EL CALOR QUE LLEGA CON EL FRÍO

De repente, sin previo aviso, los termómetros se desploman. El aire se vuelve más frío e incluso más afilado cuando entra en contacto con nuestro rostro, quizás este frío nos sorprende a todos, como si no supiéramos que noviembre siempre llega puntual a su cita. Pero el cuerpo, rebelde o testarudo, en muchos casos, no entiende de calendarios. Se queja, se encoge y pide una tregua. Entre el cambio de hora y el cambio de temperatura, parece que todo cuesta un poco más. Los días se achican, la luz se esconde demasiado pronto y el verano se cuela en la memoria como una vieja canción que no queremos olvidar. Qué fácil era todo entonces: los pies descalzos sobre la arena, el olor a sal, las risas en un chiringuito que ahora guarda silencio y un hueco vacío donde sonaban los ritmos estivales. Bendito verano, con sus tardes interminables y su manera sencilla de hacernos sentir vivos.

Pero vivos estamos y noviembre nos obliga a adaptarnos, nos hace rescatar las bufandas del fondo del armario y a aceptar que los días de frío han llegado para quedarse. Quizás una buena ración de buñuelos o de la corona de La Almudena hubiera suavizado el golpe. No queda otra que tirar de refranero y repetir, casi como un mantra, eso de “al mal tiempo buena cara”. Porque si algo no puede faltar, ni en invierno ni en la vida, es el sentido del humor. Aunque el viento nos pellizque las mejillas, hay que seguir sonriendo.

Y mientras tanto, mientras las ciudades se preparan para encender sus luces. Los escaparates ya huelen a Navidad antes incluso de que hayamos terminado el otoño. Se acerca el Black Friday, esa cita que muchos esperan como si fuera la antesala de la felicidad envuelta en papel de regalo. Pero entre tanto anuncio, tanto descuento y tanta prisa por comprar, se nos olvida a veces lo más importante: que también podemos disfrutar de lo que ya tenemos, de esos pequeños placeres que tienen más valor que muchos objetos que vienen envueltos.

Noviembre no nos va a dejar fríos si sabemos, como ya dije hace una semana, bajar el ritmo. Puede ser un mes perfecto para ello. Para volver a mirar dentro. Para encender una vela, hacerse un café o un chocolate y dejar que el silencio se acomode en casa. Afuera puede hacer frío, pero dentro siempre hay espacio para la calidez de las pequeñas cosas. Una manta sobre las piernas, una buena lectura que nos lleve lejos sin movernos del sofá, una película que nos abrace cuando el día se oscurece temprano. En eso también consiste la vida: en aprender a encontrar belleza en lo sencillo. Muchas veces no necesitamos tanto el brillo de las luces como la claridad de los momentos compartidos. Esos que no se compran ni se descuentan. Porque cuando todo se apaga y me refiero a los anuncios, a las pantallas o el ruido… lo que queda es eso: un rato tranquilo, una charla sin prisa, y hasta un pensamiento amable. 

Y aunque ahora el frío se haya instalado sin pedir permiso, será en pleno invierno cuando lleguen las fiestas más cálidas del año. Esas que no necesitan sol para encendernos por dentro, porque se alimentan de abrazos, de reencuentros y de la magia sencilla de estar juntos. El termómetro podrá marcar bajo cero, pero bastará una mesa compartida, una risa o un recuerdo para que el corazón entre en calor y la temperatura ambiental suba. Porque, al final, el invierno no enfría el alma: el frío de fuera se combate con el calor de dentro. Y es entonces, justo entonces, cuando la vida nos recuerda que las emociones también saben encender sus propias luces.

Jimena Bañuelos

Enlace en EL VALLE (México): https://elvalle.com.mx/2025/11/11/el-calor-que-llega-con-el-frio/

MIENTRAS LLEGA DICIEMBRE

Se nos llena la boca diciendo que hay que vivir el presente. Lo decimos con convicción, como si repitiéndolo bastara para que el tiempo se detuviera y nos esperara. Pero no. La vida sigue su curso mientras nosotros corremos detrás del calendario. Y así, casi sin darnos cuenta, ya estamos en noviembre… aunque todo a nuestro alrededor grite “¡Feliz Navidad!”.

Porque es cierto que la Navidad llegará, pero parece que tiene prisa. O, quizás, somos nosotros los que tenemos prisa. Desde septiembre ya se intuía su olor a canela y sus luces LED. Ahora, cuando apenas acabamos de inaugurar el penúltimo mes del año, las calles ya lucen las bombillas, los escaparates se preparan y brillan con el entusiasmo de quien no sabe esperar, y hasta los árboles de Navidad estiran sus ramas en los centros comerciales, listos para la foto perfecta. Y claro, Mariah Carey ha vuelto. Como cada año, abre la puerta musical de la temporada con su eterno “All I want for Christmas is you”, despertando entre copos de purpurina al espíritu navideño más madrugador.

Pero entre tanta anticipación, ¿quién se acuerda del presente?

Noviembre está aquí, como siempre, con sus tardes de escasa luz, sus cielos más cubiertos y, lógicamente con planes de manta y sofá. Sin duda, es un mes tranquilo, quizás sea ese puente entre la calma y el ruido venidero. También es la nostalgia que nos invita a mirar hacia atrás, y por supuesto, hacia delante sin ansiedad. No obstante, hay que reconocer que lo estamos viviendo a medias, eclipsado por un diciembre que aún no ha llegado pero ya ocupa todo el espacio.

La verdad es que el año se nos ha escurrido como agua entre los dedos. Tal vez sea momento de parar un instante, respirar y reconciliarnos con el tiempo. Porque el tiempo no es oro, aunque lo digan. El tiempo es vida, no lo olvidemos. El oro brilla, sí, pero el tiempo se vive. Late. Se nos cuela entre las horas y deja su huella en la piel y en los recuerdos. La vida es eso que sucede mientras colgamos luces y hacemos listas de propósitos. Y quizá ahí esté el truco: recordar que no hay mejor regalo que este instante.

Ser feliz no se compra ni se promete con las uvas de Año Nuevo. Ser feliz es mirarse al espejo y sonreír de verdad, sentirse pleno. No hay que buscar esos ‘peros’ que nos ponemos a menudo. Es cierto que todavía estamos a tiempo de cumplir un propósito pendiente, de intentarlo una vez más, de creer que algo puede cambiar. Eso también es Navidad, aunque no lo envuelva un papel de regalo. Los sueños son los que nos mantienen despiertos. Son un gran motor de nuestro presente. Son el hilo invisible que da sentido al camino. Y sí, la Navidad tiene algo de eso: de magia, de ilusión, de segundas oportunidades. La Navidad llegará con ese espíritu especial, pero ojalá no necesitáramos un calendario para sentirla. Ojalá viviéramos con ese mismo espíritu todo el año, con más bondad que apariencia, con más alma que adorno.

Porque la vida, aunque esté rodeada de turrones, mazapanes, luces o regalos, no espera. Se escapa si no la abrazamos, si no la sentimos, si la dejamos ir. Así que, antes de que diciembre nos atrape con su bullicio, regalémonos, de verdad, un poco de noviembre. Escuchemos el silencio, la lluvia, la calma… Escuchémonos a nosotros mismos…Que todavía no es Navidad, aunque el mundo insista.

Y quizá ahí, en ese instante sencillo, encontremos lo que tanto buscamos: la vida misma, sin prisas y con sentido. Esa vida que nos intentan acelerar, pero que únicamente tiene un presente y es: AHORA.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/11/03/mientras-llega-diciembre/

Festejando a los muertos

En la cocina, con el delantal puesto y acompañada por la harina, el azúcar, la mantequilla, los huevos y el resto de los ingredientes; este año no se cocinan ni buñuelos ni huesos de santo. Es la primera vez que el pan de muerto ha sustituido a los tan tradicionales dulces españoles.det_article_dayofthedeadbreadbraid

El tiempo pasa, las cosas cambian pero los recuerdos no se olvidan. En estos días en los que el naranja de Halloween se mezclaba en las tiendas y supermercados con el rojo y verde navideño, era difícil no acordarse de lo que pasaba en mi casa año tras año. Era mi abuela la que traía siempre los huesos de santos, tan queridos por unos y tan odiados por otros…Confieso que soy más de buñuelos y si encima están rellenos de chocolate…Uff, dejémoslo ahí que estoy a muchos kilómetros…

Precisamente, a muchos kilómetros de mi casa he visto, por fin, un auténtico “truco o trato”. Nunca me habían regalado una “calaverita” de chocolate hasta que el pasado viernes fue mi amiga Dani la que me transmitió que las brujas, las calabazas, la fiesta de Halloween y, como no, el día de Muertos es especial en México.

Han pasado ya once años desde que en Francia la UNESCO declarara esta fiesta como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. Y es que esta festividad es “…una de las representaciones más relevantes del patrimonio vivo de México y del mundo…” Tanto a este lado del charco como al otro los difuntos son honrados por sus familias. La ausencia de los que no están nunca se podrá reemplazar pero las experiencias vividas y los recuerdos siempre permanecerán en nosotros. Los cementerios se llenan de lágrimas, de flores y de sentimientos en un día en el que el negro del luto por la pérdida cambia de color. En México, la protagonista es la flor de Cempasúchitl que, además de ser el símbolo del resplandor del sol, significa que la persona no ha sido olvidada… Y es que “ese encuentro anual entre las personas que la celebran y sus antepasados desempeña una función social que recuerda el lugar del individuo en el seno del grupo y contribuye a la afirmación de la identidad…» Así lo dijo la UNESCO.

Sin duda, la vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos como decía Cicerón. No hace falta que sea noviembre para echar de menos a los que no están porque ya escribió el historiador francés Lamartine: “A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd.”

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

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