EL CALOR QUE LLEGA CON EL FRÍO

De repente, sin previo aviso, los termómetros se desploman. El aire se vuelve más frío e incluso más afilado cuando entra en contacto con nuestro rostro, quizás este frío nos sorprende a todos, como si no supiéramos que noviembre siempre llega puntual a su cita. Pero el cuerpo, rebelde o testarudo, en muchos casos, no entiende de calendarios. Se queja, se encoge y pide una tregua. Entre el cambio de hora y el cambio de temperatura, parece que todo cuesta un poco más. Los días se achican, la luz se esconde demasiado pronto y el verano se cuela en la memoria como una vieja canción que no queremos olvidar. Qué fácil era todo entonces: los pies descalzos sobre la arena, el olor a sal, las risas en un chiringuito que ahora guarda silencio y un hueco vacío donde sonaban los ritmos estivales. Bendito verano, con sus tardes interminables y su manera sencilla de hacernos sentir vivos.

Pero vivos estamos y noviembre nos obliga a adaptarnos, nos hace rescatar las bufandas del fondo del armario y a aceptar que los días de frío han llegado para quedarse. Quizás una buena ración de buñuelos o de la corona de La Almudena hubiera suavizado el golpe. No queda otra que tirar de refranero y repetir, casi como un mantra, eso de “al mal tiempo buena cara”. Porque si algo no puede faltar, ni en invierno ni en la vida, es el sentido del humor. Aunque el viento nos pellizque las mejillas, hay que seguir sonriendo.

Y mientras tanto, mientras las ciudades se preparan para encender sus luces. Los escaparates ya huelen a Navidad antes incluso de que hayamos terminado el otoño. Se acerca el Black Friday, esa cita que muchos esperan como si fuera la antesala de la felicidad envuelta en papel de regalo. Pero entre tanto anuncio, tanto descuento y tanta prisa por comprar, se nos olvida a veces lo más importante: que también podemos disfrutar de lo que ya tenemos, de esos pequeños placeres que tienen más valor que muchos objetos que vienen envueltos.

Noviembre no nos va a dejar fríos si sabemos, como ya dije hace una semana, bajar el ritmo. Puede ser un mes perfecto para ello. Para volver a mirar dentro. Para encender una vela, hacerse un café o un chocolate y dejar que el silencio se acomode en casa. Afuera puede hacer frío, pero dentro siempre hay espacio para la calidez de las pequeñas cosas. Una manta sobre las piernas, una buena lectura que nos lleve lejos sin movernos del sofá, una película que nos abrace cuando el día se oscurece temprano. En eso también consiste la vida: en aprender a encontrar belleza en lo sencillo. Muchas veces no necesitamos tanto el brillo de las luces como la claridad de los momentos compartidos. Esos que no se compran ni se descuentan. Porque cuando todo se apaga y me refiero a los anuncios, a las pantallas o el ruido… lo que queda es eso: un rato tranquilo, una charla sin prisa, y hasta un pensamiento amable. 

Y aunque ahora el frío se haya instalado sin pedir permiso, será en pleno invierno cuando lleguen las fiestas más cálidas del año. Esas que no necesitan sol para encendernos por dentro, porque se alimentan de abrazos, de reencuentros y de la magia sencilla de estar juntos. El termómetro podrá marcar bajo cero, pero bastará una mesa compartida, una risa o un recuerdo para que el corazón entre en calor y la temperatura ambiental suba. Porque, al final, el invierno no enfría el alma: el frío de fuera se combate con el calor de dentro. Y es entonces, justo entonces, cuando la vida nos recuerda que las emociones también saben encender sus propias luces.

Jimena Bañuelos

Enlace en EL VALLE (México): https://elvalle.com.mx/2025/11/11/el-calor-que-llega-con-el-frio/

RECORDAR ES VOLVER A ABRAZAR

Octubre se despide mientras se representa a Don Juan Tenorio. Las hojas crujen bajo los pasos y el aire se vuelve más fino. En México, cuando el calendario roza noviembre, el país entero se transforma: los altares florecen, las velas parpadean en las ventanas y el naranja del cempasúchil tiñe las calles con su luz dorada. Es tiempo de recordar. Es tiempo de sentir cerca a los que se fueron.

El Día de Muertos no es una fecha cualquiera. Es una celebración que trasciende el calendario para convertirse en un diálogo entre mundos. Lo sé bien. Hace años, mientras vivía un Halloween al más puro estilo americano con disfraces, calabazas y caramelos tuve la fortuna de descubrir la otra cara de estas fechas: la mexicana. La que huele a incienso, sabe a azúcar y suena a guitarras que acompañan las almas. El naranja del cempasúchil no es el mismo que el de las calabazas; el suyo tiene algo de fuego, de memoria, de eternidad. Junto a las pequeñas calaveras de azúcar y papel, los altares se alzan como obras de arte. No en vano, la UNESCO reconoció esta tradición como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Y cómo no hacerlo, si cada flor, cada fotografía y cada ofrenda cuentan una historia que sigue viva.

Ahora bien, mientras en México se levantan altares llenos de color, en España, el 1 de noviembre llega con otro tono: más sobrio, más callado, pero igual de sentido. Es el Día de Todos los Santos, y las flores también se convierten en mensajeras de amor. Los cementerios se llenan de crisantemos, de rezos, de silencios compartidos. Las familias visitan las tumbas, encienden velas y dejan que la memoria se acomode junto al mármol frío. Aquí no hay calaveras de azúcar, pero sí buñuelos de viento y huesos de santo. Cada uno con su historia, con su sabor a infancia y tradición.

Dicen que “la vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos”, y es verdad. No hace falta que llegue noviembre para echarlos de menos. Hay ausencias que nos acompañan cada día. Lo recordaba Lamartine cuando escribió que “a menudo el sepulcro encierra dos corazones en un mismo ataúd”. Y pienso en mi abuela. En sus manos sosteniendo una caja de huesos de santo, su dulce favorito, en su sonrisa al ofrecerlos. Yo, que siempre fui más de buñuelos, me los comía solo por verla feliz.

El amor, ese sí, no muere. Ni con los años ni con los silencios. “Sólo se muere cuando se olvida”, dicen en “Coco”, y qué razón tienen. Por eso estos días, entre la nostalgia y la gratitud, miro hacia atrás y sonrío. Porque los buenos recuerdos, cuando se encienden, iluminan más que la tristeza.

Y claro, toda tradición tiene su sabor. En mi casa, desde hace más de una década, no falta el pan de muerto. No soy repostera, ni la cocina es lo mío, pero una vez al año me atrevo a encender el horno y dejar que la magia haga lo suyo. Harina, azúcar, mantequilla, levadura, huevos… y un toque de azahar, que es aroma de eternidad. Mientras amaso, pienso en lo que representa: el cráneo, los huesos, el círculo de la vida. Pan y símbolo. Muerte y vida. Todo unido en un mismo aroma que inunda la cocina.Porque al final, los que seguimos aquí tenemos que continuar caminando. Con los que amamos en el corazón, con su memoria latiendo en cada paso. Lincoln tenía razón cuando escribió: “Lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años.” 

En definitiva, en México o en España, noviembre siempre consistirá en recordar que, mientras alguien nos piensa, nunca nos hemos ido del todo.

Jimena Bañuelos

Enlace en EL VALLE (México): https://elvalle.com.mx/2025/10/28/recordar-es-volver-a-abrazar/

CUANDO LOS COLORES HABLAN DE VIDA

Octubre llega siempre con un susurro especial. Uno que toca al corazón y que lleva una gran dosis de empatía. El mes se tiñe de rosa, sí, pero no por moda. Lo hace por memoria, por lucha, por vida. Porque hablar del cáncer de mama no es una tendencia: es una necesidad.

Nunca faltan los conciertos, carreras, gestos, campañas… Todo sirve cuando se trata de dar visibilidad. Porque mirar hacia otro lado nunca ha curado a nadie. Y porque todavía, aunque cueste creerlo, hay quienes siguen creyendo que esto no va con ellos. Pero va.

Va contigo, conmigo, con esa amiga que se hace la fuerte y con esa madre que nunca se queja. Va con todas. Y también con ellos, porque el cáncer no entiende de géneros, ni de edades, ni de agendas. Por eso, más allá del rosa, está la urgencia de invertir en ciencia. Porque sin investigación no hay esperanza, y sin esperanza no hay futuro. No es solo prevención. Es compromiso. El de quienes cada día se ponen la bata para buscar respuestas donde solo hay incertidumbre. Y el de quienes deberían destinar recursos sin tener que esperar a que llegue octubre para acordarse.

Obviamente, el cáncer tiene muchos colores. Una paleta infinita que no cabe ni en el arco iris más valiente. Y aunque cada lazo tiene su identidad, su historia, su lucha… el nombre es el mismo. Seis letras que llegan como un golpe seco y que parten la vida en dos. Sin duda, hay un antes y un después. Una luz y una sombra. Pero también fragilidad y coraje. Porque sí, se tiembla. Se llora. Se cae. Pero también se lucha y se va reinventado cada persona. Por supuesto que se abraza más fuerte. Y sobre todo, se vive con más intensidad.

Este domingo, cuando veas el rosa inundarlo todo recuerda que detrás de cada color hay una historia. Algunas celebran la victoria, otras están en plena batalla, pero todas comparten algo: la fuerza. Esa que aparece cuando no hay más opción. Esa que no sabías que tenías hasta que la vida te pone a prueba. Y aunque el foco esté en el cáncer de mama, no olvidemos a quienes caminan bajo otros lazos. Todos cuentan. Todos importan. Porque todos, al final, están unidos por un mismo deseo: vivir.

La actitud importa. El amor, también. A veces no se trata de tener todas las respuestas, sino de acompañar en silencio, de tender la mano sin pedir nada a cambio, de recordar que el cariño también cura. Por eso, celebremos la vida. Porque quien ha vencido al cáncer sabe que después de la tormenta, incluso el cielo parece más azul. Y porque quienes están peleando merecen todo nuestro respeto y nuestra fuerza.

Sí, el rosa se ve más estos días. Pero lo importante no es el color. Es el gesto. Es la memoria. Es la solidaridad que nos recuerda que en esta lucha nadie debería sentirse solo. Y si de colores hablamos, cada uno cuenta su propia historia. El de mi batalla es naranja, el de la vida es esperanza, el futbolístico es rojiblanco… Pero, más allá de matices, lo cierto es que los colores tienen ese poder sutil de unirnos. Está claro que la unión hace la fuerza y que entre todos podemos convertir ese arco iris en un único lazo lleno de ilusión y esperanza… Ahí radica la fuerza de la vida.

Jimena Bañuelos

Enlace en EL VALLE (México): https://elvalle.com.mx/2025/10/13/cuando-los-colores-hablan-de-vida/

UN MITO, UNA FE Y CINCO GOLES: EL ATLETI VOLVIÓ A SER EL ATLETI

A nadie le sorprenderá a estas alturas que afirme con rotundidad que soy del Atleti desde que tengo memoria. No por moda, ni por rebeldía, ni por llevar la contraria a nadie. Soy del Atleti porque mi abuelo, que ahora ve los partidos desde el tercer anfiteatro, me inculcó que en esta vida hay que luchar con el corazón. Con él vi muchos encuentros de nuestro Atleti y recuerdo que me explicaba las jugadas como si fueran poesía épica y me susurraba al oído, cuando el Atleti perdía en el último minuto, que los nuestros siempre vuelven.

Por eso, el sábado, mientras los merengues recogían los trozos de su ego en el Metropolitano, pensé en él. Me lo imaginaba cantando con nosotros ese quinto gol, sonriendo con la complicidad de los que saben que el fútbol no siempre es justo… pero a veces lo es. Y por esto, por él y por todos los colchoneros que defendemos nuestros colores con la cabeza muy alta y dado que el cinco está de moda… Aquí van cinco razones que explican por qué este derbi fue mucho más que una victoria:

La primera: Nunca dejes de creer. Sobre todo, no dejes de creer cuando enfrente tienes al vecino altivo que presume de títulos como quien saca la vajilla buena cuando vienen visitas. Pero el Atleti creyó. Creyó cuando la lógica decía otra cosa. Creyó cuando otros se replegarían. Creyó que no solo se podía ganar, sino golear. Y así, entre cánticos, llegó el primero, el segundo… y no paró hasta la “manita”. Aquí no creemos en milagros, sino en esfuerzo. Y ningún derbi se pierde si se juega con el empuje de una afición que nunca falla.

La segunda: Porque luchan como hermanos. Y no como esos compañeros de oficina con camisetas blancas que se miran raro cuando las cosas se tuercen. En el Atleti se lucha por el de al lado. Se aprieta hasta la última jugada. Y sí, se gana en bloque. Los aficionados se unen a su equipo para darles aún más empuje. Julián Álvarez demostró que sabe lo que significa este escudo: garra, entrega, cero postureo. El argentino corrió, presionó y marcó. La araña picó y dejó marca en el eterno rival. Vino a contagiar el hambre, como ese hermano mayor que se ensucia las botas el primero para que los demás no tengan miedo de saltar al barro.

La tercera: Coraje y Corazón. Eso que no se entrena ni se compra. De hecho, no cabe en un Excel ni sale en las estadísticas. El Atleti jugó con alma. Cada jugador sabía que este partido no era uno más. Era el partido. Coraje para pelear cada centímetro. Corazón para convertirlo en espectáculo. Porque cuando uno juega desde el alma, el resultado viene solo. 

La cuarta: Partido a partido. Porque así se sobrevive a los tropiezos, a las lesiones, a los empates con sabor a derrota y a los domingos grises que parecen lunes. No hemos arrancado la temporada como soñábamos, pero el calendario tenía guardado un punto de inflexión con nombre y apellidos: derbi madrileño. Y ahí, justo ahí, el Atleti despertó como despiertan los gigantes. Se acabaron las dudas. Cuando enfrente está el eterno rival, no hay margen para la siesta. Se juega con pasión, con orgullo y con esa rabia contenida que solo se libera cuando le metes cinco goles al que se cree invencible. Porque a este equipo le costará arrancar… pero cuando arranca…Ruge el Metropolitano.

Y la quinta: Ganar, ganar, ganar y volver a ganar. Lo dijo Don Luis. Lo repite el Metropolitano. Y esta vez, se hizo carne. Ganar al Madrid vale más que tres puntos. Es un acto de justicia cósmica. Es recordarle al mundo que aquí también hay fútbol, historia y pasión. Ganamos en el campo, ganamos en la grada, ganamos en orgullo. Y volveremos a ganar, aunque no siempre con cinco goles. Pero sí con lo mismo de siempre: coraje, corazón y una grada que nunca deja de creer.

En fin, cinco goles, cinco razones. Y una niña que creció escuchando a su abuelo decir: «Somos del Atleti, y eso ya es ganar»… Y tenía razón.

Jimena Bañuelos

Enlace en EL VALLE (México): https://elvalle.com.mx/2025/09/29/un-mito-una-fe-y-cinco-goles-el-atleti-volvio-a-ser-el-atleti/

OTOÑO: LO QUE DEJO Y LO QUE ME QUEDO

Esta semana damos la bienvenida al otoño. El verano se nos va dejándonos la piel marcada por el sol, la rutina aún desordenada… y una estela de recuerdos que se resisten a enfriarse. Estos pueden ser perennes o caducos. De hecho, algunos se quedarán ahí, en la memoria, como fotos mentales que nos arrancan una sonrisa cuando más lo necesitamos. Pero hay que decirlo: la nostalgia tiene dos caras. A veces reconforta y otras te atrapa. Y no se puede vivir mirando hacia atrás.

La vida sigue, con todo lo que eso implica. Con sus días buenos, con los malos, con lo que se va y lo que llega. Cada día es una hoja en blanco. Y sí, puede sonar cursi, pero es verdad: tú decides cómo escribirla. A veces te sale poesía, otras veces solo garabatos, pero es tuya. Y nadie más debería decidir qué poner ahí.

Por eso, criticar lo que otro escribe en su historia personal me parece inútil. Cada quien hace lo que puede con lo que tiene. Y a veces lo hace mal, claro. Pero lo peor que puedes hacer es ir por la vida aparentando. Porque tarde o temprano, todo cae por su propio peso. La hipocresía se nota, aunque venga disfrazada de sonrisa amable.

El tiempo pasa, y nosotros también cambiamos. Es lo natural. Lo que no debería cambiar es la esencia de cada uno. Los principios. La manera de estar en el mundo. Todos tenemos defectos, eso es evidente. Pero también deberíamos tener cierta coherencia con nosotros mismos. Porque si cambias de cara según con quién estés o según qué te convenga, entonces ¿quién eres, realmente?

No hace falta decir todo lo que uno piensa, pero tampoco hay que vivir con miedo a ser claro. A veces es mejor morderse la lengua, sí, lo admito. Pero hay otras en las que no. Y no pasa nada por llamar a las cosas por su nombre. Lo que no entiendo es esa costumbre de adornarlo todo, de ponerle filtros, no solo en las redes, sino también en la vida. La realidad es la que es. No siempre gusta. Pero ocultarla solo sirve para engañarse.

Ser sincero no es ser grosero. Ser honesto no es ser cruel. Pero parece que hay quien no distingue o simplemente no le interesa. La franqueza molesta cuando desenmascara, y hay mucha gente demasiado ocupada construyendo versiones distintas de sí misma para agradar, para encajar o para manipular. Y mira, justo ahora que empieza el otoño y los árboles empiezan a soltar lo que ya no necesitan, quizás sería buen momento para que más de uno hiciera lo mismo: dejar caer capas, máscaras, personajes. Porque aunque duela, ser uno mismo es lo único que tiene sentido. No importa si te critican o algunos se molestan porque, al final, desprenderse de todo eso te hace libre.

Evidentemente, yo seguiré siendo fiel a mi forma de ser. Disfrutando de lo que venga, soltando lo que ya no suma. Porque cuando la vida te da una segunda oportunidad, aprendes a seleccionar. Lo que no aporta, se suelta y no pasa nada por dejar ir. Lo que no te llena, se deja atrás. El tiempo es vida, no oro. Y éste no está para regalárselo a quienes no lo valoran.

En definitiva, sed felices y vivid como queráis escribir vuestra propia historia. No dejéis que nadie os sostenga el bolígrafo. 

Jimena Bañuelos

Enlace en EL VALLE (México): https://elvalle.com.mx/2025/09/23/otono-lo-que-dejo-y-lo-que-me-quedo/

CUMPLIENDO 19 AÑOS… GRACIAS A MI DONANTE DE MÉDULA

Olvidar el pasado puede parecer fácil… hasta que regresa sin avisar, colándose en nuestra mente con la fuerza de lo vivido. Hay recuerdos que son imposibles de olvidar, sobre todo aquellos que marcan un antes y un después. A veces, lo más difícil no es dejar atrás lo vivido, sino tener el coraje de comenzar desde cero.

Hace diecinueve años, soñaba con que todo saliera bien en mi “día cero”, un momento que anhelé profundamente desde que la leucemia cambió todos mis planes y se apoderó de las riendas de mi vida. Tenía veintiún años y, como cualquier joven, solo quería disfrutar de mis últimos cursos universitarios;  pero la vida, tan caprichosa y sabia, me enseñó una lección inolvidable. Una lección de esas que quedan grabadas a fuego en la mente, en el corazón y en el cuerpo porque todas las cicatrices siempre nos recordarán dónde hemos estado y aquello por lo que hemos luchado.

Me tocó madurar de golpe. Mis prioridades cambiaron con la misma velocidad con la que llegó el diagnóstico. Aprendí que la supervivencia exige una fuerza interna que, aunque no supe bien de dónde la saqué, nunca me abandonó. Reconozco que hubo momentos de flaqueza, pero nunca estuve sola. Aquellos que me acompañaron (mi familia, el personal médico, los amigos) se convirtieron en los motores que me impulsaban a seguir soñando con un futuro, habitación tras habitación, ciclo tras ciclo, hasta que llegó el día del trasplante de médula.

La incertidumbre fue una compañera difícil, pero la esperanza siempre logró imponerse a las dudas, incluso durante la quimioterapia más dura. Hoy puedo decir que algunos recuerdos de aquel 2006 se han difuminado algo, pero hay otros que siguen grabados a fuego…Como aquella tarde de aquel catorce de septiembre en el hospital de La Princesa: el ir y venir de enfermeras, auxiliares, doctoras… y, sobre todo, la imagen imborrable de mis padres tomándome la mano. Ese fue mi “día cero”, el momento en que todo cambió. El día de mi trasplante era una realidad cargada de ilusión y esperanza porque con él terminaban los duros tratamientos quimio y radio, y poco a poco comencé a recuperar esas riendas de mi vida que había perdido. Sabía que el miedo no podía impedirme vivir. Con el tiempo, todo fue encontrando su lugar y esa segunda oportunidad que me regaló la vida me permite, hoy, soplar otra vela más.

Una vela que tiene nombre y apellidos, aunque nunca los haya conocido. Ese donante anónimo, al que yo llamé Hans lo cambió todo. Vivo gracias a su generosidad. Nunca olvidaré el momento en el que mi hematóloga pronunció esas palabras: “Tienes un donante de médula compatible”. Durante meses soñé con ese instante. Y aunque el proceso fue duro y agotador, sabía que llegaría el día en que volvería a disfrutar de la vida con una intensidad nueva, distinta, plena.

Hoy, diecinueve años después, llevo con orgullo, este dorsal que representa la mayor de las victorias, un cumplevida más. Es cierto que cada septiembre los recuerdos vuelven y no creo que el tiempo sea capaz de borrarlos porque éste no todo lo cura. Lo que sí sé es que el pasado moldea nuestro presente y condiciona el futuro. En un segundo todo puede cambiar. Lo sé porque lo viví: el día en que me dieron el diagnóstico y el día en que escuché que tenía una nueva oportunidad. Y aunque la vida me llevó por muchos estadios, unos de dolor, otros de esperanza, reconozco que, en aquellas habitaciones del Hospital de La Princesa, soñé muchas veces. Uno de ellos, por ejemplo, era volver al Vicente Calderón de la mano de mi padre. Él no se separó de mí ninguna noche y ese sueño era el mejor que podía hacerle. Es cierto que era un deseo sencillo, rutinario para cualquier aficionado, pero que para mí era un sueño mayúsculo. De hecho, si ese sueño se cumplía, era porque, a pesar de todo, aún tenía la vida. Y se cumplió y lloré de la emoción porque conseguí no sólo meterle un gol a la leucemia, el más importante de todos los partidos, sino abrazar a mi padre en el momento en el que el sueño se hizo realidad. Ese fue uno de los muchos anhelos que cumplí gracias a todos los que estuvieron conmigo y me sostuvieron sin importar sus colores, futbolísticamente hablando, para teñirlo todo de fuerza y esperanza. Todos ellos me enseñaron a creer, incluso cuando yo no podía. A no rendirme, incluso cuando el partido estaba complicado porque “el día cero” era la final y juntos la ganamos con creces. Eso sí, Hans, ese donante de médula que dio un giro a la historia de ciento ochenta grados, lideró y protagonizó aquella tarde en La Princesa. Siempre estaré eternamente agradecida.

Tengo muy presente que la vida es lo que nos queda por vivir y, por eso, cuando ésta ofrece una segunda oportunidad es por algo. Está claro que hoy brindo, gracias a que “Aún tengo la vida”, por la salud, por Hans y por seguir sumando días a ese ‘día cero’ que tan marcado está en el calendario. Seguiré persiguiendo mis sueños porque como dijo Kierkegaard: “La vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia adelante.”

¡Brindemos y vivamos!

Jimena Bañuelos

AGOSTO: EL TIEMPO EN MOMENTOS

Si hay un mes que es sinónimo de vacaciones, sin duda, es el mes de agosto. Aunque los tiempos han cambiado, lo cierto es que sigue siendo por excelencia la época del año en la que la rutina de la mayoría cede ante el ocio. Ahora bien, no hay que olvidar que las vacaciones también tienen su propio protocolo. Para algunos, hacer las maletas puede ser una fuente de estrés, a pesar de que ese momento marca el inicio de una pausa más que necesaria. Lo cierto es que acordarse de todo es casi imposible, sobre todo si se deja para última hora. No todos somos previsores…Esa sensación de “algo se me ha olvidado” suele aparecer, pero, es cierto, que desaparece muy rápido: cuando ya estás en el destino que llevas anhelando durante muchos días. Si eso sucediera, solo queda asumirlo con una pizca de rabia y, por supuesto, aliviarla buscando el lado bueno de las cosas, es decir, repitiendo una y otra vez, la palabra mágica: vacaciones.

Como un relevo bien ensayado, agosto recoge el testigo del deber y lo transforma en tiempo para disfrutar. Es el mes más esperado, deseado, de hecho, son muchos los que llevan desde enero restando jornadas para ver que esos planes con los que soñaban ya son una realidad. Y en esa realidad, las sonrisas surgen solas y empiezan a borrar poco a poco esas ojeras que se han ido acumulando durante el año. Dicen que los ojos no mienten, y es verdad, porque cuando hablamos de vacaciones, brillan de una manera distinta, incluso, me atrevo a decir que especial. Da igual cuáles sean los planes, porque la felicidad se mide por lo que a cada uno le gusta. No hay normas, ni fórmulas. Solo la libertad de vivir los días libres a tu manera, sin horarios.

Eso sí, hay que reconocer que no siempre se descansa tanto porque las vacaciones también pueden convertirse en un auténtico maratón. Aprovechar al máximo conlleva exprimir el tiempo hasta límites insospechados. Hacer excursiones para conocer sitios nuevos es algo primordial cuando tu destino es un lugar nuevo en tu agenda de viajes. Reconozco que soy de las que me gusta ver y adentrarme en todo lo que los sitios me ofrecen cueste lo que cueste. Por ejemplo, si hay que madrugar para ver un bonito amanecer se hace porque la vida son esos momentos únicos que no vuelven. Ese conjunto de experiencias que refuerzan más la fuerza de la mente. El verano está para recargar las pilas y, por supuesto, para desconectar. La pilas, poco a poco, se van llenando porque a estas alturas del año llegan, en muchos casos, bajo mínimos pero lo importante es dejarse llevar por el presente que ahora nada tiene que ver con el del resto del año. La rutina cambia y con ella nuestra forma de vivir.

Vivir. Ese es el verbo que debemos conjugar todo el año, pero ahora con más motivo. Vivir sin ponerle “peros”, sin buscar la perfección que no existe. Porque mientras la buscamos, puede que se nos escape lo que realmente importa: el ahora. El tiempo es oro, sí, pero la vida es única. Y está en nuestras manos aprovecharla al máximo.

Agosto acaba de arrancar. Tenemos por delante muchos días para llenarlos de experiencias, de aventuras, de instantes y recuerdos que nos acompañen cuando vuelva el frío y la rutina. En mi caso, ya tengo planes y libros esperando. Así que, sin más, seguiré escuchando el sonido del mar, contemplando la majestuosidad de las montañas y dejándome llevar por las historias que me regalan las páginas de una buena novela. En definitiva, cuando el verano se apague y la rutina regrese, lo único que quedará será lo vivido. Y en ese balance silencioso de la época estival, ser feliz es lo que cuenta.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/08/04/agosto-el-tiempo-en-momentos/

APAGAR VELAS E ILUMINAR DESEOS

Año tras año, se repite el mismo ritual pero la única diferencia es que ante nuestros ojos hay una vela más. Me refiero a ese ritual que aprendimos desde niños y que conecta el pasado que se va y el  futuro que se asoma tímidamente. El instante de soplar las velas ante la tarta de cumpleaños es una acto muy sencillo porque no importa cuántos años cumplamos ni cómo sea el pastel sino que en ese instante siempre se genera un silencio. Todos sabemos que formular un deseo antes de apagar esas velas es algo especial. Es cierto que los deseos no hay que decirlos para que se cumplan, pero también es cierto, que pedir algo ante una tarta es como pedirle a la vida aquello que más anhelamos. 

La vida es esa tarta que vamos elaborando poco a poco y que va cambiando los ingredientes a medida que vamos creciendo y vamos madurando. Además, con el paso del tiempo la receta se va escribiendo con las lecciones y las heridas que vamos curando. No es fácil seguir cocinando cuando lo único que quieres es quitarte el delantal y darlo todo por perdido, pero si algo me ha enseñado el tiempo es que siempre tenemos un vela que nos guía en los momentos más tenebrosos. Quizás, esas velas que ponemos sobre la tarta sean esos faros diminutos que nos recuerdan que seguimos alumbrando el camino, aunque a veces no sepamos bien hacia dónde vamos. Es cierto que, además, podemos ser el punto de referencia de los que están a nuestro alrededor o de quienes nos aprecian porque los caminos, muchas veces, se entrelazan.

Ayer soplé mis velas. Sobre el deseo no diré nada, porque éste puede ser grande o pequeño, pero si hay algo que aprendí en mi infancia es que los deseos se piden con los ojos cerrados. Es maravilloso revivir ese instante en el que miras a tu interior y sientes el cosquilleo de que conectas con la ilusión del niño que fuiste. Quizás, algo de esa magia hay que ponerle a la vida porque en ella está la esperanza de cumplir esos sueños y deseos. Es cierto que, con los años, la rutina nos puede impedir ver más allá de lo que tenemos delante, pero poder elaborar durante un año otro piso de la tarta de nuestro cumpleaños es mucho más importante que preocuparse de aquello que tiene solución. 

Los deseos siempre son un buen motor en nuestro camino. No son sólo una ilusión pasajera, son, sin duda, una palpitación a nuestro corazón en el que nos decimos: “todavía espero”, “todavía voy a conseguir” o “todavía me atrevo”. Lo importante es saber que ese deseo es pura vida. Por eso, soplar una vela no es sólo cumplir un año más. Es una promesa a nosotros mismos de que queremos algo más en nuestro recorrido vital.  

En definitiva, la vida, con todas sus luces y sombras, sigue siendo un escenario perfecto para desear.  Por eso, con el sabor de la tarta en la boca y mi deseo recién pedido, espero que al año que viene pueda decir que se ha cumplido con una gran sonrisa, porque sé que nunca dejaré de creer en lo que sueño, en lo que vivo, en la magia de las velas y por supuesto, porque tengo claro que siempre vale la pena seguir intentándolo… 

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/07/21/apagar-velas-e-iluminar-deseos/

AMISTAD

Dejarse llevar por la imaginación, de vez en cuando, no está de más. Soñar forma parte de nuestra naturaleza y esos sueños se alimentan día a día, precisamente de nuestro presente. No siempre es fácil digerir lo que la vida nos presenta y evadirse de ella también es una gran terapia. Al igual que lo es apoyarse en los amigos de verdad. Esos que están ahí silenciosamente y que te conocen tan bien que hasta entienden tus propios silencios. 

La amistad auténtica no es estática; evoluciona con el tiempo. Se fortalece, se transforma, se consolida… o se desvanece si no posee unos cimientos sólidos. A veces, el paso del tiempo revela lo que estaba oculto tras el velo de una aparente cercanía. Y aunque descubrir una traición o una decepción duele, es mejor abrir los ojos ante las primeras señales. Recordemos ese viejo proverbio turco que advierte que quien busca un amigo sin defectos, se quedará solo. Porque nadie es perfecto, y justamente ahí está la belleza de la amistad: en aceptarnos tal como somos, con luces y sombras, y seguir construyendo algo valioso juntos.

La perfección no existe y lo bonito es crecer como persona y vivir experiencias únicas con ese amigo que nos quiere tal y como somos. Decía Francis Bacon que “la amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad”, es cierto que quien tiene un amigo tiene un tesoro y esos amigos que son como hermanos se pueden contar con los dedos de las manos. No olvidemos que no es amistad cuando reina en el ambiente la hipocresía, la envidia y el interés.

Ser fiel a los principios es fundamental y ser leales ante quien lo dejaría todo por ayudarte en los peores momentos de la vida, también. En las buenas siempre hay manos disponibles, pero en las malas el contexto es muy distinto. Por eso, elegir a las personas adecuadas que nos acompañen en el día a día es fundamental. Todos hemos tropezado, todos hemos confiado en quien no lo merecía. Pero esos errores son lecciones valiosas que nos ayudan a crecer como personas. Nos hacen selectivos. Cada día es una oportunidad para aprender, cambiar, y seguir contando nuestra historia. Esa historia personal, única, que construimos con cada decisión, con cada experiencia, con cada vínculo y que escribimos de nuestro puño y letra. El escritor Paul Bourget decía que “una amistad noble es una obra maestra a dúo”, y no se equivocaba. Los amigos de verdad están presentes en cada capítulo, incluso en los más oscuros. A ellos, a los que han estado y siguen estando, quiero dar las gracias. Porque incluso cuando todo parece incierto, su compañía se convierte en ancla, en faro y en impulso.

En definitiva, la amistad es ese tesoro que nos une de tal manera que nos convierte en familia, de hecho, muchas veces tiene más fuerza que los lazos de sangre. Sin duda, es la familia que elegimos y hay que cuidarla, cultivarla, y, por supuesto, disfrutarla. Y si la vida está para gozarla y ésta es un suspiro, gocémosla con los amigos de verdad. 

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/06/30/amistad/

HACIENDO PLANES

Bienvenido sea el verano. A los que nos gusta la estación estival ya estábamos deseando que llegara y por fin está aquí. Lógicamente, ésta no está exenta de críticas porque el calor, es cierto, que no agrada a todos. Eso sí, la palabra “vacaciones” nos saca una sonrisa unánime. Sin duda, esta estación está llena de planes porque el ocio cobra un protagonismo esencial. Programar esos planes para los meses venideros es una opción aunque la improvisación es otra alternativa. Es una muestra muy clara de que la ansiada normalidad va perdiendo terreno.

El calendario nos presenta el verano celebrando el día de la música. De hecho, es la época de los festivales. Ésta siempre me acompaña y no entiende de estaciones. Ella ha puesto banda sonora a cada instante de mi vida. No me defino por un estilo en concreto porque cada uno tiene su momento. Además, “la música expresa aquello que no puede decirse con palabras pero que no puede permanecer en silencio” como dijo Víctor Hugo. ¿A quién no le ha pasado alguna vez que una canción habla por nosotros mismos? Ahora es la época de buscar la canción del verano. Aún es pronto para saber cuál será la elegida, aunque, cada uno tendremos nuestra preferida. El criterio individual siempre se impondrá al general. Las circunstancias personales son muy determinantes. Quedan muchas experiencias por vivir y, quizás, en cada una de ellas pongamos una banda sonora distinta. La vida nos permite construir nuestros propios recuerdos al dictado de lo que hemos sentido. Siempre será mejor dar rienda suelta a esos sentimientos que estandarizarlos. 

Con el verano, llega también, una noche mágica: La famosa noche de San Juan. Una velada especial, llena de rituales. Se trata de disfrutar del día más largo y, precisamente, de la noche más corta. Esta fecha es especial en Alicante porque celebran sus fiestas patronales y aunque por todo el territorio español se encienden hogueras, en esta ocasión me centraré en las playas de Levante porque fue allí donde por primera vez, hace muchos años, salté mi primera hoguera. Con hogueras o sin ellas, en la noche de San Juan siempre se pueden pedir deseos. Todos los tenemos y cumplirlos siempre produce una satisfacción inigualable. A los malos augurios hay que alejarlos y se crea o no en esta magia, lo importante es pasar y disfrutar de esta fiesta en compañía de las personas a las que quieres. 

Eso sí, si hablamos de fiestas es bueno tener a mano el santoral porque después viene San Pedro y San Pablo, San Fermín, Santiago… No habrá olas de calor que puedan impedir aprovechar el verano al máximo. Es una necesidad olvidar la rutina ya sea en la montaña, en la playa o en ese paraíso personal en el que somos auténticos y por unos días nos centramos en nosotros mismos. Esto habría que hacerlo más a menudo porque la vida pasa y no nos damos cuenta. No olvidemos a Walt Whitman, de hecho, hasta el famoso profesor Keating en “El club de los poetas muertos” lo tenía como referente: “Coged las rosas mientras podáis, veloz el tiempo vuela. La misma flor que hoy admiráis, mañana estará muerta…” En definitiva, Carpe Diem

La vida es ahora, con calor o sin él. 

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/06/23/haciendo-planes/

Archivos