EL CID, BURGOS Y YO

El mes de julio avanza a un ritmo frenético, de hecho, sus días se cuentan con los dedos de una mano y su hoja del calendario está a punto de caer. Ahora bien, este mes ha traído un homenaje que enlaza el presente con el pasado porque la estatua del Cid Campeador de mi tierra ha cumplido setenta años. El homenaje que los burgaleses rindieron a uno de los símbolos más emblemáticos de la ciudad demostró que el protagonista no solo fue Rodrigo Díaz de Vivar sino también, el espíritu de una ciudad que nunca olvida sus raíces. 

Es cierto que Burgos es un derroche de Historia. Las calles burgalesas no son solo piedra y asfalto. Son memoria viva. Cada rincón guarda una historia, una emoción, una parte de nosotros. Y aunque hoy la tecnología nos permite guardar imágenes, vídeos, fragmentos de tiempo que no queremos perder, hay recuerdos que no caben en una pantalla porque los que se sienten y no se ven quedan grabados en el corazón para la eternidad. 

Hay que asumir que los tiempos cambian, pero hay cosas que permanecen inmutables a él. La grandeza de la Catedral sigue siendo sobrecogedora. El Arco de Santamaría continúa siendo una puerta al pasado. El Espolón es testigo de tantos paseos, de tantos encuentros. Y el Cid, firme y sereno, sigue allí, frente al Teatro Principal, como si nos cuidara en silencio y diera la bienvenida a todos los visitantes. Verlo ahora, con siete décadas de historia a sus espaldas, impone. Y emociona.

No negaré que muchos hablan del frío de Burgos, pero quienes la conocen bien saben que su calor no está en el clima, sino en su gente. En una conversación sin prisa, en una morcilla compartida, en el vino que acompaña los recuerdos. Por eso, como dice el himno de Zurita y Calleja, no puedo decir nada malo de esta ciudad porque es “la tierra sagrada donde yo nací”. Y aunque pasen los años y la distancia me aleje de mis raíces, aún se me eriza la piel cuando lo escucho, recordando la primera vez que lo canté del brazo de mi abuelo, un burgalés de pro.

A veces, basta una canción para que la memoria despierte. O una imagen. O una promesa. Frente a la placa que recuerda el juramento de Rodrigo Díaz de Vivar, una vez prometí no olvidarme nunca de quién soy ni de dónde vengo. Prometí, también, volver, aunque solo fuera con el pensamiento. Y en días como estos, con la ciudad celebrando la figura de su héroe, es imposible no sentirse cerca, aunque esté lejos.

Los setenta años de la estatua de bronce ya son historia y, sin duda, todos seguimos escribiendo la nuestra. Somos los héroes de todo lo que superamos porque somos los autores de nuestros pasos, narradores de lo que sentimos y testigos de lo que elegimos. Por eso, no se trata solo de lo que nos ocurre, sino de cómo decidimos contárnoslo. La vida, al final, es cuestión de actitud: nos reparte las cartas, pero no nos dice cómo jugar la partida. Y en ese juego largo e impredecible, lo que marca la diferencia es cómo decidimos afrontar el presente. Sin duda, hay que valorar el tiempo, no darlo por hecho, vivirlo con intención… No hay que olvidar que en un segundo todo puede cambiar. Y sí, a veces es necesario hacer borrón y cuenta nueva. Pero cuando esto suceda, que sea con valentía, sabiendo que los comienzos no suelen ser fáciles, pero sí llenos de posibilidad.

“Por vosotros, los señores, los que en castillos moráis… por los burgaleses… por el pueblo llano… por las mujeres y niños…” Así arrancaba el cantar del juglar en el Poema del Cid, una invocación que mi abuelo conocía de memoria y que recitaba con verdadera emoción. Hoy, esas palabras resuenan con más fuerza que nunca, ya que lo importante, es cómo nos plantamos ante la vida. La actitud lo cambia todo, y la fortaleza es su mejor vasalla… ¿Te has parado a pensar alguna vez cómo sería la novela de tu vida? ¿Te gustaría leerla? ¿Cambiarías algo? Siempre hay una página nueva esperando a ser escrita. Siempre hay una oportunidad para darle un giro. Porque nunca es tarde… si la dicha es buena.

Jimena Bañuelos

APAGAR VELAS E ILUMINAR DESEOS

Año tras año, se repite el mismo ritual pero la única diferencia es que ante nuestros ojos hay una vela más. Me refiero a ese ritual que aprendimos desde niños y que conecta el pasado que se va y el  futuro que se asoma tímidamente. El instante de soplar las velas ante la tarta de cumpleaños es una acto muy sencillo porque no importa cuántos años cumplamos ni cómo sea el pastel sino que en ese instante siempre se genera un silencio. Todos sabemos que formular un deseo antes de apagar esas velas es algo especial. Es cierto que los deseos no hay que decirlos para que se cumplan, pero también es cierto, que pedir algo ante una tarta es como pedirle a la vida aquello que más anhelamos. 

La vida es esa tarta que vamos elaborando poco a poco y que va cambiando los ingredientes a medida que vamos creciendo y vamos madurando. Además, con el paso del tiempo la receta se va escribiendo con las lecciones y las heridas que vamos curando. No es fácil seguir cocinando cuando lo único que quieres es quitarte el delantal y darlo todo por perdido, pero si algo me ha enseñado el tiempo es que siempre tenemos un vela que nos guía en los momentos más tenebrosos. Quizás, esas velas que ponemos sobre la tarta sean esos faros diminutos que nos recuerdan que seguimos alumbrando el camino, aunque a veces no sepamos bien hacia dónde vamos. Es cierto que, además, podemos ser el punto de referencia de los que están a nuestro alrededor o de quienes nos aprecian porque los caminos, muchas veces, se entrelazan.

Ayer soplé mis velas. Sobre el deseo no diré nada, porque éste puede ser grande o pequeño, pero si hay algo que aprendí en mi infancia es que los deseos se piden con los ojos cerrados. Es maravilloso revivir ese instante en el que miras a tu interior y sientes el cosquilleo de que conectas con la ilusión del niño que fuiste. Quizás, algo de esa magia hay que ponerle a la vida porque en ella está la esperanza de cumplir esos sueños y deseos. Es cierto que, con los años, la rutina nos puede impedir ver más allá de lo que tenemos delante, pero poder elaborar durante un año otro piso de la tarta de nuestro cumpleaños es mucho más importante que preocuparse de aquello que tiene solución. 

Los deseos siempre son un buen motor en nuestro camino. No son sólo una ilusión pasajera, son, sin duda, una palpitación a nuestro corazón en el que nos decimos: “todavía espero”, “todavía voy a conseguir” o “todavía me atrevo”. Lo importante es saber que ese deseo es pura vida. Por eso, soplar una vela no es sólo cumplir un año más. Es una promesa a nosotros mismos de que queremos algo más en nuestro recorrido vital.  

En definitiva, la vida, con todas sus luces y sombras, sigue siendo un escenario perfecto para desear.  Por eso, con el sabor de la tarta en la boca y mi deseo recién pedido, espero que al año que viene pueda decir que se ha cumplido con una gran sonrisa, porque sé que nunca dejaré de creer en lo que sueño, en lo que vivo, en la magia de las velas y por supuesto, porque tengo claro que siempre vale la pena seguir intentándolo… 

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/07/21/apagar-velas-e-iluminar-deseos/

¿DÓNDE NACEN LOS SUEÑOS?

Sin darnos cuenta estamos en el ecuador del mes de julio. A estas alturas del verano ya hemos superado varias olas de calor, pero es lo que nos toca en la estación estival. Es cierto que la última Dana nos ha dado un respiro, meteorológicamente hablando, pero también nos ha hecho recordar sentimientos e imágenes imborrables en la memoria. El tiempo pasa y las heridas cicatrizan, aunque a veces, el dolor vuelve al presente. No obstante, la perspectiva ante el ahora depende mucho de las personas y lo que éstas han vivido a lo largo de su vida… Es curioso como estando en verano no cesan las constantes quejas contra el calor, algo que va implícito en esta estación. Si éstas sirven para desahogarse, soltar el estrés acumulado y la irritación que provoca el termómetro desbocado, habrá que aceptarlo aunque no hay porqué compartirlo. 

En mi propósito de buscar siempre el lado positivo de las cosas, me aferro a pensar que las vacaciones están cada vez más cerca. También hay que darle una oportunidad a esas pequeñas escapadas que consiguen que desconectemos de la rutina. Son esos oasis donde podemos refrescar nuestro cuerpo y nuestra mente hasta que comience el verdadero tiempo de ocio. 

A mí, por ejemplo, la playa me brinda ese instante de desconexión tan necesario. En ella, logro escapar, aunque sea por instantes, del guión rutinario que marca mis días. Es un buen sitio para construir castillos en la arena que me permiten hacer borrón y cuenta nueva. Estos los moldeamos a nuestro antojo. Pueden ser más grandes o más pequeños pero siempre serán el reflejo de nuestra imaginación. Una imaginación que, haga calor o no, siempre nos acompaña para construir sueños y para hacernos pensar que todo puede cambiar. 

Los castillos en la arena tienen una duración determinada y cuando caen podemos volver a levantar otro igual o más grande que el anterior. Incluso podemos aferrarnos a la arena mojada que todos sabemos de su fortaleza. En la vida, sucede algo parecido porque de nosotros depende que cuando caigamos nos levantemos con más fuerza y más seguridad en nosotros mismos. La autoestima es ese castillo invisible que se va moldeando con los años. Lógicamente, sufre grietas, se resiente con el tiempo, pero no debe caer porque ser fiel a uno mismo es el mejor cimiento posible. El que dirán nunca podrá erosionar a quien conoce perfectamente sus virtudes y, por supuesto, sus defectos. De los primeros y de los segundos siempre se aprende pero también evolucionan a medida que vamos cumpliendo años. 

Un verano más, frente al mar, doy forma a nuevos castillos de arena mientras mi mirada se pierde en el horizonte infinito del Mediterráneo que ha sido testigo de mis pasos y mis sueños. En sus aguas dejé anhelos que, con el tiempo y el esfuerzo, se hicieron realidad. Hoy me acompaña una serena sensación de satisfacción por lo alcanzado, pero también una inquietud latente que me empuja a seguir soñando. Porque la vida no sólo se trata de vivirla y disfrutarla, también hay que soñarla y despertarse en el momento justo para que la imaginación ceda ante nuestra acción y, obviamente, ante la realidad. 

Una realidad llena de ilusiones porque éstas son el mejor motor para afrontar las adversidades que también las hay. Aún así, seamos conscientes de que el calor se pasará y con él la estación estival porque cada día que vivimos es único e irrepetible. Los castillos de arena no se construyen solo en la playa. Los castillos de arena están…   (Lo que sigue… que lo escriba cada quien con lo que sueña, con lo que siente, con lo que vive.)

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/07/15/donde-nacen-los-suenos/

QUE LE DEN MORCILLA

Bruselas ha hablado. Y cuando Bruselas habla, tiemblan las etiquetas, los embutidos… y el sentido común. En España no estamos para tonterías y lo digo porque con el calor los niveles de irritabilidad ascienden de manera exponencial. Esos que, decidieron atarnos los tapones de las botellas, no vaya a ser que se escapen, ahora les ha dado por mirar mal a la morcilla de Burgos. Se ha convertido en su enemigo público como si no hubiera otros problemas…

Sí, como lo leen. No me ha dado ningún golpe de calor pero sí que me ha “encendido” que se cuestionen un producto que tiene Denominación de Origen Protegida. ¡Ojo! Porque no es un embutido cualquiera. No hablamos de un producto de laboratorio, hablamos de arroz, cebolla, sangre y siglos de sabiduría gastronómica. Y esto es incuestionable porque es historia con arroz, identidad en tripa natural. Es Burgos en estado puro, servido en cazuela de barro o en una rebanada de un buen pan. Es una tradición que no cabe en sus gráficas ni en sus informes de riesgo cardiovascular. Dicen que es «poco saludable». Que si la sangre, que si la grasa, que si el etiquetado podría confundir a algún ciudadano europeo, posiblemente, con exceso de sensibilidad y falta de paladar. Ahora bien, cuando vienen los turistas no se privan de ningún manjar español.

Entiendo que la señora Úrsula Von der Leyen se quiera preocupar por lo que comemos, pero quizás pueda pensar en esas barritas envasadas, en las hamburguesas de lentejas, en los filetes de laboratorio, o en otros productos que son pura química, pero la morcilla de Burgos no se toca y lo dice una burgalesa que, además, se llama Jimena. Un nombre que me lleva a hacer alusión al mítico Cantar del Mío Cid: «¡Qué buen vasallo si hubiera buen señor!” La morcilla es el vasallo. Europa, empieza a parecer el señor equivocado.

Por eso, desde estas humildes palabras, invito a la señora Von der Leyen a que venga a Burgos, sin agenda, sin escoltas, como una ciudadana europea más y se coma una buena ración de morcilla, con su pan de hogaza, su pimentón y su punto crujiente. Y si se atreve a añadirle un huevo de codorniz y degustar una “cojonuda”; cuando termine, que no va a dejar ni la miga del pan porque se va a chupar los dedos, que se suba a un atril en la Plaza Mayor o a los pies de la Catedral y les diga a los burgaleses, en su cara, que su morcilla no cumple con los estándares europeos. A ver qué tal le va. No hay valor para eso. 

Evidentemente, en mi tierra se defiende la morcilla como se defiende una bandera o la catedral y estoy segura que muchos españoles se unen a dar esta batalla. Porque el pueblo, este pueblo, sabe lo que vale. Ya está bien de controlarlo todo y de normas absurdas. ¿Qué será lo próximo?… La riqueza culinaria de España da mil vueltas a la de cualquier país… Será que eso también molesta.

Y ahora, en honor a Úrsula, tengo más ganas de tapear con una buena ración de morcilla, de chorizo, de torreznos, de cecina  … Lo único que me falta por decir es: Que le den morcilla. 

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/07/07/que-le-den-morcilla/

AMISTAD

Dejarse llevar por la imaginación, de vez en cuando, no está de más. Soñar forma parte de nuestra naturaleza y esos sueños se alimentan día a día, precisamente de nuestro presente. No siempre es fácil digerir lo que la vida nos presenta y evadirse de ella también es una gran terapia. Al igual que lo es apoyarse en los amigos de verdad. Esos que están ahí silenciosamente y que te conocen tan bien que hasta entienden tus propios silencios. 

La amistad auténtica no es estática; evoluciona con el tiempo. Se fortalece, se transforma, se consolida… o se desvanece si no posee unos cimientos sólidos. A veces, el paso del tiempo revela lo que estaba oculto tras el velo de una aparente cercanía. Y aunque descubrir una traición o una decepción duele, es mejor abrir los ojos ante las primeras señales. Recordemos ese viejo proverbio turco que advierte que quien busca un amigo sin defectos, se quedará solo. Porque nadie es perfecto, y justamente ahí está la belleza de la amistad: en aceptarnos tal como somos, con luces y sombras, y seguir construyendo algo valioso juntos.

La perfección no existe y lo bonito es crecer como persona y vivir experiencias únicas con ese amigo que nos quiere tal y como somos. Decía Francis Bacon que “la amistad duplica las alegrías y divide las angustias por la mitad”, es cierto que quien tiene un amigo tiene un tesoro y esos amigos que son como hermanos se pueden contar con los dedos de las manos. No olvidemos que no es amistad cuando reina en el ambiente la hipocresía, la envidia y el interés.

Ser fiel a los principios es fundamental y ser leales ante quien lo dejaría todo por ayudarte en los peores momentos de la vida, también. En las buenas siempre hay manos disponibles, pero en las malas el contexto es muy distinto. Por eso, elegir a las personas adecuadas que nos acompañen en el día a día es fundamental. Todos hemos tropezado, todos hemos confiado en quien no lo merecía. Pero esos errores son lecciones valiosas que nos ayudan a crecer como personas. Nos hacen selectivos. Cada día es una oportunidad para aprender, cambiar, y seguir contando nuestra historia. Esa historia personal, única, que construimos con cada decisión, con cada experiencia, con cada vínculo y que escribimos de nuestro puño y letra. El escritor Paul Bourget decía que “una amistad noble es una obra maestra a dúo”, y no se equivocaba. Los amigos de verdad están presentes en cada capítulo, incluso en los más oscuros. A ellos, a los que han estado y siguen estando, quiero dar las gracias. Porque incluso cuando todo parece incierto, su compañía se convierte en ancla, en faro y en impulso.

En definitiva, la amistad es ese tesoro que nos une de tal manera que nos convierte en familia, de hecho, muchas veces tiene más fuerza que los lazos de sangre. Sin duda, es la familia que elegimos y hay que cuidarla, cultivarla, y, por supuesto, disfrutarla. Y si la vida está para gozarla y ésta es un suspiro, gocémosla con los amigos de verdad. 

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/06/30/amistad/

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