CUMPLIENDO 19 AÑOS… GRACIAS A MI DONANTE DE MÉDULA

Olvidar el pasado puede parecer fácil… hasta que regresa sin avisar, colándose en nuestra mente con la fuerza de lo vivido. Hay recuerdos que son imposibles de olvidar, sobre todo aquellos que marcan un antes y un después. A veces, lo más difícil no es dejar atrás lo vivido, sino tener el coraje de comenzar desde cero.

Hace diecinueve años, soñaba con que todo saliera bien en mi “día cero”, un momento que anhelé profundamente desde que la leucemia cambió todos mis planes y se apoderó de las riendas de mi vida. Tenía veintiún años y, como cualquier joven, solo quería disfrutar de mis últimos cursos universitarios;  pero la vida, tan caprichosa y sabia, me enseñó una lección inolvidable. Una lección de esas que quedan grabadas a fuego en la mente, en el corazón y en el cuerpo porque todas las cicatrices siempre nos recordarán dónde hemos estado y aquello por lo que hemos luchado.

Me tocó madurar de golpe. Mis prioridades cambiaron con la misma velocidad con la que llegó el diagnóstico. Aprendí que la supervivencia exige una fuerza interna que, aunque no supe bien de dónde la saqué, nunca me abandonó. Reconozco que hubo momentos de flaqueza, pero nunca estuve sola. Aquellos que me acompañaron (mi familia, el personal médico, los amigos) se convirtieron en los motores que me impulsaban a seguir soñando con un futuro, habitación tras habitación, ciclo tras ciclo, hasta que llegó el día del trasplante de médula.

La incertidumbre fue una compañera difícil, pero la esperanza siempre logró imponerse a las dudas, incluso durante la quimioterapia más dura. Hoy puedo decir que algunos recuerdos de aquel 2006 se han difuminado algo, pero hay otros que siguen grabados a fuego…Como aquella tarde de aquel catorce de septiembre en el hospital de La Princesa: el ir y venir de enfermeras, auxiliares, doctoras… y, sobre todo, la imagen imborrable de mis padres tomándome la mano. Ese fue mi “día cero”, el momento en que todo cambió. El día de mi trasplante era una realidad cargada de ilusión y esperanza porque con él terminaban los duros tratamientos quimio y radio, y poco a poco comencé a recuperar esas riendas de mi vida que había perdido. Sabía que el miedo no podía impedirme vivir. Con el tiempo, todo fue encontrando su lugar y esa segunda oportunidad que me regaló la vida me permite, hoy, soplar otra vela más.

Una vela que tiene nombre y apellidos, aunque nunca los haya conocido. Ese donante anónimo, al que yo llamé Hans lo cambió todo. Vivo gracias a su generosidad. Nunca olvidaré el momento en el que mi hematóloga pronunció esas palabras: “Tienes un donante de médula compatible”. Durante meses soñé con ese instante. Y aunque el proceso fue duro y agotador, sabía que llegaría el día en que volvería a disfrutar de la vida con una intensidad nueva, distinta, plena.

Hoy, diecinueve años después, llevo con orgullo, este dorsal que representa la mayor de las victorias, un cumplevida más. Es cierto que cada septiembre los recuerdos vuelven y no creo que el tiempo sea capaz de borrarlos porque éste no todo lo cura. Lo que sí sé es que el pasado moldea nuestro presente y condiciona el futuro. En un segundo todo puede cambiar. Lo sé porque lo viví: el día en que me dieron el diagnóstico y el día en que escuché que tenía una nueva oportunidad. Y aunque la vida me llevó por muchos estadios, unos de dolor, otros de esperanza, reconozco que, en aquellas habitaciones del Hospital de La Princesa, soñé muchas veces. Uno de ellos, por ejemplo, era volver al Vicente Calderón de la mano de mi padre. Él no se separó de mí ninguna noche y ese sueño era el mejor que podía hacerle. Es cierto que era un deseo sencillo, rutinario para cualquier aficionado, pero que para mí era un sueño mayúsculo. De hecho, si ese sueño se cumplía, era porque, a pesar de todo, aún tenía la vida. Y se cumplió y lloré de la emoción porque conseguí no sólo meterle un gol a la leucemia, el más importante de todos los partidos, sino abrazar a mi padre en el momento en el que el sueño se hizo realidad. Ese fue uno de los muchos anhelos que cumplí gracias a todos los que estuvieron conmigo y me sostuvieron sin importar sus colores, futbolísticamente hablando, para teñirlo todo de fuerza y esperanza. Todos ellos me enseñaron a creer, incluso cuando yo no podía. A no rendirme, incluso cuando el partido estaba complicado porque “el día cero” era la final y juntos la ganamos con creces. Eso sí, Hans, ese donante de médula que dio un giro a la historia de ciento ochenta grados, lideró y protagonizó aquella tarde en La Princesa. Siempre estaré eternamente agradecida.

Tengo muy presente que la vida es lo que nos queda por vivir y, por eso, cuando ésta ofrece una segunda oportunidad es por algo. Está claro que hoy brindo, gracias a que “Aún tengo la vida”, por la salud, por Hans y por seguir sumando días a ese ‘día cero’ que tan marcado está en el calendario. Seguiré persiguiendo mis sueños porque como dijo Kierkegaard: “La vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia adelante.”

¡Brindemos y vivamos!

Jimena Bañuelos

DONAR ES GENEROSIDAD

Estamos a medio camino de la cuesta de enero y seguimos afrontando este comienzo de año de la mejor manera posible. Quizás la semana pasada fuera la más complicada porque retomar la rutina después de las fiestas no siempre es fácil. Eso sí, los propósitos de año nuevo ya deberían estar en marcha, porque luego llega diciembre y todo son prisas. Enero es el mes de los comienzos y también de las ilusiones porque son el motor de lo que está por venir. Estamos escribiendo el primer capítulo de este año y sin darnos cuenta ya llevamos la mitad. Dicen que el tiempo vuela y aunque a veces nos parezca que se ralentiza, lo cierto es que solo es nuestra percepción. Todo pasa aunque nuestras circunstancias, como diría Ortega y Gasset, son las que nos marcan de una manera o de otra. 

Las circunstancias individuales solo las podemos gestionar nosotros mismos. Nos podemos apoyar en la familia y en los amigos, pero la realidad es que afrontar el presente de una manera o de otra es cuestión de actitud. Si bien es cierto, también hay muchas circunstancias que nos unen. Concretamente voy a centrarme en una que es de vital importancia para todos: la donación de sangre, de plasma y de médula. Hay que destacar el dispositivo que preparó el Centro de Transfusión de la Comunidad de Madrid en la Real Casa de Correos. El kilómetro cero de la donación estuvo ahí durante tres días seguidos porque la generosidad de quienes se acercaron a donar es vital para llenar esas reservas que no están en su mejor momento. Informarse de la donación de médula era otra de las cosas que se podían hacer. Yo vivo de regalo gracias a la generosidad de un donante de médula, pero tengo que añadir que también durante los meses en los que peleé cara a cara con la leucemia necesité de esas bolsas de sangre que llevan implícitas la generosidad de quienes por un pinchazo ayudan a los demás. Sangre se necesita diariamente, por eso, no se puede bajar la guardia y siempre que se pueda es bienvenida la colaboración de quienes puedan donar.

Obviamente, yo no doy el perfil para ponerme en una camilla, pero sí sé agradecer esos gestos de generosidad, por ejemplo, que tanto necesité en la peor etapa de mi vida. A veces se nos olvida que la unión hace la fuerza y que en esto tenemos que ir todos a una. Nunca sabes cuando vas a necesitar la ayuda de quien voluntariamente se pinchó y dejó su sangre o su plasma a disposición de los demás. Lo de donar médula es más complejo, pero no está demás informarse de su proceso. Cuando un paciente espera que le digan: “tienes un donante de médula compatible” es porque su vida necesita un cambio de ciento ochenta grados y comenzar a vivir la segunda oportunidad que ésta le da; esa vida que como todos bien sabemos solo se vive una vez. Afortunadamente, yo escuché esas palabras y sigo sumando experiencias. El día cero marcó un final y un principio, pero lo que une “final” y “principio” es generosidad. Gracias a ella, me toca ser feliz y seguir, nunca mejor dicho, disfrutando del presente.

Jimena Bañuelos

CUMPLIENDO 16 AÑOS… GRACIAS A MI DONANTE DE MÉDULA

Olvidar el pasado es relativamente fácil siempre y cuando éste no llame a la puerta de tu mente y entre sin ser invitado. No se puede bloquear aquello que marcó un antes y un después. A veces, lo más duro no es dejar atrás el pasado sino aprender a empezar de cero. Y hace dieciséis años anhelaba que todo saliera bien en mi “día cero”. Un día con el que soñé desde que la leucemia truncara todos mis planes. Aquel cambio de guión fue muy duro para una joven de veintiún años que lo único que quería era disfrutar de los últimos cursos en la universidad. Sin embargo, la vida tenía otros planes cargados de una lección, precisamente, de vida difícil de olvidar. Reconozco que maduré de la noche a la mañana y mis prioridades cambiaron a la misma velocidad. La supervivencia requiere de fuerza y ésta aprendí a sacarla no sé bien de dónde, pero siempre estuvo a mi lado. Reconozco que flaqueé, pero quienes estuvieron conmigo en todo ese proceso fueron, sin saberlo, los motores por los que estaba dispuesta a soñar con el futuro en todas las habitaciones por las que pasé hasta que llegó el día del trasplante médula. 

La incertidumbre no es buena compañera, pero la esperanza siempre prevaleció ante las dudas que iban surgiendo en los diferentes ciclos de quimioterapia. Reconozco que he podido olvidar pasajes de aquel 2006, pero hay capítulos que los llevo grabados a fuego en el corazón y en la memoria. Hoy es un día en el que celebro la generosidad de mi donante y, por supuesto, la vida. Cumplo dieciséis años cargados de grandes momentos y de sueños cumplidos, pero no puedo no emocionarme al revivir en mi mente y sin yo quererlo aquella tarde en la habitación de La Princesa. El ir y venir de la enfermeras, de las auxiliares, de las doctoras y, por supuesto, la imagen de mi madre y mi padre cogiéndome la mano siempre que estaban a mi lado. Ahí reside eso que llaman la fuerza de la vida porque todo iba a cambiar a partir de ese día cero. Se acababa la quimio y la radio y con el paso de los días y los meses volví a tomar las riendas de mi vida. Tenía claro que el miedo no me podía impedir vivir. Poco a poco, todo se fue encarrillando y la segunda oportunidad que me dio la vida me ha llevado a soplar hoy otra vela más. 

Una vela que tiene nombre y apellidos aunque no lo conozca, pero ese donante lo cambió todo. Sé que vivo de regalo y soy consciente de ello, pero sé, también, que el mejor regalo que me han hecho nunca llegó en el peor momento de mi vida. “Tienes un donante de médula compatible” fue la frase de mi hematóloga. No venía envuelta en ningún paquete pero traía una sonrisa, una emoción y una vitalidad inigualable. Soñé con el “día cero” durante meses y cuando pasó todo el proceso a pesar del cansancio sabía que llegaría el momento de volver a disfrutar de la vida como nunca antes lo había hecho. 

Ahora, dieciséis años después, los días previos al 14 de septiembre me desvelan los recuerdos. No sé si el tiempo podrá borrar eso porque el pasado determina el futuro. Todo cambió de repente para mal cuando me dieron el diagnóstico y para bien cuando supe que tenía un donante compatible. Está claro que en un segundo todo puede cambiar. 

No puedo acabar este día de celebración sin hacer un llamamiento a la donación de médula. Muchos  pacientes están esperando marcar el “día cero” en su calendario personal. Un pinchazo de generosidad lo puede cambiar todo y creedme que es inolvidable vivir ese momento. 

Por eso y dado que “aún tengo la vida” brindaré un año más por la salud y sin ponerle ningún pero al verbo “vivir” seguiré luchando por mis sueños. Ya dijo Kierkegaard que “la vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia adelante”…

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

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