QUE CAMBIE LA HORA PERO NO LAS GANAS DE VIVIR

Vuelve el mismo debate de todos los años por estas fechas. El último fin de semana de octubre nos plantea el cambio de hora. Hay algo curioso en todo esto porque basta con retrasar las agujas del reloj, para que, de repente, sintamos el día distinto. La luz será diferente, el sueño se trastoca, las tardes parecen alargarse, las mañanas llegan demasiado pronto y nosotros nos adaptamos sin pensarlo con más o menos facilidad. Somos conscientes de que el tiempo irá ordenando todos los cambios. Ahora bien, ¿sabemos valorar el tiempo que no aparece en ningún reloj y que, sin darnos cuenta se nos escapa entre las manos?

Dejar de lado los relojes no es fácil porque vivimos pendientes de llegar a todo, de cumplir unos horarios, de contestar mensajes, de estar conectados permanentemente y quizás eso nos lleva a olvidarnos de que también se puede disfrutar de las pequeñas cosas que nos hacen extrañar el paso del tiempo. No hay que olvidarse de lo importante que es una conversación sin mirar el móvil, un café que se alarga más de lo previsto, un paseo sin rumbo, una sobremesa después de comer o una tarde en la que no hacer nada se convierte en el mejor de los planes. En la vida no es necesario tenerlo todo bajo control, como si cada minuto tuviera que servir para algo porque quizá esto no sea así. Creo que vivir también consiste en perder un poco el tiempo, en dejarnos llevar y sobre todo, en disfrutar de los imprevistos.

No seré una defensora de este nuevo horario que estamos a punto de estrenar porque me encanta la luz y las tardes serán más oscuras, pero eso no puede impedir que le siga sonriendo a la vida porque todo tiene su lado positivo. Muchos se contentarán con eso de “dormimos una hora más” y como justificación no está mal pero del verano ya no nos queda ni su horario. Es nostalgia, posiblemente, pero a la vez es la felicidad de lo que está por venir. En más de una ocasión he escrito que el tiempo no es oro, es vida y a eso me aferro siempre. Quizá no podamos elegir las horas de luz que nos regala el día, pero sí qué hacemos con ellas y con las que llegan después. Y si algo he aprendido es que no merece la pena vivir esperando a que vuelva el verano, a que llegue el viernes o a que aparezca ese momento perfecto que tantas veces imaginamos. La vida no entiende de horarios ni espera a que tengamos todo en orden. La vida sucede mientras hacemos planes, mientras miramos el reloj y mientras pensamos que mañana tendremos más tiempo.

Por eso, fiel a mis principios, y al presente solo puedo decir que cambie la hora, que lleguen los días cortos y que el invierno vaya asomando. Eso sí, mientras tanto solo puedo pedir que sigamos buscando motivos para sonreír, personas con las que compartir momentos que nos recuerden que lo importante no es cuánto dura un día, sino cuánto de nosotros ponemos en vivirlo. Porque el reloj podrá regalarnos sesenta minutos más, pero aprovecharlos, sentirlos y convertirlos en vida sigue siendo cosa nuestra. Cada minuto cuenta y la vida en un segundo puede cambiar.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/10/19/que-cambie-la-hora-pero-no-las-ganas-de-vivir/

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