El tiempo vuela y, sin darnos cuenta, volvemos a situarnos en ese punto del calendario en el que la Navidad lo impregna todo. Hace días que el ambiente ha cambiado y las calles se han transformado. Quizás, el ánimo también lo haya hecho. Sin duda, son días de reencuentros, de miradas cómplices y de deseos que quizá llevaban meses guardados, pero que ahora cobran un sentido especial.
En pleno invierno llegan, paradójicamente, las fiestas más cálidas del año. Para quienes viven la Navidad con intensidad, es inevitable echar de menos a los que ya no están. Las sillas vacías pesan, duelen y despiertan nostalgia, pero también deben llenarse de buenos recuerdos, de risas pasadas y de todo el amor que dejaron. Esa mezcla de ausencia e ilusión provoca un torbellino de emociones que sólo el corazón sabe ordenar. Porque, al final, se trata de sentir y compartir con quienes de verdad nos quieren.
La vida puede cambiar en un segundo y, a las puertas de la Navidad, es casi obligatorio detenerse a valorar todo lo bueno que nos ha dejado el año. Hacer balance es natural, pero incluso de lo no tan bueno siempre nos queda un aprendizaje. Y si algo merece la pena, es abrazar fuerte a los nuestros. A estas alturas, el árbol ya luce en casa, el belén ocupa su lugar, los dulces tradicionales esperan en la mesa y los villancicos marcan el ritmo de estos días y eso, que las panderetas y las zambombas ya no se ven tanto, pero siempre habrá quien se anime con ellas.
Aunque cueste el ánimo tiene que estar arriba, porque cada Navidad es única. Los recuerdos que se crean ahora se guardan para siempre. Las fotos se parecen, sí, pero nunca son iguales, y ahí reside su encanto. Disfrutar con quienes nos quieren es el mejor regalo. La hipocresía, en cambio, no tiene cabida: el año es largo y la felicidad no entiende de disfraces temporales. Al final, ser feliz es lo que cuenta. Por eso, en estas fechas sólo deberían tener espacio la ilusión, los deseos y los sueños pendientes. Estos son el motor que nos empujan a seguir adelante. Ojalá la actitud navideña durara todo el año; quizá así todo sería más sencillo…
La Navidad, nos guste o no, tiene algo de magia. Cada uno conoce el secreto para hacerla especial. Yo seguiré escribiendo mi carta a los Reyes Magos, pidiendo, como siempre, ver sonreír a los míos, porque ahí empieza todo. Y con la mirada puesta en lo que viene, sólo me queda desear de corazón: Feliz Navidad y un muy Próspero Año Nuevo, lleno de salud y recuerdos que nos acompañen siempre.
He hablado este mes del belén de mi abuela pero no me puedo olvidar que mi abuelo vivía la Navidad como si el calendario le devolviera años en lugar de quitárselos. En diciembre solía caminar más deprisa de lo que ya lo hacía y sin darse cuenta hablaba de los planes futuros y de los deseos con la misma convicción que yo, una niña, aseguraba que de mayor quería ser bailarina o maestra. Para él, la Navidad no miraba hacia atrás, sino hacia adelante. Y la Lotería de Navidad era el lugar donde esa ilusión se hacía visible.
Por supuesto, el ritual para el sorteo empezaba muchos días antes. Los décimos y las papeletas llevaban tiempo guardados en el cajón donde mi abuelo conservaba las cosas importantes, no las valiosas. Ahí, doblados con cuidado, estaban esperando su momento, su gran día: el 22. La víspera del sorteo, como quien saca algo frágil a la luz, sacaba también los sueños y los extendía sobre la mesa, ordenándolos como cartas de una baraja secreta. Los miraba uno a uno, no para comprobar los números, sino para recordar de dónde venían. “Este es del bar de Julián”, decía. “Este otro lo compré con Vicente, el del taller”. Cada papeleta, sin duda, era una historia compartida no solo con los amigos sino también conmigo.
Es bonito recordar a ese niño que todos tenemos dentro. Mi infancia está ligada a muchos recuerdos que resurgen cuando tienen que hacerlo. Es cierto que han pasado muchos años y esa niña, hoy, no suele jugar a la lotería porque mi abuelo sabe que el famoso “Gordo” me tocó hace muchos años de una manera muy especial. Eso no quiere decir que no sueñe. Lo hago, no solo en estas fechas, sino siempre porque soñar, como jugar a la lotería, nunca fue solo cuestión de números.
Hoy la Lotería de Navidad se compra con meses de antelación. Desde verano se pueden adquirir décimos, sin frío, sin esperas. Aun así, cada diciembre vuelven las colas interminables de Doña Manolita, como si la espera formara parte del hechizo. Recuerdo el 22 de diciembre como un día solemne. Mi abuelo adaptaba el ritual a la rutina: si el sorteo caía en un día laborable, lo escuchaba por la radio, atento a cada número mientras la mañana avanzaba; si coincidía con fin de semana, se sentaba frente al televisor, subía el volumen cuando los niños empezaban a cantar y guardaba silencio, como si aquel coro sostuviera el futuro por unas horas. No hablaba; escuchaba. Y mientras los números caían, él soñaba.
Soñaba con repartir antes que con gastar, con arreglar cosas pendientes, con sobremesas largas. No imaginaba lujos, imaginaba tiempo. Hace años se jugaban más papeletas que ahora. Comprar la lotería así era una excusa perfecta para verse, para entrar en un bar, saludar, preguntar por la familia, desear suerte mirándose a los ojos. El número era casi lo de menos: lo importante era el gesto compartido.
Mi abuelo ya no saca los sueños del cajón, pero cada vez que escucho a los niños cantar vuelve su manera de creer, su fe en que aún podían pasar cosas buenas. Y entiendo que la Lotería de Navidad nunca fue solo ganar. Fue aprender a esperar, a compartir la ilusión, a mirar hacia adelante sin miedo. Yo sigo soñando. No con premios ni con números exactos, sino con esa forma suya de vivir diciembre como una promesa. Porque mientras uno conserve la capacidad de soñar, aunque no juegue, aunque no toque, la Navidad sigue teniendo sentido. Y quizá ese fue siempre el verdadero premio que mi abuelo me dejó.
Es evidente que la cuenta atrás para la Navidad ha comenzado. Las calles rebosan gente con prisa, bolsas que tintinean o muestran unos lazos más que pomposos, y las luces son esa guía que sin querer nos lleva a algún lugar que no terminamos de reconocer. Quedan menos de veinte días para que la época de los deseos y las buenas intenciones lo inunde todo. Hasta entonces no está demás sacar la inocencia del niño que todos llevamos dentro para afrontar la nostalgia que está por venir. Es cierto que viendo el calendario, aunque lo disimulemos, todos hemos empezado a hacer balance. Es inevitable: diciembre es un espejo, y mirarse en él siempre requiere un poco de valentía.
Lógicamente, en estas fechas se piensa en el futuro y en el porvenir. Éste, a corto plazo, llega envuelto en dulces, luces y fiestas, pero también en una hipocresía que se hace más visible que nunca. El día a día es quien realmente nos revela. Sin duda, es en la rutina donde cada persona muestra su verdadera calidad humana. Y diciembre no tiene el poder de cambiarlo aunque muchos lo intenten. El camino se construye paso a paso, y ningún espíritu navideño puede borrar lo que hemos vivido durante todo un año.
La experiencia, que tanto enseña cuando menos lo esperamos, nos ha mostrado en este 2025 realidades capaces de dejarnos sin palabras. Unas han sido gratificantes y otras desgarradoras. Lo cierto es que suelen ser las segundas las que más pesan y más nos transforman. Las cicatrices que dejan algunas personas o situaciones no desaparecen. Podemos pretender olvidar ciertos momentos, pero lo que marca de verdad siempre modifica nuestra manera de ser o de actuar. Los sentimientos siempre encuentran la forma de salir a la superficie y lo hacen. Quizás, cuando estos afloran, es porque esa herida ya dolió demasiado.
Cada persona es como es gracias a los años vividos, a las velas sopladas y a las batallas que, sin querer, nos han moldeado. Todo esto ha creado una personalidad que si es fiel a sus principios se vuelve firme e inquebrantable. Las decepciones duelen, sí, pero aprender a soltar lo que pesa provoca una sensación de alivio que actúa como un pequeño renacer interior.
Esta es la época en la que los propósitos comienzan a rondarnos por la cabeza, en la que recibimos felicitaciones que no siempre esperamos, y en la que, a pesar de todo el ruido, lo esencial sigue estando en nuestro interior. Mirar de frente el año que acaba puede ser el primer paso para recibir el siguiente con una mirada. Hacer borrón y cuenta nueva no es sencillo, pero tampoco es una quimera. Porque imposible no hay nada. Los sueños y los deseos que diciembre parece desenterrar están ahí por una razón que cada uno de nosotros debemos descubrir. Ser feliz es lo que cuenta y, por eso, no podemos permitir que cualquiera intervenga en la receta de nuestra felicidad porque ese alguien se puede equivocar y truncar esa sonrisa que no merecía desaparecer.
Con la vista puesta en Navidad, los rostros se iluminan con las sonrisas de quienes queremos, pero también se tensan por la nostalgia de quienes ya no están. Las ausencias duelen, claro. Pero dolería más no saber disfrutar este presente que ellos, con sus gestos y enseñanzas, nos ayudaron a construir. Fueron ellos quienes nos enseñaron a colocar el belén o el árbol, a cantar villancicos sin vergüenza o a soñar sin límites.
Y esa felicidad, lo repito, depende de uno mismo y puede suscitar muchas envidias. Por eso, es imprescindible saber quién puede formar parte de ella y a quién conviene dejar al margen. Tomar distancia, cuando ésta ahuyenta la amargura, es un acto de valentía.
“Algún día, en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, solo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”, escribió Pablo Neruda. Y quizá la verdadera magia de diciembre sea atrevernos, por fin, a mirarnos sin miedo.
Sólo le queda una hoja al calendario y eso significa que el aire comienza a oler distinto. Hay un momento en el año en el que cuando llega el frío, éste no solamente acompaña sino que parece anunciar que se acerca algo bueno. Ahí te das cuenta de que se avecina el puente de diciembre y con él regresa la liturgia más íntima que repetimos año tras año: poner el belén, vestir el árbol y dejar que los villancicos suenen despacio, como quien vuelve a casa después de mucho tiempo.
Abrir las cajas donde duerme el belén siempre es un acto cargado de emoción. No son cajas al azar: guardan dentro pequeños tesoros familiares. En cuanto se levantan las tapas, todo se impregna de un olor que mezcla el papel viejo con el polvo amable y un eco de infancia inconfundible. Y ahí, entre figuritas envueltas en papel amarillento, aparece el recuerdo más tierno: el belén de la abuela.
Aquel belén no era perfecto, pero tenía una magia que ninguna tienda puede vender. Cada vez que iba a su casa, avanzaba un pastor, giraba un Rey Mago, acercaba una oveja al portal. Creía que nadie se daba cuenta, pero la abuela siempre sonreía cuando veía el cambio, como si tú y las figuras llevarais una conversación secreta. Muchas de aquellas figuritas ya no están: se rompieron entre manos pequeñas e impacientes de esa niña, fueron víctimas de una inocencia que no sabía medir su fuerza. Pero algunas, milagrosamente, han sobrevivido. Están hoy en esa caja, con sus golpes y sus cicatrices, como testigos de esa infancia de muchos que se cultivó también mientras se jugaba a construir un mundo diminuto donde todo era posible.
Poner el belén ahora es casi un acto de homenaje. Extiendes el papel de montaña, acomodas el musgo y, sin darte cuenta, buscas con la mirada esas figuras antiguas, como quien busca rostros queridos entre una multitud. Y cuando colocas al pastorcito que lleva desde tus primeros recuerdos, sientes que, por un instante, la abuela vuelve a estar ahí a pesar de la distancia, observando en silencio, orgullosa de que esa tradición siga viva.
Después llega el árbol. Se despliega con la solemnidad de un viejo ritual. En él no pueden faltar las bolas de colores, con brillos y ahora hasta tus personajes de ficción pueden tener un hueco en una rama. Es cierto que los tiempos cambian, pero el espíritu permanece. Cada adorno es un recuerdo, es una pequeña biografía, y es, sin duda, el recuerdo de alguna persona. Y cuando el abeto queda iluminado, parece que respira. Como si también él reconociera que diciembre ya se ha instalado en casa. Entonces suenan los villancicos. Los de siempre. Los que sonaban en la cocina de la abuela, mientras preparaba algo caliente. Los que tú, sin darte cuenta, sigues tarareando igual. Su melodía tiene esa capacidad misteriosa de ordenar las nostalgias, de traer de vuelta lo que se creía perdido, de encender una calidez que ninguna calefacción consigue.
El puente de diciembre no es sólo un alto en el camino. Es un regreso a quienes fuimos y a quienes nos enseñaron, con gestos sencillos, a amar la Navidad. Es el momento en el que todo se transforma, las casas recuperan su brillo interior, y, de algún modo, aunque a algunos les cueste reconocerlo, nosotros también.
Noviembre se está marchando silenciosamente, como si quisiera pasar desapercibido sin que nadie lo note, pero es evidente que deja tras de sí ese murmullo inconfundible que anuncia que algo especial está por llegar. Basta con pasear por la ciudad para sentirlo: el aire se vuelve distinto, más frío, sin duda, pero también más amable. Las calles parecen inquietas, unas ya lucen sus brillos y otras están a punto de hacerlo. Es evidente que cuando éstas se encienden, con esos primeros destellos de luz se rompe la oscuridad y nace un sentimiento que despierta algo en nuestro interior.
El tiempo tiene la costumbre de avanzar sin pedir permiso. Somos nosotros quienes lo percibimos acorde a nuestra realidad. Hay días que pasan lentos, pesados, como si no fueran a terminar nunca, y de pronto miramos atrás y nos sorprende comprobar lo lejos que hemos llegado. Lo pienso cada vez que hojeo mi agenda. Empezó limpia, ordenada, con ese olor a nuevo que trae consigo la ilusión de los comienzos. Ahora, en cambio, es un pequeño mapa de mi año: páginas dobladas, anotaciones apresuradas, citas canceladas, alguna que otra mancha de café, recuerdos que no caben en una frase. Y aun así, le queda un mes más de vida para acompañarme en esta última parte del camino.
Quizás, por ser el último capítulo emociona tanto la llegada de diciembre. Este mes, sin duda, nos recuerda algo que solemos olvidar: la vida sucede cada minuto y no se guarda nada para más adelante. Sucede estemos listos o no. El tiempo es ese regalo frágil que en muchas ocasiones malgastamos con una ligereza que llega a asustar. Deberíamos aprender a abrazarlo antes de que se nos escape, y por supuesto, nunca debemos posponer lo importante.
Dicen que la Navidad tiene algo de milagroso o de mágico, y aunque no todos crean en milagros, es difícil negar que en estos días se despiertan sentimientos que parecían dormidos. Tal vez sea el recuerdo de la infancia, de aquella época en la que todo parecía posible y las luces nos hipnotizaban como si mostraran un secreto. Tal vez sea que, por unos días, los adultos dejamos de lado las prisas y permitimos que la ternura vuelva a tener espacio. La Navidad no soluciona la vida, pero nos recuerda que la vida sigue mereciendo la pena. Es más, incluso los “Grinch” lo saben, aunque disimulen. Refunfuñan, reniegan de los villancicos, pero basta un pequeño gesto para que algo en ellos se ablande. Nadie resiste por completo a diciembre. Hay un lenguaje silencioso en estas fechas que atraviesa incluso a quienes intentan mantenerse al margen.
Las calles ya brillan, y cada luz encendida acorta la distancia hacia lo que verdaderamente importa: volver a casa, reencontrarse, celebrar que seguimos aquí y que los que no están nos enseñaron las tradiciones que tenemos que disfrutar. Yo ya cuento los días para estar con los míos. Porque ahí, en ese lugar donde las risas suenan más sinceras y los silencios no pesan, es donde la Navidad cobra sentido.
Bienvenidas sean las luces. Bienvenida sea la ilusión que vuelve sin pedir permiso. Que este mes nos abrace con su magia y nos recuerde que lo importante siempre está cerca. Ya casi llega… y ojalá nos encuentre con el espíritu encendido.
Estamos ya en el ecuador de noviembre y, después del siempre comentado “día del soltero”, parece que todo el universo gira alrededor del “Black Friday” y del “Cyber Monday”. Aún falta más de una semana, pero la carrera de los descuentos ya está lanzada. Es inevitable: la invitación a comprar aparece en cada esquina y la tentación de darnos un capricho, también. No seré yo quien reniegue de ello; un detalle a tiempo puede enderezar un día torcido. Las cosas como son. Y es que, aunque lo neguemos, estamos entrando en esa antesala silenciosa de la Navidad que, por mucho que intentemos frenar, acaba llegando siempre, exactamente igual que las estaciones, los recuerdos y los anhelos.
Sin embargo, en medio de todo este movimiento comercial, solemos olvidar lo esencial. Porque sí, es cierto que un regalo nos despierta una sonrisa, pero lo que realmente sostiene la vida es la salud. Esa salud que muchos solo escriben con mayúscula el 22 de diciembre, cuando la Lotería de Navidad reparte suerte, y quien no sale premiado se aferra al consuelo de “Bueno… al menos tenemos salud”. Pero la salud no es un consuelo. Es, en realidad, el auténtico gordo que nos toca cada mañana sin necesidad de bombos, décimos ni rituales. Con salud podemos soñar, caminar hacia lo que queremos, resolver lo que se complica y disfrutar de lo que llega. Ahí está lo más importante de nuestro día a día. Por eso, frente al espejo, la primera sonrisa del día debería ser para recordarnos que estamos aquí, presentes y que ese presente puede cambiar en un segundo, de ahí, la importancia de valorar lo que tenemos al margen de ese dinero que trae el azar.
El calendario avanza sin pedir permiso. Noviembre, que empezó entre flores, velas y recuerdos, está listo para cambiar de ritmo. El auténtico pistoletazo de salida a la Navidad será este sábado, cuando Madrid encienda sus luces. Y entonces ocurrirá ese pequeño milagro anual: la ciudad se transformará. Aún es pronto para decir que el espíritu de la Navidad lo inunda todo, pero sus emisarios ya están aquí. Desde el próximo fin de semana, cambiarán los colores, cambiará el aire, cambiarán los pasos de la gente porque ese encendido marca un antes y un después. Todo sonará a invierno recién estrenado aunque no sea su tiempo. Las calles intentan invitar a pasear más despacio y las ilusiones se despiertan casi sin querer. Porque la Navidad, incluso antes de llegar, tiene la capacidad de iluminar rincones que creíamos apagados. Nos guste o no.
Quizá se trate precisamente de eso: de aprender a dejarnos llevar cuando toca, sin perder de vista lo importante. Darse un capricho es válido, pero más válido es regalarnos bienestar. A veces basta una tarde tranquila, un café compartido, una conversación pendiente o un paseo sin prisa. La vida está hecha de instantes pequeños que se van acumulando sin ruido, de momentos que llegan cuando quieren y no cuando los apuramos. Intentar frenar el tiempo es inútil; llega cuando tiene que llegar, y pasa exactamente igual.
Por eso, aunque cambien las modas, los descuentos, los villancicos adelantados o las prisas que parecen acompañar cada final de año, hay algo que permanece inalterable: la necesidad de cuidarnos. De valorar lo que tenemos, de agradecer lo cotidiano y de mantener encendida esa luz interior que no depende de adornos, bombillas o escaparates. Porque cuando las luces de la ciudad se encienden, lo que realmente importa es asegurarnos de que también brillen las nuestras, las que nadie ve pero que cada uno de nosotros sabemos que son nuestro motor más importante. Ese motor que jamás debería apagarse.
Es un honor poder preguntarles a ‘Los Hermanos Aragón’ “¿Cómo están ustedes?” Ya que al público siempre le toca responder, pero en esta ocasión el matiz es hacerles esa pregunta cuando están a escasos días de estrenar su espectáculo “Melodías o me lo cuentas” en el Teatro Capitol de Madrid. Lógicamente, tras la pregunta hubo alguna risa, pero no dudaron en contestar: “Cansados, pero contentos y bien”. Un bien que no puede faltar porque como ellos saben, fueron sus “antepayasos”, como ellos dicen, quienes dejaron esa respuesta grabada a fuego en los recuerdos de muchas generaciones.
El tiempo pasa y hay que ir evolucionando con él. En “Melodías o me lo cuentas” va a estar la esencia de esos payasos de la tele que marcaron a los niños de su época, pero es preciso que esa esencia se nutra de la actualidad. Ahí, Lara, Rodrigo, Gonzalo, Alonso y Punch que han sido durante casi treinta y cinco años “Los Gabytos” van a cambiar las notas. “Va siendo hora de que den un salto importante y rindan un homenaje a su familia pero a la vez marquen un punto de inflexión a lo que la sociedad está acostumbrada” como dice Inma Cuevas, la directora del musical.
Cambiar es bueno. Hay que reconocer que el apellido Aragón, si los espectadores sabemos lo que significa, no me quiero imaginar lo que les supone a ellos llevarlo día a día. Es cierto que aseguran “estar muy orgullosos de él porque es un apellido maravilloso, pero de alguna manera buscamos ser auténticos”, afirman. Es decir, quieren encontrar ese matiz personal dentro del apellido Aragón. Un buen símil sería, según ellos mismos: “Soltar “una piel” para, desde el legado, mostrar hacia donde queremos ir”. Por eso, continúan diciendo: “De alguna manera lo que hemos creado es un espectáculo donde el público va a poder ver como creamos, y esto nos parece fantástico, porque desde nuestro lugar de juego nacerá algo nuevo. Va a ser una transición del pasado al futuro pero donde no va a faltar la nostalgia y los recuerdos”.
Es justo reconocer que ellos son grandes artistas, son multiinstrumentistas, poseen un talento admirable y me permito decir, con su permiso, que son grandes personas a las que no les falta una sonrisa en el rostro. Ellos son payasos, son músicos, son inquietos y son, sin duda, la nueva generación. De hecho, Punch es el más joven, es el hijo de Lara.
Llevan preparando este musical desde hace muchos meses. El proceso ha sido largo aunque empezó a coger forma en el pasado mes de mayo. Explican: “Hemos estado creando una idea, yendo hacia una línea en la que la música era súper importante y que iba a ser la base del show. Estaba claro que había que hacer una dramaturgia nueva, una historia nueva, que es el antes y el después de ‘Los Hermanos Aragón’. Había que crear ese viaje”. Un viaje que reconocen es, porque realmente siempre lo han querido, “un homenaje a papá y a los tíos, pero es verdad que con este cambio de rumbo, sí queremos demostrar que las canciones que se cantaban hace sesenta años y que no se han dejado de cantar; se pueden cantar con nuevos estilos, de una manera actual que podría estar sonando perfectamente en la radio”. Ya sólo por este cambio de rumbo merece la pena celebrar la Navidad con ellos. Es más, apuntan: “En la familia nos gusta mucho jugar con los dobles sentidos, con las palabras, con el humor y éste estará constantemente en escena. Es algo que hemos mamado desde Charles Chaplin, Buster Keaton, Los Luthiers…. Nos hemos empapado de los grandes musicales de los años cincuenta, de los bailes de Jean Kelly…”
Si hablamos de la Navidad no dudan en asentir: “Lo que va a vivir el público es lo que nosotros normalmente hemos vivido en estas fechas. Es estar junta toda la familia, de hecho la priorizamos ante todo. Nuestras Navidades son muy locas, porque hay que darse cuenta que durante muchos años nuestro salón, donde nos reuníamos, a parte era un salón de ensayo por lo tanto no teníamos que irnos muy lejos para coger un instrumento. Los villancicos estaban sonando todo el rato y en todos los estilos. A casa venían amigos, y como muchos eran artistas, se unían a la fiesta. Es decir, las Navidades, en nuestro caso, siempre han sido muy destacadas. Las hemos celebrado muy a lo grande y siempre juntos…Y esa unidad y esa felicidad constante y esa locura se va a ver en el show.”
Un show que lleva mucha carga de nostalgia y de recuerdos. La memoria es selectiva, pero sabe qué imágenes del pasado puede traer al presente. Si ellos se han emocionado mientras lo creaban, no tienen ninguna duda de que al público le va a pasar lo mismo. Eso sí, la condición para disfrutar de este espectáculo al cien por cien, sin duda, es dar rienda suelta al niño que todos llevamos dentro. Es más, destacan: “El público no va a tener más remedio que hacerlo. No se lo van a plantear. Desde el momento en el que las personas se sienten en la butaca y escuchen el primer “¿Cómo están ustedes?” Su instinto va a ser disfrutar y dejarse llevar por la historia que se cuenta y se canta. Va a ser un viaje muy emocionante que va a llegar a pequeños y a mayores.”
Dicho esto, está claro que la participación del público va a estar muy presente, pero no hay que preocuparse porque ellos desde las tablas no van a valorar la afinación de los presentes pero sí la ilusión, la energía, la emoción y la entrega de los asistentes. Tomen nota de ello y reserven su localidad porque en Madrid estrenan el día 25 de diciembre y se marchan el día de Reyes. Quizás, haya que pedirles a sus Majestades una gira de “Los Hermanos Aragón” por nuestro país y más allá de nuestras fronteras. Recuerdan que “papá y los tíos” fueron muy queridos en muchos países. Ojalá este proyecto llegue a Argentina, a Puerto Rico, a México… Donde por cierto, hacen una mención especial a Mario Moreno “Cantinflas”. Fue Rodrigo quien destacó: “En tierras aztecas hicieron cine y se hicieron muy amigos de “Cantinflas”, el santo y seña de ese país”. Está claro que México siempre deja huella, no seré yo quien lo niegue, nuevamente con su permiso.
Volviendo a “Melodías o me lo cuentas”, sé que el público verá más de cuarenta instrumentos y no faltarán las canciones de toda la vida como pueden ser «Susanita tiene un ratón” o “Hola, Don Pepito, hola Don José”, pero tras conocer a Lara, a Rodrigo, a Gonzalo, a Alonso a Punch y a Inma me atrevo a decir que habrá alguna sorpresa. Si hay que cantar, se canta. Si hay que llorar de emoción, se llora. Si hay que reír, se ríe. Durante la más de hora y media que dura el musical, lo único importante es disfrutar. Ellos han hecho un trabajo increíble de documentación, de creación, de visualización del pasado a nivel internacional, por eso, es justo que le pidan a los espectadores que se entreguen dando rienda suelta a los sentimientos.
El espectáculo es para todos los públicos, incluso, para quienes no hayan tenido la oportunidad de conocer a “Los Payasos de la Tele” porque se va a vivir una evolución y ‘Los Hermanos Aragón’ quieren hacernos partícipe de ella. Ellos dicen: “Hacer esto es un regalo. Para nosotros todos los días es Navidad. Somos unos privilegiados porque hacemos lo que nos gusta”.
Por todo esto, es justo acompañarlos en esta aventura de cambio. Sus antepayasos marcaron a muchas generaciones pero, es cierto, que no todos, y me incluyo, les pudimos responder en persona a ese “¿Cómo están ustedes?”. Ahora es el momento de hacerlo con esta nueva generación de la familia Aragón. Ellos afirman rotundamente: “Tenemos muchas ganas de estar con el público y hacerlo feliz, que es lo que más nos gusta”. Y si a ellos eso es lo que les gusta, sin duda, el público no les puede fallar, porque quien derrocha pasión, alegría y saca una sonrisa se merece lo mismo de vuelta desde el patio de butacas. Esta Navidad tiene otra banda sonora en Gran Vía gracias a “Melodías o me lo cuentas”. Se rendirá el homenaje a Gaby, Fofó y Miliki, pero al ritmo que nos marquen Lara, Rodrigo, Gonzalo, Alonso y Punch. El tiempo pasa y bienvenidos sean los cambios porque los recuerdos que estos dejen siempre serán eternos. La Navidad es pura magia y magia es lo que nos van a brindar ‘Los Hermanos Aragón’.
Siempre se dice que diciembre es un mes mágico, quizás, ahora que la Navidad está más cerca y sus duendes andan por las calles ese espíritu se sienta mucho más. La verdad es que es una época en la que la sensibilidad está a flor de piel. Quizás ésta debiera estar presente todo el año, pero esa es otra cuestión. Si bien es cierto con este mes llegan las luces, los turrones, los villancicos y muchos conciertos solidarios para ayudar a quienes más lo necesitan.
El pasado jueves, víspera del puente de la Constitución y la Inmaculada, el Auditorio Nacional se llenó de magia, pero una magia especial porque la Orquesta Sinfónica de España, acompañada por el coro NOX, no tocó los tradicionales villancicos, transformaron grandes temas de la historia del pop español para cautivar a todo el público. Los encargados de llevar la batuta fueron Beatriz Fernández, César Guerrero y Juan Antonio Simarro a quien también vimos tocar el piano y ejercer de maestro de ceremonias. El fin era apoyar a las misiones salesianas, pero también disfrutar del momento. Ya dijo Oscar Wilde: “El arte de la música es el que más cercano se halla de las lágrimas y los recuerdos”. Doy fe que vi caer alguna lagrimilla cuando Vicky Gastelo interpretó “Sólo pienso en ti”. También Conchita puso la carne de gallina a más de uno cuando nos recordó en “Por las veces” que tenemos que querernos más porque, sin duda, la vida es “el viaje” en el que vamos aprendiendo.
Los recuerdos vienen a la mente de muchas maneras y reconozco que cuando salió Marilia tras las primeras notas de “Cuando los sapos bailen flamenco” recordé muchos momentos que creía olvidados. “La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo” como aseguró Platón y el alma hay que cuidarlo. Por eso, ella con el público en pie, más o menos afinado, cantó “Amores de barra” y hay que reconocer que todos nos quitamos años de encima. Fue un momento mágico, pero es que estamos en el mes, como he dicho al principio, más mágico.
No fue magia sino una realidad que creía que no iba a ver en mi vida, pero todo es posible cuando los mejores aman su pasión. Ver a Bernardo de Los Refrescos con la Orquesta Sinfónica llama mucho la atención, lo mismo sucede con Fernando de Modestia Aparte. Ahora bien, si había que cantar “Aquí no hay playa”, el público no lo dudó. La dirección la hizo Simarro quien disfrutó como uno más. Bernardo apuntó que este tema cumple treinta y cinco años. Hay que reconocer que hubo algún suspiro, pero para eso estaba Fernando para recordarnos que los aniversarios son “Cosas de la Edad”. Otro clásico de nuestro pop que se escuchó y se cantó en el Auditorio.
La magia estaba en el ambiente y llegó a su apogeo cuando Kilema y Estíbaliz Martyn interpretaron “El sueño de Nirina”, un tema con mucha historia. Y también son historia de la música los Beatles y no faltaron para poner el broche final al concierto. La soprano, Estíbaliz Martyn, acompañada por Litus interpretaron esta composición de Simarro con una maestría inigualable. Es cierto que todo concierto se merece unos bises y llegaron en forma de villancico con “Esta noche es Navidad” de Simarro. El público en pie, aplaudiendo con una sonrisa en la cara y feliz porque durante dos horas esa magia hizo olvidar la rutina del día a día.
La vida son momentos y la vida es lo que nos queda por vivir, seguro que nos brinda más recuerdos como el concierto del pasado jueves. Dijo Nietzsche que “sin la música la vida sería un error” y no seré yo quien le lleve la contraria.
Si el Atleti ha metido once goles en dos partidos en la misma semana, se dice y se disfruta. Dos encuentros sin sufrir es la mejor terapia para dar un respiro a los corazones colchoneros. No sé si hay que acostumbrarse a ello o no, lo que tengo claro es que nunca hay que dejar de creer y parece que Simeone ha dado con la tecla exacta, para que el Atlético de Madrid vuelva a ser el que su afición quiere.
Una afición que siempre estará del lado de los suyos, pero también espera de estos su mejor versión. Por eso, gritar “gol” siendo visitante es mucho decir. No me gusta mirar al pasado pero la realidad demuestra el infierno que ha sido para el Atleti salir de su fortín. Menos mal que las cosas se han enderezado y hay que seguir así porque el jueves hay partido de Copa. Será ante el Cacereño, pero no hay que relajarse. Además los rojiblancos tienen ganas de más. Los triunfos siempre alegran a la afición y si son como los últimos, bienvenidos sean. La Navidad está cerca y los puntos sumados son regalos adelantados, quizás los de Simeone y él mismo se hayan dado cuenta de que era muy posible que los Reyes Magos les trajeran carbón. Siempre hay tiempo para enmendar los errores. Ahora toca continuar así.
¿Se puede seguir soñando? Se puede. ¿Se puede seguir ilusionado? Se puede. Ahora bien, no debe faltar el coraje y corazón que siempre nos acompaña. Seguramente, en las cartas a Papa Noel o a los Reyes Magos habrá más de un pedido colchonero. En cada paquete hay sonrisas, hay emociones y hay imaginación, pensando en donde se van a lucir esos regalos. Neptuno siempre será una opción más que anhelada pero los rojiblancos sabemos que en cualquier momento podemos presumir de nuestros colores, porque ser del Atleti es mucho más que unas rayas, es un sentimiento y una forma de vivir que quienes no la entienden, mejor que dejen de preguntar o de hablar de ella.
Ahora nos toca a los colchoneros hablar de los nuestros, del cambio que ha habido en el equipo, del orgullo que sentimos cuando las cosas se hacen bien porque esta afición sabe estar en las buenas y en las malas, algo que ha demostrado en situaciones muy duras. Por eso, estos hinchas nos merecemos disfrutar de los goles y, por supuesto, nos merecemos ese respiro al corazón del que he hablado al principio. No hay ninguna necesidad de infartar todas las semanas, de estar sufriendo lo indecible porque como dijo Simeone: “Si se cree y se trabaja, se puede” y a los hechos me remito.
Remitiré mi carta estas fiestas a quien corresponde. En ella no faltarán muchos deseos y muchos sueños. Eso sí, bienvenidas serán todas las alegrías que el Atleti nos brinde porque desde niña supe que el Atleti le da alegrías a mi corazón.
Toca despedir el mes de noviembre y hay que hacerlo encendiendo las luces de Navidad y con el ‘Black Friday’ anotado en el calendario. Si ya se respiraba ambiente navideño por las calles, desde el próximo jueves, Madrid quedará iluminado. El encargado, este año, del encendido es el seleccionador de fútbol, Luis de la Fuente. Desde ese momento la cuenta atrás quedará inaugurada porque en menos de un mes estaremos festejando la Navidad.
El tiempo pasa muy deprisa, pero mientras éste pasa, a veces, nos parece que no avanza. Sin duda, nuestras circunstancias también nos marcan, pero, nos guste o no, la vida sigue corriendo y vamos escribiendo nuestra propia historia a una velocidad que ni nos damos cuenta. Sólo hay que pensar que diciembre está llamando a la puerta.
Recuerdo cuando empecé la agenda de este año. Estaba nueva, limpia, impoluta… y ahora se sostiene entre anotaciones, borrones, dobleces pero en ella hay una cantidad innumerable de experiencias vividas, de cafés anotados y todavía le queda un mes de vida para ceder el testigo a la nueva que, sin duda, se llenará de más momentos únicos. Los días van pasando y no vuelven, este es el motivo indiscutible para valorar el tiempo y no malgastarlo en aquello que no merece la pena. No valen los arrepentimientos cuando hemos sido conscientes de que los lamentos iban a llegar.
Se acercan las fechas más entrañables del año. Dicen que los sueños se cumplen por Navidad. Quizás, los adultos tengamos que repescar de nuestro interior al niño que todos llevamos dentro, para ver las cosas con la inocencia que ellos lo hacen. En el fondo, la vida no hay que tomársela tan serio y, por supuesto, no le podemos pedir a la vida más de lo que ésta nos puede dar como dice un amigo mío. Por eso, seamos felices y disfrutemos el presente. Seguro que el encendido de las luces ha provocado que más de un “Grinch” se ponga nervioso, pero hasta éste sabe lo que significa la Navidad. Será muy “Grinch”, pero seguro que antes del 24 de diciembre algo bueno se le ha pegado del ambiente. Dicen que los duendes de la Navidad andan sueltos. Esto no sé si será cierto. Lo único que tengo claro es que las calles ya brillan en su esplendor, los villancicos comienzan a sonar y con el ‘Black Friday’ a punto de llegar, seguro que más de uno, muy previsor, ha escrito la carta a los Reyes Magos. Todo llega y todo pasa, pero no perdamos el tiempo y vivamos el presente.
Un presente que ya huele a Navidad y a sus preparativos. No seré yo quien diga cómo hay que pasar estos días porque cada uno sabe lo que tiene que hacer. Yo tengo claro que se han encendido las luces y que la cuenta atrás ha comenzado para juntarme con mi familia. Estar con ellos es lo que más me importa y vivir con ellos estas fiestas no lo cambio por nada. Bienvenidas sean las luces y bienvenida sea, por supuesto, esta cuenta atrás… Ya queda menos.
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