, nunca fui supersticiosa pero un martes y trece me dieron la mejor noticia de mi vida. Ya dijo Gabriela Mistral que “los días más felices son aquellos que nos hacen sabios”, algo de razón tendrá. En fin, “el día es excesivamente largo para quien no lo sabe apreciar y emplear”… Ahí lo dejo. 

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/columnas-y-opinion/story/40190/dias

De Cercanías y Confidencias con Coti

“Cuando puedas contar tu historia sin derramar lágrimas, sabrás que por dentro ya te curaste.” Parece fácil porque el paso del tiempo dicen que cura las heridas. Pero no siempre que echamos la vista atrás somos lo suficientemente fuertes para afrontar los recuerdos de lo vivido. Ahora bien, reconozco que cuando tengo que hablar de la etapa más dura de mi vida, las lágrimas no llegan a caer por mi rostro. Porque desde entonces, he aprendido a vivir, a disfrutar y sobre todo, a afrontar los retos que la vida me ha ido poniendo por delante, sabiendo que ya soy la triunfadora de la batalla más dura que me ha tocado pelear. Cuando luchas por tu vida y ganas, ya te curtes para lo que venga. Si bien es verdad, siempre quedan cicatrices que marcan dónde has estado pero no a dónde llegarás.

El tiempo ha pasado y me ha llevado a conocer a grandes personas, a vivir en diferentes lugares y, sobre todo, a disfrutar de cada segundo. Por eso, hace meses en menos de un minuto compré la entrada para ver a Coti. No iba a ser mi primer concierto de este año, ni tampoco el último; pero sí iba a ser el más especial. Su gira Cercanías y Confidencias brindaba la oportunidad de ver y escuchar a este argentino en estado puro. Acompañado por sus guitarras, la armónica, el piano y el bandoneón fue interpretando cada uno de sus temas transmitiendo un sentimiento que solo en petit comité puede llegar a poner la carne de gallina. El púbico estaba más que atento a las distintas anécdotas que Coti fue contando ya que cada canción tiene su por qué.

Coti interpretando «Días»

Se cantó Tu nombre, Otra vez, Te quise tanto, Antes que ver el sol… y llegó el momento que me demostró que hay una cicatriz que me pellizca directamente en el corazón. Ya me sabía la historia de la canción y aunque intenté ser fuerte, no lo conseguí. Color Esperanza fue la banda sonora de mi lucha. En un segundo recordé aquel 25 de marzo, día en el que me la dedicó un buen amigo, vi la habitación del hospital donde la escuché, la cara de mi madre y de las enfermeras y, sobre todo, me veía yo postrada en una cama con aquel pijama que era mi uniforme de lucha. Todo eso con tan solo dos acordes. Dejé que las lágrimas salieran porque no tenía ningún motivo para detenerlas. Ya lo dice la canción: “Sé que hay en tus ojos con solo mirar”. Ahora bien, desde anoche, esas gotas saladas ya son más dulces, aunque me siga emocionando una nueva imagen vendrá a mi cabeza… será la de Coti y su guitarra a escasos cinco metros de mi quien ponga, además de lágrimas, una sonrisa en mi cara porque “la tristeza algún día se va” para seguir “tentando al futuro con el corazón”.

Un corazón que palpita al son del día a día, que sabe que “es mejor perderse que nunca embarcar”, que “lo imposible se puede lograr” y que hay que “quitarse los miedos y sacarlos afuera”. Y aun sabiendo lo que este concierto me iba a recordar, puedo afirmar que las dos horas y media que disfruté con Coti serán inolvidables. No fue un concierto más, fue un concierto de cercanías y confidencias que muy pocos pueden hacer.

Con el público en pie, este argentino, padre de dos parejas de mellizos, se despidió de Madrid con su Canción de Adiós… Aunque mejor, si me lo permites, nos decimos “Hasta Pronto”.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)