ENCENDER NUESTRA PROPIA LUZ

Estamos ya en el ecuador de noviembre y, después del siempre comentado “día del soltero”, parece que todo el universo gira alrededor del “Black Friday” y del “Cyber Monday”. Aún falta más de una semana, pero la carrera de los descuentos ya está lanzada. Es inevitable: la invitación a comprar aparece en cada esquina y la tentación de darnos un capricho, también. No seré yo quien reniegue de ello; un detalle a tiempo puede enderezar un día torcido. Las cosas como son. Y es que, aunque lo neguemos, estamos entrando en esa antesala silenciosa de la Navidad que, por mucho que intentemos frenar, acaba llegando siempre, exactamente igual que las estaciones, los recuerdos y los anhelos.

Sin embargo, en medio de todo este movimiento comercial, solemos olvidar lo esencial. Porque sí, es cierto que un regalo nos despierta una sonrisa, pero lo que realmente sostiene la vida es la salud. Esa salud que muchos solo escriben con mayúscula el 22 de diciembre, cuando la Lotería de Navidad reparte suerte, y quien no sale premiado se aferra al consuelo de “Bueno… al menos tenemos salud”. Pero la salud no es un consuelo. Es, en realidad, el auténtico gordo que nos toca cada mañana sin necesidad de bombos, décimos ni rituales. Con salud podemos soñar, caminar hacia lo que queremos, resolver lo que se complica y disfrutar de lo que llega. Ahí está lo más importante de nuestro día a día. Por eso, frente al espejo, la primera sonrisa del día debería ser para recordarnos que estamos aquí, presentes y que ese presente puede cambiar en un segundo, de ahí, la importancia de valorar lo que tenemos al margen de ese dinero que trae el azar.

El calendario avanza sin pedir permiso. Noviembre, que empezó entre flores, velas y recuerdos, está listo para cambiar de ritmo. El auténtico pistoletazo de salida a la Navidad será este sábado, cuando Madrid encienda sus luces. Y entonces ocurrirá ese pequeño milagro anual: la ciudad se transformará. Aún es pronto para decir que el espíritu de la Navidad lo inunda todo, pero sus emisarios ya están aquí. Desde el próximo fin de semana, cambiarán los colores, cambiará el aire, cambiarán los pasos de la gente porque ese encendido marca un antes y un después. Todo sonará a invierno recién estrenado aunque no sea su tiempo. Las calles intentan invitar a pasear más despacio y las ilusiones se despiertan casi sin querer. Porque la Navidad, incluso antes de llegar, tiene la capacidad de iluminar rincones que creíamos apagados. Nos guste o no.

Quizá se trate precisamente de eso: de aprender a dejarnos llevar cuando toca, sin perder de vista lo importante. Darse un capricho es válido, pero más válido es regalarnos bienestar. A veces basta una tarde tranquila, un café compartido, una conversación pendiente o un paseo sin prisa. La vida está hecha de instantes pequeños que se van acumulando sin ruido, de momentos que llegan cuando quieren y no cuando los apuramos. Intentar frenar el tiempo es inútil; llega cuando tiene que llegar, y pasa exactamente igual.

Por eso, aunque cambien las modas, los descuentos, los villancicos adelantados o las prisas que parecen acompañar cada final de año, hay algo que permanece inalterable: la necesidad de cuidarnos. De valorar lo que tenemos, de agradecer lo cotidiano y de mantener encendida esa luz interior que no depende de adornos, bombillas o escaparates. Porque cuando las luces de la ciudad se encienden, lo que realmente importa es asegurarnos de que también brillen las nuestras, las que nadie ve pero que cada uno de nosotros sabemos que son nuestro motor más importante. Ese motor que jamás debería apagarse.

Jimena Bañuelos

EL CALOR QUE LLEGA CON EL FRÍO

De repente, sin previo aviso, los termómetros se desploman. El aire se vuelve más frío e incluso más afilado cuando entra en contacto con nuestro rostro, quizás este frío nos sorprende a todos, como si no supiéramos que noviembre siempre llega puntual a su cita. Pero el cuerpo, rebelde o testarudo, en muchos casos, no entiende de calendarios. Se queja, se encoge y pide una tregua. Entre el cambio de hora y el cambio de temperatura, parece que todo cuesta un poco más. Los días se achican, la luz se esconde demasiado pronto y el verano se cuela en la memoria como una vieja canción que no queremos olvidar. Qué fácil era todo entonces: los pies descalzos sobre la arena, el olor a sal, las risas en un chiringuito que ahora guarda silencio y un hueco vacío donde sonaban los ritmos estivales. Bendito verano, con sus tardes interminables y su manera sencilla de hacernos sentir vivos.

Pero vivos estamos y noviembre nos obliga a adaptarnos, nos hace rescatar las bufandas del fondo del armario y a aceptar que los días de frío han llegado para quedarse. Quizás una buena ración de buñuelos o de la corona de La Almudena hubiera suavizado el golpe. No queda otra que tirar de refranero y repetir, casi como un mantra, eso de “al mal tiempo buena cara”. Porque si algo no puede faltar, ni en invierno ni en la vida, es el sentido del humor. Aunque el viento nos pellizque las mejillas, hay que seguir sonriendo.

Y mientras tanto, mientras las ciudades se preparan para encender sus luces. Los escaparates ya huelen a Navidad antes incluso de que hayamos terminado el otoño. Se acerca el Black Friday, esa cita que muchos esperan como si fuera la antesala de la felicidad envuelta en papel de regalo. Pero entre tanto anuncio, tanto descuento y tanta prisa por comprar, se nos olvida a veces lo más importante: que también podemos disfrutar de lo que ya tenemos, de esos pequeños placeres que tienen más valor que muchos objetos que vienen envueltos.

Noviembre no nos va a dejar fríos si sabemos, como ya dije hace una semana, bajar el ritmo. Puede ser un mes perfecto para ello. Para volver a mirar dentro. Para encender una vela, hacerse un café o un chocolate y dejar que el silencio se acomode en casa. Afuera puede hacer frío, pero dentro siempre hay espacio para la calidez de las pequeñas cosas. Una manta sobre las piernas, una buena lectura que nos lleve lejos sin movernos del sofá, una película que nos abrace cuando el día se oscurece temprano. En eso también consiste la vida: en aprender a encontrar belleza en lo sencillo. Muchas veces no necesitamos tanto el brillo de las luces como la claridad de los momentos compartidos. Esos que no se compran ni se descuentan. Porque cuando todo se apaga y me refiero a los anuncios, a las pantallas o el ruido… lo que queda es eso: un rato tranquilo, una charla sin prisa, y hasta un pensamiento amable. 

Y aunque ahora el frío se haya instalado sin pedir permiso, será en pleno invierno cuando lleguen las fiestas más cálidas del año. Esas que no necesitan sol para encendernos por dentro, porque se alimentan de abrazos, de reencuentros y de la magia sencilla de estar juntos. El termómetro podrá marcar bajo cero, pero bastará una mesa compartida, una risa o un recuerdo para que el corazón entre en calor y la temperatura ambiental suba. Porque, al final, el invierno no enfría el alma: el frío de fuera se combate con el calor de dentro. Y es entonces, justo entonces, cuando la vida nos recuerda que las emociones también saben encender sus propias luces.

Jimena Bañuelos

Enlace en EL VALLE (México): https://elvalle.com.mx/2025/11/11/el-calor-que-llega-con-el-frio/

MIENTRAS LLEGA DICIEMBRE

Se nos llena la boca diciendo que hay que vivir el presente. Lo decimos con convicción, como si repitiéndolo bastara para que el tiempo se detuviera y nos esperara. Pero no. La vida sigue su curso mientras nosotros corremos detrás del calendario. Y así, casi sin darnos cuenta, ya estamos en noviembre… aunque todo a nuestro alrededor grite “¡Feliz Navidad!”.

Porque es cierto que la Navidad llegará, pero parece que tiene prisa. O, quizás, somos nosotros los que tenemos prisa. Desde septiembre ya se intuía su olor a canela y sus luces LED. Ahora, cuando apenas acabamos de inaugurar el penúltimo mes del año, las calles ya lucen las bombillas, los escaparates se preparan y brillan con el entusiasmo de quien no sabe esperar, y hasta los árboles de Navidad estiran sus ramas en los centros comerciales, listos para la foto perfecta. Y claro, Mariah Carey ha vuelto. Como cada año, abre la puerta musical de la temporada con su eterno “All I want for Christmas is you”, despertando entre copos de purpurina al espíritu navideño más madrugador.

Pero entre tanta anticipación, ¿quién se acuerda del presente?

Noviembre está aquí, como siempre, con sus tardes de escasa luz, sus cielos más cubiertos y, lógicamente con planes de manta y sofá. Sin duda, es un mes tranquilo, quizás sea ese puente entre la calma y el ruido venidero. También es la nostalgia que nos invita a mirar hacia atrás, y por supuesto, hacia delante sin ansiedad. No obstante, hay que reconocer que lo estamos viviendo a medias, eclipsado por un diciembre que aún no ha llegado pero ya ocupa todo el espacio.

La verdad es que el año se nos ha escurrido como agua entre los dedos. Tal vez sea momento de parar un instante, respirar y reconciliarnos con el tiempo. Porque el tiempo no es oro, aunque lo digan. El tiempo es vida, no lo olvidemos. El oro brilla, sí, pero el tiempo se vive. Late. Se nos cuela entre las horas y deja su huella en la piel y en los recuerdos. La vida es eso que sucede mientras colgamos luces y hacemos listas de propósitos. Y quizá ahí esté el truco: recordar que no hay mejor regalo que este instante.

Ser feliz no se compra ni se promete con las uvas de Año Nuevo. Ser feliz es mirarse al espejo y sonreír de verdad, sentirse pleno. No hay que buscar esos ‘peros’ que nos ponemos a menudo. Es cierto que todavía estamos a tiempo de cumplir un propósito pendiente, de intentarlo una vez más, de creer que algo puede cambiar. Eso también es Navidad, aunque no lo envuelva un papel de regalo. Los sueños son los que nos mantienen despiertos. Son un gran motor de nuestro presente. Son el hilo invisible que da sentido al camino. Y sí, la Navidad tiene algo de eso: de magia, de ilusión, de segundas oportunidades. La Navidad llegará con ese espíritu especial, pero ojalá no necesitáramos un calendario para sentirla. Ojalá viviéramos con ese mismo espíritu todo el año, con más bondad que apariencia, con más alma que adorno.

Porque la vida, aunque esté rodeada de turrones, mazapanes, luces o regalos, no espera. Se escapa si no la abrazamos, si no la sentimos, si la dejamos ir. Así que, antes de que diciembre nos atrape con su bullicio, regalémonos, de verdad, un poco de noviembre. Escuchemos el silencio, la lluvia, la calma… Escuchémonos a nosotros mismos…Que todavía no es Navidad, aunque el mundo insista.

Y quizá ahí, en ese instante sencillo, encontremos lo que tanto buscamos: la vida misma, sin prisas y con sentido. Esa vida que nos intentan acelerar, pero que únicamente tiene un presente y es: AHORA.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/11/03/mientras-llega-diciembre/

RECORDAR ES VOLVER A ABRAZAR

Octubre se despide mientras se representa a Don Juan Tenorio. Las hojas crujen bajo los pasos y el aire se vuelve más fino. En México, cuando el calendario roza noviembre, el país entero se transforma: los altares florecen, las velas parpadean en las ventanas y el naranja del cempasúchil tiñe las calles con su luz dorada. Es tiempo de recordar. Es tiempo de sentir cerca a los que se fueron.

El Día de Muertos no es una fecha cualquiera. Es una celebración que trasciende el calendario para convertirse en un diálogo entre mundos. Lo sé bien. Hace años, mientras vivía un Halloween al más puro estilo americano con disfraces, calabazas y caramelos tuve la fortuna de descubrir la otra cara de estas fechas: la mexicana. La que huele a incienso, sabe a azúcar y suena a guitarras que acompañan las almas. El naranja del cempasúchil no es el mismo que el de las calabazas; el suyo tiene algo de fuego, de memoria, de eternidad. Junto a las pequeñas calaveras de azúcar y papel, los altares se alzan como obras de arte. No en vano, la UNESCO reconoció esta tradición como Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Y cómo no hacerlo, si cada flor, cada fotografía y cada ofrenda cuentan una historia que sigue viva.

Ahora bien, mientras en México se levantan altares llenos de color, en España, el 1 de noviembre llega con otro tono: más sobrio, más callado, pero igual de sentido. Es el Día de Todos los Santos, y las flores también se convierten en mensajeras de amor. Los cementerios se llenan de crisantemos, de rezos, de silencios compartidos. Las familias visitan las tumbas, encienden velas y dejan que la memoria se acomode junto al mármol frío. Aquí no hay calaveras de azúcar, pero sí buñuelos de viento y huesos de santo. Cada uno con su historia, con su sabor a infancia y tradición.

Dicen que “la vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos”, y es verdad. No hace falta que llegue noviembre para echarlos de menos. Hay ausencias que nos acompañan cada día. Lo recordaba Lamartine cuando escribió que “a menudo el sepulcro encierra dos corazones en un mismo ataúd”. Y pienso en mi abuela. En sus manos sosteniendo una caja de huesos de santo, su dulce favorito, en su sonrisa al ofrecerlos. Yo, que siempre fui más de buñuelos, me los comía solo por verla feliz.

El amor, ese sí, no muere. Ni con los años ni con los silencios. “Sólo se muere cuando se olvida”, dicen en “Coco”, y qué razón tienen. Por eso estos días, entre la nostalgia y la gratitud, miro hacia atrás y sonrío. Porque los buenos recuerdos, cuando se encienden, iluminan más que la tristeza.

Y claro, toda tradición tiene su sabor. En mi casa, desde hace más de una década, no falta el pan de muerto. No soy repostera, ni la cocina es lo mío, pero una vez al año me atrevo a encender el horno y dejar que la magia haga lo suyo. Harina, azúcar, mantequilla, levadura, huevos… y un toque de azahar, que es aroma de eternidad. Mientras amaso, pienso en lo que representa: el cráneo, los huesos, el círculo de la vida. Pan y símbolo. Muerte y vida. Todo unido en un mismo aroma que inunda la cocina.Porque al final, los que seguimos aquí tenemos que continuar caminando. Con los que amamos en el corazón, con su memoria latiendo en cada paso. Lincoln tenía razón cuando escribió: “Lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años.” 

En definitiva, en México o en España, noviembre siempre consistirá en recordar que, mientras alguien nos piensa, nunca nos hemos ido del todo.

Jimena Bañuelos

Enlace en EL VALLE (México): https://elvalle.com.mx/2025/10/28/recordar-es-volver-a-abrazar/

BURGOS ES RAÍZ, HISTORIA Y DIGNIDAD

Hay chistes que no hacen gracia. Comentarios repetidos que ya no son bromas, sino burlas que delatan ignorancia. El otro día ante un texto en inglés leí este comentario: “traducido también al español… para los de Burgos o Soria”. ¿De verdad eso le hace gracia a alguien? ¿Quién necesita rebajarse a ese nivel para llamar la atención?

Solo quien no conoce Burgos puede permitirse el lujo de despreciarla. Solo quien no ha pisado sus calles ni ha escuchado a su gente puede intentar reírse con chistes fáciles. Porque Burgos es historia viva, cabeza de Castilla y ejemplo de dignidad. En esta ciudad nació buena parte de lo que hoy entendemos por España. Burgos ha sido siempre raíz, cimiento y empuje. Y no lo dice un localismo inflado: lo dice la historia, los hechos, la realidad. Y si hablamos de cultura, Burgos no solo fue cuna del castellano: fue cuna de héroes, sabios y exploradores del alma humana. Aquí nació El Cid Campeador, más allá del mito, como símbolo de lealtad, valentía y sentido del deber. De estas tierras también salió Félix Rodríguez de la Fuente, el hombre que enseñó a generaciones a mirar al mundo natural con respeto y admiración. Y en Atapuerca, esta ciudad guarda uno de los patrimonios más importantes de la humanidad: las huellas de nuestros antepasados, una puerta directa al origen. Porque quien camina por Burgos no pisa solo historia, pisa cultura viva. Y eso no se aprende en memes ni en chistes: se aprende viajando, escuchando, y sobre todo, respetando.

Es más, si la ciudad impone respeto, su gente lo merece aún más. El burgalés no es de alarde ni de ruido, pero sí de principios, de palabra y de constancia. Gente trabajadora, discreta, resistente. Gente que no grita pero que actúa. Que no presume, pero que responde. Que lleva su tierra en la piel y en el alma. Burgaleses de pro que viven con los pies en el suelo y la cabeza bien alta. En Burgos se valora lo auténtico, lo que se gana con trabajo, lo que se respeta con el tiempo. La fidelidad a las raíces no es una moda: es una forma de vivir.

El orgullo burgalés no necesita escudos ni pancartas. Se demuestra en el día a día: en los abuelos que cuentan historias sin perder la memoria, en los padres que educan con esfuerzo, en los jóvenes que se marchan sin romper el vínculo. Se demuestra en esa frase tan sencilla y tan cargada de sentido: “soy de Burgos”, dicha con la frente en alto, sin adornos, sin necesidad de explicación porque podrás sacar a un burgalés de Burgos… pero jamás podrás sacar Burgos de un burgalés.

Así que no, Burgos no es un chiste ni es un cliché. Lógicamente, sus gentes no son blanco de bromas. Burgos es piedra firme, alma serena y convicción profunda. Y quien no lo entienda, quizás debería pasar por la ciudad. Escuchar. Mirar. Aprender. Y dejar de hablar desde la ignorancia. Que nadie se equivoque: reírse de Burgos y de los burgaleses es retratarse a uno mismo. Es demostrar que no se ha aprendido nada. Porque cuando uno menosprecia a quien mantiene la cabeza alta con humildad, lo que revela es su propia pequeñez. Burgos es tierra firme, gente de palabra y cultura de raíz.

Jimena Bañuelos

Enlace en EL VALLE (México): https://elvalle.com.mx/2025/10/20/burgos-es-raiz-historia-y-dignidad/

HISPANIDAD: UNA HISTORIA QUE SEGUIMOS ESCRIBIENDO JUNTOS

Aunque no será hasta el domingo cuando se celebre oficialmente el día de la Hispanidad, los actos festivos ya han comenzado en Madrid. La unión entre culturas estrecha, más que nunca, sus lazos estos días. No es tan complicado ver los vínculos que nos unen aunque el Atlántico nos separe. Esta celebración, sin duda, además de conmemorar el encuentro entre dos mundos, es una oportunidad para reflexionar sobre todo lo que compartimos las comunidades hispanohablantes: una lengua común, una herencia histórica compleja y una riqueza cultural sin límites. Todo ello visto en las tradiciones, la gastronomía, la música, los bailes…

La Hispanidad no es solo una conmemoración, es un puente. Uno que une continentes, lenguas, historias, ritmos y corazones. La compartimos millones de personas a ambos lados del Atlántico, y aunque la distancia geográfica sea evidente, hay un hilo invisible que nos conecta. Lo notas en una canción, en una palabra que suena igual en distintos acentos, en un plato que huele a infancia aunque se cocine a miles de kilómetros de donde naciste.

Hace años tuve la suerte de vivir en México. Fui con una maleta cargada de tópicos y volví con el alma llena de certezas: nada enseña más que convivir. Porque cuando vives otro país desde dentro, sin mapas ni guías, aprendes a quererlo como propio. Y eso me pasó. Allí descubrí que el picante no es lo más fuerte que tiene México, sino su gente. Su forma de abrazar, de hablar, de reír. Todavía hoy, cada otoño, espero con ganas un pan de muerto, como quien espera una postal que le traiga recuerdos de otra vida. Pero no es solo México. Es Perú, Colombia, Argentina, Venezuela, Ecuador, Bolivia, y tantos otros países que forman parte de esta enorme casa que es la Hispanidad. Cada uno con su identidad, su historia, sus heridas y su belleza. Y todos, sin excepción, aportan algo que nos enriquece.

No se trata solo de compartir idioma. Se trata de aprender a mirar con otros ojos. Como he dicho al inicio, hay que dejarse empapar por la música, la gastronomía, las costumbres, las palabras distintas que en el fondo dicen lo mismo. Y sobre todo, hay que entender que todos los acentos tienen derecho a sonar sin que nadie los corrija.

La Hispanidad no debería limitarse a una semana de actos ni a una cita marcada en rojo en el calendario. La Hispanidad es un gesto diario. Es cómo miramos al que llega, cómo escuchamos al que habla distinto, cómo nos abrimos a lo que no conocemos. Si no hay integración, si no hay respeto, si no hay diálogo, entonces solo tendremos una festividad sin alma.

Este domingo toca celebrar, pero no de cualquier manera. Es necesario que la fiesta no sea solo de ruido sino que en ella haya memoria, gratitud y también esperanza. Porque en un mundo que a veces se empeña en levantar muros, recordar lo que nos une es más urgente que nunca.

Al final, la vida, como la lengua, no entiende de fronteras. Y si algo hemos aprendido los que amamos las palabras, es que cada acento es una forma de decir «estoy aquí”. En definitiva, la vida no entiende de acentos, pero sí de humanidad.

Jimena Bañuelos

Enlace en EL VALLE (México): https://elvalle.com.mx/2025/10/07/hispanidad-una-historia-que-seguimos-escribiendo-juntos/

OTOÑO: LO QUE DEJO Y LO QUE ME QUEDO

Esta semana damos la bienvenida al otoño. El verano se nos va dejándonos la piel marcada por el sol, la rutina aún desordenada… y una estela de recuerdos que se resisten a enfriarse. Estos pueden ser perennes o caducos. De hecho, algunos se quedarán ahí, en la memoria, como fotos mentales que nos arrancan una sonrisa cuando más lo necesitamos. Pero hay que decirlo: la nostalgia tiene dos caras. A veces reconforta y otras te atrapa. Y no se puede vivir mirando hacia atrás.

La vida sigue, con todo lo que eso implica. Con sus días buenos, con los malos, con lo que se va y lo que llega. Cada día es una hoja en blanco. Y sí, puede sonar cursi, pero es verdad: tú decides cómo escribirla. A veces te sale poesía, otras veces solo garabatos, pero es tuya. Y nadie más debería decidir qué poner ahí.

Por eso, criticar lo que otro escribe en su historia personal me parece inútil. Cada quien hace lo que puede con lo que tiene. Y a veces lo hace mal, claro. Pero lo peor que puedes hacer es ir por la vida aparentando. Porque tarde o temprano, todo cae por su propio peso. La hipocresía se nota, aunque venga disfrazada de sonrisa amable.

El tiempo pasa, y nosotros también cambiamos. Es lo natural. Lo que no debería cambiar es la esencia de cada uno. Los principios. La manera de estar en el mundo. Todos tenemos defectos, eso es evidente. Pero también deberíamos tener cierta coherencia con nosotros mismos. Porque si cambias de cara según con quién estés o según qué te convenga, entonces ¿quién eres, realmente?

No hace falta decir todo lo que uno piensa, pero tampoco hay que vivir con miedo a ser claro. A veces es mejor morderse la lengua, sí, lo admito. Pero hay otras en las que no. Y no pasa nada por llamar a las cosas por su nombre. Lo que no entiendo es esa costumbre de adornarlo todo, de ponerle filtros, no solo en las redes, sino también en la vida. La realidad es la que es. No siempre gusta. Pero ocultarla solo sirve para engañarse.

Ser sincero no es ser grosero. Ser honesto no es ser cruel. Pero parece que hay quien no distingue o simplemente no le interesa. La franqueza molesta cuando desenmascara, y hay mucha gente demasiado ocupada construyendo versiones distintas de sí misma para agradar, para encajar o para manipular. Y mira, justo ahora que empieza el otoño y los árboles empiezan a soltar lo que ya no necesitan, quizás sería buen momento para que más de uno hiciera lo mismo: dejar caer capas, máscaras, personajes. Porque aunque duela, ser uno mismo es lo único que tiene sentido. No importa si te critican o algunos se molestan porque, al final, desprenderse de todo eso te hace libre.

Evidentemente, yo seguiré siendo fiel a mi forma de ser. Disfrutando de lo que venga, soltando lo que ya no suma. Porque cuando la vida te da una segunda oportunidad, aprendes a seleccionar. Lo que no aporta, se suelta y no pasa nada por dejar ir. Lo que no te llena, se deja atrás. El tiempo es vida, no oro. Y éste no está para regalárselo a quienes no lo valoran.

En definitiva, sed felices y vivid como queráis escribir vuestra propia historia. No dejéis que nadie os sostenga el bolígrafo. 

Jimena Bañuelos

Enlace en EL VALLE (México): https://elvalle.com.mx/2025/09/23/otono-lo-que-dejo-y-lo-que-me-quedo/

EL VALLE, MÉXICO Y YO

México está en su mes más patrio. Quedan pocos días para los festejos y desde Madrid mi corazón se une a la fiesta del país que hace unos cuantos años me abrió sus puertas y desde entonces ocupa un lugar muy especial en mi vida. Sin duda, es un país maravilloso con gente estupenda y es cierto que las noticias que muchas veces nos llegan no reflejan lo mejor del país azteca. Ahora bien, quien ha tenido la fortuna de vivirlo sabe que México es mucho más que sus titulares. Es un destino que sorprende, que enseña, que transforma. A mí, me permitió descubrir paisajes únicos, sumergirme en una cultura fascinante, y, sobre todo, encontrarme conmigo misma.

Lógicamente, estar a más de nueve mil kilómetros de distancia de mi casa no fue fácil porque cuando los tuyos están al otro lado del charco la nostalgia puede pesar demasiado. Sin embargo, también hay lugares donde, sin esperarlo, te encuentras con personas que te tienden la mano, que te ofrecen amistad sincera y te hacen sentir parte de algo. Así fue como, entre calles, sabores y voces mexicanas, llegué a sentirme como una más.

Por eso, además de celebrar a mi México, lindo y querido, también brindo por los treinta y cinco años que cumple EL VALLE. Allí tuve la oportunidad de formar parte de una gran familia periodística gracias a Pepe Nader. Aunque han pasado los años, nuestra amistad se ha vuelto inquebrantable. Sus cimientos son sólidos, y nuestra pasión compartida por el periodismo es el ingrediente que hace que nuestros vínculos sean perennes.

En EL VALLE está la esencia del periodismo y puedo asegurar que ésta sigue muy viva. Solo hace falta defenderla frente a quienes intentan apagarla. Su director, Pepe Nader, lo demuestra con hechos. Día tras día, su columna refleja una voz firme, sin censura. Puede gustar o no, pero su opinión está guiada por la realidad, y en sus palabras radica la libertad. Todos sabemos que el buen periodismo incomoda, y ejercerlo en un país donde ser periodista puede costarte la vida, requiere algo más que vocación: requiere coraje y valentía.

Sin duda, México fue un punto de inflexión en mi vida. Representó un “después” lleno de significado en muchos aspectos. Al final, la vida está hecha de aventuras y ésta fue muy especial. El escritor canadiense Robin Sharma dice: “A casi todos nos da miedo lo desconocido. No debería ser así. Lo desconocido no es más que el comienzo de una aventura, una oportunidad de crecer.” Y tiene toda la razón. 

Ahora es el momento de festejar, por eso, con la añoranza de no abrazar a mi “segunda familia” y la ilusión de volver a encontrarnos, querido Pepe, te espero pronto por acá, envío mi felicitación más sincera a todos los que hacen posible EL VALLE. Porque ni nueve mil kilómetros de distancia pueden borrar los sentimientos de este corazoncito mexicano que presume, con orgullo, de tener una columna donde “las noticias se hacen periódico”.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle: https://elvalle.com.mx/2025/09/08/el-valle-mexico-y-yo/

RECONECTAR Y REENCONTRAR

Estamos listos y dispuestos para encarrilar el mes de septiembre. Un mes, sin duda, que está marcado por los comienzos, al igual que el mes de enero. El primero del año está lleno de propósitos y de sueños por cumplir. Han pasado ocho meses y seguramente nos queden muchas cosas por hacer de esa lista que inauguró este año. Todavía hay tiempo para ello, pero hay que reconocer que septiembre podría ser esa reválida que nos recuerde que hay que ponerse manos a la obra para cumplir con nuestras propias promesas. También, no hay que olvidar que se inicia el nuevo curso y éste también está cargado de oportunidades. Unas oportunidades que se nos presentan día a día de diferentes maneras. La vida en sí misma nos brinda a diario veinticuatro horas únicas e irrepetibles. Dice el escritor canadiense Robin Sharma: “A casi todos nos da miedo lo desconocido. No debería ser así. Lo desconocido no es más que el comienzo de una aventura, una oportunidad de crecer.” Precisamente, el crecimiento individual nos va forjando nuestro carácter para afrontar los pros y los contras de la vida.

Unos pros y contras que siempre está bien compartir con esos amigos de verdad. También, en estos días nos volveremos a reencontrar con las amistades que no vemos desde que comenzara el tiempo estival. El regreso a la normalidad también es el momento ideal para reconectar y esto tenemos que hacerlo con nosotros mismos y con los demás. Cuando la desconexión de la rutina ha sido total, esta reconexión puede costar más de lo habitual, pero sin duda, esa es la mejor señal de que hemos vivido el presente y cumplido con la promesa de dejar atrás el día a día. 

Por eso, septiembre no sólo representa una nueva oportunidad para cumplir metas o recuperar el ritmo, sino también para fortalecer vínculos. Volver a compartir tiempo con quienes forman parte de nuestra vida, y, por supuesto, dar la bienvenida a nuevas relaciones que surgen en este último trimestre del año. A veces, un simple reencuentro puede recargarnos más que cualquier plan, y una conversación sincera puede ser el impulso que más necesitamos para comenzar con la ilusión renovada.

En medio de los nuevos comienzos y la vuelta a la rutina, es importante recordarnos que no estamos solos. Todos, de una forma u otra, estamos intentando equilibrar las ganas de avanzar con la nostalgia del descanso. Volver a clases, al trabajo, a los compromisos, no debería ser visto como una carga, sino como una nueva etapa para hacer las cosas de otra manera. Está claro que los nuevos comienzos o cambios de ciclo nos enseñan que el tiempo pasa pero también nos transforma y nos moldea. Precisamente, estos cambios  son clave para aprender que no hay que dejar de compartir, de confiar, de abrir espacio para las personas que suman, que aportan, que nos inspiran. Las amistades verdaderas, esas que no se desgastan con el paso del tiempo ni con las ausencias, merecen también ser cuidadas en esta nueva etapa. A veces basta un mensaje, una llamada o una tarde cualquiera para que todo vuelva a su lugar.

En definitiva, septiembre es una buena invitación a vivir cada día con intención y no quedarnos sólo con los planes o los propósitos. Sin duda, más allá de todo lo que tenemos por hacer, de los objetivos por cumplir o los horarios por encajar, lo que realmente queda en la memoria y en el corazón son los momentos compartidos. Así que debemos afrontar este mes no sólo como una hoja en blanco, sino como una nueva oportunidad para construir la vida que queremos. No debemos olvidar que la vida no solo se mide por logros, sino por la calidad de lo esencial.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/09/01/reconectar-y-reencontrar/

ENTRE LA NOSTALGIA Y LA RUTINA

Esta semana nos despediremos de agosto, un mes que se marcha cargado de recuerdos, de vivencias intensas, de experiencias inolvidables y de instantes que ya se han convertido en parte de nuestra historia personal. Con la nostalgia que todo esto conlleva, nos toca dar la bienvenida a septiembre, ese mes que, más que un final, representa en muchos casos un nuevo comienzo. Menos mal que el el verano aún no ha dicho su última palabra. De hecho, todavía quedan días de sol, escapadas improvisadas y momentos que pueden suavizar la temida «depresión posvacacional».

Al final, lo más importante es aferrarnos con mucha fuerza a lo que aún está por venir. Los recuerdos más recientes nos sacarán más de una sonrisa a pesar de la nostalgia que ellos llevan implícitos. Eso sí, lo vivido ya no nos lo va a quitar nadie. Son momentos que ahora habitan en el pasado, en ese rincón de la memoria donde se guardan los instantes que alguna vez fueron presente. Y ahí se quedarán, como pequeños tesoros, para recordarnos quiénes fuimos, qué sentimos, cuánto reímos y cómo amamos.

Sea el mes que sea, de lo que se trata es de vivir el presente. Un presente al que hay que adaptarse según las circunstancias, pero no hay que dejar de aprovechar todas las oportunidades que éste nos brinde. Septiembre nos ofrece un nuevo comienzo, una especie de “segundo enero” en el que redefinir metas, rutinas y prioridades. Tras un verano en el que muchos hemos desconectado (como se merece), ahora toca reconectar con lo cotidiano sin perder de vista lo esencial: no dejar que la rutina nos absorba por completo. Los días pueden parecer repetitivos, pero cada uno guarda algo distinto si sabemos mirar. Aunque vengan marcados por horarios y rutinas, veinticuatro horas siguen siendo un mundo de posibilidades. Por eso, es importante apoyarse en aquello que nos hace feliz. Aún tengo libros que esperan ser leídos, películas y series por descubrir, planes que quedaron a medias. Y aunque exprimí el verano tanto como pude, no me ha dado tiempo a todo. Eso sí, disfrutar lo he disfrutado como me ha pedido el cuerpo. En el fondo lo que te llevas, además de un tono bronceado, es la sonrisa que te sale al recordar determinados momentos. 

Ahora esos momentos ya son pasado, y eso, aunque duela, también tiene su belleza. Porque en el fondo vivir es eso: ir despidiéndose de esos momentos mientras se abren paso nuevos capítulos. El tiempo va avanzando, con o sin nosotros, y en su paso nos va enseñando que nada es para siempre, pero todo lo vivido tiene un lugar eterno en la memoria.

El verano se va alejando pero no hay que olvidar que todavía queda mucho por vivir. Septiembre marca la vuelta al cole, el regreso a la rutina, y el inicio de ese tramo final del año que parece ir más deprisa que nunca. En nada estaremos viendo turrones en los supermercados y hablando de planes navideños. De hecho, muchos regresan de sus vacaciones con un décimo de lotería en el bolsillo para tentar la suerte venidera… Eso también es aferrarse a la ilusión de lo que está por venir.

Volver cuesta, sí. Porque implica dejar atrás. Pero la vida es una suma de etapas y momentos. Como dijo el poeta Robert Frost: “En dos palabras puedo resumir cuanto he aprendido acerca de la vida: Sigue adelante”. Pues… Sigamos.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/08/25/entre-la-nostalgia-y-la-rutina/

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