SER FELIZ EN TIEMPOS DE NOSTALGIA

Es evidente que la cuenta atrás para la Navidad ha comenzado. Las calles rebosan gente con prisa, bolsas que tintinean o muestran unos lazos más que pomposos, y las luces son esa guía que sin querer nos lleva a algún lugar que no terminamos de reconocer. Quedan menos de veinte días para que la época de los deseos y las buenas intenciones lo inunde todo. Hasta entonces no está demás sacar la inocencia del niño que todos llevamos dentro para afrontar la nostalgia que está por venir. Es cierto que viendo el calendario, aunque lo disimulemos, todos hemos empezado a hacer balance. Es inevitable: diciembre es un espejo, y mirarse en él siempre requiere un poco de valentía.

Lógicamente, en estas fechas se piensa en el futuro y en el porvenir. Éste, a corto plazo, llega envuelto en dulces, luces y fiestas, pero también en una hipocresía que se hace más visible que nunca. El día a día es quien realmente nos revela. Sin duda, es en la rutina donde cada persona muestra su verdadera calidad humana. Y diciembre no tiene el poder de cambiarlo aunque muchos lo intenten. El camino se construye paso a paso, y ningún espíritu navideño puede borrar lo que hemos vivido durante todo un año. 

La experiencia, que tanto enseña cuando menos lo esperamos, nos ha mostrado en este 2025 realidades capaces de dejarnos sin palabras. Unas han sido gratificantes y otras desgarradoras. Lo cierto es que suelen ser las segundas las que más pesan y más nos transforman. Las cicatrices que dejan algunas personas o situaciones no desaparecen. Podemos pretender olvidar ciertos momentos, pero lo que marca de verdad siempre modifica nuestra manera de ser o de actuar. Los sentimientos siempre encuentran la forma de salir a la superficie y lo hacen. Quizás, cuando estos afloran, es porque esa herida ya dolió demasiado.

Cada persona es como es gracias a los años vividos, a las velas sopladas y a las batallas que, sin querer, nos han moldeado. Todo esto ha creado una personalidad que si es fiel a sus principios se vuelve firme e inquebrantable. Las decepciones duelen, sí, pero aprender a soltar lo que pesa provoca una sensación de alivio que actúa como un pequeño renacer interior.

Esta es la época en la que los propósitos comienzan a rondarnos por la cabeza, en la que recibimos felicitaciones que no siempre esperamos, y en la que, a pesar de todo el ruido, lo esencial sigue estando en nuestro interior. Mirar de frente el año que acaba puede ser el primer paso para recibir el siguiente con una mirada. Hacer borrón y cuenta nueva no es sencillo, pero tampoco es una quimera. Porque imposible no hay nada. Los sueños y los deseos que diciembre parece desenterrar están ahí por una razón que cada uno de nosotros debemos descubrir. Ser feliz es lo que cuenta y, por eso, no podemos permitir que cualquiera intervenga en la receta de nuestra felicidad porque ese alguien se puede equivocar y truncar esa sonrisa que no merecía desaparecer.

Con la vista puesta en Navidad, los rostros se iluminan con las sonrisas de quienes queremos, pero también se tensan por la nostalgia de quienes ya no están. Las ausencias duelen, claro. Pero dolería más no saber disfrutar este presente que ellos, con sus gestos y enseñanzas, nos ayudaron a construir. Fueron ellos quienes nos enseñaron a colocar el belén o el árbol, a cantar villancicos sin vergüenza o a soñar sin límites.

Y esa felicidad, lo repito, depende de uno mismo y puede suscitar muchas envidias. Por eso, es imprescindible saber quién puede formar parte de ella y a quién conviene dejar al margen. Tomar distancia, cuando ésta ahuyenta la amargura, es un acto de valentía.

“Algún día, en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, solo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”, escribió Pablo Neruda. Y quizá la verdadera magia de diciembre sea atrevernos, por fin, a mirarnos sin miedo.

Jimena Bañuelos

Enlace en El Valle (México): https://elvalle.com.mx/2025/12/09/ser-feliz-en-tiempos-de-nostalgia/

RECORDANDO A LOS AUSENTES

Siempre la llegada del mes de noviembre llega cargada de nostalgia y de recuerdos de quienes ya no están con nosotros. Los cementerios se llenan de flores, de lágrimas y de unos sentimientos que sin querer te devuelven al pasado. A un pasado en el que se han vivido muchos momentos con esas personas a las que añoramos, no solo en esta época sino todo el año. “Solo se muere cuando se olvida, y yo nunca te olvidaré”, un mensaje de la película de “Coco” que es una enseñanza con mayúsculas y, por supuesto, una gran verdad. 

Las tradiciones a este lado del charco son distintas. Aquí, no concibo celebrar Halloween, pero reconozco que tuve la oportunidad de vivir uno al más puro estilo americano al otro lado del océano. Importar algo que no está arraigado a nuestra cultura no tiene sentido, si se hace por modas, peor me lo pones; quizás a todas esas brujas, zombies y demás seres les mueva irse de fiesta, pero para eso no hace falta excusarse en algo que no es nuestro.

No quiero “ni truco, ni trato” prefiero unos buñuelos y si me apuras hasta unos huesos de santo a pesar de que estos no me agradan demasiado, pero mi abuela tenía la costumbre de llegar siempre a  mi casa con este dulce. Esa visita era una tradición en sí. Verla disfrutar de ellos será un recuerdo de los muchos que me quedan. Obviamente, si tuviera que preparar mi altar al más puro estilo mexicano estaría su foto junto con la de mis dos abuelos. Si tengo que elegir entre Halloween y el Día de Muertos mexicano, sin duda, me quedo con este último. De hecho, desde que regresara de allí a los buñuelos y a los huesos de santo hay que añadirle le pan de muerto. 

Un pan de muerto que lleva implícito en sus ingredientes mucha historia. De México me traje muchos amigos, muchas experiencias, y por supuesto, muchas instantáneas entre las que destaco, en estos días, las que están teñidas de naranja. El naranja de la flor de Cempasúchitl. Siempre digo que soy afortunada por haber vivido en México el Día de Muertos. No me extraña que la UNESCO declarara esta fiesta como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. No olvidemos, y más en estos tiempos, estas palabras de la UNESCO: “…ese encuentro anual entre las personas que la celebran y sus antepasados desempeña una función social que recuerda al individuo en el seno del grupo y contribuye a la afirmación de la identidad…”

Una identidad que tiene que ser férrea a sus principios y a sus tradiciones. También, no me puedo olvidar de Don Juan Tenorio. A pesar de que intenten que Halloween lo inunde todo, los que somos cabezotas por naturaleza seremos la resistencia a las imposiciones externas. Reitero que solo incluiré en mis tradiciones el Día de Muertos porque México vive en una parte de mi corazón y, por eso, las calabazas solo las uso para hacer una buena crema y no como objeto de decoración.

Y dicho esto y recordando que Cicerón dijo: “La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos”. Hoy mi homenaje tiene tres nombres: Rosario, Eusebio y José María. Tres personas que han dejado en mí una huella eterna. Mirando al cielo os abrazo, os recuerdo y os añoro. No hay duda de que sois eternos. 

Jimena Bañuelos (@14ximenabs)

Enlace de El Valle: https://elvalle.com.mx/columnas-y-opinion/story/27835/recordando-a-los-ausentes

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