ALEGRÍAS EN EL CONFINAMIENTO

Superada la cuarentena de verdad, con sus cuarenta días y sus cuarenta noches, reconozco que las fuerzas no todos los días han estado al mismo nivel. Es obvio, porque se puede ser fuerte pero no de piedra y lo que estamos viviendo es algo que sólo habíamos visto en más de una película. Aún así, la realidad siempre supera a la ficción. Las noches de insomnio son las que te llevan a pensar demasiado, algo que no conviene cuando no está en tu mano cambiar el guion de lo que está sucediendo. La situación muchas veces nos supera, algo lógico, pero estamos demostrando como la unidad hace la fuerza y entre todos volveremos, muy poco a poco, a recuperar cierta normalidad.

Esa normalidad o rutina de la que tanto nos hemos quejado y a la que tanto echamos de menos ahora mismo. Siempre he dicho que la rutina no es buena cuando ésta se adueña de tu vida, pero el destino ha querido que, por una vez, sea, precisamente ella, la más anhelada por todos. De repente se acabaron muchas cosas. Recuerdo que el último abrazo antes de confiarme se lo di a mi padre. Ahora a él y a mi madre los besos les llegan a través de una pantalla de móvil. Un emoticono va cargado de sentimientos en cada conversación, porque cuando nos vemos son esos sentimientos los que no entienden ni de distancias de seguridad, ni de aislamientos, ni de ninguna norma. Es cierto que la distancia nunca impedirá un sentimiento. Éstos ahora están a flor de piel. Hay días que te da por pensar y la impotencia te hace llorar, algo que es bueno. Las lágrimas no son sinónimo de debilidad, las lágrimas pueden ser la mejor terapia. Y en estos días hay que pensar y hacer todo aquello que nos haga sentir bien, en definitiva, que haga más llevadera la situación.

377D094C-2211-4F89-8195-E2776F92E04AMi familia está siempre ahí, pero mis amigos también. Esa familia que hemos elegido está, además, para arroparnos estos días. Un mensaje, una llamada, un vídeo, una foto, una sorpresa… todo cuenta cuando la intención es conseguir ver una sonrisa en quién recibe el mensaje. Confieso que en mi caso muchos lo han conseguido. El WhatsApp hay días que echa humo, otros está más tranquilo, pero aunque en mi casa estemos a diario mi soledad y yo siempre buscamos cómo matar el tiempo. Un tiempo que ahora es un arma de doble filo. Pasa lento pero pasa y el día de mañana todo será un recuerdo más y lo veremos como efímero. Reconozco que echo de menos muchas cosas, pero afortunadamente tengo salud y no necesito nada más. Bueno, darme algún capricho durante el confinamiento está siendo vital para hacer frente a la incertidumbre, a los posibles desánimos y, simplemente, porque aún tengo la vida para seguir disfrutándola adaptándome a este paréntesis. Ya echaba de menos comerme, por ejemplo, un brownie. Los que me conocéis sabéis que son mi debilidad… Y si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma dice el dicho. Así que con una sonrisa oculta tras mi mascarilla recibí a Luis de El Obrador De Goya que me trajo varios de sus manjares, entre ellos, el brownie para endulzarme la noticia de la prórroga del confinamiento hasta el nueve de mayo. En fin, lo único que está claro es que cada día que pasa es un día menos para ganarle la partida al Covid-19. Cada uno sabe cual es la receta con la que sobrellevar estos días. Bienvenidos sean los bizcochos, los brownies, las torrijas, las empanadas, el chocolate, las chuches, los frutos secos y demás manjares de la gastronomía; porque después de todo esto lo de menos será tener un kilo o dos de más. Lo verdaderamente importante será recuperar las riendas de nuestras vidas capitaneadas por la salud,  ya que muchos se han quedado en el camino. Así de dura es la vida, pero esta es la realidad. No hay que quejarse, hay que ser feliz.

Jimena Bañuelos (14ximenabs)

Mi columna para El Valle (México): https://www.elvalle.com.mx/columnas-y-opinion/story/11461/alegrias-en-el-confinamiento

EN ÉPOCA DE CORONAVIRUS: DÍAS, RECUERDOS E IMAGINACIÓN

Día a día han pasado ya más de treinta desde que me confiné en mi casa. La situación fuera no es fácil y dentro, a veces, tampoco. La mente es nuestra mayor aliada pero no siempre está dispuesta a remar en la misma dirección. Los pensamientos se amontonan. Los buenos recuerdos nos sacan una sonrisa, nos dan ese matiz que alegra la cuarentena, pero cuando éstos no son tan buenos los días se ponen muy cuesta arriba. Si ya estamos en una carrera de fondo en la que necesitamos mucha energía para resistir a la tempestad, para qué vamos a ponernos más obstáculos. Nadie dijo que esto fuera fácil, pero tengo claro que no voy a ceder a ese letargo al que la monotonía del día a día me quiere llevar. Me niego a sentir que vivo en el día de la marmota. Ser fuerte desde mi casa es mi mejor opción. Disfrutar del tiempo es mi mayor motivación. Es cierto que los recursos se pueden agotar, pero ahí está la mente para pensar en cómo hacer que cada día sea diferente. Unos hablaré más por teléfono, otros me dedicaré a leer, escribir, ver series… Eso es lo típico pero hay más opciones.

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En el paseo de El Espolón (Burgos)

De momento, no me ha dado por la repostería pero tentada he estado. Al menos tengo los ingredientes necesarios para ponerme manos a la obra. Quién sabe si llegará el día en el que me pringue de harina y me ilusione con mancharme la nariz con ella como cuando era una niña. La verdad es que este confinamiento me está enseñando al “Masterchef” que llevo dentro y el cual desconocía. He aprendido que todo es posible, aunque seamos sinceros, y dado que la Semana Santa ha pasado, lo de hacer torrijas me ha dado vértigo. Mi abuela tiene el listón demasiado alto. Quizás dentro de un año y con la técnica mejorada entre fogones debute con ellas.

Nunca pensé que mi saco de boxeo iba a hacerme tanta compañía. Cuando lo veo me trae grandes recuerdos de mi México querido. Allí dejé a grandes personas con las que viví grandes experiencias. Y ahora, mientras frenamos al Covid-19 cada vez que hablo con una de ellas viajo a ese país maravilloso con la imaginación, porque ésta no tiene límites. Gracias a ella pienso en la playa, escucho el mar, paseo por El Espolón de mi querido Burgos… visualizo todos esos lugares en los que he ido escribiendo los capítulos del libro de mi vida. Este confinamiento será uno más. Estará lleno de momentos difíciles, de anécdotas curiosas, pero enriquecedor a su vez. Aprendí hace catorce años que las pequeñas cosas tienen un gran valor y esta situación ha reafirmado aquella lección. Posiblemente, cuando esto pase habrá cambios en nuestras rutinas, pero hay algo que tengo claro; la vida no se planifica, la vida se vive porque en un segundo todo puede cambiar. Por eso, y dado que la incertidumbre del final de todo esto no está marcada en el calendario, pienso cuando volveré a salir a la calle, cuando me tomaré los cafés pendientes con mis amigos, cuando volveré a ir a un concierto o al cine, cuando viajaré a ver a mi familia… Cuando, cuando, cuando… Eso sí, la vida trae cambios, pero las cosas verdaderamente importantes siempre prevalecen.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

 

EL DUELO Y LA PANDEMIA

Por Javier Urra*

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Javier Urra. Dr. en Psicología y Dr. en Ciencias de la Salud Psicólogo Forense

Esta pandemia nos ha cambiado la forma de vivir, y aun la forma de morir. Estamos rodeados de percepción de soledad, de abandono, de desarraigo, y es que la angustia, la impotencia deviene en sintomatología ansiosa.

En las terribles circunstancias actuales, entre el diagnóstico y la muerte cuando esta se produce, el tiempo que transcurre es muy breve. Por lo tanto, no cabe interiorizar, no cabe anticipar el duelo. El contacto prohibido, la despedida imposible, dificulta la asunción, la elaboración, de la toma de conciencia de una terrible realidad inevitable.

Nos cabe un dificilísimo trabajo interno para conectar ambos corazones, para transmitir aun en la distancia tanto amor como dolor por la pérdida. Pero plantéese y si el que hubiera muerto es usted, ¿cuánto sufriría la persona que tanto quiere y a la que hoy tanto añora?

Nos enfrentamos a un duelo diferido, a un duelo por tanto patológico, intenso, prolongado, asociado como no, a depresión y angustia. El duelo, el duelo ordinario pasa por distintas fases: la primera es de shock, ante la muerte genéricamente se piensa “no puede ser”, “no me lo creo”. La segunda fase es la de la ira, la cólera contra el mundo, contra la injusta vida, o proyectada dicha ira contra los demás o contra uno mismo. En este caso en el que nos encontramos, quizás contra los políticos por no haber prevenido, contra quien contagió, incluso contra uno mismo por haber salido a la calle y contagiarse. La tercera fase es la denominada de tristeza o melancolía, un dolor intenso, continuado, agudo por la pérdida. Y la cuarta es la fase de aceptación, buscando, y a veces encontrando, un sentido a la vida, que incluye, como no, la muerte.

Las emociones precisan ser compartidas, y más cuando son de duelo por los seres queridos. Y en estas circunstancias no se está pudiendo hacer. La verdad, precisamos formalizar el adiós. La pandemia desnuda nuestras debilidades, precisamos en ocasiones llorar y hacerlo a veces en velatorios, funerales, y es que no poder acompañarnos va contra nuestro ser. Es por ello, que el duelo se dificulta.

El velatorio tiene entre otras funciones la asimilación de la pérdida, iniciar la desvinculación, además, permite algo muy importante: el soporte que se recibe de otros seres queridos. Esta pandemia impide a quien se muere y a sus seres queridos acompañarse, despedirse. El duelo se prolonga, el estrés acompaña, la ansiedad, la depresión hacen aparición. Sentirse desprovisto de apoyo deviene en un trastorno por estrés postraumático.

Considero que una vez superemos la pandemia, será muy aconsejable realizar actos formales de despedida. Y es que el recuerdo de que un familiar querido muerto sin sus seres, los que quisieran haberle acompañado, puede atormentar gravemente y durante toda la vida a una persona. Es difícil entender el dolor, el sufrimiento de quien se sabe morir recluido en unidades de aislamiento, alejado de los suyos y sin posibilidad alguna de contacto.

La muerte cuesta mucho de asumir y elaborar, aun más cuando no se la ve, cuando no se la toca, cuando no se la acompaña. Los rituales, los símbolos son muy importantes para los seres humanos, pues necesitamos cuidar a los seres queridos aún más allá de la vida. Velar un féretro, ver al fallecido nos permite elaborar reflexiones, sentimientos, pensamientos, perdones, un recurso de elaboración, de afrontamiento. Por cierto, no dejemos a los niños al margen, tenga en cuenta que se enteran y que sufren.

Es importante que los sanitarios transmitan a los familiares el acompañamiento hasta el último momento y la lucha por salvarle la vida. También es muy importante la atención de los trabajadores sociales, aportando un teléfono de contacto donde poder llamar y resolver dudas. Y el seguimiento psicológico, aun telefónico a los 3 meses, a los 6 y a los 12.

No neguemos el dolor, no evitemos el sufrimiento, pues más se patologizará el duelo. La palabra, la palabra como vehículo que une las emociones de las personas. Y llegados a este punto, quizá, nos quepa despedirnos ante una fotografía, una música, un objeto de gran significado. Y decir todo lo que se estime de palabra, o por escrito, sin culpabilidades, sin prisas, verbalizando, aflorando el componente espiritual.

Las videoconferencias pueden, aunque no desde la proximidad, no desde el piel con piel, desde el contacto, pero las videoconferencias pueden facilitar que familiares y amigos íntimos transmitan recuerdos y palabras de cariño. Permitirá verse, acompañarse, llorar juntos.

*Académico de Número de la Academia de Psicología de España

DESDE CASA… EN TIEMPOS DE CORONAVIRUS

“En cada amanecer hay un vivo poema de esperanza, y, al acostarnos, pensemos que amanecerá”. Eso decía el escritor español Noel Clarasó, por eso, al levantar la persiana y ver como los rayos de sol entran en mi casa pienso que ya queda un día menos para disfrutar de la primavera, para volver a abrazar a mi gente, para pisar las calles de Madrid, para animar a mi Atleti en el Metropolitano, para recuperar esa rutina que tanto anhelo. En definitiva, sueño despierta que esta pesadilla es otra prueba que la vida me ha puesto por delante. Esta vez, el confinamiento es global pero las experiencias y los sentimientos que emanan entre cuatro paredes son muy particulares. Confieso que hay recuerdos que han vuelto, porque ya se encargó la vida de darme una dura lección, pero confieso, también, que de todo aquello aprendí a ser fuerte, a estar sola, a adaptarme a las circunstancias y a vivir en la incertidumbre.

Son muchas las preguntas que me hago, pero apenas puedo responder ninguna porque que de virus no tengo ni idea. Eso sí, de lo que estoy segura es que de esta saldremos todos adelante, a pesar de que muchos se han quedado en el camino. Pero por ellos, hay que ser tenaces, aguantar en nuestras casas y pensar que la unión hace la fuerza. Los que velan por nosotros no llevan capa, tan solo se han armado como han podido para hacer frente a lo desconocido. Ellos, vestidos de blanco, azul, verde, con bolsas de plástico, con máscaras improvisadas lo están dando todo por nosotros y a cambio nos piden algo tan sencillo como que nos quedemos en casa. Esto puede no ser fácil. Nuestro ritmo de vida se ha parado en seco, de repente y sin avisar; pero las cosas pasan y el destino nos ha traído algo que ni nos imaginábamos.

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Un día menos para disfrutar de  la primavera en Madrid

El confinamiento puede ser más o menos agradable dependiendo de nosotros mismos y de nuestra actitud. Creedme que es mucho mejor aislarse en casa que en la habitación de un hospital. Mi apartamento es pequeño, sin grandes vistas. Me acompaña mi saco de boxeo, mi televisión, mis libros y, lo más importante, la fuerza de mi mente. Estuve aislada en peores condiciones y no me derrumbé ya que todo puede cambiar de la noche a la mañana. La incertidumbre es un arma de doble filo, pero lo bueno es que al no tener un guion nos podemos aferrar a lo positivo. Pensamos, diariamente, en el pico que la curva tiene que hacer. Un pico que está cada vez más cerca y solo por eso, hay que ser positivos y ver el mañana como el principio de un futuro prometedor. “Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes”, como apuntó el escritor libanés Gibran.

Todo pasa, lo bueno y lo malo; solo que en lo malo parece que el tiempo se ralentiza. Pero el tiempo no entiende de virus, ni de actitudes, ni de sueños, ni de deseos. El tiempo pasa y somos nosotros los que nos adaptamos a las circunstancias. Ahí está la clave. Dejar de quejarse y asumir el presente. Ahora, me aferro a la esperanza de que llegará el día en que hayamos vencido “al bicho”. Hace años la vida me enseñó a valorar las pequeñas cosas, a vivir con lo imprescindible en una habitación de hospital, a soñar con un futuro incierto y a aprender lo importante que es sonreír a la vida que tan efímera es. Repito que de esta saldremos juntos, ayudándonos unos a otros y espero que cada uno aprenda la lección que le corresponde. Quizás podamos mejorar como personas, como sociedad y recuperar algunos valores… Quien sabe… Por mi parte, seguiré confinada en mi casa, ayudando a quién lo necesite dentro de mis posibilidades porque hoy más que nunca me acuerdo de que cómo nació: “Aún tengo la vida”.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

LO QUE NOS ATA A LA VIDA

Cada día que pasa es un día menos que nos queda para dejar atrás los besos y abrazos virtuales, las largas conversaciones telefónicas y recuperar esa «normalidad» que tanto añoramos. Son tiempos difíciles y toda ayuda es buena. Por eso, Javier Urra nos guía con sus palabras en este confinamiento que no está siendo fácil para muchos. Pasen y lean al experto.

LO QUE NOS ATA A LA VIDA

Es la esperanza.

En tiempos de devastación, percibimos la soledad, la angustia, sabiendo solo que lo peor está por llegar. Lo preocupante no es convivir confinados, sino sentirnos víctimas potenciales, asumir la indefensión, la impotencia. Nos acongoja el intuir reacciones imprevisibles abocadas por la incertidumbre, apreciar que el creíamos sólido organigrama social se tambalea, sentirnos atrapados por el miedo de debacle económica. Vivíamos de espaldas a la muerte, ahora pendientes de ella. Precisamos utilizar la razón, pero nos embarga la emoción.

Nunca se está preparado para lo imprevisible. Entendamos, asumamos, nuestra fragilidad emocional y la de los conciudadanos que son nuestros vecinos y todos los que habitan este nuestro único mundo. Combatir lo que no se ve genera impotencia, escuchar que no contamos con medios suficientes para combatir la pandemia mina la credibilidad en las instituciones y quienes las dirigen. Estar recluidos en casa aun sabiendo que es lo que hay que hacer, resulta incapacitante. No saber si ya estamos infectados nos anonada. Anticipar que si caemos enfermos la ayuda exterior viene desde la distancia, la mascarilla, las gafas, nos hunde en la peor de las pesadillas. El sufrimiento se acrecienta cuando no se puede visitar a seres queridos, algunos en residencias, o enterrar a quienes amamos, sin poder compartir el duelo. Es entendible que nos rodeen los pensamientos catastrofistas, que en nuestro callado silencio interior entremos en pánico. En tiempos de crisis, precisamos liderazgo, ideas, criterios, disciplina, una correcta operatividad de gestión de la comunicación.

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Javier Urra

Ahora que somos conscientes, sabemos que precisamos del apoyo mutuo, que en lo posible hemos de manejar la ansiedad, racionar la dosis informativa, que nuestros pensamientos y emociones no giren constantemente en torno a la negatividad y el dramatismo, que no aireemos de forma reiterada miedos e inseguridades. Vamos a pasar por las distintas fases del duelo: Negación. Ira/rabia. Tristeza. Aceptación. Sabemos y esta es la buena noticia, que este es un período transitorio, en el que hemos de ser prudentes y no tomar decisiones definitivas. En el que hemos de mantener la comunicación fluida, la conexión emocional. En lo posible, reservemos espacios y momentos de intimidad, al tiempo, estemos atentos a las necesidades del otro. Habrá roces y conflictos, no personalicemos las recriminaciones, interpretémoslos como circunstanciales, fruto de la tensión. No busquemos culpables; no nos creamos en posesión de la verdad; no se sienta la víctima; no humille; no exija; no sea negativo; no transmita desesperanza; no se autoinculpe; no ejerza agresividad pasiva; no utilice el sarcasmo, ni el contraataque; no eleve el tono; no etiquete; no falte al respeto; no deje enquistarse los problemas; no traslade tensión. Que de la frustración no demos paso a la agresividad, a la violencia. Démonos tiempo para la soledad, la escucha, el silencio, mimemos la comunicación verbal y gestual.Mantengamos los horarios, los objetivos diarios, y al tiempo seamos imaginativos, para hacer cosas que nunca hemos hecho.

Es hora para ser generosos, y deseamos serlo a título individual, pero cada Nación cierra sus fronteras, cada Comunidad Autónoma reclama lo que cree suyo. Somos una especie vulnerable, pero que sobrevive desde la cooperación, la investigación.

Precisamos valentía, talento, compromiso, optimismo y esperanza. La Psicología nos enseña que somos adaptables, flexibles, resilientes, que afrontamos las crisis, las pérdidas, los sufrimientos mucho mejor de lo que anticipamos. Hay familias, hay personas que lo van a pasar mucho peor, enfermos mentales, dependientes, adictos, víctimas de violencia de género, de violencia filio- parental. Y muchas otras más, quien padece hiperactividad, quien está afectado de graves minusvalías. El resto debemos relativizar nuestras incomodidades. La crisis, ansiedad, angustia, incertidumbre, exige evitar conflictos, ampliar la empatía. Y cuidar de los detalles como vestirnos de calle, aun hasta para estar en el hogar, diferenciar días laborales y festivos. Realizar ejercicio físico, aprovechar el tiempo realizando tareas pendientes.

Sí resistiré, resistiremos, nos comunicaremos de todas las formas posibles, desde luego online. Hay que hacer, pero sobre todo, hay que centrarse en el ser, y en el estar. Sabiendo que no estoy solo, que soy solo, que estamos solos, pero unidos para intentar sobrevivir. Somos vulnerables, individual y colectivamente, lo estamos comprobando. Viviremos sabiendo que vamos a morir y que en cualquier momento podemos amanecer sobresaltados.

Javier Urra

Dr. en Psicología y Dr. en Ciencias de la Salud

Psicólogo Forense

Académico de Número de la Academia de Psicología de España

LO SUPERAREMOS

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Mi columna para El Valle de México

Estamos viviendo tiempos difíciles, tiempos que ni nos imaginábamos que podían suceder. Hemos visto muchas películas de plagas y epidemias pero la realidad supera a la ficción. Llevamos más de una semana confinados en nuestras casas, pasando los días lo mejor que podemos mientras por nuestras cabezas rondan numerosas preguntas a las que no somos capaces de dar respuesta. Los españoles estamos obedeciendo las recomendaciones porque en nuestra mano está vencer al coronavirus que tantas vidas se ha llevado, dejando tras de sí miles de historias desgarradoras. La incertidumbre, además, es nuestra peor aliada y más aún cuando los que tienen el poder dan ruedas de prensa sin sentido. La comparecencia del pasado sábado del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, fue todo un despropósito. Poco me importa que me hable de los servicios de Internet, de la disminución del consumo de queroseno o de otras tantas tonterías si no menciona cómo va a parar la pandemia. No lo dice porque no sabe cómo afrontar todo lo que estamos viviendo. Y además, los periodistas que cubren estas comparecencias tienen que aguantar el filtro que Moncloa les ha puesto llamado Miguel Ángel Oliver. No es justo, pero de momento, es lo que hay. Eso sí cuando superemos esta pandemia habrá que alzar la voz, tomar las calles y poner a cada uno en su sitio porque con la salud no se juega. Ya se ha demostrado que quien ocupa la Moncloa y quienes ocupan los ministerios sí lo han hecho. Las primeras medidas llegaron tarde y mal y ahora es mejor estar serenos, quedarnos en casa y confiar en quienes verdaderamente se están preocupando por nosotros. Aplausos para los equipos sanitarios, el Ejército, la Policía, la Guardia Civil… y todos aquellos que se exponen al virus para que pronto podamos volver a recuperar nuestras vidas.

Unas vidas que se han tenido que adaptar a la fuerza a las circunstancias. Estar en casa las veinticuatro horas puede no ser fácil, pero cada día que pasa es un día menos en esta cuenta atrás que no sabemos cuando acabará. Es una buena época para hacer aquellas cosas para las que nunca tenemos tiempo. Leer, ver una película tras otra o acabar con las temporadas de nuestras series favoritas son opciones que nos distraen pero también, hay que reconocer, que el teléfono echa humo. Muchos mensajes por responder y llamadas infinitas en el tiempo nos acercan a nuestros familiares y amigos. No hay abrazos, ni besos físicos pero sí muchos buenos deseos virtuales. La distancia no impide que los sentimientos se transmitan. Insisto, aprendamos a valorar lo que tenemos. Aprendamos que en un segundo todo puedo cambiar. Aprendamos a vivir sin ponerle peros a la vida. Ahí reside el famoso Carpe Diem. Hace años que la vida me dio una segunda oportunidad. Estuve aislada en la habitación de un hospital, sin abrazos, sin besos y hoy reconozco que aquella lección me enseñó no solo a vivir sino también a valorar, por eso, no perdamos la esperanza, no perdamos la ilusión, porque aunque veamos a los dirigentes políticos vacíos de contenidos, hay quienes se están dejando la piel por nosotros. Ellos son nuestros héroes y nosotros tendremos tiempo para brindar con ellos por la victoria al Covid-19. La vida es dura pero también es bella. Quedémonos con recuerdos de esta situación. Las cicatrices son cosidas con las agujas del tiempo. Y éste dicen que todo lo cura. Esperemos que así sea, nos quedan muchos capítulos por escribir en la historia del mundo y en la vida de cada uno.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

Enlace: https://www.elvalle.com.mx/columnas-y-opinion/story/10701/lo-superaremos

NO SOY, SOMOS

Vamos a cumplir una semana de confinamiento. Estamos viviendo una situación muy complicada. Por eso, he vuelto a recurrir a mi amigo Javier Urra para que nos ayude a sobrellevar estos tiempos que corren. Os invito a leer sus palabras:

NO SOY SOMOS

Somos sociales, nos sentimos concernidos colectivamente, nos encanta donar sangre, y ayudar desbordando el propio “yo”, para alcanzar el “nosotros”. Cuando la amenaza es global, entendemos que la respuesta al unísono debe ser colectiva. Está en nuestras manos, en la higiene, en las conductas, minimizar el daño, los sufrimientos. Confiamos en los otros, y esperamos que confíen en nosotros. Reciclamos por el bien común, nos implicamos en la responsabilidad solidaria. Habrá egoístas, insolidarios, especuladores, pero la mayoría sentimos la obligación moral como un acto de esperanza en la humanidad, de libertad asumida. Es la acción fraterna la que da sentido a asumir incomodidades individuales.

El apoyo mutuo, la coordinación, nos permite captar que no estamos solos, que no somos seres aislados. Transmitir pautas de actuación, coherentes, mostrar la ejemplaridad de las acciones, es necesario como detonante de un compromiso cívico que anhela contribuir. Quien ostenta representación y reconocimiento social, debe transmitir confianzaen quienes aportan humilde y calladamente generosidad y compromiso. La situación actual a diferencia de la acontecida en el 11M, demanda perseverancia, manejo del equilibrio, de los tiempos.La fatiga, la inconstancia, los interrogantes, las dudas son componentes del ser humano, que piensa y se conduce no desde una aséptica racionalización, sino desde la vivencia de secuenciadas emociones. Tiempos de incertidumbre y temor, también de compromiso, de esperanza, de revisión de nuestra forma de vivir, colectiva e individual.

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Javier Urra. Dr. en Psicología y Dr. en Ciencias de la Salud Psicólogo Forense

Cooperamos, esa es la verdad, no es momento de competir, de levantar fronteras. El mundo es uno para la transmisión de enfermedades y para combatirlas. El yo y mis circunstancias orteguiano, se reconvierte en las circunstancias que confunden al yo con el tú. Nos ayudamos, nos necesitamos. Estamos convocados a una tarea colectiva, interpelados como ciudadanos. Es hora de sacrificios compartidos, estamos con los vínculos y apegos en cuarentena, siendo que la sociabilidad nos hace humanos. Ante esta prueba de estrés, reconoceremos la importancia de las denostadas “pantallas”, buscaremos compartir sonrisas para sobrevivir cuerdos, nuestra actitud positiva hará que cuidemos nuestra vestimenta en el hogar, el lavado del pelo, etc., por respeto al otro, y por no caer en el riesgo cierto de abandonarse. En este tiempo indefinido, en lo que nada de lo que acontece es normal y todo va muy rápido, en cascada, y sin embargo todo se para. Vemos en el prójimo anónimo, un aliado, ya nadie nos es ajeno. Hemos de elevar el ánimo colectivo, respirar esperanza, no transmitir aislamiento ni alejamiento.Busquemos el interés general, mentalicémonos ante el dilema de no ver a quien se desea contactar.

Seamos muy conscientes de que lo único irreversible es la pérdida de vidas, pero recordemos y dispongámonos a ayudar a los mendigos; a los presos; a los afectados por Alzheimer; a los que padecen claustrofobia; a los más mayores, solos, aislados y temerosos. Cabe en muchos casos el acompañamiento telefónico (WhatsApp; Skype), si bien hay ancianos que no tienen red social, toda la información la obtienen de la televisión ¡cuidado con no estigmatizar! Veamos la fuerza de nuestro tejido social ante los múltiples contagios silenciosos, se precisa información clara, concisa. Los ciudadanos además de resignarnos, hemos de tener una tarea, unaresponsabilidad, un hacer algo por los demás, en este caso, saber que estar confinados es una necesaria aportación.

Vivimos en la incertidumbre, y esta genera miedo. Quienes se involucran desde la medicina, la enfermería, la psicología, y otros ámbitos sanitarios compartimos un sentimiento profundo de utilidad, pero no se dude, cada persona y desde su hogar además de descubrir las muchísimas tareas que se pueden hacer en casa, comprobará que pueden ser parte esencial de una red de apoyo, de afecto, de compromiso social. Vivir con y para los demás, pues como el hilo entrelaza las perlas, la solidaridad engarza otras virtudes que nacen de la conciencia humana. Escuchemos a Platón: “Buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro”.

 

Javier Urra

Dr. en Psicología y Dr. en Ciencias de la Salud

Psicólogo Forense

Académico de Número de la Academia de Psicología de España.

AFRONTAR PSICOLÓGICAMENTE EL CORONAVIRUS

Mi buen amigo Javier Urra nos da las pautas para afrontar la situación que estamos viviendo. Os invito a que os adentréis en este artículo porque toda ayuda es buena, y más, cuando viene de los profesionales:


AFRONTAMIENTO PSICOLÓGICO

Humanos, siempre vulnerables. Desde el poder de la convicción social hemos de dar ejemplo de responsabilidad individual y colectiva.

En esta etapa de incertidumbre la sociedad civil ha de dar un paso adelante. Este no es momento para la sobrerreacción o el sálvese quien pueda. Hemos de apoyar a nuestros sistemas sanitarios, evitando el pánico.

Desde luego estamos en crisis y se aprecia la vulnerabilidad de la salud, de la economía. Quiebras en cadena, de producción, de turismo, en las bolsas. Tenemos una pandemia, pero veamos si también va a ser de generosidad o de egoísmo.

Es hora de que nuestros jóvenes muestren su altruismo y responsabilidad, ahora toca cuidar, preservar, a los más mayores.

Precisamos ante tanta sorpresa, ante un hecho inesperado, liderazgos sociales, solidaridad, comprensión, compromiso. Este es un mundo en que hay globalización también de las personas, y necesitamos de una gobernanza global.

WhatsApp Image 2020-03-17 at 11.25.44Evitemos o al menos limitemos en lo posible la desinformación, sigamos lo que la Organización Mundial de la Salud (O.M.S) nos señala, así como nuestras autoridades sanitarias. En un momento de incertidumbre exponencial, con un periodo que es indefinido de tiempo, acostumbrados como estamos a la movilidad humana, nos adaptaremos al teletrabajo y nos resultará difícil el dejar de tocar y ser tocados, del contacto, del piel con piel.

Apreciaremos las carencias. Observaremos la inmoralidad de los especuladores, conoceremos de las bancarrotas, del sufrimiento de los países sin red sanitaria.

Una crisis económica mundial es previsible, o al menos una recesión económica con aumento del desempleo, y como siempre en los avatares de la vida, afectará a los más desfavorecidos, a quienes están en situación precaria, a las personas sin hogar.

Vivimos, algunos malviven, con altos niveles de desigualdad. Pero llegados a este punto, la psicología nos enseña que hemos de ser más resilientes, que hemos de fortalecer la capacidad de resistencia social.

Es importante la actitud ante esta gran disrupción, y saber que aislarse es un riesgo grave. Conozcamos lo que acontece desde un enfoque clínico, sigamos los informes oficiales de noticias.

Hemos de adaptarnos a título individual y comprobar que no todo en la vida está bajo control, que vuelven viejos fantasmas, que hay quien nos transmite escenarios apocalípticos, y por contra nos encontramos con la arrogancia de los irresponsables. Estamos ante el vacío, ante la sensación de que todo puede quebrar, nos preocupa lo impalpable, la conciencia de fragilidad.

La realidad es la que es, y la que hacemos. No somos inmortales. Mantengamos (en lo posible) la normalidad, no nos obsesionemos, no seamos abducidos por la sobreinformación. Busquemos la verdad, y desde luego busquemos el apoyo afectivo. Afrontemos la situación ayudando a los demás, manejando el autocuidado, apoyándonos en seres queridos ante la ansiedad. No perdamos la perspectiva, no nos sintamos acosados y acorralados, y desde el autocuidado mantengamos nuestra salud mental.

En caso de nerviosismo abrumador, tristeza persistente, angustia o pánico, acudamos a un psicólogo clínico. Pues estos expertos en salud mental ayudan a las personas a lidiar con el estrés extremo. Aportan formas constructivas de manejar la adversidad.

No es broma, decir que hay que recurrir en lo posible al humor. El tema es grave, pero puede ser largo, y el ser humano necesita agarrarse, acogerse a fortalezas que le den perspectiva, que le den seguridad. Al respecto pensemos en la baja mortandad. Seamos conscientes del inmenso porcentaje de personas que se curan. Realicemos acciones que nos transmitan sensación de control, como el lavarnos las manos y seamos responsables de lo que hacemos, pues podemos ayudar.

Cuidado con las redes sociales y con el contagio del miedo y del pánico. Que el miedo no nos conduzca a manejarnos por impulsos. Si bien, la red social nos puede mantener conectados fomentando la sensación de normalidad y proporcionando valiosos medios para compartir sentimientos. Han de preocuparnos y mucho las personas que viven solas, y más si son mayores. Con respecto a los niños, hay que explicarles, informales de manera honesta y apropiada para la edad, hay que involucrarles, son ciudadanos de pleno derecho. Los niños observarán los comportamientos y emociones de los adultos, para acompasar sus propios sentimientos. 

Esta sociedad falsamente se siente muy segura, y de pronto todo parece desplomarse o al menos quedar en suspenso, a partir de ahí, hay una sensación de que el problema es global pero la afectación es individual, y muchos, los más, no saben qué hacer. Por un lado, hay que retirarse a los hogares, para evitar la propagación, por otro, muchos profesionales hemos de estar allí donde nuestra labor es esencial, donde los otros nos esperan. Y en ese sentido todos los que estamos concernidos en el ámbito de la salud, ya sea física o mental, tenemos un compromiso social ineludible. No hemos de acentuar los efectos de la epidemia por coronavirus Covid-19, con unas conductas de alerta personal y socialmente inadecuadas. Los ciudadanos del mundo hemos de asumir nuestra responsabilidad individual, sin ser paralizados por el miedo, sin entrar en pánico, ni obsesionarnos con la preocupación de enfermar. Hemos de tener capacidad para interesarnos por otros asuntos sin sobreexponernos a una información que satura y limita.

No podemos mantenernos en un estado de alerta permanente obsesionados por preocupaciones y sensaciones impedidos para dormir, trabajar, o salir del hogar.

Cuidemos en no reconvertir el miedo y la frustración en agresividad o violencia. Pensemos también en cuando esto pase.

Sigamos los consejos científicos, evitemos consumir y propagar información no contrastada.

Fortalezcamos nuestra capacidad de adaptación, de resolución de problemas. Mantengamos y compartamos desde el análisis de realidad una actitud optimista y esperanzada.

No magnifiquemos, ni trivialicemos el riesgo.

El ser humano es resiliente, afronta el sufrimiento, la incertidumbre, la ansiedad y la angustia.

Algunas personas somos población de riesgo, otras son y serán afectadas con el consiguiente deber de aislamiento.

Hoy la tecnología permite mantenerse conectado con los seres queridos.

Además será el momento de ocuparse, leyendo libros, viendo películas, escribiendo, para no caer en la soledad, la desesperanza y el miedo.

La especie humana sigue en evolución, esta es una prueba de compromiso, de sentirse concernido la solidaridad.

El brote eclosionó en una ciudad de China, la epidemia se extendió por el mundo, una pandemia, que nos enseña, que somos un solo mundo, que no conoce de fronteras ni nacionalismos.

Somos la suma de individualidades que compartimos la misma existencia.

Que aprendemos a seguir viviendo con restricciones, que modificamos costumbres, que prescindimos de lo que nunca habíamos pensado.

Como sociedad universal saldremos fortalecidos.

Este seísmo social nos recuerda la importancia de los abuelos, el acuerdo en la pareja, lo esencial de la escuela, el encuentro en el hogar durante días de padres e hijos, la flexibilidad laboral.

Creo que podemos y debemos aprender y aprovechar mucho.

 

Javier Urra

Dr. en Psicología y Dr. en Ciencias de la Salud Psicólogo

Forense Académico de Número de la Academia de Psicología de España

*Texto avalado por la Academia de Psicología de España

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