RESPONSABILIDAD Y ÉTICA

Van pasando los días y el hartazgo está más presente. A veces para evadirse hay que tirar de los buenos recuerdos. Seguro que somos muchos los que hemos tirado de esos buenos recuerdos para aliviar la agonía que la pandemia está dejando en nuestras mentes. Las cifras dan pavor y las medidas son una constante para intentar aplacar la curva de contagio. Los ciudadanos nos estamos sacrificando mucho. De hecho, seguimos aguantando las mentiras que día tras día nos quieren hacer creer. Y si a todo esto añadimos los problemas con el abastecimiento de las vacunas y los egoístas que se han saltado el orden de vacunación es para enfadarse y, sobre todo, para pensar en qué valores priman en la sociedad. De la clase política es mejor no hablar, porque aunque no es bueno generalizar siempre destacan los que se aprovechan de su cargo para su propio beneficio. Esos son los mas lamentables de todos. 

Desde que todo esto comenzara el pasado mes de marzo, muchos aprendieron el significado de la palabra “resiliencia”, ponerla en práctica no siempre es fácil pero con tesón y mucha fuerza de voluntad fuimos renunciando a los abrazos, a los besos, a las reuniones, a ver a nuestros seres queridos, a nuestra rutina… Y todo esto sin saber cuándo volverá la verdadera normalidad. El pasado verano fue un espejismo que nos dejó de souvenir la segunda ola y, ahora, en la tercera seguimos viendo a muchos inconscientes que pasan de las medidas básicas anteponiendo su diversión a la salud de todos ya que se olvidan que los sanitarios están dejándose la piel para salvar la vida de quienes contraen la enfermedad. Su sacrificio es digno de alabar y si una imagen vale más que mil palabras, hemos podido ver imágenes muy duras dentro de los hospitales. Esas instantáneas no tendrían que dejarnos indiferentes, pero parece que nos han anestesiado ante todo lo que está pasando ya que lo mismo pasa con la cifra diaria de fallecidos. Son personas y no números, son familias que no volverán a ver a su ser querido y cuyas vidas por mucha normalidad que recuperemos nunca volverá a ser como antes. 

Es más, la pandemia nos va a pasar factura a todos de una manera o de otra y quienes tienen que velar por nuestra salud y tomar las decisiones oportunas están demostrando que dejan mucho que desear. Hace tiempo que decidí gobernarme a mí misma. Es mi responsabilidad saber lo que me conviene por mí y por mi familia. Tengo mucho respeto al virus pero no puedo hablar de miedo porque sé cómo tengo que actuar. Es cierto que nadie está libre de contagiarse pero no es tan difícil ponerse una mascarilla, lavarse las manos y respetar la distancia prudencial para ponérselo más complicado al COVID-19. Precisamente, en estos días de enero de hace unos años la vida me enseñó de una forma muy dura cuál es su valor y la importancia de las pequeñas cosas que carecían de relevancia. Me enseñó también a valorar cada día porque me di cuenta de que en un segundo todo puede cambiar. Por eso, aprendí a pelear por ella y ahora es el momento de defenderla de un virus complejo que ya nos ha arrebatado muchas cosas. Eso sí, con la esperanza por bandera y anhelando la vacuna, no dejaré, en la medida de lo posible, de disfrutar cada día porque la felicidad no tiene receta y quizás, en estos momentos, haya que hacer algún cambio de ingredientes. Lo que está claro es que cuando todo esto pase los abrazos no dados serán el mejor premio que esta pandemia nos puede dejar. Sin duda, ese pequeño gesto es felicidad en estado puro. Aguantemos sin desesperar porque con la inmunidad llegará eso que ahora soñamos. Hasta entonces, seamos responsables, usemos el sentido común, apoyemos a la ciencia y facilitemos el trabajo a nuestros sanitarios. Seamos un equipo por el bien de todos. 

Jimena Bañuelos

Enlace: https://www.elvalle.com.mx/columnas-y-opinion/story/19406/responsabilidad-y-etica

RESPONSABILIDAD INDIVIDUAL

Y la cuenta atrás sigue bajando. La Navidad está llamando a nuestras puertas y hay quienes se resisten a renunciar a las reuniones familiares. Este año nos ha dejado sin todas nuestras fiestas más tradicionales, de hecho, muchas de ellas han sufrido su primera cancelación en lo que llevan de historia, pero a la Navidad no se renuncia, sólo hay que adaptarla a las circunstancias actuales. Los hechos nos han enseñado cómo el virus se propaga y, sinceramente, con tal de proteger a los seres que más queremos, no deberíamos necesitar ninguna justificación más para juntarnos.

Hace años era impensable vernos a través de una pantalla de teléfono, pero ahora la tecnología está a nuestro favor y siempre será mejor una videollamada y un “estoy bien” en la distancia que lamentar males mayores. A estas alturas del año hay que celebrar la Navidad pero también la salud si ésta no se ha visto afectada en esta pandemia. Motivos para sonreír siempre hay, únicamente hay que tener la voluntad de buscarlos. No importa la distancia cuando las prioridades son otras. Volveremos a reunirnos pero si no nos lo tomamos en serio, el año que viene puede venir con una tercera ola. Algo indeseable porque esta pandemia ya se ha cobrado demasiadas vidas. Seamos conscientes de que todo depende de nuestra responsabilidad individual y, aunque se tomen medidas, lo más efectivo siempre será el sentido común. 

Y será este sentido común, el que nos lleve a vivir estas fiestas de una forma diferente. No estoy diciendo que sea fácil renunciar a las tradiciones, pero llevamos demasiados meses adaptando nuestras vidas a la nueva realidad que nos ha tocado. Un último esfuerzo no es mucho pedir. Además, la vacuna ya está en boca de todos. La cuenta atrás para su llegada también ha comenzado. Ilusiona pensar que el final, aunque siga siendo incierto, está cada vez más cerca. Sólo por eso, la responsabilidad en estas fechas es fundamental.

Miramos al Año Nuevo con el optimismo por bandera, será un año de transición para recuperar la normalidad que el virus nos arrebató. Tenemos ganas de pasar página, pero para dejar atrás la pandemia tenemos que poner todos de nuestra parte. La receta de la felicidad no tiene unos ingredientes fijos, quizás sea el momento de adaptarla a las circunstancias. La Navidad está a la vuelta de la esquina, seguirá siendo la época de los sueños, de la ilusión y, por eso, me niego a renunciar a ella y, por supuesto, a todo lo que conlleva. Eso sí, siempre con la responsabilidad muy presente. Tengo claro que vivo de regalo desde hace muchos años y este virus no va a hacer que renuncie a estas fiestas. Ser feliz es lo que cuenta y la vida me enseñó que la actitud ante la adversidad es fundamental. Me adaptaré a la medidas establecidas, tomaré mis propias precauciones porque lo que verdaderamente me preocupa es la salud de todas las personas a las que quiero. La vida está para disfrutarla, pero también está para cuidarla. No olvidemos que en un segundo todo puede cambiar y toda precaución es buena. Ya vendrá el 2021 para mejorar al 2020, hasta entonces pongamos en práctica el sentido común. Nos irá mejor. 

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

Enlace: https://www.elvalle.com.mx/columnas-y-opinion/story/18236/responsabilidad-individual

ALGO IRRENUNCIABLE: MIS PRINCIPIOS

b101fa9bdd0c35b4319fa7cdeb1495ae_XL

Mi columna para El Valle de México

Es cierto que vamos avanzando y restando días para que todo esto acabe, pero la incertidumbre nos impide marcar en el calendario la fecha señalada. No hay que perder el tiempo cuestionándose cuándo llegará el día puesto que todo dependerá de muchos factores y, por desgracia, eso no está en nuestras manos; aunque me reitero en afirmar que el sentido común tiene que ser fundamental. No importa en qué fase nos encontremos porque sólo con él podemos ir rebajando las cifras que tanto nos atormentan. Hablar de repunte pone los pelos de punta, pero no hay que olvidar que el virus sigue con nosotros y, por eso, no hay que bajar la guardia. Llevamos mucho ganado y no es momento de tirarlo todo por tierra. Ni un paso atrás es la mejor actitud y aunque el cansancio, la agonía, el estrés y hasta la ansiedad quieran batir nuestras fuerzas, pensar en los abrazos, las celebraciones y los momentos que nos esperan con nuestros seres queridos son la mejor motivación para no venirnos abajo.

Cuento los días que llevo de confinamiento, pero cuento también los días para ir recuperando la normalidad, pero no “la nueva normalidad” que nos vendió el presidente del Gobierno sino la normalidad que tenía antes de que todo comenzara. Sé que ésta tardará algo más, pero estoy convencida de que llegará. Ahora, quizás, eso sea un sueño pero siempre he creído que los sueños se convierten en realidad si se trabaja por ellos. No va a ser fácil, pero no es imposible siempre y cuando todos rememos en la misma dirección. Anhelo esa libertad que abanderaba mi vida. La misma que me permitía disfrutar de ella según “me lo pedía el cuerpo”. No había horarios, ni condiciones, ni fases, ni medidas absurdas… Simplemente, había unos principios que siguen siendo irrenunciables para mí, un sentido común inalterable y una única verdad: la vida está para vivirla extrayendo todo su meollo. ¡Ojo! Esto no quiere decir que ahora no lo esté haciendo porque hasta del confinamiento se aprende y mucho. En las situaciones complicadas descubres cosas de ti que ni tú mismo conocías, las cuales, también son importantes. No os contaré mis secretos porque desde que la vida me cambió hace catorce años, cada día descubro algo nuevo en mí. De hecho, cuando vives de regalo ya nada vuelva a ser como antes.

Eso sí, puedo confesar que este confinamiento me ha demostrado que entre fogones no me desenvuelvo mal, que me he puesto al día en las series que tenía pendientes de ver, que la lectura combate el aburrimiento acortando las horas mientras te adentras en grandes historias y, sobre todo, me ha reafirmado algo que ya tenía claro: Necesito muy poco para ser feliz. Lógicamente, cada persona es un mundo, y por eso, las críticas banales caen en saco roto, porque en mi mundo gobierno yo. De hecho, no necesito palabrerías ajenas porque, insisto, el sentido común y una personalidad forjada por el trabajo, la lucha, el esfuerzo, y obviamente, la vida, me han demostrado que el tiempo es uno de mis bienes más preciados. Por eso,  no tengo tiempo que perder ante quien no se lo merece, y en estos momentos, los políticos y sus ruedas de prensa vacías de contenidos sensatos son un claro ejemplo. Saldremos de esta situación, no lo dudo, pero muchos no podrán mirar a los ojos a quienes han mentido. Ya dijo Fiodor Dostoievski: “El hombre que se miente a sí mismo y escucha su propia mentira llega a un punto en que no puede distinguir la verdad dentro de él, y por tanto, pierde todo respeto por sí mismo y por los demás.”

Ahí lo dejo y si alguien se da por aludido, no es mi problema, sino el suyo.

 

Enlace: https://www.elvalle.com.mx/columnas-y-opinion/story/12061/algo-irrenunciable-mis-principios

ANTE LA NUEVA FASE: SENTIDO COMÚN

b101fa9bdd0c35b4319fa7cdeb1495ae_XL

Mi columna para  El Valle de México

Y llegó el día de salir a la calle. El día que muchos estaban esperando ya que el confinamiento empezaba a ponerse cuesta arriba. ¿A quién le importan las fases que ha marcado el gobierno? Sinceramente, a muy pocos. Ni siquiera he intentando entenderlas porque todo dependerá de cómo vayan evolucionando los datos. Eso sí, los chistes parodiando las fases como si de las “partes contratantes” de los famosos hermanos Marx se tratasen no tienen precio. La verdad es que durante este tiempo de aislamiento el sentido del humor se ha mantenido porque las declaraciones de los diferentes ministros han dado mucho juego y me temo que lo seguirán haciendo.

A estas alturas y después de haber perdido la cuenta de los días que llevo en mi casa, me sé los horarios en los que puedo salir a hacer deporte, a caminar o a lo que me plazca, porque nadie me puede obligar a que mi corazón marque determinadas pulsaciones. Demasiado hemos aguantado ya. La mascarilla solo será obligatoria en el transporte público, aunque no hay que olvidar que el virus sigue estando entre nosotros y que ya tenemos mucho ganado en esta pandemia que nos cambió la vida de repente. Quizás hablar de sentido común sería más lógico aunque, visto lo visto, no sé yo si todo el mundo está dispuesto a ponerlo en práctica. Ya hemos perdido el mes de abril, poco a poco, podemos disfrutar del mes de mayo y, quizás, si hacemos bien las cosas, podamos dar la bienvenida a un verano, algo condicionado, pero, al fin de cuentas, a un verano que de por sí lleva implícito el verbo “disfrutar”.

Disfrutar es lo que queremos, es lo que anhelamos desde que nos encerramos entre las cuatro paredes de nuestras casas. Cada uno sabe cómo conseguir que su rostro luzca una sonrisa. La felicidad no entiende de recetas pero, sin duda, es la mejor medicina para quienes soñamos con abrazar a nuestra familia, ver a nuestros amigos o simplemente despertarnos cada mañana con la salud en plena forma. Hace tiempo que mis prioridades cambiaron y ahora, en este confinamiento, me he dado cuenta que aquella dura lección de vida me preparó para un presente que ha cambiado radicalmente. Reconozco que me ha traído recuerdos porque la mascarilla, por ejemplo, solo la podía asociar a aquel inolvidable 2006. Ahora, ha vuelto para quedarse un tiempo. Que es incómoda, ya lo sé, pero que te protege también. Sinceramente, mi sentido común me invita a ponérmela y suelo hacerle caso porque nunca me ha fallado. Y como la mascarilla muchas cosas más. A todo se acostumbra uno.

El “ahora” es diferente, pero no es una “nueva normalidad” como dijo el presidente del Gobierno. La normalidad que conocíamos forma parte el pasado. Ahora comenzamos una nueva etapa que nada tendrá que ver con la anterior. Y aunque el coronavirus, de momento, siga con nosotros, cada uno puede poner en práctica lo que el confinamiento le ha enseñado. Unos tendrán cicatrices de por vida y otros, los más afortunados, motivos para disfrutar el presente de verdad, sin ponerle peros ni quejas constantemente. Estamos despertando de una pesadilla que solo el tiempo irá borrando de nuestra memoria, pero hasta entonces, vivamos hoy porque, sinceramente, el mañana es una gran mentira.

Enlace: https://www.elvalle.com.mx/columnas-y-opinion/story/11851/ante-la-nueva-fase-sentido-comun