LOS SUEÑOS TAMBIÉN SE REPARTEN

He hablado este mes del belén de mi abuela pero no me puedo olvidar que mi abuelo vivía la Navidad como si el calendario le devolviera años en lugar de quitárselos. En diciembre solía caminar más deprisa de lo que ya lo hacía y sin darse cuenta hablaba de los planes futuros y de los deseos con la misma convicción que yo, una niña, aseguraba que de mayor quería ser bailarina o maestra. Para él, la Navidad no miraba hacia atrás, sino hacia adelante. Y la Lotería de Navidad era el lugar donde esa ilusión se hacía visible.

Por supuesto, el ritual para el sorteo empezaba muchos días antes. Los décimos y las papeletas llevaban tiempo guardados en el cajón donde mi abuelo conservaba las cosas importantes, no las valiosas. Ahí, doblados con cuidado, estaban esperando su momento, su gran día: el 22. La víspera del sorteo, como quien saca algo frágil a la luz, sacaba también los sueños y los extendía sobre la mesa, ordenándolos como cartas de una baraja secreta. Los miraba uno a uno, no para comprobar los números, sino para recordar de dónde venían. “Este es del bar de Julián”, decía. “Este otro lo compré con Vicente, el del taller”. Cada papeleta, sin duda, era una historia compartida no solo con los amigos sino también conmigo.

Es bonito recordar a ese niño que todos tenemos dentro. Mi infancia está ligada a muchos recuerdos que resurgen cuando tienen que hacerlo. Es cierto que han pasado muchos años y esa niña, hoy, no suele jugar a la lotería porque mi abuelo sabe que el famoso “Gordo” me tocó hace muchos años de una manera muy especial. Eso no quiere decir que no sueñe. Lo hago, no solo en estas fechas, sino siempre porque soñar, como jugar a la lotería, nunca fue solo cuestión de números.

Hoy la Lotería de Navidad se compra con meses de antelación. Desde verano se pueden adquirir décimos, sin frío, sin esperas. Aun así, cada diciembre vuelven las colas interminables de Doña Manolita, como si la espera formara parte del hechizo. Recuerdo el 22 de diciembre como un día solemne. Mi abuelo adaptaba el ritual a la rutina: si el sorteo caía en un día laborable, lo escuchaba por la radio, atento a cada número mientras la mañana avanzaba; si coincidía con fin de semana, se sentaba frente al televisor, subía el volumen cuando los niños empezaban a cantar y guardaba silencio, como si aquel coro sostuviera el futuro por unas horas. No hablaba; escuchaba. Y mientras los números caían, él soñaba.

Soñaba con repartir antes que con gastar, con arreglar cosas pendientes, con sobremesas largas. No imaginaba lujos, imaginaba tiempo. Hace años se jugaban más papeletas que ahora. Comprar la lotería así era una excusa perfecta para verse, para entrar en un bar, saludar, preguntar por la familia, desear suerte mirándose a los ojos. El número era casi lo de menos: lo importante era el gesto compartido.

Mi abuelo ya no saca los sueños del cajón, pero cada vez que escucho a los niños cantar vuelve su manera de creer, su fe en que aún podían pasar cosas buenas. Y entiendo que la Lotería de Navidad nunca fue solo ganar. Fue aprender a esperar, a compartir la ilusión, a mirar hacia adelante sin miedo. Yo sigo soñando. No con premios ni con números exactos, sino con esa forma suya de vivir diciembre como una promesa. Porque mientras uno conserve la capacidad de soñar, aunque no juegue, aunque no toque, la Navidad sigue teniendo sentido. Y quizá ese fue siempre el verdadero premio que mi abuelo me dejó.

Jimena Bañuelos

A UN MES DE NAVIDAD: COMIENZA LA MAGIA

Noviembre se está marchando silenciosamente, como si quisiera pasar desapercibido sin que nadie lo note, pero es evidente que deja tras de sí ese murmullo inconfundible que anuncia que algo especial está por llegar. Basta con pasear por la ciudad para sentirlo: el aire se vuelve distinto, más frío, sin duda, pero también más amable. Las calles parecen inquietas, unas ya lucen sus brillos y otras están a punto de hacerlo. Es evidente que cuando éstas se encienden, con esos primeros destellos de luz se rompe la oscuridad y nace un sentimiento que despierta algo en nuestro interior. 

El tiempo tiene la costumbre de avanzar sin pedir permiso. Somos nosotros quienes lo percibimos acorde a nuestra realidad. Hay días que pasan lentos, pesados, como si no fueran a terminar nunca, y de pronto miramos atrás y nos sorprende comprobar lo lejos que hemos llegado. Lo pienso cada vez que hojeo mi agenda. Empezó limpia, ordenada, con ese olor a nuevo que trae consigo la ilusión de los comienzos. Ahora, en cambio, es un pequeño mapa de mi año: páginas dobladas, anotaciones apresuradas, citas canceladas, alguna que otra mancha de café, recuerdos que no caben en una frase. Y aun así, le queda un mes más de vida para acompañarme en esta última parte del camino.

Quizás, por ser el último capítulo emociona tanto la llegada de diciembre. Este mes, sin duda, nos recuerda algo que solemos olvidar: la vida sucede cada minuto y no se guarda nada para más adelante. Sucede estemos listos o no. El tiempo es ese regalo frágil que en muchas ocasiones malgastamos con una ligereza que llega a asustar. Deberíamos aprender a abrazarlo antes de que se nos escape, y por supuesto, nunca debemos posponer lo importante.

Dicen que la Navidad tiene algo de milagroso o de mágico, y aunque no todos crean en milagros, es difícil negar que en estos días se despiertan sentimientos que parecían dormidos. Tal vez sea el recuerdo de la infancia, de aquella época en la que todo parecía posible y las luces nos hipnotizaban como si mostraran un secreto. Tal vez sea que, por unos días, los adultos dejamos de lado las prisas y permitimos que la ternura vuelva a tener espacio. La Navidad no soluciona la vida, pero nos recuerda que la vida sigue mereciendo la pena. Es más, incluso los “Grinch” lo saben, aunque disimulen. Refunfuñan, reniegan de los villancicos, pero basta un pequeño gesto para que algo en ellos se ablande. Nadie resiste por completo a diciembre. Hay un lenguaje silencioso en estas fechas que atraviesa incluso a quienes intentan mantenerse al margen.

Las calles ya brillan, y cada luz encendida acorta la distancia hacia lo que verdaderamente importa: volver a casa, reencontrarse, celebrar que seguimos aquí y que los que no están nos enseñaron las tradiciones que tenemos que disfrutar. Yo ya cuento los días para estar con los míos. Porque ahí, en ese lugar donde las risas suenan más sinceras y los silencios no pesan, es donde la Navidad cobra sentido.

Bienvenidas sean las luces. Bienvenida sea la ilusión que vuelve sin pedir permiso. Que este mes nos abrace con su magia y nos recuerde que lo importante siempre está cerca. Ya casi llega… y ojalá nos encuentre con el espíritu encendido.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/11/24/a-un-mes-de-navidad-comienza-la-magia1/

CUMPLIENDO 19 AÑOS… GRACIAS A MI DONANTE DE MÉDULA

Olvidar el pasado puede parecer fácil… hasta que regresa sin avisar, colándose en nuestra mente con la fuerza de lo vivido. Hay recuerdos que son imposibles de olvidar, sobre todo aquellos que marcan un antes y un después. A veces, lo más difícil no es dejar atrás lo vivido, sino tener el coraje de comenzar desde cero.

Hace diecinueve años, soñaba con que todo saliera bien en mi “día cero”, un momento que anhelé profundamente desde que la leucemia cambió todos mis planes y se apoderó de las riendas de mi vida. Tenía veintiún años y, como cualquier joven, solo quería disfrutar de mis últimos cursos universitarios;  pero la vida, tan caprichosa y sabia, me enseñó una lección inolvidable. Una lección de esas que quedan grabadas a fuego en la mente, en el corazón y en el cuerpo porque todas las cicatrices siempre nos recordarán dónde hemos estado y aquello por lo que hemos luchado.

Me tocó madurar de golpe. Mis prioridades cambiaron con la misma velocidad con la que llegó el diagnóstico. Aprendí que la supervivencia exige una fuerza interna que, aunque no supe bien de dónde la saqué, nunca me abandonó. Reconozco que hubo momentos de flaqueza, pero nunca estuve sola. Aquellos que me acompañaron (mi familia, el personal médico, los amigos) se convirtieron en los motores que me impulsaban a seguir soñando con un futuro, habitación tras habitación, ciclo tras ciclo, hasta que llegó el día del trasplante de médula.

La incertidumbre fue una compañera difícil, pero la esperanza siempre logró imponerse a las dudas, incluso durante la quimioterapia más dura. Hoy puedo decir que algunos recuerdos de aquel 2006 se han difuminado algo, pero hay otros que siguen grabados a fuego…Como aquella tarde de aquel catorce de septiembre en el hospital de La Princesa: el ir y venir de enfermeras, auxiliares, doctoras… y, sobre todo, la imagen imborrable de mis padres tomándome la mano. Ese fue mi “día cero”, el momento en que todo cambió. El día de mi trasplante era una realidad cargada de ilusión y esperanza porque con él terminaban los duros tratamientos quimio y radio, y poco a poco comencé a recuperar esas riendas de mi vida que había perdido. Sabía que el miedo no podía impedirme vivir. Con el tiempo, todo fue encontrando su lugar y esa segunda oportunidad que me regaló la vida me permite, hoy, soplar otra vela más.

Una vela que tiene nombre y apellidos, aunque nunca los haya conocido. Ese donante anónimo, al que yo llamé Hans lo cambió todo. Vivo gracias a su generosidad. Nunca olvidaré el momento en el que mi hematóloga pronunció esas palabras: “Tienes un donante de médula compatible”. Durante meses soñé con ese instante. Y aunque el proceso fue duro y agotador, sabía que llegaría el día en que volvería a disfrutar de la vida con una intensidad nueva, distinta, plena.

Hoy, diecinueve años después, llevo con orgullo, este dorsal que representa la mayor de las victorias, un cumplevida más. Es cierto que cada septiembre los recuerdos vuelven y no creo que el tiempo sea capaz de borrarlos porque éste no todo lo cura. Lo que sí sé es que el pasado moldea nuestro presente y condiciona el futuro. En un segundo todo puede cambiar. Lo sé porque lo viví: el día en que me dieron el diagnóstico y el día en que escuché que tenía una nueva oportunidad. Y aunque la vida me llevó por muchos estadios, unos de dolor, otros de esperanza, reconozco que, en aquellas habitaciones del Hospital de La Princesa, soñé muchas veces. Uno de ellos, por ejemplo, era volver al Vicente Calderón de la mano de mi padre. Él no se separó de mí ninguna noche y ese sueño era el mejor que podía hacerle. Es cierto que era un deseo sencillo, rutinario para cualquier aficionado, pero que para mí era un sueño mayúsculo. De hecho, si ese sueño se cumplía, era porque, a pesar de todo, aún tenía la vida. Y se cumplió y lloré de la emoción porque conseguí no sólo meterle un gol a la leucemia, el más importante de todos los partidos, sino abrazar a mi padre en el momento en el que el sueño se hizo realidad. Ese fue uno de los muchos anhelos que cumplí gracias a todos los que estuvieron conmigo y me sostuvieron sin importar sus colores, futbolísticamente hablando, para teñirlo todo de fuerza y esperanza. Todos ellos me enseñaron a creer, incluso cuando yo no podía. A no rendirme, incluso cuando el partido estaba complicado porque “el día cero” era la final y juntos la ganamos con creces. Eso sí, Hans, ese donante de médula que dio un giro a la historia de ciento ochenta grados, lideró y protagonizó aquella tarde en La Princesa. Siempre estaré eternamente agradecida.

Tengo muy presente que la vida es lo que nos queda por vivir y, por eso, cuando ésta ofrece una segunda oportunidad es por algo. Está claro que hoy brindo, gracias a que “Aún tengo la vida”, por la salud, por Hans y por seguir sumando días a ese ‘día cero’ que tan marcado está en el calendario. Seguiré persiguiendo mis sueños porque como dijo Kierkegaard: “La vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia adelante.”

¡Brindemos y vivamos!

Jimena Bañuelos

¿DÓNDE NACEN LOS SUEÑOS?

Sin darnos cuenta estamos en el ecuador del mes de julio. A estas alturas del verano ya hemos superado varias olas de calor, pero es lo que nos toca en la estación estival. Es cierto que la última Dana nos ha dado un respiro, meteorológicamente hablando, pero también nos ha hecho recordar sentimientos e imágenes imborrables en la memoria. El tiempo pasa y las heridas cicatrizan, aunque a veces, el dolor vuelve al presente. No obstante, la perspectiva ante el ahora depende mucho de las personas y lo que éstas han vivido a lo largo de su vida… Es curioso como estando en verano no cesan las constantes quejas contra el calor, algo que va implícito en esta estación. Si éstas sirven para desahogarse, soltar el estrés acumulado y la irritación que provoca el termómetro desbocado, habrá que aceptarlo aunque no hay porqué compartirlo. 

En mi propósito de buscar siempre el lado positivo de las cosas, me aferro a pensar que las vacaciones están cada vez más cerca. También hay que darle una oportunidad a esas pequeñas escapadas que consiguen que desconectemos de la rutina. Son esos oasis donde podemos refrescar nuestro cuerpo y nuestra mente hasta que comience el verdadero tiempo de ocio. 

A mí, por ejemplo, la playa me brinda ese instante de desconexión tan necesario. En ella, logro escapar, aunque sea por instantes, del guión rutinario que marca mis días. Es un buen sitio para construir castillos en la arena que me permiten hacer borrón y cuenta nueva. Estos los moldeamos a nuestro antojo. Pueden ser más grandes o más pequeños pero siempre serán el reflejo de nuestra imaginación. Una imaginación que, haga calor o no, siempre nos acompaña para construir sueños y para hacernos pensar que todo puede cambiar. 

Los castillos en la arena tienen una duración determinada y cuando caen podemos volver a levantar otro igual o más grande que el anterior. Incluso podemos aferrarnos a la arena mojada que todos sabemos de su fortaleza. En la vida, sucede algo parecido porque de nosotros depende que cuando caigamos nos levantemos con más fuerza y más seguridad en nosotros mismos. La autoestima es ese castillo invisible que se va moldeando con los años. Lógicamente, sufre grietas, se resiente con el tiempo, pero no debe caer porque ser fiel a uno mismo es el mejor cimiento posible. El que dirán nunca podrá erosionar a quien conoce perfectamente sus virtudes y, por supuesto, sus defectos. De los primeros y de los segundos siempre se aprende pero también evolucionan a medida que vamos cumpliendo años. 

Un verano más, frente al mar, doy forma a nuevos castillos de arena mientras mi mirada se pierde en el horizonte infinito del Mediterráneo que ha sido testigo de mis pasos y mis sueños. En sus aguas dejé anhelos que, con el tiempo y el esfuerzo, se hicieron realidad. Hoy me acompaña una serena sensación de satisfacción por lo alcanzado, pero también una inquietud latente que me empuja a seguir soñando. Porque la vida no sólo se trata de vivirla y disfrutarla, también hay que soñarla y despertarse en el momento justo para que la imaginación ceda ante nuestra acción y, obviamente, ante la realidad. 

Una realidad llena de ilusiones porque éstas son el mejor motor para afrontar las adversidades que también las hay. Aún así, seamos conscientes de que el calor se pasará y con él la estación estival porque cada día que vivimos es único e irrepetible. Los castillos de arena no se construyen solo en la playa. Los castillos de arena están…   (Lo que sigue… que lo escriba cada quien con lo que sueña, con lo que siente, con lo que vive.)

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/07/15/donde-nacen-los-suenos/

PROPÓSITOS 

Parece que fue ayer cuando dimos la bienvenida a este nuevo año y ya han pasado casi quince días en los que le hemos tomado el pulso al 2025. Los propósitos están recién estrenados y por delante hay muchas jornadas para llevarlos a cabo. Como suele suceder unos tendrán el ‘check’ de cumplidos y otros encabezarán futuras listas si no asumimos la realidad de que no estamos dispuestos a afrontarlos. Al final la actitud es lo que cuenta y, por eso, hay que ser realista y saber, sin engañarnos, lo que realmente estamos dispuestos a hacer o a cambiar. Al final, lo que debe de primar es nuestra felicidad, los propósitos son intenciones y pueden ir variando en función de nuestros deseos y, por supuesto, de nuestro presente. 

Un presente que escribimos día a día y que no contempla visiones de futuro. El hoy se nos escapa sin darnos cuenta, porque cada día que pasa es un día que no vuelve. No sé lo que me deparará este año, pero lo que sí sé es la intención con la que afronto todas la aventuras que el 2025 me quiera brindar. Siempre se aprende con la experiencia y no dudo que este año me dejará todo tipo de recuerdos, pero, sin duda, todo lo que esté en mi mano irá acompañado de esa felicidad que es el mejor motor que uno mismo puede tener. En el fondo, ser feliz es lo que cuenta y quedan muchos capítulos por escribir de este año. Enero acaba de empezar, pero en un suspiro ha volado la primera quincena y esto me confirma que el tiempo no es oro porque el tiempo es vida. 

Una vida que me ha enseñado a vivirla sin ponerle ningún ‘pero’, aunque a veces cueste. No es un camino de rosas, pero hay que reconocer que las espinas también enseñan y sus cicatrices muestran nuestra propia fortaleza. Ésta, aunque la desconozcamos, está en nuestro interior y en la fuerza de nuestra mente, porque lo que nos susurramos a nosotros mismos tiene más poder que cualquier “discurso” que venga de fuera. Creer en uno mismo es fundamental y ser consciente de lo que uno vale es vital para comenzar a quererse. El que dirán son palabras, palabras y más palabras que no deben cuajar en alguien que ha forjado su personalidad con el paso de los años y con las lecciones que la vida le ha enseñado. 

Unas lecciones que llegan cuando menos te lo esperas. Reconozco que en enero de hace unos años comenzó para mí la enseñanza más dura. Lógicamente, sí que marcó un antes y un después. Aprendí  que en un segundo todo puede cambiar, pero comprendí que la vida es lo que nos queda por vivir y, por eso, no me voy a distraer de ese propósito. Un propósito que, año tras año, está en la lista y no porque no lo haya cumplido, sino porque es primordial para mí no olvidar que la vida sólo se vive una vez y cuando ésta da una segunda oportunidad es por algo. Vivamos

Jimena Bañuelos

ALEGRÍAS COLCHONERAS

Si el Atleti ha metido once goles en dos partidos en la misma semana, se dice y se disfruta. Dos encuentros sin sufrir es la mejor terapia para dar un respiro a los corazones colchoneros. No sé si hay que acostumbrarse a ello o no, lo que tengo claro es que nunca hay que dejar de creer y parece que Simeone ha dado con la tecla exacta, para que el Atlético de Madrid vuelva a ser el que su afición quiere. 

Una afición que siempre estará del lado de los suyos, pero también espera de estos su mejor versión.  Por eso, gritar “gol” siendo visitante es mucho decir. No me gusta mirar al pasado pero la realidad demuestra el infierno que ha sido para el Atleti salir de su fortín. Menos mal que las cosas se han enderezado y hay que seguir así porque el jueves hay partido de Copa. Será ante el Cacereño, pero no hay que relajarse. Además los rojiblancos tienen ganas de más. Los triunfos siempre alegran a la afición y si son como los últimos, bienvenidos sean. La Navidad está cerca y los puntos sumados son regalos adelantados, quizás los de Simeone y él mismo se hayan dado cuenta de que era muy posible que los Reyes Magos les trajeran carbón. Siempre hay tiempo para enmendar los errores. Ahora toca continuar así. 

¿Se puede seguir soñando? Se puede. ¿Se puede seguir ilusionado? Se puede. Ahora bien, no debe faltar el coraje y corazón que siempre nos acompaña. Seguramente, en las cartas a Papa Noel o a los Reyes Magos habrá más de un pedido colchonero. En cada paquete hay sonrisas, hay emociones y hay imaginación, pensando en donde se van a lucir esos regalos. Neptuno siempre será una opción más que anhelada pero los rojiblancos sabemos que en cualquier momento podemos presumir de nuestros colores, porque ser del Atleti es mucho más que unas rayas, es un sentimiento y una forma de vivir que quienes no la entienden, mejor que dejen de preguntar o de hablar de ella. 

Ahora nos toca a los colchoneros hablar de los nuestros, del cambio que ha habido en el equipo, del orgullo que sentimos cuando las cosas se hacen bien porque esta afición sabe estar en las buenas y en las malas, algo que ha demostrado en situaciones muy duras. Por eso, estos hinchas nos merecemos disfrutar de los goles y, por supuesto, nos merecemos ese respiro al corazón del que he hablado al principio. No hay ninguna necesidad de infartar todas las semanas, de estar sufriendo lo indecible porque como dijo Simeone: “Si se cree y se trabaja, se puede” y a los hechos me remito.

Remitiré mi carta estas fiestas a quien corresponde. En ella no faltarán muchos deseos y muchos sueños. Eso sí, bienvenidas serán todas las alegrías que el Atleti nos brinde porque desde niña supe que el Atleti le da alegrías a mi corazón. 

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2024/12/02/alegrias-colchoneras/

MIRANDO AL MAR

Dicen que el tiempo es oro, cuando, en realidad, el tiempo es vida. Por eso, no podemos despistarnos y debemos centrarnos en lo que realmente importa. Está claro que ser felices es a lo que aspiramos y aunque no siempre sea fácil dar con las teclas exactas de esa felicidad, cuando ésta se consigue la sensación es indescriptible. 

Acabo de soplar las velas en la tarta de mi cumpleaños. Como marca la tradición he pedido ese deseo que no se debe decir a nadie para que se cumpla. En realidad, cumplir todos los deseos es lo que hace la vida mucho más interesante. Algunos no dependen de nosotros y llegan cuando menos lo esperamos y el derroche de felicidad es abrumador, en cambio, otros, los vamos forjando con el paso de los días, los meses o, incluso, los años; pero el resultado es el mismo. Es más, me atrevo a decir que la satisfacción personal es un plus a añadir a esa felicidad que tanto nos llena de vida. 

Nunca me importó cumplir años porque eso es la vida. Soplar una vela más cada año es, para mí, un sinónimo de que estamos con nuestros seres queridos para continuar escribiendo otro capítulo de nuestro propio manuscrito. Este año, frente al mar, he comenzado una década nueva, la anterior fue maravillosa y fue en México donde comencé a acumular grandes recuerdos. Estos son inolvidables  y marcaron un antes y un después. Ahora, ante la inmensidad del Mediterráneo, toca seguir soñando y pensar en todo lo bueno que está por venir. Evadirse de la realidad es fundamental para recargar la energía de la mente. En la playa se construyen muchos castillos de arena, algunos duran muy poco y se deshacen en un suspiro; en cambio, hay otros que se caen y se vuelven a levantar para recordarnos que en la vida hay que hacer, en más una ocasión, borrón y cuenta nueva para levantarse tras cada caída con más fuerza y más seguridad en nosotros mismos. 

La autoestima es ese castillo que se va moldeando con los años y que tiene sus altibajos, pero nunca puede caer porque ser fiel a nosotros mismos es la base más sólida que podemos construir. El que dirán nunca podrá erosionar a quien conoce perfectamente sus virtudes y, por supuesto, sus defectos. De los primeros y de los segundos siempre se aprende pero también hay una evolución a medida que vamos cumpliendo años. 

Por eso, teniendo muy claro que la vida es lo que nos queda por vivir, me permito mirar a lo lejos y contemplar el mar que me ha visto crecer y con el que he soñado unos sueños, valga la redundancia, que ya puedo decir que se han hecho realidad. Una satisfacción infinita que no sacia mis ganas de continuar elaborando nuevos castillos. Está claro que la vida es hoy, pero también hay que soñarla y despertarse en el momento justo para que la imaginación ceda ante nuestra acción y, obviamente, ante la realidad. Una realidad que está cargada de grandes ilusiones. Unas ilusiones que no pueden faltar nunca. Gracias a ellas, las adversidades se llevan mucho mejor. Seamos conscientes que el calor pasa, que el verano también, pero cada día que pasa es un día que no vuelve. 

En definitiva, los castillos de arena no solo están en la playa, los castillos de arena están… 

Jimena Bañuelos

ZOLTAR Y LOS DESEOS

Si toca quejarse del tiempo, pues nos quejamos. Es cierto que los termómetros han bajado, dicen que vienen lluvias, muy necesarias, e incluso la nieve puede hacer acto de presencia y todo esto acompañado con un viento polar que no hemos tenido en pleno invierno. Habrá que resignarse a las inclemencias meteorológicas aunque nos pese. En mi caso que anhelo con ansiedad el sol, el calor y la llegada de la primavera y el verano esta cuesta está siendo más dura que la de enero. 

Marzo llega con más luz y, a priori, con mejor tiempo. Si bien es cierto este mes concluye con la Semana Santa. Ésta suele estar marcada también por la meteorología pero nadie se atreve, de momento, a aventurarse con las predicciones para ella. Es la primera escapada vacacional que tenemos y todos aspiramos a disfrutar de ella, ya sea, solemnemente u ociosamente. Habrá que ir día a día viendo la evolución de todo. Al fin y al cabo es así como tenemos que vivir. 

Por delante, de momento, llegan los días grandes de las Fallas de Valencia. En Castellón ya hemos despedido la Magdalena con la nostalgia de lo vivido e iniciando la cuenta atrás para las fiestas del año que viene. Ahora toca acercarse a contemplar los monumentos falleros y apreciar su arte y su sátira. De ésta pueden ir sobrados porque la actualidad que hemos vivido ha dado para mucho. Nadie se libra de ser un ninot y, salvo el indultado, el resto arderán como marca la tradición. Las llamas lo consumirán todo el próximo día 19. El día del padre en el que, además, festejaremos a nuestros cómplices en la vida. 

Una vida que vamos construyendo como queremos. A veces, tiritaremos de frío y otras se nos pondrá la carne de gallina por otros motivos, pero eso es la esencia de estar vivos. Sin duda, una esencia que tiene un valor incalculable aunque en muchas ocasiones no la valoremos como se merece. Vivir es disfrutar y podemos ser “disfrutones” a nuestra manera. Cada uno tenemos nuestras metas, nuestros sueños, nuestras ilusiones a las que no tenemos que renunciar, sino que debemos pelear por ellas. Hace dos días volví a ver al mítico Zoltar. Recuerdo cuando vi al auténtico en Los Ángeles. Concede deseos como en la película de “Big”, y por un momento, me vinieron a la mente esas ilusiones que nunca se apagan aunque el calendario corra. Un deseo cumplido puede ser un sueño hecho realidad y eso es algo impagable. 

Hace una semana escribí que prefiero seguir viviendo los sueños y soñando la vida, me reafirmo en mis palabras. Llevo mucho años viviendo de regalo. Ese deseo se ha cumplido. No ha sido Zoltar, fue donante de médula, pero al fin al cabo, la vida me dio otra oportunidad. Una oportunidad que también me permite, como he dicho, continuar soñando. Sueño, con los pies en la tierra, pero sueño porque sé que algún día aquello que no me deja dormir, estará en mi despertar. La vida, esa que solo se vive una vida, cuando da una segunda oportunidad es por algo. 

Si tengo que pedir un deseo ahora mismo a Zoltar, lo tengo muy claro porque conozco mis prioridades. Acaso tú, lector, ¿lo tienes tan claro? 

La vida es ahora y en un segundo todo puede cambiar… Ahí lo dejo…

Jimena Bañuelos

UN ALTO EN EL CAMINO

Siempre es bueno hacer un alto en el camino. A veces desconectar es bueno para reiniciar nuestra mente y comenzar de nuevo. No es una huida. Es buscar una vía de escape para reforzar los pensamientos positivos. Estos son primordiales para afrontar, sin duda, la realidad vinculada a la rutina. 

Un rutina que es buena, siempre y cuando no nos genere un estrés que nos impida disfrutar de la vida. Nadie nos puede decir de qué manera tenemos que hacerlo, pero está claro que el “a vivir que son dos días” es un dicho cuyo significado se potencia en los malos momentos. No es necesario estar mal para valorar lo que tenemos. Empezar por ahí es una buena manera de ser conscientes de que en las pequeñas cosas que nos rodean hay mucha felicidad envuelta. Quizás saber desenvolverla  es algo que vas aprendiendo con el tiempo y con la experiencia. Es cierto que la madurez nos hace crecer como personas. Todos tenemos en la vida un momento que nos marcó de tal manera que nada volvió a ser como antes. 

Ese antes y después tiene que enseñarnos a mejorar en todos los aspectos de la vida. Por eso, no se nos puede olvidar la lección aprendida, pero en algún momento, serán los recuerdos los que nos muestren aquello que nos hizo cambiar. Quizás eso que sucedió en el pasado, por mucho que lo queramos olvidar nos vuelve, de vez en cuando, para mostrarnos nuestra propia esencia. 

Una esencia que me encanta recordar contemplando el mar. El susurro de las olas, el silencio, el sol como testigo y la calma, son mi mejor terapia para formatear mi disco duro. Un disco duro que está cargado de grandes momentos, pero también de lecciones muy duras que no quiero repasar, pero que son imposibles de olvidar. Frente al mar no pretendo olvidar, pero sí reforzar esa fuerza de la vida que veo en las cicatrices que han quedado. Éstas dicen que se cosen con las agujas del tiempo, pero su rastro no siempre desaparece. Tampoco pretendo que lo hagan porque ahí está, también, la esencia de la persona que soy hoy. 

Una esencia que hay que ver en los momentos en los que estas solo y en el lugar indicado. Me gusta la montaña pero frente al mar se proyectan muchos sueños, muchos deseos, muchas ilusiones y sobre todo, muchas ganas de seguir afrontando el presente con la fortaleza que la vida me mostró sin que yo misma supiera que la tenía. Aprendí a conocerme y, por eso, sé cuando se necesita una pausa. Retomar la rutina es bueno, pero no hay que dejarse llevar por ella. La vida se nos escapa de las manos y no somos conscientes de ello. 

Está claro que ser feliz es lo que cuenta y que hay que sonreír a diario. Volveré más pronto que tarde a sentarme frente al mar para abrirle mi corazón. Mientras tanto, no tengo ninguna duda de que quiero seguir viviendo los sueños y soñando la vida.

Jimena Bañuelos

A POR UN AÑO NUEVO

Llegaron los Reyes Magos, se han apagado las luces, la nostalgia navideña ha quedado atrás para dar paso a la realidad. Una realidad que se llama rutina a la que hay que volver. Puede no ser fácil, pero todo pasa. Lo vivido ha quedado atrás y por delante tenemos un futuro en el que están los regalos más deseados, los restos de lo dulces navideños y, por supuesto, toda una vida. 

Comenzar el año y estrenar el calendario puede dar cierto vértigo porque por delante tenemos muchos días en los que viviremos la cara y la cruz de la vida, pero sobre todo, en los que ganaremos experiencia y forjaremos aún más nuestra personalidad. Cada reto al que nos enfrentamos nos deja una marca, puede ser una cicatriz de recuerdo o simplemente un pellizco en el corazón. Todo dependerá de la lección que la vida nos quiera dar. 

Es cierto que con el inicio del 2024 también han cobrado protagonismo los tradicionales propósitos. De momento, está grabado a fuego en la mente de todos, pero con el tiempo es muy probable que alguno de ellos se vaya diluyendo. Quizás no sea la motivación la que lo mantiene vivo y, por eso, al caer en un segundo plano podamos prescindir de algo que considerábamos vital. Sin embargo, un año da para mucho y, probablemente, surjan nuevos propósitos que asumir con el paso de los meses. Nunca sabes lo que te depara el presente, del futuro es mejor ni pensar. La incertidumbre de éste no te lleva a nada bueno, será el día a día el que escriba el porvenir. 

Un porvenir en el que no debe faltar la salud. Un deseo imprescindible que no debería haber faltado en la mente de todos mientras nos comimos las tradicionales doce uvas. Unas uvas en las que hay que pedir deseos o sueños al destino. Éste comienza con la alegría de dar la bienvenida a un nuevo año. La vida está para vivirla y sacarle el máximo partido. Por delante tenemos todo un calendario para ir escribiendo nuestra propia historia sin que nadie nos dicte lo que escribir o nos sostenga el bolígrafo. Ser fiel a nosotros mismos tiene que ser el propósito por excelencia porque los principios y la personalidad son irrenunciables. 

Nuestra propia historia podrá tener unos capítulos más interesantes que otros, unos serán de acción, otros de comedia, seguro que habrá intriga y esperemos que mucha felicidad. Llevamos nueve páginas del capítulo de “Enero” y nos queda mucho por delante… Ya dijo Agatha Christie: “Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único”.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://www.elvalle.com.mx/columnas-y-opinion/story/53089/a-por-un-ano-nuevo

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