CONSECUENCIAS

Febrero tiene los días contados. Con él parece que estamos dejando atrás a la tercera ola de este virus que tantas vidas se está llevando por delante. Parece que podemos se optimistas por el descenso mundial de los contagios. Quizás los efectos de la vacunación comiencen a ser palpables. En marzo se cumplirá un año desde que comenzara el primer severo confinamiento y todavía estamos dando la batalla a la pandemia. Queda menos, pero nadie nos puede asegurar cuando podremos celebrar el final. Al menos, con la llegada de la primavera dejaremos atrás los días oscuros y grises que este duro invierno nos ha dejado. La luz es fundamental para levantar el ánimo ya que éste se está viendo afectado por todo lo que estamos viviendo. Los días pesan pero pasan. 

Como también pasan factura las consecuencias de nuestros actos. Si hablamos de la pandemia, hay que tener responsabilidad individual; si hablamos de la últimas elecciones catalanes, hay que asumir los resultados y tomar medidas y si hablamos de la violencia que se está produciendo, sin duda, hay que condenarla. La violencia no está justificada bajo ningún concepto. Las imágenes de ciudades como Madrid, Valencia y Barcelona son lamentables, y encima, en plena pandemia. 

Y en la situación en la que nos encontramos, muchos ya piensan en la Semana Santa. Quizás no sea buena idea hacer planes, pero aunque queda un mes, es cierto que de ilusión también se vive. Hay quienes ya hablan de la posibilidad de una cuarta ola, pero si hacemos bien las cosas ésta puede ser evitable y la “normalidad” está cada vez más cerca. Hablan de vacunaciones masivas pero cuando lo vea me lo creeré porque las palabras se las lleva el viento y el tiempo demostrará si las prometidas vacunas llegan a tiempo.

Precisamente, el tiempo es el que nos ha ido mostrando cómo nos hemos ido adaptando a esta nueva realidad, cómo hemos renunciado, a duras penas, a lo que más queríamos y será, más pronto que tarde, cuando nuestro feliz pasado vuelva a ser nuestro presente. Eso sí, en él estarán las lecciones que esta pandemia nos ha dejado. 

Y no puedo obviar, dadas las circunstancias, de dejar de hablar del Atleti. Ahora debemos ser fieles al “nunca dejes de creer” porque la pérdida de puntos en la Liga ha sido evidente aunque el liderato sigue siendo nuestro. Todo es para darle emoción a la competición, si no se sufre no hay aliciente. Veremos qué pasa esta noche ante el Chelsea en la Champions. Encarrilar la eliminatoria estaría muy bien dadas las circunstancias, pero el Atleti es imprevisible y eso su afición lo sabe. De hecho, está preparada para aguantar hasta el pitido final pase lo que pase. Si hay que sufrir se sufre porque en los tiempos que vivimos cada uno decide alejarse de la realidad como quiere y si son noventa minutos de fútbol viendo al equipo que tantos sentimientos y recuerdos remueve bienvenidos sean. Cada uno elige cómo evadirse de la pandemia, pero lo bueno, sin duda, es olvidar, por un momento, la dura realidad para coger aire y seguir tirando para adelante hasta que hablemos del coronavirus en pasado. El futuro siempre es incierto y ahora nuestro presente tiene un exceso de incertidumbre.

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CONJUGACIÓN DEL VERBO VIVIR

No todos los datos van a ser malos. Ya se ha superado el millón de personas inmunizadas y otras miles están esperando la segunda dosis. Poco a poco se llegará a alcanzar la cifra anhelada pero, vacunados o no, hay que seguir extremando las precauciones. Recuperar nuestra vida normal nos va a llevar tiempo aunque me consuela pensar que cada día que pasa es un día menos. Parece que la curva se estabiliza y eso es buena señal. Pensar en positivo es algo a lo que no pienso renunciar y, por eso, me aferro al lado bueno de las cosas. El futuro, con pandemia o sin ella, siempre es incierto, pero el presente es único. Solamente por eso no hay que desaprovechar lo que nos ofrece la vida. 

Es cierto que hay días que se ponen cuesta arriba porque, precisamente, a la pandemia hay que añadirle los contratiempos que la rutina trae consigo. Eso sí, no hay que olvidar que la fortaleza de uno mismo crece en tiempos adversos. Llevamos muchos meses anhelando todo a lo que hemos renunciado y aunque la incertidumbre se adueñe de nuestra “nueva normalidad” no hay que rendirse. Y para no derrumbarse hay estar ocupado. Pensar demasiado puede ser muy perjudicial para nuestro estado de ánimo. Procuro ocupar mis días haciendo lo que más me gusta, pero hasta eso puede llegar a aburrirte de manera soberana. Así que hay que adentrarse en terreno desconocido. La pandemia me está demostrando que entre fogones no me manejo tan mal o que el bricolaje puede ser otra de mis aficiones. Sin duda, en otros tiempos no me lo hubiese planteado. 

Además de seguir con “mis rutinas”, esta semana vuelve la Champions. Otro aliciente. El Atleti está en racha y hay muchas ganas de ver a los de Simeone pelear por la anhelada “Orejona”. Es cierto que echo de menos ir al Metropolitano y confieso que al principio no soportaba ver los partidos de fútbol sin público, pero a todo te acostumbras. Eso sí, el día que los colchoneros volvamos a las gradas no habrá manera de hacernos callar. Romper ese silencio será una señal de victoria porque la pandemia estará más que controlada. Ojalá llegue pronto esa jornada de Liga, de Champions o de la competición que sea. Lo importe siempre será volver y, por supuesto, recordar a quienes, por desgracia, ya no están con nosotros. Hasta entonces, me aferro a los recuerdos. Dicen que no es bueno mirar al pasado pero, dadas las circunstancias, rebuscar en la memoria esos momentos que te hacen sonreír puede ser una buena terapia. 

Si de terapias médicas hablamos, estamos por el buen camino. Afortunadamente la ciencia ha avanzado y los científicos van demostrando cuales son los mejores tratamientos para aplacar al virus. Confiar en su trabajo es fundamental, pero para que lo puedan desarrollar plenamente necesitan que se invierta en ello. Quizás el Gobierno debería tomar nota de esto. De los que nos gobiernan es mejor no hablar porque cada decisión que toman provoca las alabanzas de unos y las críticas de otros. Nunca llueve a gusto de todos, aunque lo único que nos debe preocupar en estos momentos es nuestra salud y para cuidarla hay que empezar por la responsabilidad individual. Ya tendremos tiempo de rendir cuentas con los políticos en las urnas. Ahí se plasmará la valoración que se hace de toda la gestión. Hasta entonces cuidémonos todo lo que podamos sin olvidarnos de conjugar, aunque sea de una manera diferente, el verbo “vivir” en tiempos de pandemia.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

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SALDREMOS ADELANTE

No nos queda otra que aferrarnos a lo positivo aunque, a veces, resulte complicado encontrar ese hilo de esperanza en nuestro día a día. Es cierto que las cifras parece que dan un ligero respiro, pero no hay que confiarse. Está más que demostrado que cuando se baja la guardia volvemos al punto de partida. Un punto muy duro en el que todo cambió. Ahora, aunque el confinamiento no es tan estricto, no hay duda de que ese punto marcó un antes y un después en nuestras vidas. No estábamos preparados para vivir todo lo que está sucediendo. Por ejemplo, nadie nos enseñó cómo se actúa en situaciones tan complicadas, nadie nos avisó que las emociones son difíciles de gestionar, en definitiva, hemos ido aprendido a través de la experiencia, a pesar de que no siempre esas lecciones son fáciles de digerir. Estamos superando, con mucho esfuerzo, una pandemia que dejará huella de una manera o de otra en todos nosotros. Se está llevando muchas vidas por delante, está dejando unas secuelas con las que habrá que seguir viviendo porque esto pasará pero la vida continúa, de hecho, no podemos dejar de vivir en tiempos de pandemia. Vivir de otra manera, pero en definitiva, vivir porque cada día que pasa no vuelve.

Afortunadamente, los días van transcurriendo aunque cada vez pesen más. El hartazgo, la angustia, el sufrimiento son más que evidentes. Por eso, también hay que hacer frente a todos esos pensamientos negativos que nos invaden en nuestros momentos de mayor vulnerabilidad. Pensar en las vacunas puede ayudar aunque la incógnita con ellas no nos deja indiferentes. Quizás sea un buen momento para reflexionar en qué se debe invertir. La investigación, en general, es importante. Apostar por ella es algo de lo que nos beneficiaremos todos el día de mañana. En España hay muy buenos investigadores y lo triste es que no tengan recursos o se tengan que ir fuera para poder desarrollar su potencial. Ojalá que de esta pandemia quienes nos gobiernan se den cuenta de ello porque a juzgar por las últimas noticias tienen otras prioridades. De momento, todo su foco está puesto en las elecciones que se celebrarán el próximo domingo en Cataluña. La política es la política. Ahí, a pesar de los protocolos y las restricciones lo importante es que los ciudadanos depositen su papeletas para que otro conserve su sillón. Es una semana de promesas por parte de todos aunque lo importante es que hagan balance de cómo han sido los años anteriores. Veremos qué sucede no solo con los resultados electorales, sino con el número de contagios. 

Un número que es preocupante y que hay que frenar. De hecho, quienes siguen al pie del cañón nos piden, diariamente, por todo tipo de redes sociales mucha responsabilidad. Nuestros sanitarios están exhaustos y se merecen nuestra colaboración. Pero en esto también ha habido un punto de inflexión porque cuando los aplausos quedaron atrás, la crispación se cebó con ellos. Ahora bien, afortunadamente cada persona es un mundo y hay de todo. Hay quienes agradecemos su labor y quienes boicotean un hospital que está salvando muchas vidas y evitando un colapso sanitario, pero esto es “harina de otro costal” en las circunstancias que vivimos. 

En fin, seamos positivos, seamos optimistas, seamos responsables y, por supuesto, seamos críticos ante las decisiones incomprensibles. De éstas, llevamos muchas y sus resultados están en entre dicho. Si se tira mucho de la cuerda se rompe y ahora no está el ambiente como para caldearlo más. Es otra consecuencia de resistir una pandemia y soportar la incompetencia de unos ignorantes. 

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LA IMPORTANCIA DE SONREÍR EN LA ADVERSIDAD

Dejamos atrás el mes de enero con una situación desoladora. En plena tercera ola con la vacunación estancada y sin un plan concreto cuesta ser optimista. Las fuerzas flaquean porque las noticias nos traen, a diario, una de cal y otra de arena. Es difícil entender las restricciones de muchas comunidades cuando las insensateces siguen prevaleciendo. La paciencia tiene un límite y éste ya se está empezando a superar. Aún así no hay que perder la esperanza, por eso, confiemos en que en febrero, al menos, dobleguemos la curva para recuperar una estabilidad que tanto necesitamos. 

También es una necesidad saber ocupar la mente para que ésta no juegue en nuestra contra. Nos piden que nos autoconfinemos y aunque la experiencia del pasado mes de marzo fue muy dura, ahora depende de nuestra responsabilidad individual decidir cómo ayudar a nuestros sanitarios. Distraerse es lo mejor que podemos hacer y, afortunadamente, la tecnología juega a nuestro favor. Unas buenas películas o una serie de infinitas temporadas pueden ser buenas aliadas para conseguir que el tiempo pase, pero leer una novela también. Evadirse de la realidad es una buena terapia para “desintoxicarse” del exceso de datos, de información y de noticias falsas que invaden nuestro duro rutina. Por supuesto, no hay que olvidarse del deporte rey. El fútbol sigue dando grandes momentos a sus aficionados. Hasta los malos resultados consiguen aliviar el estrés en general y, si no que se lo que pregunten a los merengues del Real Madrid que en la Liga no levantan cabeza. Los de Zidane no dejan de sorprenden y se han convertido en la mejor fuente de inspiración de muchos chistes. Todo lo que consiga sacar una sonrisa en tiempos de pandemia es bienvenido. 

Sonreír no siempre es fácil, pero es una necesidad. Hasta las peores noticias hay que asumirlas con una sonrisa cargada de esperanza y optimismo. Al menos a mí me funcionó cuando, tal día como hoy, me dieron la peor noticia de mi vida. No digo que sea fácil de hacer y, por supuesto, de asumir pero el tiempo, aunque pase despacio, va dando respuestas y soluciones a la adversidad. Confieso que borraría del calendario el 2 de febrero de por vida, pero solo puedo sobrellevar el día y pensar que son 24 horas de recuerdos que me acompañarán para siempre. Lo bueno es que cada mañana sale el sol y te recarga la energía que en un día puedes perder. 

Y perder, precisamente, no es lo que más me gusta. De ahí que gané la batalla y, estoy convencida que esta pandemia entre todos la superaremos, aunque para ello tengamos que sacrificar muchas cosas. Vendrán tiempos mejores y en nuestra mano está su pronta llegada. No hay ninguna duda de que hay que poner todo de nuestra parte. Estamos cansados y abatidos, pero rendirse no es una opción. Anhelamos las vacunas pero éstas también nos han traído más incertidumbre. Algo de lo que ya íbamos sobrados. Si combinamos el  ¿Cuándo llegarán? con el ¿Cuándo me vacunarán? La ansiedad se dispara. La incompetencia de unos, la pagamos todos. Ya va siendo hora de pensar en el bien común, pero ¿qué se puede esperar cuando ves  a quienes por egoísmo priorizan su vacunación ante  los mas vulnerables al virus? 

Decían que de esta pandemia salíamos más fuertes. Más fuertes no lo sé, porque de momento lo único que se ha fortalecido es la crispación y ésta no es buena. El tiempo nos mostrará cómo salimos de ésta porque el futuro no está escrito por mucho que nos intenten convencer de él. Cuando la pandemia llegue a su fin, cada persona sacará su propia lectura de ella y asumirá sus enseñanzas y sus consecuencias. Esto es así y no necesita de ningún decreto; esto será la realidad individual y somos puro sentimiento. 

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RESEÑAS, COMENTARIOS DE USUARIOS, Y ALGO MÁS

Fuente de información de otros usuarios. Consultar valoraciones se ha convertido en un recurso muy extendido.  Antes de acudir a un restaurante, el 95% de los consumidores contrasta opiniones previas, y para adquirir grandes electrodomésticos, un 89% consulta reseñas online. Un 48% de ciudadanos reconoce mucha influencia cuando de buscar hoteles se trata. El 76% de la población escribe alguna reseña, tras usar el servicio de un hotel y un 67% tras pasar por un restaurante.

Los aspectos de las reseñas a los que se presta más atención es. – valoración media global (estrellas). Las reseñas online no equivalen a una evaluación técnica y objetiva. 

Según diversos estudios, el porcentaje aproximado de reseñas falsas en internet es del 10%.  Hay opinadores a sueldo. El sistema es asimétrico, son muchos los usuarios pasivos, y pocos los comentaristas activos. 

Las opiniones de otros, vienen de un igual, al que dotamos de confianza, no es publicidad de empresa. Nos aportan información y reducen incertidumbre, consideramos que evitan errores, tendemos a adaptarnos a las opiniones y comportamientos de la mayoría como la psicología ha demostrado en diversos experimentos. 

El boca a boca digital funciona, la mercadotecnia influyente utiliza una publicidad enfocada a los individuos. Ahí están los “influencer”, personas con credibilidad sobre un tema concreto, y en una comunidad determinada, capaces de persuadir y modificar el comportamiento de las decisiones de su audiencia. 

Por otro lado, y durante el confinamiento se han utilizado apps como “House Party”, para realizar videollamadas con personas a las que se quiere. 

La pandemia se ha acompañado de teorías delirantes, estrafalarias, de la conspiración. Una vida impredecible, donde crece la desconfianza, desde un componente emocional. Bulos, patrañas, negacionismo, gobiernos en la sombra, preguntas retóricas e insidiosas, dudas que son sembradas y buscan convencer al más escéptico. 

El confinamiento impulsó la búsqueda en las redes de lo que pasaba en el mundo, ya antes teníamos entre otras, teorías antivacunas, que cuestionan sus beneficios. También hay quien niega el Holocausto, el asesinato de Kennedy, la llegada del hombre a la luna, el 11-S. Estas teorías de conspiración son evidentemente erróneas, pero dotan de control, de predictibilidad. La ecosfera de la sospecha, de la desconfianza en el poder se dispara en tiempos de honda preocupación social, de falta de control. 

Ante la complejidad de la realidad diaria, y desde la distorsión del proceso cognitivo, se niega el azar, el accidente. Se busca señalar un culpable, un enemigo, un presunto complot. La palabra complot resurge, para probar una convicción, una creencia de que un pequeño grupo de personas dirige el mundo (Bill Gates; George Soros…). Teorías bizarras, especulaciones, que van desde Pearl Harbor a Lady Di, pasando por la afirmación de que la Tierra es plana, o el calentamiento mundial, un cuento chino. 

La “conspiranoia” deforma la realidad, parte de premisas no demostradas, no aportan ni una prueba científica, se apoya en explicaciones estrambóticas, muy extravagantes. Oímos hablar de los Illuminati, del contubernio del club Bilderberg. La explicación psicológica de estos dislates con características propias de los delirios, es que hay quien precisa creerse ficciones para explicarlo todo, parten de un sesgo de confirmación y reciben la sensación de pertenencia. 

Javier Urra

Prof. Dr. en Psicología y Dr. en Ciencias de la Salud

Académico de Número de la Academia de Psicología de España

RESPONSABILIDAD Y ÉTICA

Van pasando los días y el hartazgo está más presente. A veces para evadirse hay que tirar de los buenos recuerdos. Seguro que somos muchos los que hemos tirado de esos buenos recuerdos para aliviar la agonía que la pandemia está dejando en nuestras mentes. Las cifras dan pavor y las medidas son una constante para intentar aplacar la curva de contagio. Los ciudadanos nos estamos sacrificando mucho. De hecho, seguimos aguantando las mentiras que día tras día nos quieren hacer creer. Y si a todo esto añadimos los problemas con el abastecimiento de las vacunas y los egoístas que se han saltado el orden de vacunación es para enfadarse y, sobre todo, para pensar en qué valores priman en la sociedad. De la clase política es mejor no hablar, porque aunque no es bueno generalizar siempre destacan los que se aprovechan de su cargo para su propio beneficio. Esos son los mas lamentables de todos. 

Desde que todo esto comenzara el pasado mes de marzo, muchos aprendieron el significado de la palabra “resiliencia”, ponerla en práctica no siempre es fácil pero con tesón y mucha fuerza de voluntad fuimos renunciando a los abrazos, a los besos, a las reuniones, a ver a nuestros seres queridos, a nuestra rutina… Y todo esto sin saber cuándo volverá la verdadera normalidad. El pasado verano fue un espejismo que nos dejó de souvenir la segunda ola y, ahora, en la tercera seguimos viendo a muchos inconscientes que pasan de las medidas básicas anteponiendo su diversión a la salud de todos ya que se olvidan que los sanitarios están dejándose la piel para salvar la vida de quienes contraen la enfermedad. Su sacrificio es digno de alabar y si una imagen vale más que mil palabras, hemos podido ver imágenes muy duras dentro de los hospitales. Esas instantáneas no tendrían que dejarnos indiferentes, pero parece que nos han anestesiado ante todo lo que está pasando ya que lo mismo pasa con la cifra diaria de fallecidos. Son personas y no números, son familias que no volverán a ver a su ser querido y cuyas vidas por mucha normalidad que recuperemos nunca volverá a ser como antes. 

Es más, la pandemia nos va a pasar factura a todos de una manera o de otra y quienes tienen que velar por nuestra salud y tomar las decisiones oportunas están demostrando que dejan mucho que desear. Hace tiempo que decidí gobernarme a mí misma. Es mi responsabilidad saber lo que me conviene por mí y por mi familia. Tengo mucho respeto al virus pero no puedo hablar de miedo porque sé cómo tengo que actuar. Es cierto que nadie está libre de contagiarse pero no es tan difícil ponerse una mascarilla, lavarse las manos y respetar la distancia prudencial para ponérselo más complicado al COVID-19. Precisamente, en estos días de enero de hace unos años la vida me enseñó de una forma muy dura cuál es su valor y la importancia de las pequeñas cosas que carecían de relevancia. Me enseñó también a valorar cada día porque me di cuenta de que en un segundo todo puede cambiar. Por eso, aprendí a pelear por ella y ahora es el momento de defenderla de un virus complejo que ya nos ha arrebatado muchas cosas. Eso sí, con la esperanza por bandera y anhelando la vacuna, no dejaré, en la medida de lo posible, de disfrutar cada día porque la felicidad no tiene receta y quizás, en estos momentos, haya que hacer algún cambio de ingredientes. Lo que está claro es que cuando todo esto pase los abrazos no dados serán el mejor premio que esta pandemia nos puede dejar. Sin duda, ese pequeño gesto es felicidad en estado puro. Aguantemos sin desesperar porque con la inmunidad llegará eso que ahora soñamos. Hasta entonces, seamos responsables, usemos el sentido común, apoyemos a la ciencia y facilitemos el trabajo a nuestros sanitarios. Seamos un equipo por el bien de todos. 

Jimena Bañuelos

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TERCERA OLA

Nos dicen que vienen días muy duros, pero lo que estamos pasando desde el pasado mes de marzo no está siendo nada fácil. La única que consiguió robar el protagonismo al coronavirus la pasada semana fue Filomena. Sus daños son más que visibles y los restos de hielo todavía tardarán días en desaparecer, pero la realidad a la que nos enfrentamos son las consecuencias de nuestros actos. Las cifras de contagios son como para dejarnos helados porque el repunte es más que evidente. Hacía mucho tiempo que no hablábamos de semejantes números. Nos hablan de auto confinarnos, pero no tengo muy claro que eso vaya a funcionar por el hecho de ser voluntario. Los sanitarios están pidiendo un confinamiento, pero el Gobierno no está por la labor. Cuesta saber cuales son las prioridades del Ejecutivo. Por su parte, las Comunidades Autónomas están adoptando sus propias medidas. Se habla, sobre todo, del toque de queda y las restricciones a los hosteleros. La verdad es que los últimos van adaptándose a infinitos cambios y encima tienen que lidiar con la irresponsabilidad de muchos, ya que hay que reconocer que el comportamiento de los ciudadanos no es siempre un ejemplo a seguir.

Los datos de contagios día a día nos demuestran la facilidad con la que el virus se propaga. Además, no hay que normalizar la cifra de muertos porque tras esos números hay familias que han perdido a un ser querido. Y la esperanza está puesta en la vacuna. Los vacunados van aumentando lentamente y queda mucho hasta alcanzar la inmunidad tan deseada. Vivimos un presente complicado que nos está demostrando, una vez más, que el sentido común debe primar sobre nuestros anhelos de reunirnos, por ejemplo. Sabíamos que llegaría la tercera ola y ésta ya está aquí llenando los hospitales y las UCI y no será porque no nos habían avisado. La Navidad está teniendo sus consecuencias. Insisto en que los sanitarios no nos están pidiendo tanto. Debemos ayudarlos porque llevan muchos meses al pie del cañón. Es cierto que cada día que pasa es un día menos de esta pesadilla y que la luz al final del túnel es el pinchazo que todos anhelamos, pero hasta que podamos decir que esto se ha terminado tenemos que ser cautos y responsables. 

Dicen que después de la tempestad siempre llega la calma. Filomena ha pasado. Ahora es la tercera ola la que nos está azotando y aunque las fuerzas mermen hay que ser fuertes no sólo físicamente sino psicológicamente porque llevamos mucho encima como para tirar la toalla ahora. La esperanza es lo último que se pierde. Decía Noel Clarasó que “en cada amanecer hay un vivo poema de esperanza, y, al acostarnos, pensemos que amanecerá”. Por eso, soñemos que el proceso de vacunación se acelera. Soñemos que respetamos la medidas de seguridad, soñemos que la responsabilidad individual es el estandarte de cada uno, soñemos que el final está más cerca. Y si lo que hace que la vida sea interesante es la posibilidad de cumplir los sueños, éstos no son tan difíciles… Así que pongámonos manos a la obra. Sin duda, la unidad hace la fuerza y entre todos lo conseguiremos. 

Jimena Bañuelos

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FILOMENA

Hemos pasado del “Año Nuevo, vida nueva” al “año de nieves, año de bienes”. Teníamos ganas de dejar atrás el 2020 y arrancar el 2021 con la esperanza puesta en las vacunas para acabar con la pandemia. De momento, las cifras nos indican que la tercera ola está llegando y es que cuando bajamos la guardia el virus se propaga a gran velocidad. Los Reyes Magos nos llenaron de ilusión ante un año que está, sin duda, cargado de esperanza. Una esperanza que sigue unida a un pinchazo que anhelamos. De momento, la vacunación va lenta y si a esto le unimos la llegada de Filomena, el 2021 ha empezado, sin duda, dejando huella.

Huellas que muchos españoles hemos plasmado en la nieve porque todo el centro de España se tiñó de blanco. Madrid no veía sus calles así desde 1971 y los que hemos visto nevar incesantemente no nos hemos podido resistir a pisar la nieve en su estado más puro. Los adultos sacaron el niño que llevan dentro y no faltaron los esquíes por la Gran Vía, por el Paseo de la Castellana, por Recoletos y por un sin fin de calles que, también, se llenaban de muñecos de nieve y de alguna que otra batalla de bolas. Sin duda, esos ratos provocaron muchas sonrisas debajo de las mascarillas en estos momentos tan difíciles. Eso sí, una cosa es disfrutar un poco de la nieve y otra olvidar que la pandemia sigue sin darnos tregua. Había que tener precaución porque los hospitales no están, precisamente, para llenarse por una irresponsabilidad. Las imágenes de Sol bailando como si de una fiesta se tratase son decepcionantes porque los que siguen velando por nosotros no han parado de trabajar. Quizás un poco de colaboración no estaría de más. Filomena nos ha dejado estampas preciosas del Ayuntamiento, de la Fuente de Neptuno, del Congreso de los Diputados, de Atocha, de Cibeles y de muchos monumentos que nunca habíamos visto con un manto de nieve, pero también ha mostrado el nivel que hay de responsabilidad individual. 

Unas irresponsabilidades que veremos en qué se traducen porque estamos avisados, y las cifras lo demuestran, que los casos siguen aumentando. Desgraciadamente, las restricciones seguirán con nosotros y las consecuencias también están dejando huella. Una huella que no es nada agradable para quienes las sufren en primera persona. Queda todo el año por delante, esperemos que esos “bienes” que el refranero ha atribuido a Filomena sean una realidad. Continuamos en la carrera de fondo para vencer al coronavirus, la Navidad nos va a pasar factura, pero no volvamos a darle alas al Covid-19. Recordemos las medidas básicas que tanto nos recalcan los sanitarios. Es justo ayudarles con nuestra responsabilidad, porque ellos se están poniendo en riesgo para salvar muchas vidas. 

Filomena ya forma parte del pasado, de la historia de nuestro país, pero todavía para hablar de la pandemia tenemos que conjugar los verbos en presente. Quizás, a lo largo de los meses podamos usar el pretérito, en nuestro sentido común está lograrlo. Ya vemos una luz al final del túnel, por cierto hasta su recibo ha subido, pero hasta que salgamos de él usemos la esperanza como aliada porque aunque la situación nos pueda superar somos más fuertes de lo que nos creemos. Superamos el 2020.

RESPONSABILIDAD INDIVIDUAL

Y la cuenta atrás sigue bajando. La Navidad está llamando a nuestras puertas y hay quienes se resisten a renunciar a las reuniones familiares. Este año nos ha dejado sin todas nuestras fiestas más tradicionales, de hecho, muchas de ellas han sufrido su primera cancelación en lo que llevan de historia, pero a la Navidad no se renuncia, sólo hay que adaptarla a las circunstancias actuales. Los hechos nos han enseñado cómo el virus se propaga y, sinceramente, con tal de proteger a los seres que más queremos, no deberíamos necesitar ninguna justificación más para juntarnos.

Hace años era impensable vernos a través de una pantalla de teléfono, pero ahora la tecnología está a nuestro favor y siempre será mejor una videollamada y un “estoy bien” en la distancia que lamentar males mayores. A estas alturas del año hay que celebrar la Navidad pero también la salud si ésta no se ha visto afectada en esta pandemia. Motivos para sonreír siempre hay, únicamente hay que tener la voluntad de buscarlos. No importa la distancia cuando las prioridades son otras. Volveremos a reunirnos pero si no nos lo tomamos en serio, el año que viene puede venir con una tercera ola. Algo indeseable porque esta pandemia ya se ha cobrado demasiadas vidas. Seamos conscientes de que todo depende de nuestra responsabilidad individual y, aunque se tomen medidas, lo más efectivo siempre será el sentido común. 

Y será este sentido común, el que nos lleve a vivir estas fiestas de una forma diferente. No estoy diciendo que sea fácil renunciar a las tradiciones, pero llevamos demasiados meses adaptando nuestras vidas a la nueva realidad que nos ha tocado. Un último esfuerzo no es mucho pedir. Además, la vacuna ya está en boca de todos. La cuenta atrás para su llegada también ha comenzado. Ilusiona pensar que el final, aunque siga siendo incierto, está cada vez más cerca. Sólo por eso, la responsabilidad en estas fechas es fundamental.

Miramos al Año Nuevo con el optimismo por bandera, será un año de transición para recuperar la normalidad que el virus nos arrebató. Tenemos ganas de pasar página, pero para dejar atrás la pandemia tenemos que poner todos de nuestra parte. La receta de la felicidad no tiene unos ingredientes fijos, quizás sea el momento de adaptarla a las circunstancias. La Navidad está a la vuelta de la esquina, seguirá siendo la época de los sueños, de la ilusión y, por eso, me niego a renunciar a ella y, por supuesto, a todo lo que conlleva. Eso sí, siempre con la responsabilidad muy presente. Tengo claro que vivo de regalo desde hace muchos años y este virus no va a hacer que renuncie a estas fiestas. Ser feliz es lo que cuenta y la vida me enseñó que la actitud ante la adversidad es fundamental. Me adaptaré a la medidas establecidas, tomaré mis propias precauciones porque lo que verdaderamente me preocupa es la salud de todas las personas a las que quiero. La vida está para disfrutarla, pero también está para cuidarla. No olvidemos que en un segundo todo puede cambiar y toda precaución es buena. Ya vendrá el 2021 para mejorar al 2020, hasta entonces pongamos en práctica el sentido común. Nos irá mejor. 

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

Enlace: https://www.elvalle.com.mx/columnas-y-opinion/story/18236/responsabilidad-individual

LUCES

Estrenamos el último mes del año. Un año difícil, duro y que, afortunadamente, tiene los días contados. Diciembre nos trae las fiestas más familiares y con ellas la incertidumbre de saber si podremos reunirnos con nuestros seres queridos. Todavía estamos afrontando la pandemia y, a pesar de las circunstancias, no es momento de bajar la guardia. Es cierto que en algunas ciudades de España las cifras de contagios están dando una tregua, pero aún así no hay que relajarse. Estamos pendientes de las medidas que se van a adoptar, pero quienes derrochan espíritu de Navidad harán todo lo posible para juntarse con los suyos. Eso entraña riesgos y lo peor sería que enero viniera no solo con su famosa cuesta sino con una tercera ola. Eso es mejor ni pensarlo porque también el 2021 nos traerá la vacuna, según dicen.

De momento, vivamos en el presente y disfrutemos de una Navidad marcada por el coronavirus pero, en definitiva, una Navidad. Las luces ya están encendidas y a juzgar por cómo estaban las calles el pasado fin de semana, los ciudadanos anhelamos el pasado. Será de las pocas veces que haya que tirar de recuerdos para desear que todo vuelva a ser como antes. Madrid, no solo presume de sus datos, sino que además su gente ha vuelto a llenar las calles. En la Gran Vía era difícil mantener la distancia de seguridad, pero las mascarillas estaban garantizadas. Los selfies y las fotos con la iluminación eran casi obligatorias, porque la ilusión de ver los árboles o la gigantesca bola te hacen olvidar, aunque solo sea por un momento, la cruda realidad que este año nos ha dejado. Nos guste o no la Navidad hay que celebrarla ya que la pandemia nos ha arrebatado demasiadas cosas. Obviamente habrá que adaptarla, pero me niego a renunciar a ella. 

En treinta días, a golpe de campanada diremos adiós a este horrible año. Es cierto que ha sido devastador, que nos ha borrado la sonrisa en algún momento pero no podemos doblegarnos a él. Hemos sido fuertes durante muchos meses, nos hemos adaptado, en la medida de lo posible, a todo lo que nos han pedido, pero estamos en la recta final y ya se habla de la vacuna. Una vacuna que en el mes de marzo parecía inalcanzable. El tiempo pasa. Las circunstancias parece que lo han ralentizado, pero diciembre ya está aquí. La última hoja del calendario es la que muchos queremos quitar. Paseaba el otro día por la Puerta del Sol y no pude no pensar en el Año Nuevo. Afortunadamente, la gente a la quiero tiene salud y con eso me conformo. Sé que sin ella pocas cosas se pueden hacer, por eso, este año aunque sea por videollamada abrazaré a los míos.

La cuenta atrás ha comenzado, las luces dan el pistoletazo con el que empieza a palparse el ambiente navideño. El sorteo del día 22 es el anuncio de que estamos en Navidad. Ya queda menos y, aunque entiendo que no a todos os pueden agradar las fiestas navideñas, de lo que estoy más que convencida es que la luz que no se puede apagar es la de la esperanza. Su verde tiene que iluminarnos a todos porque es el motor para salir de esta pesadilla. Ahora más que nunca, verde que te quiero verde.

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

Enlace: https://www.elvalle.com.mx/columnas-y-opinion/story/17991/luces

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