¡FELIZ NAVIDAD!

El tiempo vuela y, sin darnos cuenta, volvemos a situarnos en ese punto del calendario en el que la Navidad lo impregna todo. Hace días que el ambiente ha cambiado y las calles se han transformado. Quizás, el ánimo también lo haya hecho. Sin duda, son días de reencuentros, de miradas cómplices y de deseos que quizá llevaban meses guardados, pero que ahora cobran un sentido especial.

En pleno invierno llegan, paradójicamente, las fiestas más cálidas del año. Para quienes viven la Navidad con intensidad, es inevitable echar de menos a los que ya no están. Las sillas vacías pesan, duelen y despiertan nostalgia, pero también deben llenarse de buenos recuerdos, de risas pasadas y de todo el amor que dejaron. Esa mezcla de ausencia e ilusión provoca un torbellino de emociones que sólo el corazón sabe ordenar. Porque, al final, se trata de sentir y compartir con quienes de verdad nos quieren. 

La vida puede cambiar en un segundo y, a las puertas de la Navidad, es casi obligatorio detenerse a valorar todo lo bueno que nos ha dejado el año. Hacer balance es natural, pero incluso de lo  no tan bueno siempre nos queda un aprendizaje. Y si algo merece la pena, es abrazar fuerte a los nuestros. A estas alturas, el árbol ya luce en casa, el belén ocupa su lugar, los dulces tradicionales esperan en la mesa y los villancicos marcan el ritmo de estos días y eso, que las panderetas y las zambombas ya no se ven tanto, pero siempre habrá quien se anime con ellas.

Aunque cueste el ánimo tiene que estar arriba, porque cada Navidad es única. Los recuerdos que se crean ahora se guardan para siempre. Las fotos se parecen, sí, pero nunca son iguales, y ahí reside su encanto. Disfrutar con quienes nos quieren es el mejor regalo. La hipocresía, en cambio, no tiene cabida: el año es largo y la felicidad no entiende de disfraces temporales. Al final, ser feliz es lo que cuenta. Por eso, en estas fechas sólo deberían tener espacio la ilusión, los deseos y los sueños pendientes. Estos son el motor que nos empujan a seguir adelante. Ojalá la actitud navideña durara todo el año; quizá así todo sería más sencillo…

La Navidad, nos guste o no, tiene algo de magia. Cada uno conoce el secreto para hacerla especial. Yo seguiré escribiendo mi carta a los Reyes Magos, pidiendo, como siempre, ver sonreír a los míos, porque ahí empieza todo. Y con la mirada puesta en lo que viene, sólo me queda desear de corazón: Feliz Navidad y un muy Próspero Año Nuevo, lleno de salud y recuerdos que nos acompañen siempre.

¡FELIZ NAVIDAD!

ENCENDER NUESTRA PROPIA LUZ

Estamos ya en el ecuador de noviembre y, después del siempre comentado “día del soltero”, parece que todo el universo gira alrededor del “Black Friday” y del “Cyber Monday”. Aún falta más de una semana, pero la carrera de los descuentos ya está lanzada. Es inevitable: la invitación a comprar aparece en cada esquina y la tentación de darnos un capricho, también. No seré yo quien reniegue de ello; un detalle a tiempo puede enderezar un día torcido. Las cosas como son. Y es que, aunque lo neguemos, estamos entrando en esa antesala silenciosa de la Navidad que, por mucho que intentemos frenar, acaba llegando siempre, exactamente igual que las estaciones, los recuerdos y los anhelos.

Sin embargo, en medio de todo este movimiento comercial, solemos olvidar lo esencial. Porque sí, es cierto que un regalo nos despierta una sonrisa, pero lo que realmente sostiene la vida es la salud. Esa salud que muchos solo escriben con mayúscula el 22 de diciembre, cuando la Lotería de Navidad reparte suerte, y quien no sale premiado se aferra al consuelo de “Bueno… al menos tenemos salud”. Pero la salud no es un consuelo. Es, en realidad, el auténtico gordo que nos toca cada mañana sin necesidad de bombos, décimos ni rituales. Con salud podemos soñar, caminar hacia lo que queremos, resolver lo que se complica y disfrutar de lo que llega. Ahí está lo más importante de nuestro día a día. Por eso, frente al espejo, la primera sonrisa del día debería ser para recordarnos que estamos aquí, presentes y que ese presente puede cambiar en un segundo, de ahí, la importancia de valorar lo que tenemos al margen de ese dinero que trae el azar.

El calendario avanza sin pedir permiso. Noviembre, que empezó entre flores, velas y recuerdos, está listo para cambiar de ritmo. El auténtico pistoletazo de salida a la Navidad será este sábado, cuando Madrid encienda sus luces. Y entonces ocurrirá ese pequeño milagro anual: la ciudad se transformará. Aún es pronto para decir que el espíritu de la Navidad lo inunda todo, pero sus emisarios ya están aquí. Desde el próximo fin de semana, cambiarán los colores, cambiará el aire, cambiarán los pasos de la gente porque ese encendido marca un antes y un después. Todo sonará a invierno recién estrenado aunque no sea su tiempo. Las calles intentan invitar a pasear más despacio y las ilusiones se despiertan casi sin querer. Porque la Navidad, incluso antes de llegar, tiene la capacidad de iluminar rincones que creíamos apagados. Nos guste o no.

Quizá se trate precisamente de eso: de aprender a dejarnos llevar cuando toca, sin perder de vista lo importante. Darse un capricho es válido, pero más válido es regalarnos bienestar. A veces basta una tarde tranquila, un café compartido, una conversación pendiente o un paseo sin prisa. La vida está hecha de instantes pequeños que se van acumulando sin ruido, de momentos que llegan cuando quieren y no cuando los apuramos. Intentar frenar el tiempo es inútil; llega cuando tiene que llegar, y pasa exactamente igual.

Por eso, aunque cambien las modas, los descuentos, los villancicos adelantados o las prisas que parecen acompañar cada final de año, hay algo que permanece inalterable: la necesidad de cuidarnos. De valorar lo que tenemos, de agradecer lo cotidiano y de mantener encendida esa luz interior que no depende de adornos, bombillas o escaparates. Porque cuando las luces de la ciudad se encienden, lo que realmente importa es asegurarnos de que también brillen las nuestras, las que nadie ve pero que cada uno de nosotros sabemos que son nuestro motor más importante. Ese motor que jamás debería apagarse.

Jimena Bañuelos

MIENTRAS LLEGA DICIEMBRE

Se nos llena la boca diciendo que hay que vivir el presente. Lo decimos con convicción, como si repitiéndolo bastara para que el tiempo se detuviera y nos esperara. Pero no. La vida sigue su curso mientras nosotros corremos detrás del calendario. Y así, casi sin darnos cuenta, ya estamos en noviembre… aunque todo a nuestro alrededor grite “¡Feliz Navidad!”.

Porque es cierto que la Navidad llegará, pero parece que tiene prisa. O, quizás, somos nosotros los que tenemos prisa. Desde septiembre ya se intuía su olor a canela y sus luces LED. Ahora, cuando apenas acabamos de inaugurar el penúltimo mes del año, las calles ya lucen las bombillas, los escaparates se preparan y brillan con el entusiasmo de quien no sabe esperar, y hasta los árboles de Navidad estiran sus ramas en los centros comerciales, listos para la foto perfecta. Y claro, Mariah Carey ha vuelto. Como cada año, abre la puerta musical de la temporada con su eterno “All I want for Christmas is you”, despertando entre copos de purpurina al espíritu navideño más madrugador.

Pero entre tanta anticipación, ¿quién se acuerda del presente?

Noviembre está aquí, como siempre, con sus tardes de escasa luz, sus cielos más cubiertos y, lógicamente con planes de manta y sofá. Sin duda, es un mes tranquilo, quizás sea ese puente entre la calma y el ruido venidero. También es la nostalgia que nos invita a mirar hacia atrás, y por supuesto, hacia delante sin ansiedad. No obstante, hay que reconocer que lo estamos viviendo a medias, eclipsado por un diciembre que aún no ha llegado pero ya ocupa todo el espacio.

La verdad es que el año se nos ha escurrido como agua entre los dedos. Tal vez sea momento de parar un instante, respirar y reconciliarnos con el tiempo. Porque el tiempo no es oro, aunque lo digan. El tiempo es vida, no lo olvidemos. El oro brilla, sí, pero el tiempo se vive. Late. Se nos cuela entre las horas y deja su huella en la piel y en los recuerdos. La vida es eso que sucede mientras colgamos luces y hacemos listas de propósitos. Y quizá ahí esté el truco: recordar que no hay mejor regalo que este instante.

Ser feliz no se compra ni se promete con las uvas de Año Nuevo. Ser feliz es mirarse al espejo y sonreír de verdad, sentirse pleno. No hay que buscar esos ‘peros’ que nos ponemos a menudo. Es cierto que todavía estamos a tiempo de cumplir un propósito pendiente, de intentarlo una vez más, de creer que algo puede cambiar. Eso también es Navidad, aunque no lo envuelva un papel de regalo. Los sueños son los que nos mantienen despiertos. Son un gran motor de nuestro presente. Son el hilo invisible que da sentido al camino. Y sí, la Navidad tiene algo de eso: de magia, de ilusión, de segundas oportunidades. La Navidad llegará con ese espíritu especial, pero ojalá no necesitáramos un calendario para sentirla. Ojalá viviéramos con ese mismo espíritu todo el año, con más bondad que apariencia, con más alma que adorno.

Porque la vida, aunque esté rodeada de turrones, mazapanes, luces o regalos, no espera. Se escapa si no la abrazamos, si no la sentimos, si la dejamos ir. Así que, antes de que diciembre nos atrape con su bullicio, regalémonos, de verdad, un poco de noviembre. Escuchemos el silencio, la lluvia, la calma… Escuchémonos a nosotros mismos…Que todavía no es Navidad, aunque el mundo insista.

Y quizá ahí, en ese instante sencillo, encontremos lo que tanto buscamos: la vida misma, sin prisas y con sentido. Esa vida que nos intentan acelerar, pero que únicamente tiene un presente y es: AHORA.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/11/03/mientras-llega-diciembre/

BURGOS ES RAÍZ, HISTORIA Y DIGNIDAD

Hay chistes que no hacen gracia. Comentarios repetidos que ya no son bromas, sino burlas que delatan ignorancia. El otro día ante un texto en inglés leí este comentario: “traducido también al español… para los de Burgos o Soria”. ¿De verdad eso le hace gracia a alguien? ¿Quién necesita rebajarse a ese nivel para llamar la atención?

Solo quien no conoce Burgos puede permitirse el lujo de despreciarla. Solo quien no ha pisado sus calles ni ha escuchado a su gente puede intentar reírse con chistes fáciles. Porque Burgos es historia viva, cabeza de Castilla y ejemplo de dignidad. En esta ciudad nació buena parte de lo que hoy entendemos por España. Burgos ha sido siempre raíz, cimiento y empuje. Y no lo dice un localismo inflado: lo dice la historia, los hechos, la realidad. Y si hablamos de cultura, Burgos no solo fue cuna del castellano: fue cuna de héroes, sabios y exploradores del alma humana. Aquí nació El Cid Campeador, más allá del mito, como símbolo de lealtad, valentía y sentido del deber. De estas tierras también salió Félix Rodríguez de la Fuente, el hombre que enseñó a generaciones a mirar al mundo natural con respeto y admiración. Y en Atapuerca, esta ciudad guarda uno de los patrimonios más importantes de la humanidad: las huellas de nuestros antepasados, una puerta directa al origen. Porque quien camina por Burgos no pisa solo historia, pisa cultura viva. Y eso no se aprende en memes ni en chistes: se aprende viajando, escuchando, y sobre todo, respetando.

Es más, si la ciudad impone respeto, su gente lo merece aún más. El burgalés no es de alarde ni de ruido, pero sí de principios, de palabra y de constancia. Gente trabajadora, discreta, resistente. Gente que no grita pero que actúa. Que no presume, pero que responde. Que lleva su tierra en la piel y en el alma. Burgaleses de pro que viven con los pies en el suelo y la cabeza bien alta. En Burgos se valora lo auténtico, lo que se gana con trabajo, lo que se respeta con el tiempo. La fidelidad a las raíces no es una moda: es una forma de vivir.

El orgullo burgalés no necesita escudos ni pancartas. Se demuestra en el día a día: en los abuelos que cuentan historias sin perder la memoria, en los padres que educan con esfuerzo, en los jóvenes que se marchan sin romper el vínculo. Se demuestra en esa frase tan sencilla y tan cargada de sentido: “soy de Burgos”, dicha con la frente en alto, sin adornos, sin necesidad de explicación porque podrás sacar a un burgalés de Burgos… pero jamás podrás sacar Burgos de un burgalés.

Así que no, Burgos no es un chiste ni es un cliché. Lógicamente, sus gentes no son blanco de bromas. Burgos es piedra firme, alma serena y convicción profunda. Y quien no lo entienda, quizás debería pasar por la ciudad. Escuchar. Mirar. Aprender. Y dejar de hablar desde la ignorancia. Que nadie se equivoque: reírse de Burgos y de los burgaleses es retratarse a uno mismo. Es demostrar que no se ha aprendido nada. Porque cuando uno menosprecia a quien mantiene la cabeza alta con humildad, lo que revela es su propia pequeñez. Burgos es tierra firme, gente de palabra y cultura de raíz.

Jimena Bañuelos

Enlace en EL VALLE (México): https://elvalle.com.mx/2025/10/20/burgos-es-raiz-historia-y-dignidad/

CUMPLIENDO 19 AÑOS… GRACIAS A MI DONANTE DE MÉDULA

Olvidar el pasado puede parecer fácil… hasta que regresa sin avisar, colándose en nuestra mente con la fuerza de lo vivido. Hay recuerdos que son imposibles de olvidar, sobre todo aquellos que marcan un antes y un después. A veces, lo más difícil no es dejar atrás lo vivido, sino tener el coraje de comenzar desde cero.

Hace diecinueve años, soñaba con que todo saliera bien en mi “día cero”, un momento que anhelé profundamente desde que la leucemia cambió todos mis planes y se apoderó de las riendas de mi vida. Tenía veintiún años y, como cualquier joven, solo quería disfrutar de mis últimos cursos universitarios;  pero la vida, tan caprichosa y sabia, me enseñó una lección inolvidable. Una lección de esas que quedan grabadas a fuego en la mente, en el corazón y en el cuerpo porque todas las cicatrices siempre nos recordarán dónde hemos estado y aquello por lo que hemos luchado.

Me tocó madurar de golpe. Mis prioridades cambiaron con la misma velocidad con la que llegó el diagnóstico. Aprendí que la supervivencia exige una fuerza interna que, aunque no supe bien de dónde la saqué, nunca me abandonó. Reconozco que hubo momentos de flaqueza, pero nunca estuve sola. Aquellos que me acompañaron (mi familia, el personal médico, los amigos) se convirtieron en los motores que me impulsaban a seguir soñando con un futuro, habitación tras habitación, ciclo tras ciclo, hasta que llegó el día del trasplante de médula.

La incertidumbre fue una compañera difícil, pero la esperanza siempre logró imponerse a las dudas, incluso durante la quimioterapia más dura. Hoy puedo decir que algunos recuerdos de aquel 2006 se han difuminado algo, pero hay otros que siguen grabados a fuego…Como aquella tarde de aquel catorce de septiembre en el hospital de La Princesa: el ir y venir de enfermeras, auxiliares, doctoras… y, sobre todo, la imagen imborrable de mis padres tomándome la mano. Ese fue mi “día cero”, el momento en que todo cambió. El día de mi trasplante era una realidad cargada de ilusión y esperanza porque con él terminaban los duros tratamientos quimio y radio, y poco a poco comencé a recuperar esas riendas de mi vida que había perdido. Sabía que el miedo no podía impedirme vivir. Con el tiempo, todo fue encontrando su lugar y esa segunda oportunidad que me regaló la vida me permite, hoy, soplar otra vela más.

Una vela que tiene nombre y apellidos, aunque nunca los haya conocido. Ese donante anónimo, al que yo llamé Hans lo cambió todo. Vivo gracias a su generosidad. Nunca olvidaré el momento en el que mi hematóloga pronunció esas palabras: “Tienes un donante de médula compatible”. Durante meses soñé con ese instante. Y aunque el proceso fue duro y agotador, sabía que llegaría el día en que volvería a disfrutar de la vida con una intensidad nueva, distinta, plena.

Hoy, diecinueve años después, llevo con orgullo, este dorsal que representa la mayor de las victorias, un cumplevida más. Es cierto que cada septiembre los recuerdos vuelven y no creo que el tiempo sea capaz de borrarlos porque éste no todo lo cura. Lo que sí sé es que el pasado moldea nuestro presente y condiciona el futuro. En un segundo todo puede cambiar. Lo sé porque lo viví: el día en que me dieron el diagnóstico y el día en que escuché que tenía una nueva oportunidad. Y aunque la vida me llevó por muchos estadios, unos de dolor, otros de esperanza, reconozco que, en aquellas habitaciones del Hospital de La Princesa, soñé muchas veces. Uno de ellos, por ejemplo, era volver al Vicente Calderón de la mano de mi padre. Él no se separó de mí ninguna noche y ese sueño era el mejor que podía hacerle. Es cierto que era un deseo sencillo, rutinario para cualquier aficionado, pero que para mí era un sueño mayúsculo. De hecho, si ese sueño se cumplía, era porque, a pesar de todo, aún tenía la vida. Y se cumplió y lloré de la emoción porque conseguí no sólo meterle un gol a la leucemia, el más importante de todos los partidos, sino abrazar a mi padre en el momento en el que el sueño se hizo realidad. Ese fue uno de los muchos anhelos que cumplí gracias a todos los que estuvieron conmigo y me sostuvieron sin importar sus colores, futbolísticamente hablando, para teñirlo todo de fuerza y esperanza. Todos ellos me enseñaron a creer, incluso cuando yo no podía. A no rendirme, incluso cuando el partido estaba complicado porque “el día cero” era la final y juntos la ganamos con creces. Eso sí, Hans, ese donante de médula que dio un giro a la historia de ciento ochenta grados, lideró y protagonizó aquella tarde en La Princesa. Siempre estaré eternamente agradecida.

Tengo muy presente que la vida es lo que nos queda por vivir y, por eso, cuando ésta ofrece una segunda oportunidad es por algo. Está claro que hoy brindo, gracias a que “Aún tengo la vida”, por la salud, por Hans y por seguir sumando días a ese ‘día cero’ que tan marcado está en el calendario. Seguiré persiguiendo mis sueños porque como dijo Kierkegaard: “La vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia adelante.”

¡Brindemos y vivamos!

Jimena Bañuelos

RECONECTAR Y REENCONTRAR

Estamos listos y dispuestos para encarrilar el mes de septiembre. Un mes, sin duda, que está marcado por los comienzos, al igual que el mes de enero. El primero del año está lleno de propósitos y de sueños por cumplir. Han pasado ocho meses y seguramente nos queden muchas cosas por hacer de esa lista que inauguró este año. Todavía hay tiempo para ello, pero hay que reconocer que septiembre podría ser esa reválida que nos recuerde que hay que ponerse manos a la obra para cumplir con nuestras propias promesas. También, no hay que olvidar que se inicia el nuevo curso y éste también está cargado de oportunidades. Unas oportunidades que se nos presentan día a día de diferentes maneras. La vida en sí misma nos brinda a diario veinticuatro horas únicas e irrepetibles. Dice el escritor canadiense Robin Sharma: “A casi todos nos da miedo lo desconocido. No debería ser así. Lo desconocido no es más que el comienzo de una aventura, una oportunidad de crecer.” Precisamente, el crecimiento individual nos va forjando nuestro carácter para afrontar los pros y los contras de la vida.

Unos pros y contras que siempre está bien compartir con esos amigos de verdad. También, en estos días nos volveremos a reencontrar con las amistades que no vemos desde que comenzara el tiempo estival. El regreso a la normalidad también es el momento ideal para reconectar y esto tenemos que hacerlo con nosotros mismos y con los demás. Cuando la desconexión de la rutina ha sido total, esta reconexión puede costar más de lo habitual, pero sin duda, esa es la mejor señal de que hemos vivido el presente y cumplido con la promesa de dejar atrás el día a día. 

Por eso, septiembre no sólo representa una nueva oportunidad para cumplir metas o recuperar el ritmo, sino también para fortalecer vínculos. Volver a compartir tiempo con quienes forman parte de nuestra vida, y, por supuesto, dar la bienvenida a nuevas relaciones que surgen en este último trimestre del año. A veces, un simple reencuentro puede recargarnos más que cualquier plan, y una conversación sincera puede ser el impulso que más necesitamos para comenzar con la ilusión renovada.

En medio de los nuevos comienzos y la vuelta a la rutina, es importante recordarnos que no estamos solos. Todos, de una forma u otra, estamos intentando equilibrar las ganas de avanzar con la nostalgia del descanso. Volver a clases, al trabajo, a los compromisos, no debería ser visto como una carga, sino como una nueva etapa para hacer las cosas de otra manera. Está claro que los nuevos comienzos o cambios de ciclo nos enseñan que el tiempo pasa pero también nos transforma y nos moldea. Precisamente, estos cambios  son clave para aprender que no hay que dejar de compartir, de confiar, de abrir espacio para las personas que suman, que aportan, que nos inspiran. Las amistades verdaderas, esas que no se desgastan con el paso del tiempo ni con las ausencias, merecen también ser cuidadas en esta nueva etapa. A veces basta un mensaje, una llamada o una tarde cualquiera para que todo vuelva a su lugar.

En definitiva, septiembre es una buena invitación a vivir cada día con intención y no quedarnos sólo con los planes o los propósitos. Sin duda, más allá de todo lo que tenemos por hacer, de los objetivos por cumplir o los horarios por encajar, lo que realmente queda en la memoria y en el corazón son los momentos compartidos. Así que debemos afrontar este mes no sólo como una hoja en blanco, sino como una nueva oportunidad para construir la vida que queremos. No debemos olvidar que la vida no solo se mide por logros, sino por la calidad de lo esencial.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/09/01/reconectar-y-reencontrar/

PASIÓN POR LA VIDA

Hay momentos en la vida en que se puede mirar atrás aunque eso conlleve un pellizco muy fuerte en el corazón. Aprendí a conjugar el verbo vivir sin ponerle ningún ‘pero’, aunque no siempre es fácil. Ahora bien, al final te das cuenta de que la vida es un suspiro y, por eso, no hay que desaprovecharla. 

El pasado viernes tenía una sonrisa perenne en la cara. No había nada que pudiera impedir que  aquella tarde se convirtiera en un recuerdo excepcional. Siete años después de mi primer libro, Aún tengo la vida, he vuelto a una caseta de la de Feria del Libro de Madrid con la mejor compañía posible. 

Javier Urra me dio la posibilidad y depositó en mí toda su confianza para escribir su biografía y eso es algo que tampoco se olvida. Han pasado muchos meses desde que iniciáramos el primer capítulo de un libro que no sólo derrocha Psicología, sino que en él hay mucho cariño porque siempre hemos querido que fuera muy especial. En el fondo, a los sentimientos también hay que darles rienda suelta porque escribir la vida de un amigo no es una simple unión de párrafos y una sucesión de capítulos. 

Con el libro en nuestras manos somos como dos niños con un juguete nuevo y no podemos disimular una felicidad que brota desde el interior. Lo mismo le sucede a Ainara que ha puesto su granito de arena en él. Por supuesto, no me puedo olvidar de mi admirado Pedro Piqueras que a través de una carta da la bienvenida a los lectores que se van a adentrar en la vida de su estimado Javier Urra. En ella escribió: “Pues lo dicho querida Jimena… ya que somos amigos antes de conocernos, intentemos saludarnos un día de estos…” Y ese día llegó. Fue el domingo, en la vorágine de la Feria del Libro, cuando me firmó su debut literario: Cuando ya nada es urgente y esa carta de bienvenida con la que arranca “Pasión por la Psicología”. Estos pequeños detalles son los que hacen que la vida sea especial.

Es cierto que durante la firma en la caseta 57 de la editorial Dykinson me emocioné al ver a todas esas personas que me han acompañado siempre y cuando digo siempre me refiero también a la etapa más dura de mi vida. De hecho, en los peores momentos hice grandes amistades. Quizás, me suceda lo mismo el próximo sábado en la última fecha que tenemos Javier y yo para firmar el libro, y será, de nuevo, una sensación maravillosa. Sé que no todos podrán estar, pero la tecnología permite a muchos estar contigo en la distancia. Por eso, aprovecho estas palabras para mostrar mi agradecimiento y para asegurar que soy una persona fuerte y luchadora, como bien decís, pero también todos los que me arropáis me dais fuerza. Por favor, no lo olvidéis. 

Y dicho esto, la vida, esa que sólo se vive una vez, cuando te da una segunda oportunidad es por algo. Javier y yo lo tenemos claro. De hecho coincidimos en que la vida es lo que nos queda por vivir. Por eso, nunca dejamos de sonreír porque una sonrisa lo cambia todo. 

En definitiva, ser feliz es lo que cuenta. Ahora bien, dicen que los sueños se cumplen, pero ni en mis mejores sueños estaba escribir la biografía de Javier Urra. Ha sido un honor, he de decirlo. La vida te sorprende y hay que dejarse llevar por su propio guión. 

A estas alturas está claro que Javier y yo tenemos: Pasión por la Vida. 

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/06/09/pasion-por-la-vida/

SEMANA SANTA

Estamos en la época de recogimiento y también de ponerse a cocinar. Es tiempo de torrijas y hay que cumplir con las tradiciones. Tengo huevos, leche, azúcar, cáscara de limón, canela en rama y, por supuesto, pan con mucha miga; lo único que me falta es la buena mano que tiene mi abuela para la cocina porque por mucho empeño que yo ponga, la experiencia es un grado y eso es incuestionable. Ella siempre me insiste en que hay que poner mucho cariño en su elaboración, aunque sinceramente, creo que lo dice por darme ánimos… No sé si me saldrán bien o no pero, al menos, es la mejor forma de comenzar a vivir los días más álgidos de la Semana Santa. Ésta tiene mucho que ofrecer en España. 

Famosa es la Semana Santa de Málaga. Es digno de ver el Cristo de la Buena Muerte que porta la Legión. Escucharlos entonar ‘El novio de la muerte’ pone la piel de gallina. Es un sentimiento que algunos no entenderán, pero los fervientes que llevan un año esperando a que llegue Jueves Santo no pueden contener sus lágrimas. Y eso en Málaga, porque si continuamos por Andalucía hay que hacer una parada obligatoria en Sevilla. Muchos pasos procesionan por sus calles, pero La Madrugá de Viernes Santo es especial. Se respira devoción, se respira respeto. Se escucha el silencio. 

Del sur de España, pasando por Madrid podemos llegar a Castilla y León. En ciudades como Valladolid o Zamora también hay mucho que ver, pero dado que estamos en mi tierra, voy a hablar de Burgos. Su historia y sus procesiones son el mejor motivo para ir a la ciudad que me vio nacer. El Encuentro a los pies de la catedral deja una estampa difícil de olvidar. La Semana Santa es una devoción que muchos muestran en estos días, pero también, y es muy lícito, que muchos quieran unas vacaciones en la playa o en la montaña. Es cierto que da igual el plan que se tenga para estos días porque todos estamos viendo las previsiones meteorológicas puntualmente. De hecho,  estamos mirando al cielo y no nos cansamos de pedirle una tregua de lluvias. Éstas no han cesado durante todo el mes de marzo y parte de lo que llevamos de abril.

El próximo viernes será “Viernes de Dolores” y es la antesala al Domingo de Ramos. La Semana Santa está encima y todos los preparativos están más que hechos. No importa como se quieran vivir estos días porque cada uno sabe como quiere disfrutar de su propia vida. Eso sí, siempre hay que respetar las opciones de cada uno porque como cada persona es un mundo y ese mundo lo construye como quiere. Al fin y al cabo, lo importante es ser feliz en la vida y esa felicidad tiene sus propias tradiciones, sus propias vivencias y sus propias experiencias. 

Jimena Bañuelos

AL MAL TIEMPO, BUENA CARA 

Entre lluvias, inundaciones y algunos rayos de sol que otros, hemos dado la bienvenida a la primavera. Es cierto que las precipitaciones no han dado tregua desde hace más de quince días y la hartura de la gente ya está en unos niveles más que altos, pero contra los fenómenos meteorológicos poco se puede hacer. Poco a poco irán cediendo las lluvias y con ellas las quejas, pero más pronto que tarde serán los alérgicos los que estén en pie de guerra. Es cierto que, como suele decirse, nunca llueve a gusto de todos, pero llegarán los días en los que nos quejemos de calor. Está claro que quejarse es casi un deporte nacional. 

Si bien es cierto, en nuestra naturaleza está acostumbrarnos a lo que nos toca vivir. Hace una semana hablada de las Fallas, las cuales, ya son cenizas y de ellas hay que renacer. Ahora, son los castellonenses los que festejan la Magdalena. Pueden estar pendientes del tiempo, pero estoy convencida de que su máxima durante toda esta semana va a ser disfrutar porque todos sabemos que Magdalena es “festa plena”. Llevan todo el año esperando su semana grande y nada puede arruinar los castillos de fuego, la mascletá diaria y, en definitiva, vivir durante estos días en la calle. Siempre digo que las tradiciones están para cumplirlas y los niños, desde bien pequeños, aprenden esos sentimientos que su tierra les enseña. Lógicamente, estoy hablando de dos provincias concretas, pero esto se extiende a todo el territorio nacional. España es un país con una riqueza cultural muy importante y en cada rincón de mi geografía se descubre algo nuevo. Quizás haya que aprender a valorar más lo que tenemos. De hecho, si cogemos el calendario, los días festivos están más que señalados. Por ejemplo, ya queda menos para la Semana Santa. Siempre hay que mirar al cielo, pero confiemos en que con la cantidad de litros de agua que han caído, este año el tiempo de una tregua y se puedan celebrar todas las procesiones para contemplar la grandeza de todos los pasos. Veremos si la ‘Virgen de la Cueva’ se va de vacaciones un tiempo y con ella todas las borrascas. 

Lo que también se nos va el próximo fin de semana es una hora de sueño. Toca cambiar la hora para adaptarla al horario de verano y, sinceramente, con el dormir no se juega. Es cierto que ganaremos horas de luz, pero es tal el hartazgo que tengo que lo que quiero son horas de sol y calor. Me apasiona el verano, pero la primavera, de momento, ha llegado de puntillas y ya es hora de que suban unos graditos en el termómetro. Habrá que resignarse hasta que esto llegue, menos mal que siempre nos quedarán nuestras fiestas para llenar de alegría los días grises, porque lo de festejar, en España, se nos da bastante bien y ya ha comenzado la mejor época para hacerlo. El calendario nos muestra la Semana Santa que es de una solemnidad increíble para unos y de vacaciones para otros, pero la Feria de Abril, San Isidro, San Juan… Lo dicho, esto no ha hecho más que empezar. Al mal tiempo, buena cara. 

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/03/24/al-mal-tiempo-buena-cara/

LAS FALLAS Y EL DÍA DEL PADRE

Todos sabemos que “Valencia es la tierra de las flores, de la luz y del amor” y, por supuesto, de la pólvora. De hecho, el pasado sábado la tradicional mascletá llegó a los límites permitidos. La capital del Turia está viviendo los días grandes de las Fallas y con ellos, además de la fiesta, hay que contemplar la riqueza y la cultura que en ellas hay. Desde que las Fallas inundan las calles tras la Plantá, los valencianos y los turistas arrebatan las calles en las que no falta el sonido de los petardos, el olor a churros y la charanga de fondo. 

Valencia se merece vivir sus fiestas a pesar de todo el sufrimiento que ha marcado los últimos meses. Habrá quien no lo comprenda, pero hay ver los dos caras de la moneda ya que hay mucha gente que vive de las Fallas. Lógicamente, los valencianos no dejan caer en el olvido a los suyos y han agradecido en un ninot la labor tan importante que hicieron los voluntarios durante la Dana. A nadie se le puede olvidar que todavía hay muchas personas que necesitan ayuda. Quizás, el paréntesis de las Fallas sirva para tener en cuenta que la vida continua, porque ésta no se detiene en el sufrimiento sino que nos enseña a reconducir el día a día a pesar de las adversidades. 

Quizás, sea bueno aprovechar la Cremá para hacer borrón y cuenta nueva. Todos sabemos que ese fuego es purificador y con él debería desaparecer todo lo malo. No es fácil olvidar lo sucedido, pero está claro que mañana, 19 de marzo, las llamas prenderán la sátira de los monumentos falleros y con ellos se llevará a más de un político por delante. La esencia de todo está ahí. Será una noche de sentimientos encontrados. Habrá lágrimas pero también nacerá la ilusión, ya que la cuenta atrás para las próximas Fallas habrá comenzado. 

No me puedo olvidar que mañana es el Día del Padre y lo celebraré a pesar la distancia. Él fue mi fiel compañero de batallas en la etapa más dura de mi vida y juntos ganamos esa “guerra”. Ahora sigue a mi lado para lidiar con todo lo que surja porque el destino es caprichoso y nunca sabes lo que te va a poner por delante. Decía Rousseau que “un buen padre vale por cien maestros”, y así es, las mejores lecciones siempre se aprenden con un gran ejemplo, sin duda, el mío es de matrícula de honor. Me acusan de ser la niña de tus ojos, y si ese es mi mayor delito, acepto la condena. Y puestos a elegir prefiero una cadena perpetua. Tengo que reconocer que no eres el responsable de que sea del Atleti pero sí de que sea como soy. Me has dado mucho y sólo me pides que sonría. Es cierto que mañana festejaremos que es tu día por ser 19 de marzo, pero ya sabes que todos los días tenemos algo que celebrar. Cualquier excusa es buena para ver la felicidad reflejada en tu rostro. Es cierto que madre no hay más que una y su valor es incalculable pero un padre, si es como tú, no tiene precio. No te cambiaría por nada. Por eso, me quedo con que ya falta poco para que nos veamos. Eso sí, no olvides que la distancia aunque puede impedir un abrazo, jamás impedirá un sentimiento. Va por ti, papá.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/03/17/las-fallas-y-el-dia-del-padre/

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