LA VIDA CONTINÚA 

Hemos superado el ecuador de este mes y, para muchos, la cuenta atrás para volver a la rutina ha comenzado. Es cierto que cuesta despedirse de las vacaciones, del verano y de todos esos momentos que nos han llevado a la desconexión total. Más de uno se habrá dicho en algún momento: “No sé en qué día vivo”, pero el calendario sigue ahí, perenne, para mostrarnos que la vida continúa y que, en una semana, estaremos dando la bienvenida al mes de septiembre.

Precisamente, septiembre es ese enero que llega con sus propios propósitos. No es que sea Año Nuevo, pero sí “Curso Nuevo”. Cuesta volver porque la nostalgia puede aparecer sin ser llamada. Está ahí porque hubo momentos que merecieron la pena. Y eso, en el fondo, es algo bonito. Las vacaciones terminan, los días largos comienzan a acortarse y, poco a poco, aunque nos cueste, recuperamos nuestros horarios. Ahora bien, nadie puede quitarnos todo aquello que nos hizo felices. Sin duda, hay recuerdos que permanecerán intactos mientras el tiempo pasa. Esa canción, esa fotografía, ese lugar o esa conversación pueden devolvernos de repente a aquel instante en el que todo estaba sucediendo. Son nuestros pequeños tesoros que guardamos sin darnos cuenta y que, con el tiempo, adquieren todavía más valor. Cuando el frío llegue o las circunstancias sean adversas recurriremos a ellos para revivir esos sentimientos que nos llenan de bienestar. 

Poco a poco toca volver. Volver al presente habitual. A ese presente que también nos brinda sus momentos. Algo que tampoco podemos olvidar. Surgirán nuevas oportunidades, nuevos proyectos o, simplemente, recuperaremos aquello que dejamos antes de verano y ahora afrontamos con una sensación diferente. Es más, también septiembre puede ser un buen momento para preguntarnos qué queremos conservar, qué queremos cambiar y, sobre todo, qué queremos disfrutar. La rutina volverá, eso es inevitable. Regresarán los despertadores, los horarios, las obligaciones y esas prisas que durante las vacaciones conseguimos dejar aparcadas. Pero tampoco deberíamos permitir que la rutina se convierta en una excusa para olvidarnos de nosotros mismos. Siempre habrá espacio para un libro, una película, una cena improvisada, un paseo al atardecer o ese café tomado tranquilamente. Pequeños placeres que, precisamente por ser sencillos, muchas veces son los que terminan salvándonos de los días grises.

Si hay algo que tengo claro es que septiembre nos recuerda que el año avanza deprisa. Parece que hace nada estábamos celebrando la llegada del verano y, sin embargo, ya estamos entrando en su recta final. Después vendrán el otoño, Halloween, los buñuelos, los primeros anuncios de Navidad, los turrones en los supermercados y los propósitos para el próximo año. Incluso habrá quien lleve ya consigo un décimo de lotería comprado durante sus vacaciones, porque nunca está de más dejar una puerta abierta a la ilusión.

En definitiva, sí, cuesta volver. Cuesta despedirse de los días sin horarios y de esa sensación de libertad que asociamos al verano. Pero regresar también significa tener nuevas oportunidades por delante. Lo cierto es que la vida no se detiene. La vida continúa. Y quizá lo mejor que podemos hacer es acompañarla.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/08/24/la-vida-continua/

CUANDO EL CIELO NOS OBLIGÓ A PARAR

Decir que estuvimos semanas preparándonos para el acontecimiento me parece poco, aunque lo cierto es que todo se fue focalizando en él a medida que se acercaba la fecha. Nos habían dicho dónde mirar, a qué hora, con qué gafas y, sobre todo, cuánto debíamos emocionarnos. Los medios de comunicación nos anunciaron el fenómeno con la solemnidad reservada para los grandes eventos y las finales deportivas, si me apuras. Además, las redes sociales hicieron el resto: cuentas atrás, recomendaciones, fotografías anticipadas, expertos improvisados y una cantidad de entusiasmo capaz de eclipsar, nunca mejor dicho, al propio eclipse. Solo faltó que alguien nos vendiera una entrada numerada para contemplar el cielo.

Y llegó el momento. La luz comenzó a cambiar y nosotros con ella. Fue algo casi imperceptible al principio, algo así como cuando una habitación pierde lentamente su claridad y una tarda unos segundos en darse cuenta. Después, la sombra y la oscuridad fueron ganando terreno y, a nuestro alrededor, se instaló una extraña quietud, como si todo se hubiera detenido. Durante poco más de un minuto, el cielo consiguió algo que parece imposible: que dejáramos de mirarnos a nosotros mismos y contempláramos su verdadera grandeza. El universo nos mostró lo pequeños que somos ante él. Es más, nos recordó que, por mucho que nos empeñemos en organizarlo todo, hay cosas que seguirán sucediendo sin pedirnos permiso. Y quizá ahí reside parte de su belleza: en saber que, por un instante, podemos dejar de tener el control y limitarnos a mirar, a sentir y a formar parte de algo infinitamente mayor que nosotros.

Quizás, por eso, este eclipse nos pueda enseñar que nuestros problemas, nuestras prisas, nuestras certezas y hasta nuestros dramas caben, después de todo, en un pequeño rincón de un planeta que gira alrededor de una estrella. Esa humildad que no nos puede faltar cuando hacemos más grande todo aquello que no se lo merece. Las pequeñas cosas son, sin duda, las que deberían eclipsarnos a nosotros. Puede ser desde una conversación pendiente hasta una tarde sin prisa, la risa de quienes queremos, un abrazo que llega justo a tiempo. Porque quizá ahí, y no en todo aquello que nos empeñamos en convertir en enorme, es donde está lo verdaderamente importante.

Estamos en agosto. Creo que es un mes perfecto para entender todo esto más allá de la ciencia. Agosto es esa especie de eclipse que provoca un paréntesis en el calendario. No necesita muchos protocolos porque en la actitud está todo. Es un mes que nos invita a bajar el ritmo, a mirar alrededor y a recuperar una forma de estar en el mundo que durante el resto del año parece que olvidamos. Evidentemente, esa invitación estival pasa por dejar por un momento las prisas, los planes y esa necesidad constante de estar haciendo algo. Quizá, por eso, agosto también puede ser un punto de inflexión: porque cuando todo se detiene un poco, resulta más fácil escucharnos a nosotros mismos.

De hecho, es posible que ahí esté la verdadera conexión con el eclipse. Durante unos minutos, el cielo hizo exactamente lo que agosto nos propone hacer: detenernos. Nos obligó a levantar la mirada, a salir de nuestra rutina y a recordar que no todo tiene que ocurrir deprisa, que no todo necesita una respuesta inmediata y que hay cosas que merecen ser contempladas. Después volvió la luz y con ella todo siguió su curso, todo volvió a la normalidad. Nosotros también, pero la fascinación y el asombro que nos produjo, aunque apenas duraran un suspiro, bien merecen que pensemos que el ahora es más importante que cualquier cosa y que en un segundo todo puede cambiar. El mejor regalo que los astros nos han dejado es recordarnos que lo esencial no está en hacer más, sino en aprender a mirar y saber cuándo detenernos. 

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/08/17/cuando-el-cielo-nos-obligo-a-parar/

AGOSTO NO ENTIENDE DE RELOJES

Vamos pasando hojas del calendario sin apenas darnos cuenta de que el tiempo vuela. Hay meses que pasan casi sin dejar huella y otros, en cambio, parecen esperarse durante todo el año. Agosto es, sin duda, uno de ellos. Para muchos es sinónimo de vacaciones, de descanso y de bajar el ritmo. Porque, si hay un momento del año en el que el reloj deja de mandar, es este. No se detiene, ya que el tiempo nunca lo hace, pero pierde la autoridad que ejerce durante la rutina.

Durante once meses vivimos pendientes de los horarios, las reuniones, las llamadas… Y, en más de una ocasión, nos repetimos el mismo mantra: “cuando lleguen las vacaciones”. Ahora ya están aquí y, con ellas, llegan también sus propios rituales. El primero de todos es preparar la maleta. Parece una tarea sencilla, pero año tras año nos genera ese nerviosismo tan característico. Siempre queda la duda de si nos habremos dejado algo importante, aunque, en realidad, lo verdaderamente importante sea disfrutar. Los más previsores elaboran listas con días de antelación, pero nunca entenderán la pequeña dosis de adrenalina de quienes confiamos en la memoria hasta el último momento. Eso sí, una vez que el viaje comienza, las preocupaciones deben quedarse atrás, porque lo esencial es vivir el presente. Las vacaciones tienen esa curiosa capacidad de poner cada cosa en su sitio. Descubrimos que no pasa nada por responder un mensaje unas horas más tarde, que el mundo sigue girando aunque el correo electrónico permanezca cerrado y que, en realidad, la mayoría de las urgencias no lo eran tanto.

El destino es lo de menos. Ya sea una playa, la montaña, una ciudad desconocida o simplemente un lugar alejado del ruido, lo verdaderamente valioso es recuperar el control del tiempo, dejar de mirar constantemente el reloj y permitirse hacer aquello que durante el resto del año siempre queda relegado a un “después” o un “en otra ocasión”. Las vacaciones también encierran una curiosa contradicción. Son días pensados para descansar, pero muchas veces terminan repletos de planes. Hay quienes convierten el verano en una aventura para descubrir rincones nuevos, subir montañas, perderse entre calles desconocidas o madrugar para contemplar un amanecer. Otros, en cambio, encuentran la felicidad en una tumbona, un buen libro y el sonido del mar como única banda sonora. Ninguna opción es mejor que la otra. Cada uno descansa como quiere y como necesita. Al fin y al cabo, el verdadero descanso consiste en dedicar el tiempo a aquello que nos hace sentir bien.

Posiblemente, esa sea la mayor enseñanza que nos deja el mes de agosto. Nos recuerda que el tiempo es vida y que siempre viene bien olvidarse del reloj que marca la rutina y dejarse llevar por los pequeños placeres de cada uno. En unas semanas, septiembre llamará a nuestra puerta y con él regresarán los despertadores, las prisas y las agendas repletas de tareas. Será inevitable. Pero ojalá las vacaciones nos dejen algo más que fotografías en el teléfono o un ligero bronceado. Ojalá nos recuerden que bajar el ritmo de vez en cuando también es una forma de cuidar de nosotros mismos.

Agosto acaba de empezar y aún quedan muchos días por delante para llenarlos de momentos, de experiencias y de recuerdos. Porque, al final, el verano no se mide por los kilómetros recorridos ni por el destino elegido; se mide por la capacidad de desconectar, de disfrutar de las pequeñas cosas y de regresar con la sensación de haber vivido un poco más despacio. Quizás ahí resida el verdadero lujo de las vacaciones: descubrir que el tiempo, cuando se comparte y se disfruta, siempre merece la pena.

¡Felices Vacaciones!

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/08/03/agosto-no-entiende-de-relojes/

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