LA MADRE QUE ME PARIÓ

Suena la marcha nupcial en el Teatro Lara de Madrid y de repente aparece la novia desesperada. Ya lo dice el tan sincero refranero español: “Antes de que te cases, mira lo que haces”. Quizás, este sea el mantra de esta obra maravillosa en la que el invitado especial al enlace es el humor. No faltan las carcajadas, los enredos y las situaciones disparatadas en las que las actrices derrochan todo su talento sobre las tablas. 

Los del patio de butacas no sabemos si vamos por parte del novio o de la novia pero somos testigos de las confidencias que se hacen en el baño, no podía ser en otro lugar, durante el banquete. Dijo el cómico estadounidense, Jerry Lewis que “seguramente existen muchas razones para los divorcios, pero la principal es y será la boda” y en el que tendría que ser el mejor día de su vida, Daniela, la novia, a quien da vida una inmensa Ana Villa, no es que tenga dudas es que sabe que el error que acaba de cometer tiene que subsanarlo. Por supuesto, para ayudarla están sus amigas. Ya se sabe que  “la amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad” como apuntó Francis Bacon o al menos, eso intentarán sus amigas Alba (Alicia Carrera), Bea (Miriam Cabrera) y Natalia (Sara Vega) que a su vez son una fuente de líos y secretos que verán la luz a medida que la fiesta avanza. Y para colmar el vaso, están las madres de éstas. Esas madres tan particulares que son férreas a sus ideas y que buscan en sus hijas su propio reflejo… pero no es oro todo lo que reluce. 

Lo que reluce de verdad es la interpretación de las protagonistas. Juana Cordero es Merche, Aurora Sánchez es Pilar y Marisol Ayuso es Aurora; madres respectivamente de Bea, Natalia y Alba. Cada una con su filosofía de vida, su particular manera de afrontar los problemas y unos principios que se creen  incuestionables aunque incuestionable no hay nada. A lo largo de los noventa minutos que dura la obra lo demuestran. Mientras la fiesta nupcial se adentra en sus mejores momentos a ritmo de “Mi gran noche” de Raphael, “El Venao” y, por supuesto, “Paquito el chocolatero”, la amigas intentan capear la situación de la novia y lidiar con sus madres, que no es poco. No se escuchó a Bruce Springsteen pero éste me recuerda que “la amistad te impide resbalar al abismo”. 

Un abismo que parece insalvable, pero las madres están ahí por algo ya que “una buena madre vale por cien maestros” como afirmó George Herbert. Unas maestras, que con sus particularidades, saben de la vida por pura experiencia. Una experiencia plagada de anécdotas y lecciones que les permite aconsejar y cuestionar ciertas acciones, pero los tiempos cambian o no. Sin duda, la que se perpetúa en el tiempo es la expresión: ¡Qué razón tenía mi madre!

Y con mucha razón y tras haber disfrutado del talento de este maravilloso elenco de actrices, puedo gritar “la madre que las parió” porque su interpretación es de sobresaliente. Brillan con luz propia. Y hablando de madres, recuerdo a la escritora Helen Rice: “El amor de una madre es paciente y perdona cuando todos los demás abandonan, no falla o flaquea incluso cuando el corazón está roto”. Por eso, aunque las amigas son importantes, las madres siempre estarán ahí. Las circunstancias pueden cambiar, pero una madre siempre será la mejor aliada de una hija y la defenderá contra viento y marea. Buscar la felicidad es vital y para ello hay que afrontar lo imprevisible. Estas hijas y sus madres lo saben, pero con sentido del humor la vida se lleva mejor. 

En definitiva, “la madre que me parió” no es solo una expresión, es una obra magistral y una buena terapia porque “la risa no es un mal comienzo para la amistad. Y está lejos de ser un mal final” parafraseo a Oscar Wilde, pero la realidad es así. 

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

ENTRE COPAS

Decía Francis Bacon: “Vieja madera para arder, viejo vino para beber, viejos amigos en quien confiar, y viejos autores para leer.” Y, precisamente un poco de todo eso tiene la obra “Entre Copas”. Un historia llena de detalles que envuelve al público de principio a fin. Seamos realistas y  pensemos cuantas cosas hemos dicho y hecho entre copas cuando los amigos están con nosotros. Pues bien, en el Teatro Reina de Victoria de Madrid podemos adentrarnos en una historia que nos sacará más de una sonrisa pero también más de una reflexión. En una hora y media suceden muchas cosas y en ellas no se dan puntadas sin hilo.

Todo comienza con una despedida de soltero y su mejor amigo. Juanjo Artero, es Andrés, su soltería tiene los días contados, pero su carácter de vividor y seductor le llevan a querer despedirse de su estado civil como marcan las tradiciones. Para ello cuanta con Miguel a quien da vida Patxi Freytez. Es cierto que la manera de vivir de éste dista mucho de la de su mejor amigo. Entre el optimismo de uno, el pesimismo del otro y la vida compartida entre ellos surgen momentos inolvidables unos por las risas que generan y otros por lecciones que transmiten. Todo ello acompañado de un buen vino en La Rioja. Es allí donde conocerán a Amaia y a Terra. Dos mujeres que trabajan en las bodegas de la zona y son grandes entendidas en vino. Ana Villa interpreta a Amaia tiene una personalidad muy marcada y es, obviamente, una mujer muy independiente. Los pequeños detalles en su interpretación delatan el talento de mujer. Por otro lado, Elvira Cuadrupani es Terra, amiga de Amaia y juntas forman el tándem perfecto para vapulear los pensamientos que Andrés y Miguel tienen en su cabeza. Unos pensamientos basados en la vida y en como afrontarla. El tiempo pasa y los momentos son el presente aunque siempre se busca la ocasión perfecta para degustar, como es el caso de Miguel, su mejor vino. Quizás esa perfección que uno busca no exista y la vida se nos escape. La mente es la que guía pero también hay que escuchar al corazón.

Un corazón que trae de cabeza a Andrés, pero ya se sabe que entre copas puede ocurrir lo inesperado. Es cierto que no sabe de vinos como su amigo, el frustrado escritor. Quizás, si me pongo a su altura pueda recordar a Dalí diciendo: “El que sabe degustar no bebe demasiado vino, pero disfruta sus suaves secretos.” Un consejo válido al principio pero difícil de mantener cuando el guion de la vida te lleva por otros derroteros. En cambio a Andrés le pega más la famosa frase de “el que al mundo vino y no toma vino, ¿a qué vino?” Pues vino hay a raudales al igual que talento sobre las tablas.

Y muchas tablas tienen Juanjo Artero, Patxi Freytez, Ana Villa y Elvira Cuadrupani para trasladar a los espectadores a una historia entretenida en la que se muestra la amistad, la soledad, la alegría, la tristeza, la sinceridad, la nostalgia y muchos valores que están en nuestra rutina. Eso sí, el fin está claro. Hay que gozar del presente, dejar de lado la amargura porque en la vida puedes ver el vaso medio lleno o medio vacío pero siempre es mejor quedarse con lo positivo. La actitud lo es todo y “Entre copas” te enseña el camino a ello o al menos, entre risa y risa, te deja un “run run” en la cabeza que te invita, además de a tomarte un buen vino, a reflexionar. 

En definitiva, parafraseando a Pío Baroja, “viva el buen vino, que es el gran camarada para el camino.” Un camino en el no puede faltar un buen amigo, que a su vez, es un buen confidente. La amistad devuelve favores porque hay valores que son incuestionables. Vamos, que “entre copas” todo es posible, pero vida no hay más que una y ésta sí es una gran reserva con denominación de origen que tiene que ser degustada por uno mismo día a día hasta el final. Cada uno es dueño de su propia botella. Ahí lo dejo…

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)