Duele ver los montes negros. Duele ver a las personas abandonar sus casas. Duele ver el humo cubrir el horizonte hasta convertir el día en un atardecer eterno. Duele ver a los animales buscar refugio. Duele ver cómo se juegan la vida quienes velan por salvar la de los demás. Duele escuchar el silencio que deja el fuego cuando, finalmente, se apaga.
Duele ver cómo la historia se repite. Cada verano ocurre lo mismo y parece que no aprendemos hasta que los lamentos nos enseñan lo que no se hizo a su debido tiempo. Año tras año, cambian los nombres de los pueblos, cambian las montañas, cambian las cifras, pero el dolor siempre es parecido porque un incendio no solo arrasa árboles; también se lleva por delante recuerdos, proyectos, animales, cosechas y una parte de quienes han ido construyendo su vida en torno a un paisaje que, de repente, se queda reducido a cenizas. Hay lugares que tardarán décadas en volver a tener el verde esplendoroso que lucían antes de las llamas, pero hay personas que nunca recuperarán la tranquilidad. Para ellas, mirar al monte será un desafío. En él verán el pasado cargado de recuerdos, revivirán el miedo de los peores momentos y, aunque el presente las empuje a recuperar lo perdido, saben que nada volverá a ser como antes. Al menos, por ahora.
La violencia de las llamas asusta. Las imágenes que hemos visto a través de una pantalla dan escalofríos. Afortunadamente, ante ellas emerge la fuerza de quienes deciden quedarse para ayudar. Bomberos, militares, cuerpos de seguridad, sanitarios y, por supuesto, voluntarios forman una cadena silenciosa que trabaja por los demás, por quienes deben correr en dirección contraria. Ellos no buscan aplausos. Ellos buscan ganarle minutos al fuego por el bien de los demás: por proteger una vivienda, por abrir una vía de escape, por evitar que una familia lo pierda todo. En definitiva, por minimizar el daño que tanto costará reparar. Es más, mientras ellos están frente al fuego hay quienes esperan noticias. Los polideportivos son refugios improvisados donde la esperanza es lo último que se pierde. No se puede ceder ante la incertidumbre. Una llamada lo puede cambiar todo. La incertidumbre, quizás, pesa más que el humo. Cuando una persona abandona su hogar con lo puesto aprende, de golpe, que la vida cabe en una mochila, pero que un hogar nunca ha sido solo un conjunto de paredes. Un hogar es el lugar donde se acumulan los recuerdos, donde se celebran los pequeños momentos y donde se construye el futuro. Por eso, cuando el fuego amenaza con llevárselo todo, no solo arden los tejados; también se tambalean los planes. Aunque el fuego se apague, las cicatrices tardan mucho en desaparecer.
Ahora bien, sería un error hablar de los incendios solo cuando copan las portadas. El fuego no empieza con las primeras columnas de humo, sino mucho antes: con montes abandonados, con la falta de prevención, con una planificación insuficiente y, en demasiadas ocasiones, con decisiones políticas aplazadas bajo la falsa idea de que la naturaleza siempre encontrará la manera de recuperarse sola. Pero no es así. La reconstrucción tampoco termina cuando se marcha el último camión de bomberos. Después llegan meses de limpiar, replantar, acompañar y reconstruir.
Ojalá llegue el día en que dejemos de acostumbrarnos a estas imágenes. Que un monte calcinado vuelva a escandalizarnos como la primera vez. Que el heroísmo deje de ser una obligación para quienes arriesgan su vida cada verano. Que la prevención ocupe más espacio que las tragedias y que aprendamos a cuidar el territorio antes de tener que lamentarlo.
Porque duele ver los montes negros. Duele ver a las personas abandonar sus casas. Duele ver cómo otros se juegan la vida por salvar a los demás. Pero dolería aún más aceptar que todo esto forma parte de la normalidad.
Jimena Bañuelos
Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2026/07/27/duele/

Comentarios recientes