Más de seis mil quinientos cincuenta días después de aquel ‘día cero’ sigo celebrando el mejor regalo que me han hecho nunca. Aquel catorce de septiembre de hace dieciocho años era el día más anhelado por mí. Iba a marcar un antes y un después. La vida me daba otra oportunidad gracias a la generosidad de mi donante de médula. A aquel joven alemán siempre le estaré eternamente agradecida. Han pasado los años y aunque no hay que mirar atrás, hay recuerdos que la mente nos los proyecta como si hubieran sucedido el día anterior.
Precisamente, por mi mente ronda aquella habitación del hospital de La Princesa, aquel ir y venir de las enfermeras y la hematóloga, las miradas que cruzaba con mis padres cuando me agarraban la mano para asegurarme que todo iba a salir bien y, por supuesto, esa fortaleza que salía de mi cuerpo cuando apenas podía andar o sujetar un bolígrafo. Todo eso y, por supuesto, la imagen de ese ‘regalo alemán’ que iba a entrar en mi cuerpo para dar un giro de ciento ochenta grados a la leucemia que lo truncó todo. Era el principio del final. Estaba cada vez más cerca de tomar, de nuevo, las riendas de mi vida. Ese había sido mi sueño desde el momento en el que me diagnosticaron y aunque hubo momentos muy complicados, tenía a grandes aliados conmigo. Eran el aliento para seguir adelante, pero necesitaba a ese donante, a mi Hans, como yo le llamo. Sigue siendo mi Hans y continuaré brindando por él y por las experiencias que me quedan por vivir. Quiero seguir sumando días a ese 14 de septiembre porque el tiempo no es oro, el tiempo es vida.
Reconozco que afrontar aquel presente fue una prueba muy complicada. La vida cuando te enseña, a veces, pone lecciones muy complicadas; pero reconozco que aprendí demasiadas cosas de mí misma y, por supuesto, de la vida. Las prioridades cambian y más cuando sólo tienes 21 años y, de repente, te ves en una cama de un hospital donde sólo importa el hoy y te aferras a esos sueños que, quizás, te den algo de paz. Soñar nunca está demás porque puedo asegurar que hoy muchos de los sueños que surgieron en los peores momentos, entre quimios y vómitos, se han hecho realidad.
Una realidad que hoy, 14 de septiembre, me muestra como estoy hoy y como estaba hace dieciocho años. No voy a negar que se me pone la carne de gallina y hasta alguna lágrima sale de mis ojos, pero son las consecuencias de poder decir bien alto que ‘Aún tengo la vida’. Una vida cargada de sueños, aunque tengo que ser sincera y reconocer que también convivo con algún daño colateral que otro y, obviamente, unos días se llevan mejor que otros, pero que nadie puede juzgarme por ello. De hecho, esas cicatrices no son una debilidad, son la muestra más evidente de lo que es ‘la fuerza de la vida’. Lógicamente, lo único que importa es creer en uno mismo y centrarse en lo que realmente importa: saber conjugar sin ningún ‘pero’ el verbo vivir.
Tengo claro que la vida, esa que sólo se vive una vez, cuando da segundas oportunidades es por algo. Seguiré sonriendo al presente porque motivos no me faltan. Hoy cumplo 18 años de esta segunda oportunidad. Brindo por la salud, por Hans, mi donante, y sobre todo, brindo por seguir sumando días a ese ‘día cero’ que tan marcado está en el calendario. Día que pasa, día que no vuelve. Sin duda, la vida es lo que nos queda por vivir. Por eso, celebrémosla.
Jimena Bañuelos




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